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black and white photo of  vampire woman  bites a blind man

CAPÍTULO II

– Se pueden observar en el cuerpo diversas contusiones formadas antes de morir. La joven tiene un desgarro vaginal, lo que nos indica que fue violada antes de matarla, por su asesino. La causa de la muerte queda determinada en estrangulamiento con un alambre alrededor de su cuello – la voz se apagó y tomó aire – se observan signos y moratones postmortem que indican que el cuerpo fue trasladado hacia otro lugar.

Apagó la pequeña grabadora que había encima de la mesa de autopsias y observó el cuerpo de la joven que estaba tendida. No cabía duda de que se había acostumbrado a la muerte, pero ver a mujeres tan jóvenes, tan bonitas, muertas de aquella manera… Le hizo ver que el mundo estaba plagado de muchos males que eran imposibles de erradicar.
Noah no es que se considerara un hombre sensible, pero determinadas cosas podían tocar el corazón de cualquiera. Tapó con la sábana a la muchacha y miró su reloj. Quedaban diez minutos para que se marchara y su trabajo ya había terminado. Le había dado los informes a los inspectores y después les mandaría la grabación por si tenían que utilizarla en un juicio. Esperaba no encontrarse con Hoffman en mucho tiempo.
Escuchó el sonido de unos pasos resonando detrás de él y mientras se quitaba los guantes, se dio la vuelta para observar a la persona que se acercaba. Su jefe se acercaba a él con paso lento, pero seguro. Llevaba cinco años trabajando en el depósito y aún no le había visto sonreír.
Robert Hansen era hombre de pocas palabras y también de expresar pocas emociones. Era un hombre alto, debía de medir aproximadamente un metro ochenta. Su pelo rubio como el oro estaba peinado hacia atrás y sus ojos azules te podían intimidar en cualquier momento. Al principio, Noah se dejaba impresionar por esa pose, pero después de tantos años había aprendido a cómo tratarle y además su relación se había hecho más cercana.
Robert le permitía trabajar aunque no fuera su turno, le dejaba tener más libertad en su trabajo y eso hacía feliz a Noah. Aunque en ocasiones como aquella, cuando le miraba fijamente a los ojos, casi parecía que pudiera leerle la mente. Entraba en ella y descubría el secreto que mejor guardaba en su interior y que muy pocas personas conocían. Casi parecía que él le leía la mente a Noah y no al revés.
Y era cierto porque en contadas ocasiones había escuchado sus pensamientos. Quizá eso era lo más agradable que podía encontrar en su relación con él. Sí, no se quejaba de lo que tenía ahora aunque siempre había sentido que le faltaba algo, que no terminaba de encajar.
Vio que el hombre se inclinaba sobre la mesa y destapaba de nuevo el cuerpo de la mujer. La examinó concienzudamente y después miró a Noah con aquellos ojos escrutadores. Él se quitó su bata blanca y la colgó en la percha que había en una de las paredes.

– ¿Ves algo que se me haya pasado a mí? – preguntó el joven mirando a su jefe que seguía examinando el cuerpo y observaba las uñas de la víctima – encontré piel de su atacante, ya se lo he entregado a la policía para que pueda compararlo.

– La muerte es hermosa… – dijo Robert mirando el cadáver detenidamente – ¿no te parece? – se giró para contemplar a Noah.

– Quizá en ocasiones sea hermosa… – dijo Noah seriamente – pero este no es uno de esos momentos – miró los ojos de su jefe y añadió – una mujer jamás debería morir de esta forma.

– Quizá tengas razón – dijo el hombre pasando un dedo por la mejilla de la joven – aunque debemos entender que no podíamos haberla ayudado – cogió la sábana y tapó el cuerpo – lo que tiene que ser es. No hay otra manera de ver este tipo de cosas.

– Tienes razón, Robert – confesó Noah apesadumbrado – nosotros no podíamos evitarlo, pero quizá cualquier otra persona sí pudo y no lo hizo.

Robert se quedó mirándole detenidamente y después esbozó una sonrisa algo triste. No demasiado, pero que expresaba que estaba de acuerdo con él. Se acercó a Noah y le puso una mano en el hombro como queriendo darle ánimos en un momento así. A pesar de los años que habían pasado, cuando él hizo eso, se sintió otra vez como el primer día en el trabajo. Temeroso y triste por el dolor que veía en sus víctimas.
El móvil de Noah comenzó a sonar con la canción de “Never gonna be alone” de Nickelback. Su jefe sonrió levemente y le hizo un gesto con la cabeza para que lo cogiera, para después añadir un: “termine de cambiarse y váyase a descansar, Noah”. Le vio desaparecer de la sala y aprovechó para descolgar sabiendo quién era.

– ¡Sarah! – la voz de Noah era alegría en estado puro – Qué raro que tú me llames a estas horas… – se rió ante un comentario de ella y después añadió – ¿no íbamos a quedar esta noche?

– Sí y seguimos quedando – le dijo la joven desde el otro lado de la línea – pero necesito que me hagas un favor enorme – se quedó callada y al ver que Noah no añadía nada terminó diciendo – ¿podrías venir a buscarme en esa moto tan chula que tienes?

– En ocasiones creo que sólo me quieres por mi pequeña – le contestó él con cierto tono de guasa – ¿A tu casa o al colegio?

– Noah… A estas horas los niños están en la cama durmiendo – dijo Sarah con una risita – y antes de que me digas que yo también tengo coche para moverme o al menos un vehículo que me transporte… – Noah movió la cabeza sabiendo que acabaría sacando el tema e impresionado de lo bien que se conocían – te diré que está en el taller y no me lo darán hasta dentro de dos días… Por lo menos.

– Se supone que vamos a ir al Black Roses ¿no? – dijo Noah saliendo por las puertas del depósito y caminando hacia el aparcamiento – ese sitio tan lúgubre, pero que por una extraña razón a todos nos gusta…

– Excepto a Evan… – confesó Sarah con voz triste – desde que está en ese nuevo bufete dice que deberíamos cambiar de imagen o al menos él debería proteger la suya – se quedó callada.

– ¿Tan importante se ha vuelto? – preguntó Noah soltando un suspiro – un día de estos dejará de llamarnos – intentó que su tono fuera cómico, pero no le salió.

– En todo caso, le aseguré que nos pondrían en una zona resguardada y que nadie nos vería – Noah pudo imaginarse cómo Sarah esbozaba una amplia sonrisa mientras se miraba en el espejo – además a todos nos viene bien, excepto a Will.

– ¿Por qué no se lo pides a él? – preguntó Noah alzando una ceja – seguro que estará encantado de recogerte…

– Parece como si te molestara eh – Sarah no tenía un tono serio sino todo lo contrario – además, él irá directamente desde el hospital. ¿Puedes entonces venir a por mí?

– Claro que sí – dijo Noah llegando hasta su moto – estoy en tu casa en menos de quince minutos y por tu bien – se imaginó la cara de niña buena y sonrió – espero que estés lista, preparada y en la calle esperándome.

– ¿Alguna vez te he fallado o he sido impuntual? – preguntó ella sarcástica – creo que te has quedado mudo ¿no?

– Pasaré a por ti en quince minutos, mala víbora – se rió ante su comentario.

Ella se despidió con un beso y colgaron. Sarah era fresca, agradable, sensible y luchadora. Todo lo que una mujer podía darle a un hombre, pero ellos sólo eran simples amigos. Desde que la conoció cuando tenía catorce años no se habían separado y dudaba que eso fuera a pasar. Además, ella era tan especial como él, una faceta más para entenderse sin problemas…
Tenía ganas de ver a sus amigos. No es que no se vieran nunca, al contrario, siempre quedaban una vez a la semana juntos y después dependiendo de la afinidad por separado. Siempre era bueno pasar un buen rato con gente que te comprendía y entendía cómo eras.
Montó en la moto, se puso el casco y arrancó directo a la casa de su amiga. El Black Roses, un sitio oscuro y extraño, pero ideal para gente como ellos. Se internó en la carretera y tal y como había prometido… Estuvo allí en quince minutos o menos.

***

La noche había caído con una rapidez increíble. Donde antes el sol calentaba a las personas, ahora se encontraba la luna iluminando débilmente las calles. La oscuridad era su mejor aliada, la única con la que se llevaba bien y casi podía decir que se encontraba reñido con el sol y la luz que desprendía.
Observó de nuevo a su próxima víctima. La joven castaña caminaba con pasos rápidos, pero precisos, seguramente porque tendría prisa por volver a su puesto. La había estado observando durante más de tres horas y no había abandonado su esquina desde que había aparecido, excepto para satisfacer a un cliente.
La prostitución podía ser dura, pero las jóvenes que la ejercían también habían aprendido a serlo, por eso le encantaba acabar con ellas. Ver desaparecer ese brillo de sus ojos. El dolor en su mirada al saber que era su final le llenaba de energía… Literalmente. Observó cómo entraba en la tienda y al cabo de unos cuantos minutos salía con una botella de agua y una bolsa de gominolas en la mano.

Una sonrisa se dibujó en sus labios. Inocentes, frágiles e indefensas por dentro aunque exteriormente intentaran ocultarlo. Se puso en su esquina nuevamente junto con sus otras dos compañeras. La minifalda apenas le tapaba nada y su camisa formaba un tremendo escote que habría atraído a cualquiera y así había sido.
Observó cómo uno de los coches se paraba y bajaba la ventanilla. Él sería el indicado y ni siquiera sabría lo que ocurriría. Le vio señalar con un dedo a la chica y ella se montó en el coche, que aparcó en un pequeño descampado que había varios metros más allá. No le hizo falta seguir el coche para saber dónde habían ido y él mismo se desplazó hasta allí a su manera.
El hombre ya se había bajado del coche para cuando llegó y se acercaba a la joven que estaba medio apoyada en el capó del coche. Él empezó a pasar sus manos por las caderas de ella acercándola más a él. Ella tendió la mano y el hombre puso el dinero en su palma. Dinero que ella no tardó en guardarse en su sujetador.

Esperaría un poco más, dejaría que los dos disfrutaran un poco, y después se encargaría de todo el asunto. Sentía su energía cada vez más baja y aunque le hubiera gustado ser un asesino no podía matar humanos. Otras especies sí, pero nunca humanos. Sencillamente no había sido capaz, pero controlaba muy bien la mente de las personas, su conciencia, sus actos y se alimentaba de las desgracias y el dolor. Ese era su mayor don, un don que llevaba explotando muchos años, demasiados para recordarlos todos.
La cosa se había puesto interesante. Él se había abierto la cremallera de sus vaqueros y había sacado su miembro. La chica ni se inmutó y dejó que él guiara su cabeza y su cuerpo hacia abajo, arrodillándose delante de él. El hombre echó la cabeza hacia atrás ante el primer contacto de la boca de ella en su sexo duro y excitado. Podía sentir el placer y el deseo que bullía en él y la repugnancia que le daba a ella cada vez que el miembro de ese hombre entraba en su boca.

Las sensaciones se apoderaban cada vez más de él, pero no era eso lo que necesitaba, así que procedió a hacerlo. Cerró los ojos y se metió en la mente del hombre. Tocó los puntos claves, elevó su maldad y borró todo rastro de bondad que pudiera haber en él. Y así ocurrió.
Los ojos del hombre, antes de un color gris metálico, ahora eran de un negro oscuro y profundo. Parecían dos pozos de agua, oscuros y fríos. Obligó a la puta a ponerse de pie y sin miramientos la lanzó contra el capó del coche. Ella se quejó y se resistió ante el hombre, pero una bofetada en plena cara la hizo callar inmediatamente.
Él lo estaba observando todo y no podía evitar reírse mientras contemplaba los forcejeos de la joven. Sentía el miedo de ella, la angustia al sentir el frío de la noche rozar sus nalgas tras levantarse la falda. Empezó a llorar y aquello le dio un nuevo impulso de fuerza. Ella sabía lo que iba a pasar, sabía que acabaría violada y quizá muerta.

“¿Por qué se preocupaba tanto? Al fin y al cabo, ella era una prostituta y para eso estaban”, se dijo a sí mismo. El hombre la penetró desde atrás fuertemente. No había preparación, ni preliminares, era sexo y dolor en un mismo momento. El grito de satisfacción de él resonó y se confundió con el grito de dolor de ella. Le vio moverse, apoderarse de ella una y otra vez mientras la chica gritaba y lloraba, pedía clemencia e incluso perdón. Ciertamente fue un polvo rápido para su gusto y sabía lo que ocurriría ahora…
El hombre dio la vuelta a la chica y la puso frente a él. Le dio la orden directamente y él obedeció. Recostó a la chica en el capó del coche, pero ella le dio una patada e intentó huir corriendo, intentó buscar una salida, pero no la había. El hombre la alcanzó, la tumbó sobre el suelo y se puso sobre ella. Las manos de él rodearon su cuello y apretaron poco a poco.
Se movió rápidamente, poniéndose a la espalda del hombre y observando el rostro de la chica. Sus ojos completamente abiertos, sorprendidos, sus labios entreabiertos intentando encontrar un poco más de aire. Sintió cómo la vida la abandonaba a cada segundo que pasaba. Vio la luz en sus ojos, la vio extinguirse y que la oscuridad se apoderaba de sus pupilas. Eso era lo que más le gustaba… Saber que la luz podía extinguirse y que la oscuridad siempre permanecía allí.

El cuerpo de la joven quedó inmóvil en el suelo y el hombre dejó de apretar. No fue difícil darle órdenes de que se montara en el coche, condujera hacia su casa y se metiera en la cama. Aquel hombre no recordaría nada hoy, ni mañana, pero las imágenes y la culpa de haber matado a alguien carcomerían su alma hasta que no pudiera soportarlo. Lo vio marchar y después volvió hasta donde se encontraba la joven muerta.
Observó su rostro, se cabello desparramado, sus piernas abiertas y pensó que se veía realmente hermosa. Sacó su teléfono móvil y marcó el número de la policía. Distorsionó su voz y dijo claramente:

– Heencontrado un cadáver en un descampado…

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