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black and white photo of  vampire woman  bites a blind man

CAPÍTULO IV

La calle desierta se extendía ante sus ojos. No se movía ningún coche, no había gente en la calle, nadie paseaba, ni reía… Miró las ventanas de los edificios más cercanos, pero no encontró a nadie sobresaliendo por las ventanas. ¿Dónde se había metido todo el mundo? Su barrio no era así, su vida no era de aquella manera.
Caminó por la calle que le llevaría hacia su antiguo colegio tocando la corteza de algunos árboles que se extendían por la amplia calle. Llegó hasta el alto edificio donde un reloj puntual daba la hora desde arriba del todo, observando cualquier cosa que pudiera pasar. Entró en el recinto que no estaba vallado y se acercó hasta la zona de los columpios.
Aquellos espacios estaban reservados para niños pequeños. Dio impulso a su columpio y dejó que la inercia hiciera el resto. Se quedó mirando la carretera, y al contrario que antes, ahora los coches sí pasaban. Se escuchaba el bullicio y las personas habían aparecido a su lado por arte de magia.

Sí, arte de magia o cualquier otra cosa, de eso estaba seguro. Sonó el reloj anunciando que era el final de las clases y que todos los niños debían salir del colegio. Los padres ya esperaban a una gran mayoría de ellos en el coche y los pequeños simplemente se montaban. Bajó del columpio al ver su otro yo salir por las puertas y dirigirse al coche de sus padres.
¿Qué era exactamente lo que estaba soñando? Porque no podía ser otra cosa que un sueño. Decidió seguir su instinto y subir al coche sentándose al lado de su pequeña forma de niño. Observó a sus padres. Su madre había girado el rostro y sonreía al pequeño Noah.
La larga melena rubia de su madre caía sobre sus hombros, sus ojos azules le miraban y aquella voz suave y conciliadora le ayudaba a tranquilizarse. Entonces escuchó la voz de su padre que iba al volante y giró el rostro para observarle a la misma vez que su otro yo.

Su padre era moreno, los ojos verdes como la hierba y una amplia sonrisa que inspiraba confianza en todo aquel que lo conociera. Ambos eran buenas personas, que le habían dado todo lo que tenían: amor, comprensión, buenos momentos y también algunos malos. Se recostó en el asiento mientras observaba a su yo más pequeño jugar con un rompecabezas, seguro de que intentaba acallar las voces de su mente.
Ocurrió tan rápidamente que no tuvo tiempo casi de alzar la vista. Simplemente escuchó el grito desgarrador de su madre y el chirrido de las ruedas. Un fuerte golpe y el coche comenzó a caer ladera abajo. No le dolía nada, puesto que él no estaba allí, y cuando finalmente el coche se quedó parado salió del interior.
Intentó sacar a su madre, pero ella yacía inmóvil y un reguero de sangre caía por uno de sus costados. Escuchó la voz de su padre y corrió hacia él, pero al intentar desabrochar el cinturón de seguridad, se dio cuenta de que era imposible. No podía salvarles y aún le costaba admitirlo. Ellos jamás resucitarían, ni volverían a su lado y entonces reparó en que él no había salido tampoco del coche. Buscó y buscó al pequeño Noah y lo encontró a menos de quince metros del vehículo. Estaba tendido en el suelo, inconsciente y con una pequeña herida en la cabeza.
¿Cómo un niño podía haber salido disparado del coche y caer de aquella manera? Imposible, él mismo había visto cómo se ponía el cinturón de seguridad, así que… ¿Cómo podía ser que hubiera escapado únicamente con un simple rasguño? No había encontrado explicación y las autoridades tampoco… Y después de tantos años se dio cuenta que no la encontraría.
Se acercó con pasos lentos e inseguros hacia él mismo y se arrodilló a su lado. Alzó la mano para apartarle el pelo de la cara y limpió el pequeño hilo de sangre que caía de la brecha que tenía en la frente. Cerró los ojos y se obligó a no mirar atrás, donde sus padres yacían muertos, seguramente. Entonces él abrió los ojos de golpe y…

Se levantó sobresaltado, agarrándose a las sábanas y arrugándolas en un puño al sentir el miedo recorrer cada fibra de su ser. Se llevó una de las manos al rostro y se restregó la cara con ella intentando quitarse el temor, el dolor y la incomprensión que sentía se agolpaba en su pecho. Jamás había tenido un sueño tan real, tan vívido con respecto al accidente de sus padres y la sensación de impotencia había sido aún mayor.
Se tumbó de nuevo y reposó la cabeza sobre las almohadas. Habían pasado diecinueve años de aquel incidente y todavía había noches que soñaba con ello como si hubiera ocurrido el día anterior. Aunque de algo estaba seguro… Los sueños cada vez eran más significativos y encontraba aspectos extraños del mismo.
Miró el reloj y se dio cuenta que los últimos diez minutos de sueño los había perdido pensando en ello. ¿Pero cómo no hacerlo? Negó con la cabeza y se levantó pesadamente, caminó por su pequeño apartamento hasta el baño y encendió la luz. Abrió el grifo de la ducha, se desvistió mientras el agua se calentaba y finalmente entró debajo del chorro.
Dejó que el calor se adueñara de cada músculo de su cuerpo y que el agua hiciera resbalar los recuerdos que tan amarga sensación habían dejado sobre él. Noah salió despacio y se miró en el gran espejo que tenía frente a él. Sí se fijaba adecuadamente podía encontrar similitudes con el pequeño niño de diez años que había visto en sus sueños. Sí, él apenas había cambiado.
Tras el accidente que se había llevado a sus padres, sus tíos habían luchado por su custodia y la habían ganado, así que simplemente su vida no cambió radicalmente. Pasó de vivir en un sitio para vivir en otro completamente distinto. Agradecía la bondad, la compasión, el cariño y sobre todo el amor que le habían proporcionado sus tíos. Eran como unos verdaderos padres para él y los quería incluso más de lo que cualquier otra persona pudiera llegar a imaginar.
Tendría que ir a verlos más veces… Desde que se había graduado y asentado en Nueva York apenas había viajado a Atlanta, aunque su tía le llamaba repetidas veces y él a ellos. Y sin embargo, las palabras siempre caían en saco roto y él jamás aparecía por allí para devolverles las múltiples visitas que ellos habían hecho a Nueva York. Sí, debía cambiar ese aspecto y…
Terminó de ponerse la camiseta que llevaría esa mañana y salió corriendo del cuarto de baño para coger su teléfono móvil que estaba sonando incansablemente. Al mirar la pantalla sintió la decepción de que no fuera un número desconocido para él, y cuando pensó detenidamente que era imposible que ella lo llamara, entonces entendió que jamás ocurriría.

– Admítelo – le contestó Noah descolgando el teléfono – Will te ha pagado para que me despiertes y así no llegar tarde ¿cierto?

– Jamás afirmaré ni negaré nada de eso – añadió la chica soltando una pequeña risita – a no ser que sea delante de mi abogado.

– Pues te recuerdo que ayer te fuiste con uno – le replicó Noah riéndose. Caminó hacia la cocina y se sirvió un vaso de zumo – así que puedes llamarle a él para que te represente.

– No creo que esté muy por la labor – añadió Sarah soltando un pequeño suspiro que a Noah no le gustó demasiado.

– ¿Está todo bien con Evan? – preguntó con cierto tono de preocupación. Que ellos dos discutieran no significaba que Sarah tuviera que hacerlo con él también. Aún no entendía que no debía meterse en medio más de lo que ya lo estaba.

– Sí, todo perfectamente – le respondió ella cambiando el tono de voz – simplemente conversaciones demasiado importantes como para tomarlas en serio – se quedó callada y al ver que él no añadía nada terminó diciendo – quería preguntarte si te vendrías hoy a la clínica después de trabajar.

– ¿Con Amy? – preguntó Noah alzando una ceja – ¿Es hoy?

– Sí, tiene la cita a las cinco de la tarde y como sé que a esa hora tú ya has salido… – la voz de Sarah se iba apagando poco a poco – me vendría muy bien que vinieras conmigo. No creo que pueda hacerlo yo sola.

Y no era para menos… Todavía recordaba todos los problemas que Amy había causado, y no solo eso, sino las preocupaciones y las noches en vela que Sarah había pasado pensando qué le podría haber ocurrido a su hermana. Sí, Amy era la hermana pequeña de Sarah y se había metido en un mundo del cual no se salía tan fácilmente y no es que él lo supiera por experiencia, pero…

– Iré con vosotras – contestó finalmente – me quedaré con vosotras hasta que todo esto termine aunque supongo que… – se quedó callado.

– Se tendrá que quedar esa noche en observación – le explicó su amiga lentamente – yo me quedaré con ella, pero quería que estuvieras con nosotras… – silencio – cuando ocurriera.

– Estaré allí, ya lo sabes – dijo Noah sentándose en el sofá y dejando el vaso sobre la mesa – Amy y tú sois dos de las personas más importantes para mí – suspiró – no os dejaré y sobre todo no te dejaré sola con todo esto.

– ¿Seguro que no tenías ningún plan? – preguntó Sarah con cierto aire culpable.

– Tengo una cena con una persona a las ocho de la tarde, pero no pasa nada – Noah dejaría cualquier cosa por sus amigos y esa era una decisión que había tomado hacía mucho tiempo – además, ella lo entenderá.

– Ahhhh, es una chica… – dijo su amiga cambiando el tono de voz a uno más animado – no te preocupes, te prometo que a las ocho estarás en ese sitio con ella – casi podía ver la sonrisa que la chica estaba esbozando – y sabes que yo no miento nunca.

– Sí y tampoco te equivocas… – no fue una pregunta sino una afirmación. En raras ocasiones ella se equivocaba y por eso confiaba tanto en Sarah y la quería. Eran demasiados años juntos. Miró el reloj que tenía colgado en la pared y se dio cuenta que el tiempo se le había echado encima – tengo que irme. He quedado con Will en veinte minutos y ni siquiera he salido de casa.

– ¡Oh, siento haberte entretenido! – el tono de voz de Sarah era falso al igual que su fingida preocupación – creo que tendrás que pagarle el desayuno a William.

– Mala pécora… – susurró Noah cogiendo la chaqueta de cuero y poniéndosela rápidamente – me las pagarás sea como sea.

– Espero verlo – se rió la chica – corre o llegarás aún más tarde – y colgó con esas últimas palabras.

Noah se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y bajó al garaje para coger su moto. La arrancó, salió de su plaza de aparcamiento y se incorporó a la carretera. La hora no era la más propicia y todos los trabajadores cogían el coche para dirigirse hacia su lugar de trabajo y él no iba a ser menos. Pero debía reconocer que al menos las motos tenían buenas ventajas…

***

En otros tiempos habría matado porque una gota de sol bañara su rostro, por sentir el calor sobre su piel y el leve tono tostado que adquiría cuando se pasaba demasiadas horas al aire libre. Si se concentraba lo suficiente podía volver a sentir los rayos obligándole a cerrar los párpados y el leve picor de la piel al quemarse un poco.
Sueños estúpidos para gente igual de estúpida que ella. Así es como se sentía. Se sentó en el sofá del comedor y encendió la televisión mientras pasaba canal tras canal intentando encontrar algo decente que mereciera la pena para perder su tiempo. El tiempo era justamente lo que más le sobraba en su inmortal vida.
Las persianas se habían cerrado automáticamente y ocultaban el sol del amanecer. Eran las siete de la mañana y ella apenas tenía sueño. No paraba de darle vueltas a su primer encuentro con él. Hablar con el chico había sido fácil, sencillo y le había demostrado lo que ella imaginaba. El poder y la bondad se formaban dentro de su ser, pero si no se conducía con delicadeza podría explotar y arrasar todo lo que estuviera a su alrededor, y no solo eso…
Si su voluntad y su predisposición caían en manos equivocadas, en manos que utilizaran con fines horrendos sus poderes y su fuerza, el mundo podría quedar seriamente herido y la lucha terminaría inclinándose sobre una balanza que ella no quería ni imaginar. No, por el bien de todo lo que habían protegido, la fuerza de ese muchacho debía seguir siendo blanca y pura.
Apenas escuchó la puerta abrirse, y solo cuando Amras habló su mente volvió al presente. Giró el rostro para ver al joven que se acercaba hacia ella. Con su cabello blanco recogido en una corta coleta que ocultaba sus puntiagudas orejas adecuadamente y aquellos ojos ambarinos, él se acercaba a ella con el rostro serio y las manos detrás de la espalda.

Todavía recordaba el momento en que sus vidas se unieron. Nunca le había gustado demasiado adentrarse en el mundo de los cuatro reinos, pero en ocasiones era necesario, para entablar una conversación con los soberanos del mundo élfico. De todos los reinos, el suyo era el que consideraba incluso más civilizado, si podía llamarse así.
Los cuatro reinos era un lugar peligroso si no se conocía demasiado bien y no contabas con los poderes y los amigos suficientes como para hacerte respetar. Recordó el momento del desembarco en las orillas del reino del Fëanor y cómo la brisa marina había impactado contra ella haciéndola sentir poderosa.

Los largos días, las negociaciones intensas y los desacuerdos entre el joven Angrod Séregan y Adair la habían hecho desistir de quedarse más tiempo encerrada en aquellas cuatro paredes. Decidió salir del Erestor Linwëlin y desconectar para poder pensar con claridad una nueva estrategia que confluyera en el acuerdo que tanto habían estado buscando.
La guerra en el mundo terrenal estaba siendo cruenta y despiadada y eso había hecho retroceder a los elfos en su iniciativa de mantener el orden y la estabilidad en el lugar. A pesar de que pudieran ser castigados por los dioses, las pérdidas y los elfos que jamás habían regresado a casa era un precio que muchos se negaban a pagar.
Sin embargo no era lo que ella veía en las calles. No. Lesley montó en una de las barcas que servían para trasladarse por las calles y fue observando desde su posición casi privilegiada a las personas que caminaban por las estrechas callejuelas que se habían construido sobre el agua. Si algo caracterizaba al reino de Fëanor era la abundancia del agua, su elemento natural. Los Fëanoreses eran elfos acuáticos y en sus cuerpos se encontraban las mismas propiedades del elemento que los caracterizaba. Además eran expertos luchadores en cualquier tipo de elemento líquido y su precisión del arco en movimiento era extremamente letal.
No se podía prescindir de ellos con tanta facilidad como muchos comentaban en “el mundo terrenal”. ¿Por qué no contar con los mejores luchadores? Todas las guerras son arduas, duras, y las muertes se suceden unas con otras, pero la recompensa puede llegar a ser mucho más satisfactoria.
Vio una pequeña mesa donde la gente se agolpaba para inscribirse en algo que ella no llegaba a distinguir. Ni siquiera con su mejor visión conseguía entender porqué se armaba semejante revuelo. Miró al elfo que conducía su barca con un ritmo lento pero constante y le dijo en su lengua natal.

– ¿Por qué se reúnen tantos de ellos allí? – señaló con la cabeza a la muchedumbre de gente. Todos ataviados con ropas elegantes, el cabello recogido y con un aura celestial que les hacía parecer ángeles.

– Se trata de una nueva convocatoria para la guerra, mi señora – dijo el elfo educadamente – el rey quiere saber cuántos de sus súbditos están dispuestos a luchar antes de tomar una decisión con respecto a… – se quedó callado y la observó de arriba abajo. Pocos sabían que ella formaba parte del Consejo encargado de esas cuestiones. Asintió con la cabeza.

– No hace falta que digáis nada más, barquero – le contestó Lesley asintiendo con la cabeza y volviendo la vista a la gente – ¿podríais acercaros hasta allí? Me gustaría estar mucho más cerca.

– Como deseéis, señora – el barquero cambió el rumbo y dejó que las corrientes acercaran la balsa hasta casi el borde de la estrecha calle.

Ambos se quedaron en silencio mientras contemplaban cómo los hombres más jóvenes firmaban en un pequeño papel para inscribirse en favor de la guerra. Cuántas vidas podrían caer en la batalla y en cada ocasión con más juventud que la anterior. Observó al siguiente hombre, su pelo corto, blanco como la tiza y sus ojos ambarinos la sorprendieron. Se dio cuenta que al contrario que el resto de elfos, no llevaba ropajes caros y lo único que cubría su cuerpo era una larga capa negra que le llegaba hasta la altura de los tobillos enganchada con un pequeño prendedor en forma de dragón a la altura del pecho.

– Amras hijo de Amras… – dijo el comandante que se encontraba sentado detrás de la mesa – ¿cuántas veces muchacho se te ha dicho que tú no puedes inscribirte?

– Puedo luchar tan bien como cualquiera – le espetó el muchacho alzando el rostro y mirando fijamente a su contrario – nada me impide…

– Excepto ese brazo lisiado que tienes – le contradijo el hombre agarrándole fuertemente de su brazo derecho y estirándoselo – tu brazo es más corto que el izquierdo y la estabilidad con él es prácticamente nula.

– ¡Puedo luchar! – dijo Amras con un tono fiero – y si caigo en combate será únicamente responsabilidad mía.

– ¿Y poner en riesgo al resto de compañeros? – dijo el comandante fríamente – admítelo muchacho. No podrás servir al propósito de la guerra, ni ahora, ni dentro de unos cuántos años. Vuelve con tu mamá y ocúpate de las tierras que tu padre ha dejado aquí.

– ¡Bastardo! – Amras se precipitó sobre el comandante y los dos acabaron cayendo al suelo. Lesley observó cómo los dos hombres se debatían.

Era posible que el joven Amras estuviera lisiado y su estabilidad con el arco fuera más que dudosa, pero tenía espíritu y fuerza. Dos características que muchos no tenían. A pesar de los esfuerzos del muchacho varios soldados de la Guardia Real le prendieron dejándole de rodillas con las manos detrás de la espalda.

– Pagarás por lo que has hecho – dijo el comandante alzándose dominante sobre él. Era el momento de actuar…

– Espero que eso no sea una amenaza velada, comandante – dijo Lesley apoyando uno de sus pies sobre el borde de la Balsa y mirando hacia el elfo con una pequeña sonrisa – si llegara a interpretarlo como tal podría ser fatal para vos.

– Señorita Mc Donald – el elfo hizo una ligera reverencia y después se irguió mirándola fijamente a los ojos – este hombre ha desafiado mi autoridad…

– Creo que mi transporte no había llegado aquí cuando eso ocurrió y por desgracia estos dos preciosos ojos que tengo… – se quedó callada un segundo dando dramatismo a la situación – solo han visto cómo dos guardias prendían a un hombre deseoso de luchar por su Reino.

– Señora eso no es… – comenzó a decir el elfo adelantándose un paso.

– ¿Cómo os llamáis, comandante? – preguntó Lesley poniendo los puños contra sus caderas y dejando que la capa que llevaba atada al cuello se deslizara un poco más abajo de sus hombros – contestadme.

– Tavh, hijo de Eon – se llevó una mano al pecho – señora…

– ¿Tantas ganas tenéis de luchar por vuestro reino, señor Amras? – esbozó una sonrisa al ver la cara perpleja del comandante. Sí, aquella había sido una clara provocación y eso le encantaba a su carácter más sádico – no veo que le traten con el respeto que quizá se pueda merecer.

– El respeto no me interesa, señora – espetó el elfo alzando el rostro y fijando su mirada en ella – quiero luchar, quiero ser útil de cualquier manera posible, de cualquier forma…

– Veo que tenéis valor, muchacho – Lesley era sin duda y a pesar de su apariencia mucho más mayor que aquel crío – y eso es importante en nuestras misiones – observó a las personas que se congregaban alrededor de ellos buscando cualquier tipo de cotilleo – ¿Os importaría empezar desde cero? ¿Os molestaría que no fuera en una línea de combate?

– No, señora – contestó sin titubear el joven Amras – lo único que quiero es servir a mi reino y no quedarme aquí lamentando los cuerpos y las muertes que llegan día sí y día también.

Joder… ¡Le encantaba ese muchacho! Era franco, directo y sobre todo implacable con lo que quería. Le recordaba demasiado a su propio carácter, quizá un don o una maldición para ambos. Soltó una carcajada mientras bajaba de un salto a tierra y le decía con un gesto de la cabeza al barquero que se quedara completamente quieto donde estaba. Se acercó al joven con pasos precisos, y bajo la atenta mirada de todos los presentes, se paró de golpe al escuchar sus palabras.

– Lo que me pregunto es… ¿Qué puede ofrecerme una vampira como vos? – vio que los dos guardias bajaban la cabeza del muchacho hasta tocar el suelo con la frente y le decían en élfico que mostrara mucho más respeto tanto por ella como por su vida.

– Caballeros… – dijo Lesley con cierto retintín – no hace falta que se peleen por mí. Hace años que dejé de buscar un hombre que me halagara, y además – miró a los dos soldados – no me gusta que me canten en el oído. Os ofrezco un trabajo, señor Amras – Lesley se agachó frente al joven y vio que él no se había movido ni un ápice y mantenía la mirada agachada al igual que el rostro – os ofrezco empezar de cero. No tendréis batallas cuerpo a cuerpo en un principio, pero os prometo que estaréis en el mismo núcleo de la guerra – al ver la expresión del comandante añadió – al menos mucho más cerca que otros.

– ¿Caridad, señora? – preguntó el elfo alzando esta vez el rostro.

– ¿Acaso crees que soy como vuestra Luthién del Táralóm? – negó con la cabeza y sabía que Adair la mataría por ello. Una cosa era importunar a un comandante, pero otra distinta era meterse con un figura mítica del mundo élfico – no… Me servirás de otra manera distinta. – puso su rostro a escasos centímetros de él – ¿Seréis capaz de soportar a esta odiosa vampira?

– Sí – dijo el elfo afirmando con la cabeza.

– Estupendo – Lesley se levantó y miró primero a los guardias y después al comandante – soltadle inmediatamente… – se recolocó la capa – me gustaría que mi nuevo guerrero empezara a trabajar hoy mismo.

– Usted no puede… – comenzó a decir Tavh acercándose amenazadoramente a ella.

-¿Otra amenaza velada? – alzó una ceja y le miró de los pies a la cabeza pasando por aquellas regordetas y puntiagudas orejas – creo que el rey no debe de estar muy contento con vos – se acercó dos pasos quedando nariz contra nariz – ¡soltadle ahora mismo!

Jamás se había dado cuenta de cuánto poder de persuasión podía llegar a tener. Los dos soldados soltaron al muchacho que se incorporó con pesadez. Caminó sin despedirse del molesto comandante y escuchó los pasos resonando detrás de ella dándole a entender que el señor Amras había captado la indirecta. Subió al barco bajo la atenta mirada del barquero que cambiaba de expresión con cada paso que ella daba. Cuando los tres estuvieron sobre el agua nuevamente gritó.

– ¿Estamos esperando algún viento que nos arrastre, señor? – el barquero la miró mientras ella se sentaba cómodamente y el señor Amras se quedaba de pie a su lado.

– No, señora – contestó el elfo.

– Entonces será mejor que nos marchemos – dijo Lesley con una sonrisa – espero que nos volvamos a ver, Tavh hijo de Eon… – sonrió – yo lo espero.

La nave se alejó por el agua haciendo que las figuras se fueran haciendo cada vez más diminutas. Los tres se quedaron en silencio. En aquellos momentos no se necesitaban las palabras, ya habría demasiadas cuando llegara al palacio. Enfrentarse a Adair iba a ser complicado, pero divertido a la vez. Además tendría tiempo de hablar con el joven porque su misión quizá fuera más importante de lo que él estaba dispuesto a creer.

Enfocó la vista de nuevo en el elfo que no se había movido ni un ápice y seguía con la misma expresión en su rostro. La mirada que ambos se lanzaron le dio a entender a Amras que ella había estado recordando tiempos pasados, aunque estaba segura de que el elfo jamás pensaría que ella pudiera recordar el primer momento de su relación.

– ¿Por qué no estás descansando? – le espetó Lesley incorporándose del sofá – creo que te dejé bien claro que no volverías a salir hasta que yo te diera la orden – entrecerró los ojos e instintivamente su mirada había recaído en sus brazos.

– He estado durmiendo toda la noche, Lesley – dijo Amras adelantándose un paso – bastante duro es ya no poder salir por las noches como para que quieras dejarme postrado en una cama – rodó los ojos – te aseguro que a pesar de lo que diga ese maldito doctor… ¡No estoy tan mal!

– Eso no lo decides tú, ni tampoco yo – dijo ella levantándose del sofá y caminando hacia él – creo que abrasarse las manos no es una buena actividad para practicar frecuentemente – se cruzó de brazos.

Amras había mejorado mucho con el paso de los años e incluso de los siglos. Al principio había servido como informador. Era sus ojos, sus oídos en cualquier misión que ella no pudiera ejercer debido a la imposibilidad de salir al sol. Sí, el elfo había empezado desde cero, pero a medida que los siglos le habían dado más cuerpo y fuerza había evolucionado.

Desde el primer momento de llegar a la casa había intentado que su lesión no interfiriera en su trabajo y había conseguido incluso mucho más. Había aprendido a utilizar un arma con su mano derecha y ayudarse de la izquierda para protegerse. Era increíble el cambio que él había hecho sobre sí mismo y estaba orgullosa, pero ahora debía cuidarse.
Tres días antes, en una pelea donde luchaba ella junto con otros dos seres mágicos había sido agredido por un Tywyll o lo que ella consideraba “un asqueroso lanzallamas”. Había quemado sus manos, sus brazos y aunque ahora estaba regenerando sus músculos, sus tendones y su piel… ese ataque había debilitado la estabilidad de su brazo derecho. Así que simplemente necesitaba reposo.

– No sabía que había venido para hablar de mi convalecencia – le espetó Amras negando con la cabeza – he venido a decirte que Kira está esperando para entrar – carraspeó – y para pedirte encarecidamente que me dejes salir hoy por la mañana y ser tus ojos en el Consejo.

– ¡No me había dado cuenta de que te había puesto collar y correa de perro! – dijo Lesley con cierta ironía – creo que eres lo suficientemente mayor como para saber que puedes desacatar mis órdenes aunque después te lleves una buena bronca– caminó hacia él – irás al Consejo, pero quiero que Matthew te traiga y te lleve.

Al ver que él iba a protestar, le puso una mano en los labios silenciándolo repentinamente. Ella no se caracterizaba por tener paciencia, pero la cantidad de años juntos le había dado una nueva perspectiva de las cosas. Sonrió y abrió la puerta dejando pasar a una mujer de pelo corto y negro que la miraba con una pequeña sonrisa.
Repasó su rostro levemente sonrojado y después se detuvo en su cuello. Aún perduraban las dos perforaciones que daban a entender que más de un vampiro había catado su sangre. Se pasó la lengua por los colmillos y la hizo pasar con un gesto. Miro a Amras, que sonrió de medio lado y se marchó por una de las puertas laterales cerrándola detrás de él.

– Ven conmigo Kira – dijo Lesley cogiéndola de la mano y llevándola hacia el sofá – ¿Cuánto tiempo llevas alimentando vampiros? – dejó que ella se sentara y se puso detrás del sofá mientras sus manos recorrían la piel de su cuello.

– Más o menos un año, señora – dijo la frágil voz de Kira – ya he servido a otros como usted y…

– Tranquila – le dijo Lesley agachándose y dejando sus labios a escasos centímetros de la piel – estoy acostumbrada a las comidas como tú.

No dijo nada más. Simplemente clavó sus colmillos profundamente en la vena de la joven que se arqueó y jadeó al sentir el pinchazo. Lesley no era cuidadosa, jamás lo había sido, pero no le gustaba manchar sus propios muebles así que tuvo cuidado de beber con precaución y de paso no matar a la joven. Desclavó sus colmillos y cerró sus heridas. No pasó su lengua por ellas sino que se llevó un dedo a los labios y después lo deslizó por las incisiones.
Sintió que la joven se caía hacia un lado y dejó que se hundiera en el sofá. Negó con la cabeza pensando en lo estúpidos que podían ser los humanos… ¡Seguro que había alimentado a algún vampiro más durante la noche! Se separó y caminó hacia la puerta que se abrió inmediatamente para dejar entrar a dos “limpiadores”. Les hizo una señal, signo de que se llevaran a la muchacha, la dejaran descansar y después la devolvieran a su casa.
Estaba cansada o más bien agotada. Además tenía una importante cita en apenas unas doce horas y tenía que estar dispuesta a casi todo. Entró en su dormitorio y al contrario que en otros amaneceres… no le costó dormirse.

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