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black and white photo of  vampire woman  bites a blind man

CAPÍTULO XI

Había escuchado completamente el relato que Noah le había contado. Dejó que él se desahogara, que pensara detenidamente en todo lo que tenía en su interior. Había aprendido con el tiempo y sobre todo en su profesión, profesora de niños pequeños, que no podías forzar a una persona a que te contara las cosas. Debías dejar que asimilara todo, lo procesara en su interior y que él mismo te contara qué era lo que estaba ocurriendo.
No estaba siendo la mejor semana para su amigo y lo sentía enormemente por él. Noah era un hombre simpático, amable, cariñoso, gracioso, amigo de sus amigos, con un alto nivel de sensibilidad y también de ética. Amaba a sus tíos y Sarah sabía que echaba mucho de menos a sus padres aunque él jamás lo reconocería abiertamente.
Por ello, le había costado tanto imaginarle discutir con Lesley por una cosa como aquella. El sexo era importante en una relación, ella no sería la necia que diría eso, pero no era lo más importante ni lo esencial. Dentro de la unión entre dos personas debía existir la confianza, el amor mutuo, el conocimiento del otro y estaba segura de que el mayor problema de ambos era que no se habían conocido lo suficiente.

Las palabras de Noah se apagaron y Sarah volvió su vista hacia él. Observó sus ojos verdes, interrogadores, deseosos de conocer una respuesta, su visión de las cosas. Entre ellos siempre había existido sinceridad y no sería ahora el momento de romper aquella tónica. Inspiró profundamente y se preparó mentalmente para todo lo que quería comentarle.
En primer lugar le hablaría de Lesley, le explicaría lo que pensaba sobre el tema, y aunque ella no era la más indicada para dar consejos de amor… Sus dos últimas relaciones fueron cuanto menos penosas, pero le daría su opinión y consejos sinceros. Y después abordaría nuevamente el tema de su enfrentamiento con Evan. No quería que Noah volviera a alterarse y no escuchara ninguna de sus palabras. Y eso podía ocurrir con mucha facilidad.
A pesar de que su amigo era buena gente, tenía tendencia a dejar de escuchar cuando la opinión no le favorecía y no solo eso… Era muy cabezón en algunos aspectos así que mejor ser precavida. Sonrió al ver su impaciencia y comentó.

– No sabía que las cosas con esa chica habían llegado tan lejos – sonrió y puso una mano ante él al ver que Noah iba a disculparse – yo no te voy contando qué tal me van mis nuevos novios así que… – negó con la cabeza – no te disculpes.

– Aún así… – comenzó a decir Noah, pero ella le cayó con una única mirada.

– Después de escucharte hablarme de ella, de que me contaras lo bien que te sientes cuando estás con Lesley – suspiró y le miró a los ojos – puedo decir con toda sinceridad que te estás enamorando de ella – se aclaró la garganta y le miró con un rostro serio mientras cruzaba sus brazos a la altura del pecho – pero también te diré que te has comportado como un auténtico capullo.

Noah esbozó una sonrisa y Sarah aprovechó para acomodar mejor sus pies en el banco. Al principio se habían sentado en la acera, pero después habían caminado hacia un parque cercano y se habían sentado en el banco. Él sentado correctamente y ella con su trasero apoyado en el respaldo del banco haciéndose más alta que Noah y pudiendo controlar mejor la situación.

– ¿Cómo se te ocurrió recriminarla por eso? – Sarah arremetió contra él y en aquellos momentos casi parecía que estaba contra su enemigo más que con su amigo – quiero decir… Después de tu última relación pensé que serías más prudente y menos impulsivo – negó con la cabeza – entiendo que ella no debió coger el teléfono, pero no todas las personas tienen que tener nuestras mismas normas… – le miró a los ojos – se rigen por otras totalmente distintas.

– Eso ya lo sé – le espetó Noah apartando la mirada – sé que me he comportado fatal con ella y le debo una disculpa formal. En cuanto me atreva a coger el dichoso teléfono y llamarla – Noah no la miraba esta vez a ella sino a un punto frente a sí mismo.

– Ese es tu segundo mayor error – le confesó Sarah viendo cómo su amigo no apartaba la vista de aquel lugar, casi como si pudiera estar viéndola – lo primero que deberías haber hecho al día siguiente fue llamarla. Quedar con ella – se quedó callada al ver la expresión de pesar que se adivinaba en el rostro de él – y arreglar las cosas como personas civilizadas que sois.

– En ocasiones pienso que eres la voz de mi conciencia solo que multiplicada por tres – sonrió él ladeando la cabeza y dedicándole una mirada un poco más animada – pero…

– Escúchame… – Sarah se bajó del sitio donde estaba y se sentó al lado de su amigo. Le tomó de la mano y se la apretó – aún no es tarde – le miró como diciendo “sé que ibas a decir eso, no te molestes” – puedes coger tu móvil, marcar su número de teléfono y hablar con ella para arreglar las cosas.

Los dos se quedaron en silencio. Él pensativo con las últimas palabras que le había dicho y ella pensando si sería bueno terminar de decirle lo que pensaba sobre Lesley y él. Amigos, eran ante todo eso, así que se lo soltó.

– Pero creo que deberíais basar vuestra relación en algo más duradero, más firme – le confesó ella con determinación – ni el sexo, ni la atracción… Conoceros, gustaros mutuamente, presentaros a vuestros amigos y amigas, haced el esfuerzo y si ambos estáis preparados y queréis – ésto lo dijo más por la misteriosa Lesley que por Noah – acostaros cuantas veces queráis.

– Creo que lo ves demasiado fácil – le susurró Noah negando con la cabeza, pero con una sonrisa en sus labios, una sonrisa que expresaba que estaba de acuerdo con ella.

– Sí, por eso todas mis relaciones son tan fructíferas y estoy criando a los hijos de otros en vez de a los míos propios – le confesó Sarah soltando una carcajada, y al ver la expresión de Noah añadió – te aseguro que adoro a mis alumnos y son lo más preciado para mí, pero… – suspiró mientras se encogía de hombros – tengo casi treinta años y aquí estoy.

– Serás madre, tendrás una buena vida y un hombre que de verdad te merezca – le confesó Noah sin apartar la mirada de aquellos ojos verdes como los suyos – lo que pasa es que no has dado con el adecuado – se acercó a su oído – ya sabes que lo bueno se hace esperar.

– ¡Cierto! – dijo ella soltando una carcajada – y te aseguro que cuando lo encuentre… ¡Le tiraré el lazo y jamás podrá escapar de mí!

Los dos se rieron y tardaron un rato en recuperarse de ese ataque. Sarah contempló el rostro de Noah y se dio cuenta que no había cambiado casi nada, a excepción de que se notaba una mirada algo más dura. Era increíble pero Will ya tenía treinta años, Evan los cumpliría en dos semanas, Noah le seguiría dos semanas después y por último ella. Noah y ella se llevaban un mes únicamente.
Se hacían mayores y el paso del tiempo era inevitable para todos ellos. Tantos años juntos y ahora por determinadas circunstancias se estaban separando progresivamente. Cerró los ojos y se armó de valor, suplicando a su espíritu que Noah no se cabreara más de lo debido.

– Y cambiando de tema… – sintió la tensión del cuerpo de Noah incluso antes de que pronunciara las palabras – creo que tanto Evan como tú estáis llevando esto a los extremos – apartó la mirada de su amigo y la bajó a sus propias manos – Noah, tienes que aprender que no todo en esta vida es negro o blanco.

– ¿Qué quieres decir? – preguntó él alzando una ceja – ¿Debería ser un hipócrita y darle mi consentimiento para que sea el verdugo de otras personas?

– Noah, no todos podemos hacer todas las cosas que querríamos – le confesó Sarah poniendo un tono más duro – tenemos que vivir con lo que tenemos, cumplir con nuestro trabajo. Si las cosas fueran fáciles nadie tendría problemas, no existirían las guerras, ni la hambruna, ni tampoco las desigualdades sociales – le miró a los ojos con cierto enfado en sus facciones – ¿no te has parado a pensar que quizá Evan no ha tenido más opción que ésa? A él le puede gustar tan poco como a ti – se relajó un poco y se encogió de hombros.

Ambos se quedaron en silencio. Sarah levantó la mirada y observó uno de los columpios del parque y recordó a James, uno de sus alumnos más jóvenes, que apenas dos semanas atrás le había dado una buena lección de amistad y moral.

– Solo digo que ante todo, él es tu amigo – le dijo ella con sinceridad y sin buscar su mirada – ha estado contigo cuando más lo necesitabas y tú con él – suspiró y se atrevió a enfrentar su mirada, una mirada cargada de furia, pero se sorprendió. Noah tenía los ojos clavados en ella y en ellos no veía enfado, sino más bien reconocimiento por sus palabras – ambos tendréis que aceptar que no siempre estaréis de acuerdo con el otro.

– Sé que en el fondo tienes razón, pero no puedo dejar de pensar en todas esas personas que sufrirán por… – negó y se quedó callado como una tumba.

– Él no lo ha hecho por hacer daño a esas personas y si piensas así… Tendrías que sentir lo mismo por mí, por Will, e incluso por ti mismo – al ver la expresión asombrada de él, le confesó – ¿Cuántas veces ves a esos pobres niños de los países africanos y árabes morir de hambre o a manos de las guerras que asolan sus países y no haces nada? – alzó una ceja – las cosas no son fáciles. Yo tampoco apruebo que esa gente quede impune, pero te recuerdo que es la empresa y no Evan quien atenta contra la vida de esas personas – deslizó una mano por su espalda como intentando dar más apoyo a sus palabras.

– Tienes razón – Noah se quedó pensativo unos segundos – le he juzgado sin pararme a pensar que Evan puede haberlo pasado igual de mal, aunque si lo hubiera sentido no habría aceptado ese aumento de sueldo y de puesto… – al ver la mirada de Sarah se le dibujó una pequeña sonrisa y añadió – creo que son dos a las personas que debo pedir disculpas.

– ¡Parece que se te está acumulando el trabajo! – Sarah le arrebató el móvil y comenzó a buscar en su agenda – por cierto… – alzó la vista un momento de la pantalla – Will y yo habíamos pensado darle una fiesta sorpresa a Evan por su cumpleaños – se encogió de hombros con una sonrisa – y también para celebrar…

– Su ascenso – terminó de decir Noah intentando quitarle el teléfono – me parece una gran idea. Contad conmigo, si es que Evan y yo volvemos a ser amigos.

– Yo estoy completamente segura – dijo Sarah con una amplia sonrisa mientras buscaba el nombre de la persona exacta – Evan a pesar de su temperamento te considera su mejor amigo Noah. Y ahora… – pulsó una tecla y le tendió el teléfono – vas a llamar a Lesley y a hablar con ella.

– ¡Serás bruja! – le espetó él arrebatándole el teléfono y poniéndoselo en la oreja mientras escuchaba los tonos – esta me la vas a pagar.

– Sí, ya sé que me darás las gracias – dijo ella con una sonrisa cómplice – cuando termines estaré esperándote allí – señaló uno de los columpios y se marchó

Sarah se sentó a los pies del tobogán que ahora estaba en calma por la ausencia de los niños que lo llenaban de vida durante todo el día y observó de lejos a Noah. Vio que él colgaba y volvía a llamar. No era bueno perder la vida en resentimientos y malos entendidos, y menos por situaciones tan insignificantes como ésas, cuando había tanto sufrimiento en el mundo. Sentimientos que ella podía sentir en cada persona que la rodeaba y cada día se hacían más y más fuertes.

***

Los pasillos estaban oscuros, apenas iluminados por sendas velas que recorrían la estancia, iluminando determinados tramos del camino. Aleksei había construido varios pasillos subterráneos debajo de su residencia en Nueva York, la cual ponía a disposición del Consejo para cuando fuera necesario. Habían trasladado a los detenidos desde su ático hasta allí para tener un mayor control sobre ellos. Aquellos interminables pasillos desembocaban en unas mazmorras que habían sido creadas exclusivamente para aquellos seres del demonio o más bien de los dioses.
Celdas incrustadas en la fría piedra del suelo, apenas iluminadas, protegidas no solo con puertas forjadas en acero puro, sino también reforzadas por una red de electricidad que atravesaba el cuerpo de cualquier ser que osara tocarlas sin la protección debida. Era una espléndida mansión exteriormente, pero un verdadero complejo subterráneo en su interior.

Sin embargo, en aquel momento no se dirigía a las mazmorras sino a la sala de interrogatorios que estaba al fondo. Cuando entró por la puerta observó la escena: el Tywyll estaba apresado por las muñecas y sus pies no alcanzaban el suelo. Los ojos de Adair se volvieron temporalmente de un color blanco brillante y en sus labios se dibujó una pequeña sonrisa.
La sala era espaciosa y también podría decir que inmensa. De las paredes colgaban varios candelabros que iluminaban la estancia, no había casi muebles, tampoco ningún lugar para sentarse. Solo existían dos ganchos a cada lado de la habitación con sendas cuerdas que ataban a los enemigos y les obligaban a quedar inmovilizados. Se quedó unos minutos más en las sombras, disfrutando de la oscuridad que le ocultaba a pesar de su estatura, y de la incertidumbre del asesino de no saber quién había entrado.

– ¿Quién es el Tywyll que está perpetrando la “matanza de Toronto”? – preguntó Owen con voz dura e inflexible – ¿No os basta con ser escoria que también tenéis que dañar a humanos inocentes?

– Los humanos sí que son escoria y también estiércol – le respondió el Tywyll soltando una carcajada carente de vitalidad – y vosotros os empeñáis en proteger a una especie que si conociera vuestra estúpida existencia… – se pasó la lengua por los labios manchados de negro, manchados de su propia sangre – os daría caza y os investigaría para su propio disfrute.

– ¿Eso es una declaración de que no colaborarás? – preguntó Owen cruzándose de brazos.

Adair observó la escena desde su posición aventajada, memorizó cada palabra, cada gesto del ser que tenía delante, pero cuando el Tywyll escupió en la cara de su Guerrero supo que no sacarían nada más de él. Se adelantó un par de pasos y vio que los ojos sin vida del Tywyll llameaban al verle.

– ¿Qué tal se lo está pasando nuestro invitado? – preguntó en tono irónico el Guerrero moreno quedando frente al ser y ladeando la cabeza hacia su compañero – por tu expresión creo que no quiere colaborar ¿cierto?

– Ohhhh el gran Adair… – la voz del ser parecía de ultratumba y podría haber puesto los pelos de punta a cualquier otra persona menos a él, menos a sus Guerreros – he oído hablar mucho de ti.

– Siento no poder decir lo mismo – le espetó Adair sin volver la vista a él – puedes marcharte, Owen – observó los ojos verdes del Guerrero y cómo asentía con la cabeza – yo me encargaré de él.

– Me siento muy halagado de que seas tú quien me mate – le espetó el Tywyll moviendo los pies para intentar tocar con la punta de ellos el suelo – sabes… no os diferenciáis en nada a nosotros – sus últimas palabras salieron despectivas.

Adair observó cómo su compañero salía de la estancia, pero no se volvió inmediatamente. Todavía recordaba el momento de la detención de aquel devorador de odio, el momento en que sus ojos se clavaron en los de él; supo que le daría muerte, que acabaría con él. No se había convertido en el jefe de los Guerreros de la Luz por sentir especial compasión, pero tampoco era amigo de matar a sangre fría.

– Existen muchas diferencias entre vosotros y nosotros – le espetó Adair dándose la vuelta – somos como el día y la noche, el sol y la luna – le cogió de los harapos que llevaba por ropa y lo acercó un poco más hacia su rostro – nosotros tenemos dignidad y honor. Algo de lo que vosotros carecéis desde que nacéis.

Aquellas palabras hicieron soltar una risita al Tywyll que movió los pies con más entusiasmo. Joder, aquellos seres eran completamente humanos en apariencia, pero bajo la superficie eran completos asesinos. Lo sabía desde que el mundo era mundo, y aún así… Siempre les dejaba la misma opción cuando su muerte se acercaba. No podía matarles sin tener un enfrentamiento directo con ellos porque aunque sabía cómo eran y lo que eran… su rostro humano podía llegar a confundirle.
Desató sus muñecas de las cuerdas de hierro que las sujetaban y dejó que cayera. Al principio sus rodillas tocaron el frío suelo de piedra maciza, puesto que no esperaba aquel acto por su parte, pero después se levantó poco a poco, con más seguridad hasta que su cuerpo se sostuvo por sus dos extremidades.
Le tendió una pequeña espada que reposaba sobre la única mesa que había en la estancia y el Tywyll demudó su expresión a una más bien sorprendida. Sí, muchos conocían a Adair de oídas, pero ninguno había podido contar que daba a sus atacantes la oportunidad de vencerle en un cuerpo a cuerpo antes del final.

– Un día de estos… – el Tywll sopesó la espada y el peso de ésta entre sus manos – tu honor y orgullo acabarán contigo.

– Veamos si ese momento ha llegado ya – le espetó el Guerrero.

Tenía previsto que el muy malnacido atacaría sin previo aviso, sin alarmar a su oponente, sin presentar respetos. No, no era nada nuevo para él. Se separó justo en el momento en que el filo de la espada estuvo apunto de rozar la camiseta de tirantes negra que llevaba puesta. Se echó hacia atrás y observó con sus ojos plateados al Tywyll que mecía la espada mirando a su alrededor y maquinando en su pequeña cabeza cuál sería el ataque más eficaz para darle muerte.
Cerró los ojos y se concentró en la lucha dejando que todo lo demás quedara a un lado. Era como en el campo de batalla, y él había librado tantas que ya no las recordaba todas. Inspiró profundamente y dejó su mente en blanco, olvidando todos los rostros de sus compañeros, todas las peleas, todos los sentimientos y emociones. Reaccionó cuando él se abalanzó con la espada e intentó clavarla en su costado.

Adair se giró y aprovechó para llevar su gran mano a la espalda donde descansaba su Talwar sujeta por unas cintas que estaban amarradas a su amplio pecho. La desenfundó con rapidez, se situó frente al Tywyll que le miraba con una sonrisa colérica y arremetió contra él. El filo de su hoja no le tocó, pero sí impactó contra el acero de la espada del ser. La fuerza que ambos seres ejercían era inhumana, más allá del poder de cualquier ser terrenal y mortal.
Se apartaron como si hubieran sido electrocutados y ambos volvieron a su posición. El Tywyll, el cual no había querido revelarles su nombre, se llevó la mano a la boca y limpió la sangre que aún goteaba por sus labios por la última paliza recibida en el interrogatorio. Aquello no conseguiría persuadirlo. A pesar de tener un rostro humano, la sangre que brotaba de su interior no era roja y brillante sino negra como el petróleo, que tanto daño estaba causando a la Madre Tierra.
Adair adoraba la paciencia y sobre todo controlaba sus emociones con mano férrea, de no ser así no podría controlar sus propios instintos y se convertiría en un hombre totalmente distinto. El Tywyll comenzaba a impacientarse y aquello no era bueno en una lucha como aquella, pero no era asunto suyo y contrarrestó el golpe de su espalda con su Talwar. Sin embargo en esta ocasión no sería tan generoso… Con un simple movimiento de muñeca dejó que el metal de su arma arañara el costado del ser haciendo que un grito de dolor desgarrara su garganta.

Se echó para atrás manteniendo una mano en su costado y sus ojos se volvieron completamente negros, como dos pozos oscuros y sin fondo. Maldad y odio brillaba en ellos. En aquella ocasión la espada iba recta, directa a ensartarse en cualquier parte de su cuerpo y aunque consiguió esquivarla, el ser consiguió propinarle un codazo en el estómago y echarle hacia atrás.
Dolor. Él también sentía, tenía emociones aunque pocas veces las experimentaba. Su enemigo pagado de sí mismo se acercó con chulería hacia él espada en mano. Adair se incorporó y vio la mejor posibilidad que tenía. Aferró con fuerza el mango de su arma y con un rápido movimiento, propio de los Guerreros de la Luz, se situó detrás del Tywyll. Una de las ventajas de ser una Guerrero de la Luz era ser incluso más rápido que ésta. Podía moverse por el mundo como una energía propia en sí misma.

Clavó su Talwar en el estómago de su oponente y rodeó con su brazo el cuello del ser apretando para acallar el grito que pugnaba por salir. Desenterró la espada de su cuerpo y la clavó alrededor de su corazón, cercenando lentamente y apretando mientras tanto su brazo alrededor de su garganta. El corazón cayó al suelo sin emitir sonido alguno cuando terminó de cortarlo de su cuerpo, se dio la vuelta empujando al Tywyll dejando que cayera al suelo con los ojos fijos en su bien más preciado. Aquel al que habían renunciado desde que nacieron o se convirtieron.

– Me parece amigo mío – Adair pronunciaba las palabras monótonamente – que te convertirás en uno de los tantos que no podrán contar qué ocurrió aquí – se situó con el corazón a sus pies, pero antes arrebató de las manos del Tywyll la espada que le había prestado.

Aunque él intentó negar con la cabeza, emitir cualquier tipo de sonido, le fue imposible y vio con ojos impotentes como Adair descargaba la espada atravesando el corazón y haciéndole soltar un grito inaudible. Su cuerpo se fue haciendo cada vez más pálido, más envejecido y antiguo y al cabo de unos minutos, un montón de llamas negras se propagaron alrededor de él y desapareció dejándole completamente solo. Como siempre había estado.

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