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CAPÍTULO IX

– ¿Alguna pregunta más? – su voz sonó completamente autoritaria y miró a cada uno de los presentes.

No todos los clanes habían podido presentarse, pero tampoco importaba. Los más importantes estaban allí. Lesley representaba a los vampiros desde hacía mucho tiempo por recomendación de su maestro; Elwë of Dorothian, Reina de los elfos Beren, representaba al reino de los elfos, a pesar de que únicamente era una cuarta parte del total de todos. Él había convocado la reunión como Guerrero de la Luz que era, y tanto Eire como Owen estaban allí para respaldarle.

– Bien – respondió Adair al ver que todos negaban con la cabeza y comenzaban a alejarse del centro de la reunión – nos encargaremos de las zonas asignadas y procuraremos protegernos entre nosotros mismos.

La primera en salir fue Elwë junto con dos de los soldados que la escoltaban. No es que no apreciara la compañía de las personas que estaban en aquella sala, pero tenía un viaje extremadamente largo y debía convocar una reunión cuando llegara al reino de los elfos. Sí, ella debía dar explicaciones a los otros tres reyes del territorio y esperaba que todo quedara claro y meridiano o tendría que volver allí… Y lo cierto era que a ella no le apetecería en lo más mínimo.

– Creo que ha sido una gran reunión – comentó Eire mientras observaba cómo Lesley recogía algunos papeles – ¿Qué tal te van las cosas con el Morak, Lesley?

– Mejor de lo que esperaba – le contestó la vampira alzando el rostro y mirándola fijamente – es receptivo, entiende todo lo que le estoy explicando. Podrá controlar y asimilar sus poderes – todo lo dijo volviendo la vista a Adair, que se había quedado mirándola y cruzaba los brazos sobre el pecho.

– Eso espero – le espetó él sin rastro de censura en su voz – no podemos permitirnos una nueva pérdida… Y todos los datos confirman que él es muy importante para la causa – la miró a los ojos.

– Me imagino que aparte de contarle historias… le darás algún otro aliciente ¿no? – preguntó Eire acercándose a ella y susurrándoselo al oído – no sabes la cantidad de cosas que pueden verse desde ahí arriba…

– Por tu seguridad será mejor que cierres esa boquita de piñón que tienes – apenas fue un gruñido bajo que salió del pecho de la vampira haciendo que sus colmillos se extendiesen. Adair no sabía qué le habría dicho, pero no era nada bueno.

Sin embargo, cualquier rastro de tensión en el ambiente se disipó cuando escucharon la maldición que Owen acababa de soltar. El pelirrojo jamás decía palabrotas, siempre era educado y pocas veces podías sacarle de sus casillas. Los tres se giraron hacia él y vieron que se llevaba la mano al pecho como si sintiera un fuerte dolor en él. No podía ser…

– Owen, ¿qué pasa? – preguntó Adair acercándose a él y viendo cómo tanto Eire como Lesley le agarraban de ambos brazos y le sentaban en uno de los sillones más cercanos – ¿Quién de todos es?

– Kimberly… – consiguió susurrar el soldado – siento su dolor, el sufrimiento que le están causando… – miró a Adair – apenas puedo ver nada…

Adair sintió la mirada de Lesley que recaía sobre él. Escuchó la voz de Eire pidiéndole al pelirrojo que intentara concentrarse y visualizar mejor el lugar. Los Guerreros de la Luz tenían una cualidad que pocas veces dejaban ver al mundo. Todas las criaturas podían crear un vínculo de protección con ellos, una manera de estar conectados. En la actualidad, simplemente se utilizaban con los Morak, pero sólo con aquellos que habían decidido no participar en la guerra abiertamente y querían estar protegidos de sus posibles torturadores. Tenía que ser un pacto de mutuo acuerdo y en cuanto uno de los dos decidiera romperlo… estaría perdido hasta su nueva reconstrucción.

Todavía recordaba el primer vínculo que le unió a un Morak. Su nombre real era Rhed y se trataba de una unión de sangre que te permitía saber cuándo un protegido tuyo estaba siendo atacado. Si el vínculo era fuerte podías visualizar el lugar exacto donde se encontraba, pero aquello solo ocurría con las personas que llevaban muchos años ligadas entre sí. Lo peor de todo era el aviso. Sentías el dolor, la tortura en tu propio cuerpo y cuando tu protegido fallecía… Era como si una parte de ti mismo se hubiera ido con él.

Así debía de sentirse en esos momentos Owen. Observó su rostro demacrado y completamente pálido, sus ojos rezumaban el dolor que Kimberly debía estar sintiendo, pero también podía ver en ellos la determinación de su amigo. Quería ayudarla, quería encontrar el lugar exacto donde se hallaba.
No se había dado cuenta de que se había arrodillado frente a él y se levantó al sentir cómo Lesley tiraba de su cuerpo. Podía haberse quedado en el mismo lugar a pesar de la fuerza de la joven vampira, pues no era suficiente para arrastrarle si él no quería. Se giró y enfrentó su mirada.

– No te voy a preguntar abiertamente qué es lo que le pasa – Lesley mostraba un rostro serio y preocupado a la vez – pero parece que la tal Kimberly está en problemas – se giró para mirar el rostro de Owen – y creo que tu amigo no dejará de sentir esa opresión y ese dolor hasta que ella no esté a salvo o…

– Muerta – contestó con pesar Adair – ¿Qué pretendes? Esto no es asunto tuyo.

– Ahora no es momento de discutir ¿no te parece? – dijo Lesley cruzándose de brazos – mira… Vosotros los Guerreros podéis ser todo lo que queráis y tener vuestros secretillos, pero… – le miró seriamente – estamos en el mismo barco y si esa mujer necesita ayuda… – se quedó un minuto en silencio y al ver que el hombre no añadía nada terminó diciendo – puedo llamar a Nikolai y a Leyna . Estarán aquí en menos de cinco minutos.

– Hazlo – la voz de Adair salió ronca y miró a su amigo – hablaremos de esto más tarde.

– No te preocupes por eso ahora – le dijo ella.

Adair volvió al lado de Owen y pudo escuchar cómo le estaba dando la descripción de un lugar a Eire que dibujaba rápidamente. Observó el dibujo y frunció el ceño, aquel sitio le resultaba vagamente familiar aunque quizá podría estar equivocado.

– Yo conozco ese sitio – le confesó Lesley una vez que hubo colgado el teléfono – no tardaremos en llegar.

– ¿Lo conoces? – Owen parecía fuera de control – necesito ir allí. ¡YA!

– No vas a ir en este estado y tú tampoco – señaló a Eire y al ver que ella abría la boca para protestar, terminó diciendo – alguien tiene que quedarse con él. Además, Lesley ya ha pedido refuerzos…

– ¡Soy yo quien debe protegerla! – le espetó Owen con sus ojos verdes refulgiendo de rabia – no os conoce a ninguno de los dos, no dejará que la toquéis si no es en mi presencia…

Mierda, su hermano tenía razón. Se pasó la mano por el cuello intentando destensar todos sus músculos. Su vista recayó en Owen, en Eire y por último en Lesley que mantenía una actitud distante e inescrutable. Inspiró profundamente y asintió. Cuando vio que él intentaba ponerse en pie a pesar del dolor, puso una mano en su hombro y le advirtió.

– Te quedarás en el coche hasta que todo esté despejado – le miró a los ojos – hablo en serio. No puedes luchar en este estado y no cargaré con tu muerte en mi conciencia, y tú – se giró hacia Eire y la señaló con un dedo – te quedarás con él protegiéndole como buena hermana de alma que eres.

Eire simplemente asintió, pero sus ojos rezumaban desaprobación. No le importaba, él había hecho una promesa. Protegería a sus soldados fuera como fuese. Ser líder te convertía en alguien con poder, pero también te responsabilizaba de todas las vidas que estaban a tu cargo y él ya había perdido a demasiadas personas.

No tardaron demasiado en llegar. El edificio que se alzaba ante ellos era inmenso, su tono gris y las ventanas rotas indicaban el decrépito estado en el que se encontraba. Bajaron de los coches y pisó el suelo mojado con sus botas de combate; hizo una señal a Eire y Owen para que se quedaran donde estaban y el pequeño grupo se movió.

No necesitó mirar atrás para saber que Lesley estaba a su espalda y cubriendo las espaldas de ambos se encontraban tanto Nikolai como Leyna. No les conocía en persona, pero Lesley le había facilitado un informe de cada uno.

Nikolai era un vampiro ruso convertido durante la revolución bolchevique. Su cabello rubio estaba cortado al uno y sus ojos azules podían helar los sentimientos de cualquier persona que lo mirara más de dos segundos.

Leyna era muy distinta al anterior vampiro. Castaña y con los ojos marrones había sido convertida en 1750 cuando su creador la encontró en las calles apunto de morir a causa de la peste. Dos vampiros que tenían su propia historia, pero que habían decidido convertirse en parte de aquella guerra que ya duraba demasiado.
Se situó en el lateral de la puerta y puso su mano en el manillar casi destartalado mientras veía con su vista periférica cómo el resto de vampiros se situaban detrás de él, excepto Lesley. Ella se había colocado al otro lado de la puerta y esperaba su orden. ¿Quién le iba a decir que aquella vampira maleducada acabaría obedeciendo sus órdenes?

Escuchó unos ruidos en el interior seguido de un grito desgarrador. Un grito de mujer, de sufrimiento y de dolor. Cerró los ojos y abrió la puerta de golpe entrando todos ellos como un vendaval. Todo despejado, no había rastro de ninguna mujer, tampoco de esos malditos malnacidos y torturadores.
Nikolai y Leyna adelantaron sus posiciones cubriendo a Adair y Lesley con sus propios cuerpos. Las voces provenían del primer piso, tres voces de hombre, casi guturales… Y los gritos de una única mujer. Se movieron rápidos, veloces, silenciosos, casi invisibles, como si jamás hubieran estado allí. No tardaron en encontrarse en el primer piso y los muy imbéciles no había ni cerrado la puerta.

La mujer tenía los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo sujetos por dos cuerdas que se tensaban y permanecían anudadas a dos ganchos de las paredes. Su cabello negro estaba enmarañado y por su rostro caían hilos de sangre. Cuando alzó la mirada y clavó sus ojos marrones en él sintió la desesperación y el temor de un ser humano.

Los tres Tywyll se dieron la vuelta. Al principio parecieron sorprendidos, pero tras evaluar la situación sus rostros se habían convertido en muecas despreciables. Estaban en inferioridad, sabían que caerían y aún así prefirieron luchar a salir corriendo como cobardes. ¿Eso decía mucho de esos seres? No, simplemente que eran más masoquistas de lo que él podría haber sospechado.

Se manejaba bien con casi cualquier arma, pero sentía debilidad por su Talwar. Aquel sable se lo había ofrecido una familia india hacía miles de años tras salvar a todas las personas de un ataque que habría acabado con todos. Era ligera, fácil de manejar y sus cortes eran precisos y mortales. Desenfundó su arma y el caos se desató.

No se centró en nadie más que en él mismo y su oponente. Los otros eran mayorcitos para saber qué debían hacer y lo importante era sacar a Kimberly de allí cuanto antes mejor. Aquel Tywyll escuálido, de mirada perdida y facciones demacradas había sacado un pequeño puñal que blandía ante él con una sonrisa de superioridad.

Ambos corrieron al encuentro del otro y sus armas chocaron. ¿Qué podía hacer un puñal contra un sable? Poco, pero debía reconocer que aquel engendro peleaba mejor de lo que esperaba. Se movió rápido haciendo un corte en uno de los brazos del ser y obligándole a retroceder mientras se llevaba la mano a la herida ensangrentada. Adair observó sus ojos y se mantuvo alerta, dejando que él también le escrutara. Se reanudó el segundo asalto y en esta ocasión sí pudo sentir el puñal mucho más cerca de su piel, de su costado. Había estado apunto de cortarle, pero era justamente lo que quería. Con el brazo del Tywyll atrapado entre su costado y su brazo aprovechó con la otra mano y rajó su pecho sin ningún tipo de cuidado. El ser cayó al suelo y soltó el puñal que cayó con un ruido sordo. Le encantaría matarlo con sus propias manos, sacar el corazón y apuñalarlo, pero…

Alzó la vista y vio que tanto Leyna como Nikolai tenía a los otros dos atados y preparaban las cuerdas para su víctima. Buscó a la otra vampira con la mirada y la encontró desatando las ataduras de Kimberly. Miró por última vez al cabrón y pasó por encima de él mientras escuchaba los pasos de los dos vampiros y los insultos del ser dirigidos hacia él.

– No se fía de nosotros – le susurró la vampira cuando estuvo lo suficientemente cerca – lo puedo ver en sus ojos igual que tú.

– Lo sé – Adair sabía lo que necesitaba aquella mujer indefensa. Cerró los ojos y se comunicó con sus dos compañeros – Owen la ayudará.

No hizo falta esperar demasiado tiempo. Una luz blanca, celestial se arremolinó a un lado de Kimberly y Owen apareció ante ellos con Eire cogida de su mano. El pelirrojo miró con sorpresa a Kimberly, pero su mirada se tornó dolida y agresiva cuando vio los cortes de la cara, la sangre que brotaba de su labio…

– Owen… – la mujer se echó hacia adelante intentando buscar el abrazo del Guerrero – tenía tanto miedo.

– Ya estoy aquí… Shhhh – dijo él para calmarla – tranquila… Yo cuidaré de ti – la apartó de su cuerpo y se giró hacia Adair – pido permiso para marcharme con ella. A solas…

– Concedido – respondió Adair asintiendo con la cabeza.

Kimberly se aferró fuertemente a la mano que Owen le había tendido y al cabo de un instante ambos se convirtieron en un fino haz de luz que desapareció de la estancia. Miró a las dos mujeres que estaban a cada lado de él y se dio la vuelta para contemplar a sus nuevos prisioneros.

– ¿Qué quieres hacer con ellos? – preguntó Eire – ¿Matarlos?

– Sí, pero primero buscaremos información que puedan proporcionarnos – les respondió a los cuatro.

– Esto va a ser divertido – dijo Eire adelantándose y acercándose a uno de los detenidos.

– Podían haberla matado – le espetó Lesley acercándose a Adair y susurrándoselo – ¿Y si no llega a ser Kimberly? ¿Y si hubiera sido Noah o cualquiera de sus amigos?

– No han cumplido la mayoría de edad… – dijo él sin mirar a la vampiresa – no pueden tocarles o más bien no deben.

– Tú lo has dicho – le espetó ella con cierto tono duro – no deben, pero eso no significa que no puedan – la vio alejarse de su lado y caminar hacia la salida.

– ¿A dónde vas? – preguntó él aunque sabía de sobra la respuesta.

– Siempre dices que tengo que cumplir con mi trabajo – dijo ella sin darse la vuelta – y eso es justo lo que voy a hacer.

– ¡Procura estar atenta! – le gritó Adair antes de que se marchara – te necesitaremos.

Sabía que ella le había escuchado. A pesar de la distancia que les separaba tenía buen oído. Dejaría que estuviera con él un tiempo y se aseguraba de que Noah estuviera a salvo, pero debía meterla prisa. Tenía que presentarse ante los otros dos amigos de Noah y acercarles a su círculo o se les echaría el tiempo encima. Y ningún Anfarwol quería eso.

***

La llamada le pilló de sorpresa. Se encontraba en su puesto de trabajo cuando Will le había informado que Jimmy Smith había ingresado en urgencias debido a un accidente de coche. Ahora, sentado en el sofá de su casa recordaba el momento justo de su llegada, la cara de su amigo, casi como si lo reviviera todo de nuevo.

Había subido las plantas todo lo rápido que le habían permitido sus piernas y cruzó las puertas de urgencias con rapidez, incluso llegando a arrollar a una de las enfermeras que hacía ronda. Distinguió la figura de Will al otro lado de la sala, justo donde empezaba la unidad de vigilancia intensiva. Se paró en seco y no hizo falta preguntar a su amigo qué había pasado.

– Fue un accidente – Will le puso una mano en el hombro – al parecer él no iba atento a la carretera y el coche se precipitó por un barranco… – le miró a los ojos – te avisé porque sé que ahora estás trabajando con él…

– ¿Cómo está? – preguntó Noah mirando alternativamente a Will y después por la pequeña ventana hacia la habitación donde se encontraba Jimmy – ¿Iba solo?

– No, su mujer iba con él – le confesó su amigo – por suerte llevaba el cinturón de seguridad bien puesto y no ha sufrido daños graves aunque se quedará en cuidados intensivos unos días.

– Joder… – Noah se llevó una mano al cuello y maldijo entre dientes. Cerró los ojos e intentó concentrarse, dejar de escuchar las voces, pero un hospital… – ¿Cuál es tu diagnóstico como médico? – alzó los ojos y los centró en su amigo a pesar de las voces que escuchaba en su cabeza.

– Tendrá suerte si sale de esta – dijo Will sinceramente como si estuviera dando la noticia a un familiar – está en coma, Noah. Si despierta… Será un milagro.

– Ya veo… – alzó la vista y clavó su mirada en Hoffman que se encontraba al lado de la cama de su jefe – ¿Han avisado a la familia?

– Sí, su hijo ya viene para acá – le confesó Will – no sé si esto afectará a tu trabajo de alguna manera…

– Eso es lo que menos me preocupa ahora – le confesó con cierto tono cortante a William.
Su amigo no se merecía esas palabras y mucho menos después de haberle avisado, pero aquella situación le estaba superando. Hoffman clavó la mirada en él y por un momento el resto de pensamientos se cerraron para Noah y escuchó claramente las palabras del policía. “¿Qué hace ese forense aquí?”. Tenía que irse y cuanto antes mejor.

– Te afecta estar con tanta gente, Noah – su amigo le apartó de la puerta y le llevó a un sitio más apartado – estás temblando – los ojos marrones de Will se clavaron en los suyos – vete a casa. Te mantendré informado, pero vete antes de que hagas algo de lo que después puedas arrepentirte.

– Sí… – dijo con un hilo de voz.

Sentía su cuerpo caliente, como enfebrecido, y no quería montar un espectáculo en medio del hospital. Se alejó de su amigo y le puso una mano en el hombro agradeciéndole con la mirada todo lo que estaba haciendo por él. Se dio la vuelta sin volver a mirar a la habitación de Jimmy y bajó a la sala de autopsias.
Recogió sus cosas, salió del hospital y se montó en su moto. Podría haber llegado a casa en menos de quince minutos, pero le apetecía sentir el aire fresco bajando su temperatura, enfriando sus emociones, sentimientos, pensamientos e incluso sus poderes. Corrió más allá de la velocidad permitida y al cabo de veinte minutos decidió volver a casa.
Aparcó la moto en el lugar de siempre y llegó a su apartamento. Vacío, como era de esperar. Encendió la luz y contempló que todo estaba tal y como lo había dejado…

El sueño o más bien los recuerdos habían terminado, y su vista se volvía nítida otra vez, revelando su apartamento. Cogió el móvil y miró la pantalla. Ninguna llamada y no sabía porqué, pero tenía la necesidad de hablar con Lesley, de contarle lo que había pasado… ¿Por qué le afectaba tanto el accidente de Jimmy? No era un amigo, tampoco un familiar, simplemente era alguien con quien trabajaba…
“Es un ser humano, es una buena persona…”, le dijo su voz interior. En todos los años que habían trabajado juntos había mantenido un tono amistoso con Noah y su relación era amigable, así que tampoco podía culparse por preocuparse… ¿Y si no hubiera sido Jimmy? ¿Y si hubiera sido Sarah, Evan, Will o él mismo? O peor, Lesley… Las personas daban por hecho que vivirían largas vidas y disfrutarían de su existencia hasta que la vejez acabara con ellos, pero no era así. En un momento estabas en este mundo y al siguiente te debatías en la habitación de un hospital por salvar tu vida…
El sonido del timbre le sacó de sus pensamientos. Se levantó del sofá y apretó el comunicador. La voz de Lesley le llegó alta y clara. Ella estaba allí, había venido a verle, casi como si pudiera sentir el mal momento por el que atravesaba… La dejó pasar y abrió la puerta. Asomó la cabeza y la vio salir del ascensor. Se quedó quieto, completamente parado y justo cuando iba a decirle que no había tenido un buen día ella le besó, le besó con pasión haciendo que sus manos rodearan la cintura de ella y la estrecharan más contra sí mismo.

***

Había ido allí para asegurarse de que él se encontraba bien, que ningún Tywyll se encontraba cerca de su casa, nadie que pudiera herirle ahora que se encontraba vulnerable y aún no controlaba todos sus poderes. Su mente le repitió mil veces las razones por las que no debía apretar el timbre, por las que no debería estar cerca de él. Y perdió la batalla cuando distinguió la luz de su apartamento.
Mientras el ascensor subía se reprendió mentalmente por ser tan estúpida. ¿Y ahora qué iba a decirle? ¿Qué iba a hacer? Pero no necesitó mucho más para averiguarlo. Las puertas se abrieron y cuando le vio, parado en el umbral de la puerta… A su mente acudieron imágenes de Noah torturado y quizá muerto a manos de esos malnacidos. ¡Y una mierda! No volvería a perder a otro ser humano y menos a él.
Le besó. Apenas era consciente de las acciones que su cuerpo realizaba, pero sentía que él necesitaba eso tanto como ella. Noah se apoyó contra la pared cuando cerró la puerta con el pie y Lesley se apoderó de sus labios disfrutando de la sensación de cada contacto de su lengua con él.

– Estaba pensando en ti – le susurró él al oído mientras sus labios se perdían por el hueco de su cuello – parece como si pudieses leerme la mente.

Irónico. En realidad, él sí que podía hacerlo, siempre y cuando ella se lo permitiera. Ahora es cuando debería decir algo similar y pensó que le sería fácil mentir, decirle que también estaba pensando en él… No era una mentira, había sentido una opresión en la boca del estómago. “Preocupación por un protegido. Nada más”.

– Y yo a ti… – dijo Lesley pasando sus manos por su cuello, bajando por sus hombros y deleitándose con cada contorno de su cuerpo cubierto por la camiseta que llevaba – hoy no he tenido un buen día.

– Yo tampoco – le respondió él bajando sus manos hasta su cintura y ascendiendo lentamente por debajo de la camiseta de tirantes que llevaba – es un día para olvidar… Hasta ahora.

– ¿Y en qué ha mejorado? – preguntó ella deslizando su lengua por su cuello y sintiendo el escalofrío del cuerpo del hombre. “Tendría que alejarse, irse de allí y volver a sus tareas, pero…”. Aquellos besos eran adictivos y cuando las manos de él alcanzaron sus senos y los acarició por encima de la tela… – Joder…

– Me has salvado de una noche solitaria, ¿te parece poco? – él se apartó para mirarla a los ojos y Lesley no pudo evitar sonreír. Ver aquellos ojos verdes refulgiendo por ella la hacían sentir extraña – ¿qué te ha pasado hoy?

– No quiero hablar de eso, ni de nada – le pegó más a la pared y aprovechó para agarrar el borde de su camiseta y sacársela por la cabeza – simplemente quiero sentir…

Sí, sentir todo lo que no había sentido en aquellos años. Estaba muerta, maldita sea. Hacía siglos que había dejado eso atrás y le había costado mucho deshacerse de ese gran lastre para ella. Había cerrado su corazón, sus emociones con un cerrojo y ahora… Con unos simples besos había dicho tres palabras prohibidas por ella.

– Estamos de suerte porque yo quiero lo mismo – le espetó él girándose y poniéndola a ella contra la pared – creo que llevas demasiada ropa… – las manos de Noah recorrieron su figura nuevamente y tiró de su camiseta sacándosela por la cabeza – preciosa…

Había visto pasión en los ojos de muchos hombres, pero cuando la recorrió con la mirada deteniéndose en sus pechos y sus manos siguieron el mismo camino hasta posarse en ellos… Lesley tuvo que cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás. La acarició con delicadeza como si su cuerpo fuera algo venerable y desabrochó su sujetador dejando que el frío aire impactara contra su piel. Un aire que no la enfriaba sino que la ponía más febril aún.

– Noah… – su voz salió ronca, gutural debido al placer que estaba experimentando en aquellos momentos – yo…

Dejó de pensar, de conectar dos palabras juntas o dos ideas cuando los labios de él se posaron sobre su pezón y lo succionaron haciendo que un rayo de calor atravesara su cuerpo y fuera a parar a su mismísimo centro. Gimió y pasó las manos por su cabello rubio y corto acercándole más a sí misma.
¿Cuánta pasión podía soportar una persona? No lo recordaba, pero sus sentidos se habían incrementado y los gemidos escapaban involuntariamente de sus labios. ¿Desde cuándo se había convertido en una mujer sumisa y sin iniciativa? Bajó las manos por el torso y abdomen de él. Bajo la camiseta parecía que no se ocultaban grandes músculos, pero Noah estaba fornido. Quizá no fuera un luchador romano, ni tampoco un Guerrero de la Luz, pero tenía material suficiente para defenderse y defender.

Sus manos continuaron el camino hasta que se detuvo en el botón de sus pantalones. Los labios de Noah habían pasado de un pezón al otro y las manos del hombre bajaban por su espalda y acariciaban sus nalgas con cierta rudeza que le gustó. Desabrochó sus pantalones y comenzó a bajárselos.
Mierda, se moría de ganas por agarrar su miembro erecto y acariciarlo hasta que él echara la cabeza hacia atrás, gimiera y suplicara por liberarse. Tuvo que morderse los labios ante la imagen que acudió a su mente cuando sus dedos rozaron el apretado miembro masculino. Noah se separó de ella un momento y un gemido escapó de sus labios flexionando las caderas contra su mano y autocomplaciéndose.
Los besos continuaron y ella movía la mano por encima de la tela de sus boxers. Maldita prenda molesta… Necesitaba sentirle contra su piel aunque era un pensamiento irracional para ella. Ninguno de los dos se dio cuenta de que sonaba un teléfono hasta que Lesley sintió la vibración en el bolsillo del pantalón.

– No lo cojas… – le suplicó Noah acariciando su cuerpo con las manos – deja que suene o mejor lánzalo lejos de aquí…

Ojalá pudiera hacer eso. A nadie le molestaba más que a ella ser interrumpida cuando estaba haciendo algo tan íntimo como aquello o beber sangre, pero estaba segura de quién sería la llamada. Se apartó de Noah y dio varios pasos mientras descolgaba el móvil y se lo ponía en la oreja.

– Sabía que serías tú – espetó ella casi en un susurro – ¿qué quieres?

Escuchó cada palabra, cada orden y no pudo mirar a Noah sabiendo que él no podría entender porqué lo había hecho. Estaba segura de que Adair lo había hecho adrede… En ocasiones juraría que aquel maldito hombre, ser o lo que fuera tenía una puñetera bola de cristal desde donde controlaba a todos sus guerreros.

– Estaré allí lo antes posible – continuó diciendo ella, pero al escuchar las últimas palabras claudicó – ahora mismo – colgó – tengo que irme.

– ¿A estas horas? – Noah intentaba mantener su tono de voz neutro, pero apenas podía controlar la rabia que sentía en aquellos momentos – nunca había conocido un caso como el tuyo…

– ¿A qué te refieres? – preguntó ella encarándole y mirando aquellos ojos verdes que habían pasado de fogosos y calientes a fríos y helados.

– Es un poco raro que una contable tenga que trabajar casi a las once de la noche – dijo él alejándose un par de pasos hacia el salón – pero sabes qué… Me da igual – no se dio la vuelta y Lesley observó su figura de espaldas – ya has decidido qué es lo más importante para ti.

– ¡Eso es injusto! – le espetó ella dando un par de pasos – es trabajo, nada más. No tiene que ver contigo, no tiene que ver con…

– ¿Con que no quieras acostarte conmigo? – él se dio la vuelta y alzó los brazos para después dejarlos caer a ambos lados de su cuerpo – he esperado… No me importó que te fueras el otro día a pesar de que… – se quedó callado – entendía que quisieras ir despacio, pero…

– ¿Pero qué? – Lesley alzó la voz. Quizá no fuera lo más sensato propiciar una pelea en aquellos momentos, pero no podía evitarlo – atrévete a decirme lo que te has estado callando.

– No sé qué relación tenemos y eso no me gusta – terminó diciendo Noah sin mirarla a los ojos – te entregas, pero no completamente…

– ¿Necesitas follarme para saber si podemos estar juntos? ¿Es lo que me estás diciendo? – le espetó Lesley con cierto tono duro – porque si es así me he equivocado mucho contigo.

– No estoy diciendo… ¡Joder! – Noah se dio la vuelta y caminó hacia la ventana que daba a la calle – Lesley…

– Será mejor que me marche y nos demos un tiempo para pensar y reflexionar… – caminó hacia la puerta sintiendo ira, pero también teniendo claro que ella misma había provocado aquella situación. “No deberías haber subido”, le dijo su voz interior.

– Hablaremos más tarde… – dijo él mirándola. Ella no se había dado la vuelta, pero podía sentir su mirada clavada en su cuerpo.

– Quizá – y con esto ella salió y cerró la puerta tras de sí.

Caminó con paso rápido. Necesitaba salir de allí y de paso pensar en las posibles maneras de matar a Adair. Quizá quemarle vivo o atravesarle con su propio sable… Aunque era más factible que él acabara con ella por desobedecer sus órdenes…

***

¿Desde cuándo se había convertido en un capullo? ¿Le importaba más el sexo que una persona? Joder… ni siquiera sabía porqué había dicho todas aquellas cosas. Era cierto que llevaban tiempo viéndose y que no sabía hacia donde iba su relación, pero no como para relacionarla con el sexo y ahora se daba cuenta de su error.

– Eres idiota y aún no te habías dado cuenta… – se espetó a sí mismo sentándose en el sofá – ¡Te tenías que comportar como un cabrón con ella!

Ahora sentía rabia contra sí mismo, contra todo lo que había pasado y por lo estúpido que había sido. Su vista recayó en un pequeño cenicero que su tía le había traído de uno de sus viajes; un poder comenzó a resurgir en su interior mientras su mirada no se apartaba del objeto. Sentía una presión en su cabeza y cómo su cuerpo temblaba hasta que el cenicero explotó.

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