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Banner_2_posibleCAPÍTULO I

La luz del sol dejaba leves destellos entre los grandes edificios de la ciudad. Traspasó el cordón policial que vallaba toda la entrada de la vivienda y se acercó a uno de los policías para saludarle. El suelo estaba mojado, signo de la lluvia que había caído la noche anterior, y las escaleras se encontraban sucias. Algo para nada raro en una zona como aquella.
Entró en el oscuro edificio, que a pesar de estar iluminado por el sol, parecía completamente vacío y gris. No fue directamente al ascensor como el resto sino que se desvió para subir por las escaleras. Uno de los inspectores subió con él, pero no le dio ningún tipo de información y lo agradecía enormemente.

Llegó hasta el quinto piso y caminó por el estrecho pasillo hasta llegar a la habitación indicada. La puerta estaba abierta y dos policías la custodiaban. Entró con su maletín aún en la mano y se dirigió a la habitación de la víctima.
Nunca le había gustado comenzar los días así, pero al cabo de un tiempo y tras muchos años de trabajo se había acostumbrado. Sí, se había acostumbrado a ver cadáveres a casi cualquier hora del día y aquella no iba a ser una excepción.
Noah Cooper no tenía un trabajo que la gente considerara agradable. Hacer autopsias, verificar muertes y sobre todo dar causas de probables asesinatos no era una profesión que todo el mundo desearía emprender todos los días. Ser forense era una carga para el resto de las personas menos para él. Le daba una paz y una tranquilidad que poca gente podría entender. Nadie podría hacerlo, exceptuando sus amigos, y las personas que fueran tan raritas como él.

Bajó la vista al suelo y lo primero que vio fueron sus pies descalzos. Continuó subiendo por sus piernas y vio que su vestido estaba alzado hasta más arriba de los muslos. Su vista siguió el contorno de su cuerpo cubierto por el traje que llevaba puesto y reparó en su cara. Sus ojos estaban abiertos, su boca ligeramente torcida y su pelo rubio cubría el suelo donde estaba tendida.
Alzó los ojos y se encontró con la penetrante mirada del subjefe de policía Jimmy Smith y del teniente Hoffman. No necesitó preguntar lo que necesitaban de él. Se inclinó sobre el cadáver de la joven y abrió su maletín extrayendo los utensilios necesarios.

– ¿Puede determinar la hora de la muerte? – preguntó el subjefe Smith inclinándose un poco sobre él.

– No puedo concretarle una hora exacta hasta que le practique la autopsia… – tomó la temperatura del cuerpo de la joven y miró los niveles – pero yo diría por su temperatura corporal y por el rigor mortis que aproximadamente lleva muerta… – consultó su reloj de muñeca – entre seis y ocho horas.

– Interesante… – dijo el subjefe mirando el cuerpo de la joven – Hoffman… ¿Qué sabemos de la víctima?

– Se llamaba Rachel Moore – contestó Hoffman mientras consultaba su libreta – y ejercía la prostitución a dos calles de aquí – pasó una hoja de la libreta. “Y estaba bastante buena… una pena que esté muerta sino…”.

Noah alzó la vista y clavó sus ojos en el teniente que mantenía una sonrisa lasciva en su rostro. Sonrisa que su superior no estaba viendo y que él quería borrar de esa estúpida cara. Odiaba salir de su casa o del depósito de cadáveres porque no podía evitar escuchar los pensamientos ajenos.
Sí, él había nacido siendo especial. Aunque lo que para muchos sería un don, para él era una maldición, que le perseguía desde pequeño. Había aprendido un poco a controlar su “extraño poder” y no escuchar siempre los pensamientos de las personas, pero en ocasiones no podía evitarlo. Como aquella. Lo que daría por dejar de escuchar sus pensamientos y escucharse únicamente a sí mismo…

– ¿Quiere que interroguemos a algunas prostitutas de la zona, jefe? – preguntó el teniente guardándose la libreta en el bolsillo de la chaqueta – y supongo que usted quiere… – señaló el cuerpo y después miró a Noah alzando una ceja.

– Que la lleven a una sala en el depósito – contestó Noah intentando controlar sus nervios ante los pensamientos que estaba escuchando – así podré darles la causa de la muerte cuanto antes.

“Seguramente la mató su chulo o alguno de sus clientes… Me pregunto si quizá se la follaría cuando aún estaba…”. Habría dado cualquier cosa por cruzarle la cara hasta hacerle callar, pero él no era así. Silenció los pensamientos del hombre cuando le confirmó.

– Aunque me aventuraría a decir que fue estrangulada con algún tipo de cuerda – Noah observó la expresión de Hoffman y sonrió interiormente. Por fin algo de paz sin ningún tipo de pensamiento interrumpiendo en su cabeza.

– ¿Por qué lo piensa? – preguntó Jimmy observando de nuevo el cuerpo tendido sobre el suelo. Él se volvió y se puso unos guantes de látex blancos mientras se inclinaba sobre la muchacha.

– ¿Ve estas marcas en el cuello? – preguntó Noah moviendo sus manos levemente por la piel de la joven. Apenas la tocaba, pero las pequeñas marcas se veían a simple vista – diría que intentaron ahorcarla, pero no puedo afirmar aún que fuese la causa de la muerte.

– Entiendo – Smith asintió y se inclinó para ver mejor las marcas sobre la piel del cuello – nos ayudaría todo lo que pueda sacar de ella. Quiero un análisis toxicológico.

– Siempre lo hacemos, señor – dijo Noah poniéndose en pie y quitándose los guantes de látex – si me disculpa… será mejor que me vaya y que uno de sus agentes me traiga el cadáver cuanto antes.

– Claro que sí – dijo Smith sacando su teléfono móvil. “Espero dar con este maldito asesino en serie… No te me vas a escapar, cabrón”.

Aquellas sencillas palabras animaron el alma de Noah. Parecía que no todos los pensamientos tenían que ser malos necesariamente. En ocasiones le gustaba escuchar pensamientos tan alegres como una declaración de amor o una buena noticia. Se dirigió hacia la puerta cuando escuchó una voz en su cabeza…
“Es el forense más raro que he visto en toda mi carrera… En más de una ocasión me ha parecido que oculta algo…”. Se giró para comprobar que aquellas palabras procedían de la mente de Hoffman. Él se había quedado mirándole y Noah apretó los puños decidido a no enfrentarse por una cuestión tan insignificante.
Bajó las escaleras con paso rápido y enérgico. Quería volver a su sala de autopsias, quería volver a un sitio cerrado donde no tuviera que escuchar los pensamientos de las personas que allí se encontraban. No sabía cómo controlar del todo aquel maldito poder, a pesar de los años que llevaba con él, pero lo conseguiría. Conocía a más gente en su misma situación y hasta ellos lo habían conseguido así que… ¿Por qué no lo iba a hacer él?
Salió del edificio, pasó el cordón policial y se dirigió a su moto. Montó, cerró los ojos, arrancó la moto y aceleró directo hacia su lugar de trabajo. No veía el momento de llegar.

***

Todas las persianas de la casa estaban bajadas y nada le sentaba peor que recibir visitas imprevistas a aquellas horas. ¿Qué no entendían del “estoy descansando, no molesten”? Entró en el comedor de su casa y fijó su vista en la ancha espalda de la inoportuna visita.
Genial. De todas las personas que podían aparecer a esas horas, él era el que menos esperaba, puesto que su sola presencia presagiaba trabajo y seguramente del que no le gustaba. Caminó un par de pasos más hacia su visita y se quedó parada a medio camino.
El hombre se volvió y su rostro quedó iluminado por la luz de la lámpara. Ella se fijó en su altura, debía de medir más de dos metros, en su musculoso cuerpo y por último en su rostro. Llevaba su pelo oscuro recogido en una improvisada coleta aunque algunos mechones se escapaban de ella. Sus ojos de un plateado intenso la miraban intentando escrutar más en ella y no pudo evitar sonreír.

– No intentes mirar en mi interior – dijo la mujer acercándose hacia el aparador y cogiendo dos vasos – tal vez encuentres cosas que no quieres ver… – sirvió dos copas y le tendió una al hombre.

– Siempre has sido tan sarcástica Lesley… – dijo el hombre aceptando la copa que ella le ofrecía – aunque deberías saber que hace mucho que vi en tu interior.

– Si esperas que me tome eso como un cumplido siento no poder complacerte – le espetó ella probando el licor y sintiendo cómo éste bajaba por su garganta – en otras circunstancia te invitaría a comer, pero creo que ambos estamos muy ocupados y tú… – se sentó en un sillón cercano y cruzó las piernas mientras le observaba – has venido para traerme una misión.

– Veo que nunca fallas – el hombre no se sentó, pero se acercó un poco más a su sillón.

Lesley observó al hombre que vestía unos pantalones negros vaqueros y una camisa blanca abotonada hasta los dos últimos botones del cuello. Había dejado su chaqueta sobre el brazo de una silla y la miraba atentamente. Sabía que él no empezaría a contarle nada hasta que ella no le hiciera una pregunta así que inició la conversación.

– ¿De qué se trata? – preguntó Lesley recostándose cómodamente en el sillón – Creía que esta noche no me tocaba patrullar ni mucho menos – se dio un leve golpecito en la barbilla – y me hubiera gustado descansar algo más si al final tengo que salir esta noche…

– Esto es serio, Lesley – dijo el hombre haciendo refulgir sus plateados iris – ¿recuerdas al joven Noah Cooper? Creo que aún le mantienes vigilado… – su voz fue bajando hasta que se apagó.

– Sí, le recuerdo perfectamente – respondió la joven interesada al escuchar a esa persona nombrada – pero aún no ha cumplido la edad aunque esté cercano a ella – entrecerró los ojos y casi pudo adivinar los pensamientos del hombre – quieres que vaya a él, que organice un encuentro…

– Ya no basta con vigilarle y me consta que los Tywyll ya han progresado más que nosotros – espetó pasándose una mano por el cuello – es ahora o nunca y no podemos permitirnos perder a otro. No esta vez…

– Te preocupas demasiado – le comentó la joven levantándose del sillón con cierta elegancia – conozco a ese chico – le miró a los ojos – y no creo que caiga en las manos de los…

– ¡Eso no te toca a ti decidirlo! – espetó el otro alzando un poco la voz – él es quien tiene que decidir y debemos instruirle, debemos enseñarle todo lo que ocurre – se acercó a Lesley que había puesto mala cara – sabes lo importante que es esto para nosotros.

– Lo sé – le espetó ella con cierta ironía – pero deberías recordar que no es sólo para ti, sino para todos. Incluida yo y los de mi raza – entornó los ojos – parece que en ocasiones se te olvida, Adair.

– Acepta mis disculpas, Lesley – el hombre extendió una mano, pero ella no se la estrechó – ha sido muy maleducado por mi parte hablarte así, pero en ocasiones, la presión…

– No te disculpes, Guerrero – Lesley dejó la copa que había acabado sobre una mesita – todos estamos muy tensos últimamente, pero recuerda que a las mujeres no nos gustan los hombres que nos tratan así, y menos cuando tenemos tantos años encima.

– Aunque nadie diría que pasan por ti – espetó él con un tono guasón.

– ¿Qué quieres que haga? – preguntó Lesley estrechando su mano levemente y esbozando una pequeña sonrisa – ¿Qué quiere ella que haga?

– Necesitamos que te acerques a él, que entables una amistad y poco a poco vayas haciéndole partícipe de lo que ocurre a sus espaldas – inspiró y puso sus manos sobre los hombros de ella – no te lo pediría si no fuera realmente importante. Podría mandar a otra persona, pero confío plenamente en ti desde hace mucho tiempo – se apartó un poco – y sé que no me defraudarás.

– No fue eso lo que me dijiste la última vez que desobedecí tus órdenes – contestó ella soltando un breve suspiro – ¿cómo quieres que lo haga? – alzó una ceja al ver que él se quedaba pensativo – ¿Quieres que se lo cuente directamente sin preámbulos… – escrutó con su mirada a Adair – o prefieres que sea discreta y se lo cuente poco a poco?

– Poco a poco – confirmó él cruzándose de brazos – nadie mejor que tú sabe que Noah es algo reacio a sus poderes – negó con la cabeza – para algunos es más difícil que para otros y lo sabes.

– Sí, lo sé – afirmó ella mostrando una mirada de comprensión – pero sabes que tarde o temprano él tendrá que saberlo… Para decidir.

– Sí, me queda claro – dijo el hombre separándose de ella y cogiendo su chaqueta del sillón – y Lesley… – se giró hacia ella – intenta que te presente también a sus amigos. Nos puede servir para atraerles a nosotros. Aunque ya tenemos hombres vigilándoles.

Asintió con la cabeza ante sus palabras. No es que le estuviera dando órdenes, pero con el paso de los siglos aquel Guerrero se había ganado su confianza y su respeto. Le vio alejarse y antes de que Adair llegara a la puerta consiguió preguntar lo que le rondaba por la cabeza y se colaba en cada uno de sus pensamientos.

– ¿Recibiremos alguna recompensa? – al ver que él se paraba en seco y se quedaba en tensión, añadió – sabes a lo que me refiero…

– Ese es vuestro mayor problema – espetó el hombre con cierto tono duro – siempre estáis pensando en lo mismo y parece que no os importa nada más. – no se giró y Lesley lo hubiera preferido – con esa actitud parece que únicamente os preocupáis por vosotros mismos.

– ¡No se trata de eso! – dijo ella acercándose y quedando a su espalda – pero es muy fácil decirlo cuando se está en tu posición o en la de cualquier otro – apretó los puños al ver que él no se daba la vuelta – pero nosotros somos traidores ante nuestro creador. Hemos sido castigados por él. El grupo al que nos hemos unido todavía sospecha de nosotros a pesar de los siglos que han pasado – vio que él se giraba y la miraba a los ojos. No apartó la mirada, no le tenía miedo, y si debía decirle las cosas claras se las diría. Ella no era mujer de callarse – Que desconfíen de ti después de tanto tiempo… Duele.

– Debéis tener paciencia – le contestó Adair sin moverse ni un ápice – no obstante hablaré con ella o con vuestro señor.

– Te lo agradezco – dijo ella dándose la vuelta – pero si seguimos así… – caminó hacia uno de los sillones y pasó la mano por encima de la tela – no será suficiente.

– ¿A qué te refieres? – preguntó él y Lesley sabía por el tono de voz incrédulo que habría alzado una ceja.

– Mientras que ellos son uno solo… Sin diferencias, sin libertad, sin disconformidad – miró hacia atrás y sonrió tristemente – nosotros formamos un equipo desunido. No confiamos del todo en nuestros compañeros, somos reacios a luchar unidos e incluso nos atacamos entre nosotros – fijó su vista en él – eso nos acabará venciendo.

– Entonces debemos arreglarlo – dijo Adair pensando detenidamente en sus palabras – y qué mejor que contigo y conmigo. El resto… se irán haciendo a la idea y quién sabe. Quizá la afluencia de vidas humanas entre nosotros consiga hacernos más cercanos los unos a los otros.

– Eso espero – dijo ella lentamente – no te entretengo más. Aunque te echo de menos vestido con esa sábana que te tapa todo el cuerpo.

Adair movió negativamente la cabeza mientras esbozaba una pequeña sonrisa y salía por las puertas del comedor. Lesley miró por última vez el sitio por donde se había marchado y después reparó en la hora que era. Las doce de la mañana y aún era temprano para ella. Decidió en menos de cinco segundos que volvería a la cama mientras pensaba detenidamente cómo se acercaría a Noah. Al fin y al cabo, ella era un ser de la noche que dormía por el día, así que era su momento de descansar.

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