Etiquetas

, , , ,

Banner_2_posible

CAPÍTULO VII

La noche era oscura y fría. Quizá no estuviera lloviendo, pero estaba seguro de que el suelo comenzaba a helarse por las bajas temperaturas. Observó a su mujer que se encontraba sentada en el asiento del copiloto y tuvo la extraña sensación de que quedaba algo pendiente entre ellos. Ella giró el rostro hacia él y le sonrió como era habitual en ella.
¿Qué le parecía tan gracioso? ¿Acaso la muerte de millones de personas le parecía algo de risa? ¿Y por qué él estaba pensando en eso ahora mismo? Llevaba unos días demasiado raros y apenas podía controlar sus propios pensamientos.

– ¿Te pasa algo, cariño? – preguntó su mujer con cierto tono preocupado.

¿Qué se supone que iba a decirle? Cariño, escucho voces en mi cabeza que me comentan cosas que no me agradan, e incluso he llegado a pensar que es culpa tuya, por estar a mi lado. No, no podía decirle algo así… ¿O sí?

– Cariño… – le volvió a decir su mujer.

– Te he escuchado la primera vez – le respondió él con un tono duro y autoritario – no me pasa absolutamente nada. Sabes que no aguanto a tu hermana – giró la cabeza para mirarla un instante – me hago el simpático por ti, pero no es santo de mi devoción…

– ¡Ella te adora, Jimmy! – le espetó la mujer con cierto tono dolido – además está pasando por un mal momento.

– No, cariño – le contradijo Jimmy – tu hermana y yo jamás nos hemos llevado bien y si nos soportamos es por ti, únicamente.

– Te equivocas – dijo ella cruzándose de brazos – no quiero discutir esta noche, Jimmy.

¿Que no quería discutir esa noche? ¿Desde cuando decir la verdad era discutir? “Desde que ella se ha convertido en tu enemigo. Si tuviera que decidir escogería a su hermana antes que a ti, su marido”. Aquella voz volvía a estar dentro de su cabeza, advirtiéndole, tentándole a pensar lo peor, pero… ¿Y si tenía razón?

– ¿Acaso ahora también decides cuándo debemos discutir? – dijo él dando un golpe en el volante – ¡no sabía que tenías las cosas tan controladas, mujer!

– Estás demasiado alterado, Jimmy – el tono de su esposa era delicado, como si cualquier palabra que pudiera decir fuera a ser malinterpretada y quizá así era – quiero llegar a casa y descansar. Nada más.

– También tuviste que decidir el futuro de nuestro hijo – le recriminó él girando el rostro hacia ella – yo quería que fuera a una escuela militar, pero tú decidiste que lo mejor era que fuera a la universidad y mírale ahora… – volvió la vista a la carretera y se dio cuenta de que el coche había invadido el carril contrario.

– Céntrate en la carretera o te juro que me bajaré ahora mismo de este coche – le espetó su mujer enfadada y agarrándose al cinturón de seguridad – y por el amor de Dios… ¡Ponte el cinturón, Jimmy! Eres un policía, no un escolar gamberro – movió la cabeza negativamente.

– ¡No me digas cómo tengo que comportarme! – le gritó él. “Ella no te entiende, te juzga, hace contigo lo que quiere… tu hijo no siguió tus pasos, tu mujer sobrepasa tu autoridad. Estás perdiendo facultades amigo mío…” – ¡Cállate!

Fue lo último que pudo decir. Escuchó el grito de su mujer y miró de nuevo a la carretera. Había invadido el carril de nuevo y esta vez un camión se acercaba a ellos y les daba las largas. Dio un volantazo y el coche patinó por la helada carretera cayendo barranco abajo. Sintió el dolor de los golpes, cómo su cuerpo se precipitaba hacia adelante y se daba un fuerte golpe contra el volante.
El coche cayó y cayó hasta que chocó contra un árbol. Sentía el dolor en el pecho, la sangre caía por su sien y apenas podía mover los brazos. Su cuerpo estaba completamente echado sobre el volante y su cabeza girada hacia donde se encontraba su esposa. La observó con los ojos cerrados, echada completamente en el asiento y un pequeño hilo de sangre saliendo de su nariz.

– Cariño… – intentó articular, pero le fue imposible, le faltaba el aire.

Sus ojos empezaron a cerrarse poco a poco invadiendo su alrededor de un tono oscuro, negro casi completamente. Cayó en un sopor, y dejó de sentir el dolor de hacía unos minutos. Quizá aquello, al fin y al cabo, fuera el cielo o el infierno. No logró ver la figura que estaba varios metros más allá del coche. Vestido completamente de negro, su largo pelo rubio peinado hacia atrás y aquellos ojos negros como los de un cuervo que observan la escena con una sonrisa escalofriante.

***

La paciencia no era una de sus virtudes, pero cuando se trataba de esperarle a él podía hacer una excepción. Llevaban dos semanas viéndose y había conseguido importantes avances y progresos. Él quizá seguía pensando que todo lo que ella le contaba era parte de una simple historia, pero era mucho más que eso. Le había contado algunas luchas de antaño, las guerras que habían asediado a ambos bandos y había comenzado a descubrir a esos grandes perdedores, “nosotros: los humanos”, como ella le había hecho ver.
Y en el fondo ella se había dado cuenta que él comenzaba a comprender cada cosa que le contaba, que daba su opinión y que en cierta forma iba tomando partido por uno de los dos bandos. Y era clara cuál sería su respuesta cuando se lo planteara, pero aún no era el momento. Se apoyó en la pared que tenía detrás de ella y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. No porque tuviera frío ni mucho menos… Hacía años que había dejado de sentirlo, pero le gustaba tener las manos escondidas y ocupadas en cualquier otra cosa.
Estas últimas semanas habían sido intensas. Las negociaciones con determinados sectores de los Anfarwol habían sido arduas y duras, pero parecía que por fin llegarían a un acuerdo y también tenía que contar las patrullas. Había estado tres noches sin ver a Noah por culpa de las patrullas. No es que no pudiera pedirle a Adair un relevo, pero ella misma no quería dejar la suerte de sus compañeros en manos de cualquier otra persona, así que se había resignado. Vivía con una misión permanente y una lucha ocasional.
“Y podrías librarte de las reuniones si dejaras que Amras se ocupara de ellas, pero necesitas mantener la mente ocupada ¿verdad?”. Asquerosa voz interior que salía cuando menos te la esperabas… Sí, quizá se había sobrecargado de trabajo para no tener que pensar demasiado en todo.
Escuchó la voz de tres tipos que se acercaban a ella. Aún estaban a una distancia más que prudencial, pero ella podía escuchar sus voces nítidamente, incluso desde allí. Habían reparado en su presencia y le daba asco solo de pensar la cantidad de cosas que debían de estar pasando por su cabeza. Alzó la vista y la clavó en uno de ellos que le miró con lascivia.
¡A la mierda! Si querían pelea la tendrían, de eso estaba segura. Pasaron por su lado y justo cuando parecía que la dejarían tranquila, uno de ellos se paró dándose la vuelta y mirándola de arriba abajo. Joder, tendría que romper muchos dientes aquella noche y eso no era propio de una dama ¿no? Aunque fuera vampira…

– Muñeca… ¿Esperas a alguien? – preguntó el tipo haciendo que un fuerte olor a aros de cebolla flotara hasta ella y le dieran ganas de vomitar – porque si no es así…

– No me arrimaría a ti ni siquiera con un palo para tocarte – le cortó ella y pudo ver cómo la sonrisa del tío se esfumaba de sus labios – así que será mejor que te largues.

– Mira preciosa… – volvió a decir el hombre, y sus dos amigos se pusieron a cada lado de ella – no te hagas la digna. Conozco a las mujeres que son como tú.

– Ya veo… – dijo ella mirándole de arriba abajo – yo no soy una de esas ratas callejeras o pobres infelices con las que te acuestas… – se separó de la pared y pasó entre ellos sabiendo lo que pasaría a continuación.

Dicho y hecho. Uno de ellos la cogió del brazo e intentó tirar de ella, pero le fue prácticamente imposible. Lesley se zafó de él y siguió caminando hasta que escuchó cómo otro de ellos corría y le cortaba el paso. Joder, no podía utilizar ninguno de sus “poderes” con ellos y eso sí que podía considerarse un maldito inconveniente. Observó que el primero se ponía un cigarrillo entre los labios y lo encendía mientras se acercaba a ella con cierto aire de superioridad.

– Te voy a decir lo que voy a hacer contigo – su tono era bajo, pero podía escucharlo a la perfección – vas a venirte con nosotros… – se acercó más a ella – voy a follarte y después lo hará él – señaló a uno de sus amigos – y después él – señaló al otro – y quizá hasta te follemos los tres – soltó una carcajada.

– Ni en tus mejores fantasías, gilipollas – le espetó Lesley empujándole y haciéndole tambalear.

Podía ocuparse ella solita de eso. Esos tres pronto descubrirían que el placer no se obtenía tan fácilmente, pero no tuvo tiempo de poner su plan en marcha. Escuchó un grito de advertencia y casi al instante la figura de Noah se interpuso entre ella y los atacantes. ¿Qué coño estaba haciendo? ¿Quería ser el perfecto salvador de la dama en apuros? ¡Y una mierda! “Recuerda que eres una humana… Al menos ante sus ojos”, aquella estúpida voz no se callaba ni siquiera en esos momentos.
El puñetazo que le asestó en la cara al primer cabrón la dejó impresionada. Debajo de ese cuerpo que parecía albergar pocos músculos se encontraba una gran fuente de poder. Se apartó y sintió las manos de uno de ellos en las caderas… Clavó el tacón de sus botas en el pie del atacante y después le asestó un fuerte golpe en el estómago que le hizo doblarse.
Miró hacia Noah, vio que le habían pegado un fuerte golpe en la cara y se había echado hacia atrás. Mierda, aquello estaba llegando demasiado lejos… Fue directamente hacia allí, pero Noah la paró con una mano impidiéndole que se acercara más a los tres hombres que se habían juntado y formaban una barrera frente a ellos.
¿Y qué debía hacer ahora? Quizá si le dejaba inconsciente podría encargarse de los tres atacantes, pero… parecía que el chico tenía la situación completamente controlada. Ella no se había dado cuenta del cigarro que había caído al suelo y ahora se encontraba a escasos centímetros del hijo de puta que quería follársela.
Se mantuvo detrás de él, podía sentir la tensión del cuerpo del hombre, la furia que le embargaba y ocurrió. Lo había sentido en otras ocasiones, con otras personas como él, con otros Morak, pero nunca una energía tan fuerte, tan transparente. No sabía cómo se manifestaría su poder, pero estaba segura de que en breve lo vería.
Y así fue. Donde antes había un simple cigarrillo encendido ahora ardían unas llamas que iban aumentando. Los tres hombres se echaron hacia atrás, pero uno de ellos, el líder, no consiguió apartarse a tiempo y los bajos de sus pantalones comenzaron a arder igual que las llamas que tenían delante.

– Apagadlo inútiles – les gritó a los otros dos.

– Pero cómo coño… – estaban completamente impresionados por lo que acababa de pasar.

Huyeron. En cuanto apagaron el fuego que intentaba devorar el cuerpo de su amigo, le agarraron y salieron pitando de allí. Lesley se mantuvo quieta, debía darle tiempo, espacio y dio gracias a sus sentidos agudizados para saber cuándo la tensión de su cuerpo se había relajado y sus poderes iban disminuyendo. Le vio girarse y ella mantuvo una expresión de sorpresa ante lo que acababa de ocurrir aunque sabía exactamente qué había sido.
Fuego… Piroquinesis. Pocas personas la tenían y también era un poder difícil de controlar. Se necesitaba demasiada energía por parte de una sola persona… Pero ahí estaba él, ante ella, intentando calmar aún su respiración. Observó sus ojos verdes que refulgían como dos esmeraldas, un hilillo de sangre bajaba por su labio…

– ¿Estás bien? – preguntó Lesley acercándose a él – ¿Qué ha sido eso? – lanzó una mirada a la zona donde el fuego se había extinguido.

– No sé… – dijo él llevándose la mano al labio y limpiando el hilo de sangre que caía – ¿Tú estás bien? – sus manos apretaron los hombros de Lesley y ella asintió.

Apenas tuvo tiempo de pensar en nada más. Él simplemente la abrazó, la atrajo hacia su pecho y dejó que apoyara su cabeza en él. Sentía el latido de su corazón, podía escucharlo claramente y cómo su respiración se iba normalizando cada vez más. Dejó de pensar, de planear, simplemente se obligó a sentir después de tantos años, de tantos siglos transcurridos… Hubiera dado cualquier cosa porque Noah se quedara callado, porque no dijera nada más y derribara las barreras que ella misma había levantado para protegerse, pero lo hizo.

– Cuando vi que te estaban atacando… – su tono se volvió duro – si hubiera llegado más tarde – ella se separó de él y le miró a los ojos.

– Has llegado – le contestó ella cogiéndole de la cara y obligándolo a mirar sus ojos – me salvaste de esos degenerados y… – se quedó mirando la zona donde había prendido el fuego – da igual lo que pasara. Estamos juntos y es lo que cuenta – sonrió – será mejor que vayamos a curar eso.

– Sí – dijo Noah sonriendo – Mi casa está cerca… – se quedó mirando su expresión – podríamos ir.

– ¿En tu moto? – preguntó ella alzando una ceja.

– ¿Ves alguna forma de llegar que no sea ésa? – preguntó él sonriendo y señalándole la moto que estaba perfectamente aparcada – andando tardaríamos mucho más y no pienso dejar a mi preciosidad aquí fuera toda la noche.

– No sabía que tenías una hija, pero es bueno saberlo – dijo Lesley con cierto tono cómico – el próximo día me encargaré de comprarle una piruleta.

– Le gustan de las caras – le aconsejó él mientras caminaban hacia la moto.

Lesley se quedó parada cuando él sacó los dos cascos y le tendió uno. Iba a hacerlo, montaría con él, iría a su casa y… ¿Para qué? Simplemente iba a cuidarle, a curarle, asegurarse que no había nadie alrededor y se iría. Sí, eso era lo que iba a hacer, pero cuando miró aquellos ojos verdes supo que sería una de las cosas más difíciles de toda su vida.

***

Calificar de miedo lo que había sentido al ver a aquellos hombres tan cerca de Lesley no era la palabra. Quizá al principio fuera miedo lo que sintiera, pero un odio se apoderó de él cuando entendió las intenciones que tenían. Si hubiera llegado unos minutos más tarde… no sabría lo que habría pasado. Y aquello podía acabar por desquiciarle si lo pensaba demasiado.
Noah sintió los brazos de Lesley alrededor de su cintura aferrándose con más fuerza a su cuerpo. Montada en la parte de atrás de la moto, se agarraba a él como si fuera su bote salvavidas y aunque él no se consideraba un salvador, debía reconocer que le agradaba la idea de que ella estuviera a salvo gracias a su ayuda. A él y a sus poderes.
¿Cuántas veces había maldecido por tenerlos? ¿Cuántas veces había deseado perderlos, despertar una mañana y darse cuenta de que habían desaparecido? Muchas… Sobre todo cuando se descontrolaba y quemaba objetos accidentalmente, cuando escuchaba conversaciones ajenas, cuando aquellas malditas voces se metían en su cabeza y no volvían a salir…
Pero en aquella ocasión le habían servido de mucho. Se había descontrolado, no había sido un fuego del todo inocente, pero aunque la provocación fue instantánea debida a sus emociones supo controlar las llamas una vez que estas saltaron y prendieron el pantalón de uno de ellos. Había sentido una fuerza extraña recorrer su cuerpo y darle la calma suficiente como para decidir cómo debía acabar aquel repentino fuego. Y ella estaba a salvo, así que… Por una noche daría las gracias de tenerlos.
Redujo la velocidad y aparcó en la acera justo frente a su apartamento. No era una gran casa, simplemente un apartamento de soltero y tampoco podía pedirle más a la vida. Tenía un sueldo decente, un piso de alquiler y una vida tal y como él la quería. Bajó de la moto y se giró solo para ver cómo Lesley se quitaba el casco y su cabello pelirrojo caía en cascada por sus hombros. La vio bajar de la moto y al instante tuvo que recordar cómo se respiraba.
¿Qué tenía ella que provocaba en él unas ganas irrefrenables de tocarla, besarla, cuidarla y hasta protegerla? Es cierto que se había enamorado en pocas ocasiones y que Lesley y él apenas estaban empezando a conocerse, pero por alguna extraña razón todo lo que tenía que ver con ella le interesaba e intrigaba a un mismo tiempo.
Sonrió al ver que ella pasaba a su lado y le dirigía una mirada de esas que dice… “¿Te vas a quedar ahí parado?” Caminó detrás de ella hasta que tuvo que abrir la puerta. El camino hasta su piso fue silencioso y cuando abrió la puerta se encontró nervioso por lo que ella pudiera pensar de su casa, su entorno, su santuario…
Encendió las luces y la dejó pasar. Su piso no era nada del otro mundo. Tras el primer pasillo podías encontrar el salón que estaba decorado con algunos muebles antiguos y otros más nuevos. El sofá estaba situado contra una de las paredes más grandes y la televisión coronaba la pared opuesta dejando un amplio espacio para la pequeña mesa donde él cenaba muchas noches… Solo.
La cocina americana se podía ver desde el lugar en donde se encontraban y Noah realmente pensó que ella se adentraría hacia el interior del piso donde había dos habitaciones más y un baño, pero no lo hizo. Simplemente se dio la vuelta cruzando los brazos a la altura del pecho y alzando una ceja.

– ¿Dónde está el botiquín? – ella lo dijo sin ningún tipo de inflexión en la voz, pero Noah podía notar en su mirada el brillo pícaro que no revelaban sus palabras – no creo que vaya a venir solo…

– Quizá no lo necesitemos… – dijo él acercándose a ella y tomándola de la cintura – solo necesito…

– Necesitas desinfectar esa herida y curarla – le respondió ella dándole un leve beso en la mejilla – como forense deberías saber los procedimientos apropiados ¿no?

– Jamás he curado la herida de un muerto… – comentó él con cierto tono irónico – así que no sé cuál es el procedimiento.

– ¡Eres increíble! – Lesley soltó una carcajada y sin esperar una respuesta suya se dirigió al baño y Noah se quedó allí – justo donde pensé que lo encontraría – escuchó su voz desde el cuarto de baño y la vio volver con algunos utensilios de cura – todos los hombres sois iguales.

– ¿Y no todas las mujeres son como tú, verdad? – dijo él sentándose en el sofá y observando cómo ella se acercaba y se sentaba a su lado.

Cualquiera podría haberle calificado como un niño mimado cuando no quiso dar la vuelta a su rostro para que ella le curara. Sí, pero merecía la pena solo con sentir las manos de Lesley tocar su mejilla y dar la vuelta a su rostro hasta que los ojos de Noah se encontraron con los suyos. Los dos se miraron detenidamente y él sintió que podría perderse en aquellos preciosos ojos azules que parecían embrujarle cada día más.
Sintió el escozor cuando ella colocó el algodón empapado en alcohol sobre el corte que tenía en el labio, pero no hizo ningún gesto ni tampoco muecas de dolor. Simplemente se mantuvo inmóvil con su mirada fijada en la de ella. Apenas sentía cómo Lesley limpiaba una y otra vez su herida y cuando escuchó el sonido de los utensilios siendo dejados sobre la mesa consiguió articular.

– Sabes… Podrías haberte dedicado a ser enfermera – sonrió al ver la expresión que ella había puesto en su rostro – no sé si son tus ojos o esa pose tranquila y serena que tienes siempre… – se acercó más – pero apenas he notado el dolor y escozor cuando me curabas.

– O quizá tú eres un niño muy fuerte – le dijo ella con una amplia sonrisa.

Una sonrisa que él se moría por ver siempre. No lo dudó, pero es que tampoco tuvo tiempo de pensarlo detenidamente. Simplemente se inclinó sobre ella y se apoderó de sus labios. Los besó, los tomó entre los suyos e introdujo su lengua en el interior de la boca de ella para explorarla, abrirla, saborearla. Fueron cayendo sobre el sofá, él sobre ella, cuerpo contra cuerpo únicamente separados por la tela que conformaba su ropa. Maldijo para sus adentros y apoyó sus manos en la cintura de la mujer que estaba bajo él.
Ella correspondía sus besos de la misma manera e incluso de una forma mucho más apasionada. Aprovechó para colar sus manos por debajo de la camiseta y tocar la suave piel que se ocultaba bajo toda aquella ropa. Sintió que la lengua de ella pasaba por la herida que acababa de curarle y Lesley se puso en tensión. Su cuerpo se puso rígido debajo del suyo y los besos pararon repentinamente.
¿Qué era lo que había pasado? Las manos de ella se pusieron sobre su pecho e intentaron apartarlo. Él al principio no entendió lo que ella le pedía, pero tras otro “leve” empujón, Noah no tuvo más remedio que apartarse. Observó cómo ella se incorporaba y se levantaba del sofá bajo su atenta mirada.

– ¿Qué es lo que pasa? – preguntó él levantándose a su vez y cogiéndola de la muñeca al ver que ella se daba la vuelta para coger su chaqueta – creía que estábamos…

– Tengo que irme – le respondió ella sin volverse – he recordado que mañana tengo una reunión…

– Puedes quedarte a dormir si lo deseas – dijo Noah acercándose desde atrás y rodeando con sus brazos la cintura de ella – no iremos más lejos de lo que tú me permitas. Lo prometo.

– No es eso – dijo ella deshaciendo su abrazo y dándose la vuelta para enfrentarlo – tengo que irme. Mañana tengo una reunión y es muy importante – su mirada era nerviosa, indecisa.

– Entiendo – la expresión de Noah se volvió dura. Él podía ser un hombre muy paciente, pero aquella contestación sonaba a evasiva por parte de ella y sinceramente no quería embarcarse en ese tipo de relación – vete entonces – se dio la vuelta.

– Oye, es la verdad – dijo ella dando dos pasos hacia él. Le cogió del brazo y le obligó a darse la vuelta – gracias por lo de esta noche, por ser mi salvador – le abrazó rodeando con sus brazos el cuello de Noah. Y él no pudo resistirse a abrazarla a su vez – mañana nos veremos.

– Siempre que quieras – le contestó él – mi casa está abierta para ti y podrás quedarte cuando lo desees.

Quiso decirle que le diera un último beso de despedida en los labios, pero ella simplemente le dejó uno en la mejilla. Se puso la chaqueta y salió dando un pequeño portazo. Noah se sentó en el sofá de su apartamento y por una vez agradeció el silencio que encontraba en él. A pesar de que ese silencio le recordaba que estaba de nuevo solo.

Anuncios