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CAPÍTULO V

El departamento de policía de Nueva York siempre estaba abarrotado de presos, policías y sobre todo ciudadanos que no estaban conformes con cómo se llevaban las cosas en sus calles o barrios. Siempre era lo mismo, aunque allí arriba podía disfrutar de algo más de tranquilidad que en la planta baja.
Se recostó contra el sillón de su despacho y cerró los ojos intentando descansar la vista un poco. Otra muerte de una mujer, otra prostituta abandonada en un maldito descampado. Se llevó las manos a la cara y se restregó intentando quitarse el cansancio que sentía. ¿Cómo podía estar pasando eso bajo sus propias narices? ¿Y si se trataba de un maldito psicópata?
Lo último que necesitaba era encontrarse en semejante aprieto, poniendo sobre aviso a la población y sembrando el pánico. Era lo último que podía pasar en la ciudad, menos cuando se acercaban las elecciones y toda la gente estaba en cierta forma crispada. No, esto no podía estar pasando.
Imaginó en su mente lo que había pasado en aquel descampado y lo vio claramente, pero… ¿Quién podía ser el asesino? Solo una persona con suficiente sangre fría podría violar a una mujer, tirarla al suelo, agarrarla del cuello y asfixiarla hasta acabar con su vida. Había visto muchas cosas durante sus años en homicidios, pero quizá se estaba haciendo demasiado viejo. Y entonces una voz se metió en su cabeza, casi como la voz de su conciencia, pero más oscura, gris y malévola.

“Quizá el responsable esté mucho más cerca de lo que se cree jefe”. No podía reconocer de quién se trataba. Abrió los ojos y no vio a nadie a su lado. Maldijo para sus adentros y escuchó el sonido de la puerta al abrirse y ver entrar a Hoffman.

– ¿Se encuentra bien, jefe? – preguntó el policía entrando al despacho – tiene mala cara.

– Estoy bien – respondió Smith incorporándose y cogiendo el informe forense de la muchacha. “Y quién te dice que no ha podido ser él…” – es solo que…

– Tal vez debería irse a casa, jefe – el teniente se quedó parado en el borde del escritorio – no tiene buena cara. Quizá simplemente esté incubando algo.

– No te preocupes… – alzó la vista. “Quiere alejarte del caso… No quiere que investigues y por algo será…” – ¿has investigado lo que te pedí?

– Sí, claro – le tendió el informe que había escrito y Jimmy Smith lo cogió rápidamente – he investigado a sus chulos, bandas – se quedó callado – he hablado con compañeras, “amigas” de las víctimas e incluso con posibles aunque dudosos clientes…

– ¿Y nada? – preguntó Smith observando los papeles y pasándolos uno a uno. “Vamos, no es tan descabellado que un policía pierda su integridad, folle y mate a mujeres simplemente porque se cree superior… ¿no cree, jefe?”, le volvió a decir aquella molesta voz – ¿qué te dice tu instinto?

– Que no es el mismo asesino aunque actúen de manera muy parecida – le contestó Hoffman – las violaciones son iguales, pero a la hora de matar… – observó las fotografías – una de ellas fue ahorcada y la otra asfixiada. Son dos métodos parecidos, pero no iguales.

– Quizá intente confundirnos… – sintió un pinchazo en la cabeza, un dolor constante y la voz volvió a adueñarse de su mente. “Quizá haya sido él e intenta borrar sus huellas no matando de la misma manera. Es policía y todos sabemos lo fácil que es ese trabajo para uno de los suyos…”. – ¡YA BASTA! – el grito resonó en las cuatro paredes.

– Jefe… Jefe… – Hoffman rodeó el escritorio, pero se apartó al ver la mirada dura y fría de su superior.

– Cállese, Hoffman – alzó un poco más la voz – en estos momentos cualquiera podría ser el condenado asesino. Incluso usted – le señaló con un dedo – o él – señaló a un hombre detrás de la ventana de su escritorio – o incluso yo.

– Ha estado soportando mucha presión – dijo el hombre acercándose cuidadosamente a él – le aseguro que lo atraparemos, jefe.

Las palabras de Hoffman parecían distantes casi como si no estuviera en la misma sala que él. La mente de Smith se quedó en negro casi como si hubieran colocado una pantalla de cine inmensa teñida de oscuridad. Lo único que escuchaba era aquella voz que le seguía repitiendo la posibilidad de que aquel policía fuera un asesino o cualquier otra persona de su unidad…

– ¿Qué ha pasado? – preguntó Smith tocándose la frente con una mano – creo que he perdido el control…

– No pasa nada, jefe – le dijo Hoffman acercándose al teléfono que había sobre el escritorio y descolgándolo – estoy seguro de que se trata de un virus que está haciendo mella en usted, así que lo mejor será – marcó un número de teléfono – que descanse y vaya al médico.

– Pero el caso… – comenzó a decir Jimmy. Vio cómo el policía marcaba y contaba los tonos antes de que le respondieran.

– Nosotros nos encargaremos de todo hasta que vuelva – sonrió y contó de nuevo – y le pondremos al corriente cuando se encuentre mejor – volvió su atención al teléfono – ¡señora Smith!Le voy a mandar a su marido a casa… – Hoffman se quedó callado al escuchar a la mujer – no, no se preocupe, no es nada grave. Sí, claro que sí – sonrió – le llevaré yo mismo. Ahora vamos para allá – colgó – listo.

– No sé cómo agradecérselo… – comenzó a decir Smith.

– Súbame el sueldo y quizá me quede más contento, jefe – sonrió y caminó hacia la puerta – ahora lo que debe hacer es descansar.

Ambos salieron del despacho. Hoffman no le trató como si fuera un enfermo, sino que abrió la puerta y dejó que él pasara ante la mirada sorprendida de todos los demás compañeros del departamento. En raras ocasiones Jimmy Smith se marchaba a su casa antes que el resto de sus subordinados.
Jimmy cerró los ojos intentando evitar así el mareo que sentía por todo el cuerpo. Las voces parecían ir desapareciendo poco a poco, algo que agradecía, y su mente comenzaba a funcionar de nuevo. Si tuviera que relatar qué le había pasado, juraría que le habían anulado la voluntad, y se habían hecho con el control de su cerebro.

***

Sarah se retorció nuevamente las manos mientras observaba la calle por la que su hermana debía aparecer. Habían quedado con ella hacía diez minutos y estaba empezando a pensar que se había echado atrás. No es que le importara, porque no estaba convencida que lo que estaba apunto de hacer fuera lo mejor para ella, pero aceptaba su decisión.

Sintió la mirada de Noah que estaba a su lado con las manos en los bolsillos esperando pacientemente a que Amy llegara. ¿Qué haría si no fuera por él? Estaba segura que se rompería por dentro si tuviera que quedarse a solas con Amy, y entonces la vio doblar la esquina.
Su hermana caminaba lentamente con la cabeza agachada, casi como si estuviera contando las baldosas de la calle. Su pelo ahora de un color rojo intenso caía de cualquier manera simulando el desorden de su vida… Se retorcía las manos. Observó su figura, solo un poco más bajita que ella, era frágil y delgada. No pudo evitar centrar su vista en su vientre y dio gracias porque aún no se notara el leve abultamiento de un embarazo.
Ella ni siquiera se había dado cuenta de que había llegado hasta que las manos de Noah la cogieron por los brazos y la pararon. Alzó la vista mirando a la chica y después la dirigió a ella misma. Aquellos ojos verdes tan parecidos a los suyos la estaban mirando y la leve rojez que había en ellos demostraba que había estado llorando.
Amy había sido una chica problemática desde que había empezado la adolescencia. Quizá las compañías, la situación en casa, los malos resultados en sus estudios la habían abocado a una vida de fiestas, alcohol, drogas y en definitiva mala compañía. No quería saber qué era lo que le había pasado en los casi dos años que había desaparecido, pero estaba convencida que ninguna de las cosas que le contara sería buena.

Cuando apareció ante la puerta de su casa no podía creerlo. No sabía dónde había estado y un año antes se había propuesto no volver a preocuparse por ella, pero eran hermanas y era demasiado fácil decirlo y no hacerlo. La lógica se venía abajo cuando encontrabas a tu hermana en aquel estado.
Le dejó las cosas bastante claras. Si de verdad quería su ayuda tendría que desintoxicarse en un centro, tendría que comenzar una nueva vida y ella se encargaría de ayudarla, pero la mayor sorpresa no fue esa. No. Enterarte de que tu hermana pequeña estaba embarazada de alguien y no sabía quién era… Eso era lo más duro.
Le había preguntado sinceramente qué era lo que ella quería hacer. Se habían sentado en el salón y habían hablado casi como personas civilizadas durante toda la noche. Debatiendo las posibilidades de que el niño se pudiera criar de una manera normal. A ella no le hubiera importado cuidar a su sobrino. Ya lo hacía con los más pequeños de su trabajo, mucho menos le costaría con su propia sangre.
Sin embargo su hermana estaba más que convencida de que lo mejor era abortar, empezar una nueva vida sin una responsabilidad tan grande, y debía apoyarla ahora que lo necesitaba. Así que se encargó de organizar todo… Pidió la cita para la clínica, arregló los papeles para la clínica de desintoxicación y no le comentó lo cara que le costaría. Era su hermana, y aunque su sueldo no le permitía vivir como si fuera rica, sí le permitía vivir de manera relajada. Además si tenía problemas tendría el fondo que sus padres habían dejado para ellas.

– ¿Estás segura de que quieres hacer esto? – preguntó Sarah mirando a su hermana y cogiéndola de la mano – en la clínica te cuidarán como necesitas – acarició su mejilla con la mano – y cuando el bebé nazca…

– No quiero pasar por eso, Sarah – dijo su hermana alzando la vista y mirando después a Noah que se había mantenido al lado de ambas chicas. Al ver la indecisión de Amy decidió alejarse para darles un poco de intimidad – no quiero que mi futuro hijo vea a su madre así, no quiero tener que decirle que no sé quién es su padre – dos lágrimas resbalaron por sus mejillas – no quiero que él sepa que fue fruto de un encuentro sexual para pillar algo de droga…

– Amy… – la abrazó porque era lo único que podía hacer en aquellos momentos – no tienes porqué decirle todas esas cosas. – se quedó callada.

– Quiero empezar de cero y no podré hacerlo si llevo algo que me recuerde cada día de mi vida… – le tembló la voz – los errores que he cometido.

– Lo entiendo – dijo Sarah apartando un mechón del pelo de su hermana – entonces será mejor que entremos cuanto antes – se acercaron a Noah que esperaba en la entrada.

– ¿Qué tal te encuentras, Amy? – preguntó Noah cuando la chica se puso a su lado – tienes muy buen aspecto – se acercó y la abrazó – no nos vuelvas a dar un susto así.

Amy y Noah habían sido buenos amigos y él siempre se había preocupado por su hermana. La había defendido incluso cuando la causa era realmente indefendible. Vio cómo su hermana sonreía tímidamente y aceptaba el abrazo que él le daba. No se acercó como en otros tiempos para darle un beso en la mejilla, pero le tendió la mano y Noah se la estrechó dándole fuerzas.

– Será mejor que entremos – Sarah abrió la puerta y la dejó pasar.

Debía admitir que el lugar era bastante acogedor a pesar de lo que pudiera pensar la gente. Las paredes estaban pintadas de un tono azul cálido que animaba a relajarse y dejar de pensar en las preocupaciones que la vida podía darte. Casi al instante de entrar una enfermera se acercó a ellas con una pequeña sonrisa en el rostro.

– ¿Es usted Amy Andrews? – preguntó la enfermera mirando a su hermana.

– Sí, soy yo – dijo la chica llevándose temblorosamente un mechón de pelo detrás de la oreja.

– Acompáñenos por favor – dijo la mujer tendiéndole una mano. Al ver la preocupación que reflejaba el rostro de Sarah añadió – es solo para prepararla. En cuanto esté todo listo, podrán pasar los dos… – se quedó mirando a Noah – ¿Es usted el padre?

– ¿Qué? Oh, no – dijo Noah con cierto tono sorprendido – solo soy…

– Un amigo de la familia – dijo Sarah sonriendo. Escuchó un pequeño murmullo de Amy que había interpretado como “ojalá él fuera el padre”.

– ¿Está preparada? – preguntó la mujer mirando a los ojos a Amy.

– Sí, creo que sí – respondió la joven y cogió la mano de la enfermera.

Sarah contempló cómo su hermana caminaba al lado de la enfermera y desaparecía por unas puertas metálicas. Los nervios que había estado manteniendo bajo control afloraron y comenzó a pasearse nerviosamente alrededor de Noah. Él intentó calmarla con sus palabras, pero aquello no era suficiente.
Sus nervios habían conseguido resquebrajar su autocontrol y no podía dejar de escuchar todos los pensamientos de los presentes. Sentía que la cabeza podría llegar a explotarle hasta que sintió las manos de él parándola en seco. Alzó los ojos y los clavó en Noah que mantenía una expresión seria y dura.

– Tienes que calmarte o te descontrolarás – le advirtió su amigo lentamente observando cómo las puntas de sus dedos dejaban caer pequeñas gotas de agua – no le va a pasar nada a Amy y en cuanto terminen con ella podrás pasar – no apartó la mirada – simplemente van a prepararla y tú estarás en el proceso.

– Lo sé, lo sé – dijo Sarah intentando zafarse, pero sin conseguirlo – intento estar calmada, pero es mi hermana pequeña y ha pasado tantas cosas… – movió la cabeza – y estas malditas voces en mi cabeza que no… – susurró y se quedó callada.

– Esto es nuevo – dijo Noah cogiéndola de la barbilla y obligándola a mirarle fijamente – que sea yo el que me controle mejor… – le dedicó una pequeña sonrisa – fíjate en mí y piensa que todo desaparece por un momento.

– Sé lo que intentas… – comenzó a decir ella. Intentaba distraerla para calmarla y que dejara de pensar en la cantidad de voces que abarrotaban aquella sala – pero no…

– ¿Escuchas el sonido del agua? ¿El sonido del fuego crepitando? – preguntó Noah sin desviar la mirada – céntrate en eso. Estás tú sola con esos sonidos, únicamente.

Se concentró en lo que él decía, en las palabras de su amigo y se dio cuenta que quizá hasta podía tener razón. Sarah apretó más fuertemente la mano que él le había ofrecido y las voces comenzaron a apagarse una a una. Al final simplemente quedó un débil murmullo de voces que apenas lograba entender. Abrió los ojos, ya que ni siquiera se había dado cuenta de que los había cerrado, y sonrió a su amigo. Si alguien podía conseguir eso… Ese era él.

– Estará bien – le confesó Noah dirigiendo su mirada por encima del hombro de ella – y creo que es hora de que vayas con tu hermana. Me quedaré aquí hasta que acabe la intervención.

– Saldré a avisarte – se acercó a él y le abrazó fuertemente – gracias por todo, Noah.

Se separó rápidamente de él y se dirigió hacia la enfermera que abrió las puertas para que pasara. Volvió la vista un segundo atrás para ver que el hombre no se había movido de su sitio y una sensación de bienestar la invadió.

***

Sentir el agua caer por su cuerpo y liberarla del agarrotamiento de sus músculos la relajaba. Si pudiera se mantendría bajo aquel chorro de agua durante más de un siglo, pero era hora de trabajar y no podía quedarse vagueando. Salió de la ducha y se enrolló la toalla alrededor del cuerpo, salió del baño en dirección a su cuarto y no pudo contener un gruñido cuando la vio.

Joder, pero… ¿Tan fácil era entrar en su casa? ¿Qué coño hacía ella aquí? Y lo peor es que estaba sentada cómodamente en su cama, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Se apoyó en el marco de la puerta, se cruzó de brazos y alzó una ceja cuando vio que ella alzaba la vista y la miraba por primera vez.
Eire era rubia, su cabello llegaba hasta más abajo de su cintura, aunque ahora lo mantenía sujeto por un centenar de trenzas que se entrecruzaban entre sí, recogidas finalmente en un moño bajo. Debía medir un metro setenta por lo menos y aquellos ojos azules la miraban fijamente, pero al contrario que el azul de Noah, el suyo era frío e incluso letal podría decir. ¿Qué esperabas de un Guerrero de la Luz? ¿Acaso algo de caridad y de sentimientos?

De las pocas veces que la había visto, siempre había mostrado esa mirada fiera y furiosa, la misma que ahora. Bufó al ver cómo ella se miraba las uñas. Ataviada con una vaporosa tela blanca que se enganchaba a la altura de su cuello y caderas con sendas tiras de cuero. La prenda se ceñía a sus formas como si fuera una segunda piel. Dejaba al descubierto sus hombros, parte de su pecho, aunque la tela tapaba las partes más femeninas y para complementar llevaba unas sandalias espartanas que le llegaban a la altura de las rodillas.
Cualquiera la dejaría salir de casa con aquellas pintas. Miró la zona aún humeante donde seguramente ella habría aparecido y maldijo en voz baja. Los Guerreros de la Luz eran las criaturas más cercanas a Cyfiawnder y contaban con su más absoluta confianza. Lo que más odiaba de ellos no era que se llevaran bien con la diosa… No. Todos los seres tenían un dios más cercano. Aquella forma de bajar en forma de rayo, cayendo directamente sobre el suelo como una maldita aparición rodeada de humo blanco difuso, la incomodaba. Al menos Adair utilizaba la puerta, pero Eire…

– ¿Me vas a pagar tú la alfombra nueva? – preguntó Lesley con cierto tono irónico – quizá ahí arriba no tratéis con dinero, pero aquí abajo – señaló su casa haciendo una comparación con la Tierra – sí, y sé que tienes mucho dinero para gastar.

– Siempre pensando en las cosas materiales Lesley… – dijo Eire negando con la cabeza – creo que tienes un gran problema de materialismo – bajó los pies de la cama y se sentó muy recta en el borde de la misma – no he venido aquí por eso.

– Ilumíname – dijo Lesley caminando hacia su armario y abriéndolo de par en par – y tú mejor que nadie sabes hacer eso – le dirigió una mirada cargada de significado y añadió – ¿por qué debería aguantar tu presencia y más en estas condiciones? – abrió los brazos y bajó las manos señalando lo único que cubría su cuerpo.

– Adair me manda para que te ayude a arreglarte… – dijo la Guerrera con cierto tono aburrido y monótono – créeme no estoy más contenta que tú con esto.

– ¡Por los Dioses! – alzó los ojos al techo – ¡Había olvidado que no sé vestirme! – el tono de aquella exclamación fue cargado de sarcasmo – Qué haría yo sin ti… – movió la cabeza negativamente, como no pudiendo creer semejante tontería.

– En realidad Adair no se fía… – comenzó a decir Eire – no de la ropa que lleves, sino más bien – se levantó de la cama y caminó hacia el armario para observar la ropa que estaba pulcramente colgada – de las cosas que puedas decir. De cómo trates al chico – miró a Lesley de arriba abajo – la ropa es exclusivamente una excusa.

– Sé que tienes mucho más años que yo – le dijo Lesley desviando la mirada hacia la ropa y sacando casi al instante un llamativo vestido rojo largo hasta la rodilla – pero lo que no sabía es que eras mi madre – se fijó en la expresión de Eire y sonrió – debí de sacar todo de papá…

– No estamos jugando, Lesley – repuso Eire con un tono tajante y duro – todos sabemos lo bien que pueden jugar los que son como tú, pero no es momento de ello – sacó del armario un vestido negro abierto por la espalda.

– ¿Estás insinuando algo, Guerrera? – preguntó Lesley mirándola y entrecerrando los ojos – creo que soy lo suficientemente mayorcita como para saber cómo tratar con un hombre.

– No es cualquier tipo de hombre – la corrigió la rubia – él es especial y como tal, debes tratarle de la misma manera. Tienes que decirle las cosas despacio, sin demasiadas prisas, pero haciéndole ver lo importante que es su ayuda.

– No voy a llegar y le voy a decir… “Hola, Noah. Soy una vampiresa y tú eres un…” – se calló al ver los relampagueantes ojos de Eire. Dos llamas azuladas que la fulminaban con cada palabra o expresión que hacía o decía. A pesar de lo mal que podían llevarse y aunque no le gustara la idea, añadió – Está bien. ¿Qué me sugieres?

– No le cuentes todo en esta primera cita – le aconsejó la Guerrera – déjale que él vaya descubriendo, que lo que tú le cuentes sea suficiente para que él quiera más – al ver la expresión de Lesley añadió – ya sé que no es un niño, pero recuerda cómo acabó la última vez.

Sí, la última vez el “humano” se había saturado tanto de información que no había podido controlarla. Su cabeza no había podido asimilar tanto, su cordura tampoco, así que había sido internado en un centro psiquiátrico, pero al cabo de dos semanas lo encontraron completamente hecho cenizas. Sus poderes se habían extendido sin que él los dominara completamente y había ardido por combustión interna.
Desde ese momento todos entendieron que las cosas debían de hacerse de otra manera. Era mejor ganarse un aliado cuerdo que tener un cadáver más a sus espaldas. Sin contar la posibilidad de que ellos se convirtieran en Tywylls. Asintió dándole la razón a la joven y cogió el vestido negro que ella le tendía.

– Había pensado contárselo como una historia – dijo Lesley desde el cuarto de baño – Noah es un chico con mucha imaginación y le encanta todo lo que tiene que ver con la magia – se miró en el espejo de arriba abajo y después asintió con una sonrisa – no creo que le cueste asimilar lo que es.

– Debes dejarle claro que nosotros somos los buenos – añadió Eire asomando la cabeza por la puerta – aún no entiendo porqué Adair te ha encargado esto a ti, pero… – se quedó callada y la miró también – siempre respeto sus decisiones, aunque no esté de acuerdo.

– Ya sé que te molesta que sea vampira, pero… – Lesley se giró – a mí tampoco me agradas tú y… – se quedó callada y sonrió maliciosamente – sí, siempre te lo estoy recordando así que… dejémoslo.

– Adoro las conversaciones que mantenemos y que no nos llevan a ninguna parte – se cruzó de brazos exasperada al verla salir del baño y elegir unos zapatos de tacón alto – no creo que haga falta decirte que no puedes mantener una relación con él…

– Será mejor entonces que me ponga mi disfraz de monja y no este vestido de puta que me has escogido – dijo Lesley acercándose al gran espejo que tenía en su dormitorio.

– Te recuerdo que ha salido de tu armario… – susurró Eire esbozando una sonrisa perversa – y sí, tienes bastante pinta de puta. Lo necesario para que él siga interesado en ti – al ver la mirada de Lesley añadió – es un hombre, cariño.

– Me pregunto a cuántos hombres te habrás tirado tú… – susurró casi para sí misma Lesley, pero la rubia consiguió escucharla.

– A tantos que jamás podrás contarlos – le aseguró la chica. Alzó el rostro hacia el techo y supo que alguien la estaba llamando. Se acercó a ella con rapidez y le tendió unos preciosos pendientes de zafiro verde – ten. Ponte estos – se los dejó sobre la mano – nada de liarse con él, nada de ir demasiado rápido y sobre todo… consigue por una vez todo lo que te proponemos.

– Gracias por tu abierta confianza – masculló Lesley negando con la cabeza.

Eire no contestó. Se puso en la misma zona de la alfombra y Lesley pudo ver cómo un haz de luz poco a poco iba apareciendo alrededor de la figura de la mujer. Un rayo potente cayó sobre el suelo y ella fue absorbida por la luz que desprendía. El humo se arremolinaba a su alrededor hasta que desapareció completamente.
Lesley movió la mano hacia un lado y hacia otro para intentar apartar el humo que se había quedado en la estancia y observó el pequeño círculo que aparecía en la alfombra. Entrecerró los ojos y miró al techo negando con la cabeza. Casi al instante, pequeñas partículas limpiaron el destrozo y la alfombra quedó como nueva.
No iba a darle las gracias, pero la próxima vez se metería menos con ella. O al menos lo intentaría. Fue hacia el espejo, se puso los pendientes, se maquilló y terminó de arreglarse. Al menos sí quería estar en el sitio acordado a la hora prevista.

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