Etiquetas

, , , ,

black and white photo of  vampire woman  bites a blind man

CAPÍTULO XIII

Jamás en su vida había visto nada parecido. Estaba acostumbrado a la muerte, a ver cadáveres, realizar autopsias, pero… ¿Cómo podías acostumbrarte a ver simplemente la mandíbula de una persona? Solo eso para identificar varios de los cadáveres que habían llegado al depósito. Con la ayuda de Mark, los tres forenses habían conseguido identificar los cuerpos que entraban y elaborar una pequeña ficha para que los posibles familiares supieran donde recoger sus restos. O lo que quedaba de ellos.
Se quitó la bata con pesadez, caminó hasta su taquilla y sacó todo lo que había dejado allí la noche anterior. Cerró la puerta sin fuerza, dejó caer la cabeza contra la taquilla, sintiendo el frío del metal enfriar por un momento sus emociones. Cerró los ojos e intentó borrar todas las imágenes. Aquel era un trabajo sencillo y esencial para él, pero… En ocasiones era un asco.
Se recompuso. Miles de personas morían al día, era ley de vida. Nadie duraba para siempre y como bien decían los refranes, las canciones, los libros y las grandes mentes… todos nacemos para morir. Se puso la chaqueta que había traído y salió a la calle, donde se podía notar el frío de la mañana.
Era curioso. Había entrado de noche en el hospital y ahora los primeros rayos del sol despuntaban en el cielo, dando la bienvenida a un nuevo día. Un día que él podría contemplar mientras que otros no podrían volver a hacerlo. Se encaminó a su moto con todos esos pensamientos rondando por su cabeza. Lo único que quería era llegar a casa y descansar, pero cuando pensó en aquello recordó algo.
Lesley… Había quedado con ella, no había aparecido y encima no había tenido la ocasión de llamarla. Miró su reloj y pensó que ella aún estaría durmiendo, así que la llamaría en cuanto llegara a casa. No tardó en aparcar la moto, cruzar la puerta de entrada a los apartamentos y subir al suyo, girar la llave y ahí estaba. Su casa y un pequeño santuario también para él.
Se quitó la chaqueta, se descalzó despacio, sacó su móvil del bolsillo y tras pasar la puerta de su dormitorio se tumbó en la cama mientras escuchaba el sonido de las teclas al marcar el número de Lesley. Esperó un tono, dos tonos y al tercero, ella respondió.

– Buenos días… – a Noah no se le había ocurrido nada mejor que decir – siento mucho haber faltado a nuestra cita, pero juro que pasó algo importante… – se quedó en silencio y escuchó la respiración irregular de ella al otro lado de la línea.

– Estaba esperando tu llamada – le confesó ella y aquello extrañó sobremanera a Noah. En su voz no se notaba el enfado y aquello sí que era raro.

– Entendería que estuvieses enfadada conmigo por dejarte plantada, pero tienes que saber que no fue cosa mía – las palabras brotaban de los labios del hombre dándose cuenta de lo malo que había sido siempre para disculparse – hubo un incendio y tuve que quedarme para echar una mano y…

– Ya sé lo del incendio… – comentó ella con cierto tono comprensivo.

– ¿Sí? – preguntó él impresionado de que la noticia hubiera llegado a ella – ¿Ha salido en las noticias?

– ¿Bromeas? Ha sido una auténtica catástrofe e incluso han muerto dos bomberos jóvenes – le contestó ella rápidamente – ¿Estás bien?

– ¿Yo? Sí – respondió él con rapidez – ¿Por qué no debería de estarlo?

Sí… ¿Por qué no debería estarlo? Aquellas cosas pasaban y con el tiempo, todos olvidamos las desgracias ajenas y nos centramos en las nuestras propias. Cerró los ojos y sintió que el sueño comenzaba a vencerle, pero antes tenía que aclarar las cosas con la mujer que estaba al otro lado de la línea. Las últimas palabras que ella pronunció le hicieron desearla aún más.
Por un momento todo se borró de su mente y se la imaginó con él, en la cama, entre sus brazos, curando su alma rota por los acontecimientos de la noche anterior. La necesitaba, quería estar con ella para abrazarla, poseerla, hacerla suya, para acariciar su cabello y dormir pegado a ella.

– ¿Me estás escuchando? – preguntó la mujer al otro lado.

– Perdón, me había perdido en mis pensamientos y sobre todo en el cansancio – confesó – ¿Qué me estabas diciendo?

– Es duro que una persona tenga que ver todo lo que hoy has visto – le contestó ella con aquella voz que parecía ser como un calmante – si necesitas cualquier cosa… Solo tienes que decírmelo.

– Quiero que no te enfades por lo que ha pasado – miró su reloj – me encantaría verte en estos momentos, pero tienes que trabajar y yo dormir un poco – intentó sonreír, pero no pudo – o no me reconocerás cuando me veas, pero sobre todo… – inspiró y lo dijo – quiero verte. Quiero que aclaremos todo lo que pasa entre nosotros, que hablemos con sinceridad. ¿Podrás darme algo de todo lo que te pido?

– Me parece que sí – le confesó ella y Noah casi pudo ver cómo Lesley sonreía al otro lado, sonreía para él – no trabajarás hoy ¿verdad? – aquella pregunta sí que le hizo esbozar una sonrisa triste.

– No, no tengo que trabajar – espetó él cambiando el móvil de oreja y hundiéndose más en su cama – ¿A qué hora te viene bien?

– A las ocho – su respuesta fue rotunda – y en esta ocasión seré yo la que pase por tu casa para recogerte.

– Me parece perfecto – confesó Noah llevándose una mano a los ojos y restregándolos para intentar aplacar el sueño que luchaba por vencerle – ¿traerás ese escarabajo y no pelotero precisamente? – bostezó involuntariamente.

– Sí, me llevaré mi pequeño New Beetle aunque nos deje tirados en medio de la carretera – escuchó su risa al otro lado y terminó diciendo – descansa y nos veremos esta noche.

– Gracias por comprenderlo – sus palabras eran sinceras y quería que ella las supiera.

– Duerme y no pienses en nada más por ahora – le susurró ella.

Lesley colgó el teléfono tras aquellas palabras. No se levantó de la cama sino que dejó el móvil encima de la mesilla y se dio media vuelta. No quería taparse a pesar del frío, simplemente quería dormir. Cerró los ojos, visualizó en su mente el rostro de Lesley, esbozó una sonrisa y dejó que Morfeo le meciera en sus brazos, inyectándole un sueño profundo y reparador.

***

Caminó por el largo pasillo de su mansión mientras cortaba la llamada con Noah. Entró en su dormitorio, espacioso, elegante, grande y confortable. Las persianas correderas de acero estaban desplegadas y no dejaban que ningún rayo de luz entrara en aquella estancia. Las luces se encendieron en cuanto traspasó el vano de la puerta.
Observó su enorme cama cubierta con sábanas de seda azul oscuro, quitó los cojines lentamente, fue hasta el armario y se cambio de ropa. Tiró al suelo los pantalones de cuerdo, la camiseta de tirantes y las dejó allí. Ya tendría tiempo de recoger todo el desastre cuando se despertara.

Aquella noche había sido completamente agotadora. Cuando había llegado al edificio no podía creer lo que veían sus ojos. La imponente estructura estaba en llamas, el humo negro serpenteaba por todos lados, intentando encontrar una manera de escapar. Escuchó los gritos de la gente, las oraciones de aquellos que no querían morir. Su primera imagen cuando alzó la vista fue de una mujer que saltaba al vacío intentando que su cuerpo no fuera consumido por las llamas.
Y de ahí al caos. Un grupo de veinte Tywyll estaban desplegados por el recinto. Sin duda habían provocado el incendio con la razón de alimentarse, de causar el mayor dolor posible, para que sus reservas fueran completadas con ese sufrimiento. Pero no se habían quedado ahí, no. Habían matado a más de diez civiles que paseaban por los alrededores de la estructura, arrinconándoles en los callejones oscuros y aspirando la poca vida que podían albergar en sus cuerpos.
La división ya estaba hecha cuando llegó. Amras se quedó patrullando con ella los callejones junto con Nikolai y Owen mientras que Adair había entrado en el edificio en llamas junto a Eire, Leyna y Marcus. No sabía lo que estaba ocurriendo en el interior, pero no podía preocuparse por nada más que no fuera su vida y la de sus compañeros.
Las peleas se sucedían, los Tywyll parecían no acabar nunca con aquella locura, y además Nikolai había sido herido. Recordó cuando vio que el Tywyll rajaba el estómago de su compañero y cómo tanto ella como Owen se habían abalanzado contra él inmovilizando al ser y matándole como el vil asesino que era.
Sus otros compañeros no estaban mucho mejor. Cuando el fuego consiguió extinguirse vio salir a Adair y Eire sujetando a un Marcus lleno de quemaduras. Leyna se apoyaba contra un bombero al cual no podía verle la cara. Por la complicidad que había entre ellos, entendió que se trataba de un Anfarwold.
Era frecuente que en determinados sectores como la policía, los bomberos e incluso en los hospitales hubiera Anfarwolds conviviendo con humanos. Los vampiros veían restringida esta práctica, pero no así los Guerreros de la Luz y sobre todo los elfos. No eran un colectivo numeroso, pero suficiente como para mantener el orden y contar siempre con informadores. Los vampiros se dedicaban mejor a la noche, a la lucha cuerpo a cuerpo y sobre todo a las negociaciones entre los grandes dirigentes y las grandes empresas que controlaban parte o casi la totalidad del mundo.
Nikolai había sido trasladado por Owen y Amras a un lugar seguro, donde se recuperaría de sus heridas con algo de tiempo. Por suerte, los Anfarwold eran seres con una gran capacidad de curación siempre y cuando se lograra detener la hemorragia que podría arrebatarles la vida y la inmortalidad.

Volvió al presente tan rápido como el recuerdo de Noah se coló en su subconsciente. Le había costado mentirle, decirle que había escuchado las noticias y lo que había sucedido. Entendía perfectamente que antes que cualquier relación estaba su trabajo y ella debería tenerlo más presente que nadie… Aún así, le alegraba haber hablado con él, que hubieran quedado de nuevo, que no la hubiera dejado plantada. Porque eso significaba que aún tenía posibilidades de… de atraerle a su bando. Porque eso era lo único que ella buscaba en él, nada más. Había jurado que no abriría su corazón a otro hombre e iba a mantener esa promesa. Noah Cooper solo era trabajo.
Sin embargo, mientras le imaginaba en su casa, tumbado en la cama, se dio cuenta que ambos por primera vez dormirían a la vez. Y aquella idea la reconfortó y le hizo esbozar una sonrisa. Cerró los ojos y dejó que el sueño, el cansancio acumulado hicieran mella en ella y la dejaran completamente KO.

***

Las puertas del ascensor se abrieron revelando una estancia amplia, poderosa, que destilaba madurez, mando y aplomo en cada espacio que dejaba entrever. Caminó por la habitación despacio, pero sin vacilar en sus pasos. Sabía a quién pertenecía aquel ático, pocos había como aquel. En donde el ascensor subía inmediatamente desde las calles o el garaje hasta el propio piso.
Se quedó parado en el centro de la estancia. Un enorme salón le daba la bienvenida, los grandes ventanales dejaban traspasar los potentes rayos del sol, que anunciaban la llegada del inminente día. Las paredes estaban recubiertas de madera negra, tan negra como el carbón y el suelo de mármol blanco relucía bajo sus pies.
Se trataba de una estancia decorada con suma elegancia, sin dejar ningún detalle al azar, nada a la imaginación. No tocó ninguno de los muebles, pero no le hizo falta para saber que eran creados a mano, algo que era propio del hombre al que pertenecía la casa. Su vista recayó en la habitación contigua, la puerta entreabierta dejando que su vista observara cada parte de la sala.
Pudo ver la amplia mesa acristalada, las sillas negras y plateadas que se encontraban dispuestas alrededor de dicha mesa, el sol que hacía relucir el cristal como si se tratara de una lupa en el frío suelo del piso.

Había entrado muchas veces en la casa de Adair, pero siempre conseguía inspirarle cierto sentimiento de respeto, de recato y de valentía también. Estaba seguro de que el Guerrero de la Luz no utilizaba aquel espacioso ático para vivir permanentemente, pero sí lo cuidaba como si fuera una pequeña pieza de su colección privada.
El contraste entre el blanco y el negro, le hizo pensar en él. Siempre había creído que Adair, jefe de los Guerreros de la Luz y miembro más antiguo del Consejo, escondía en su interior cosas que ni siquiera los dioses conocían… No es que él desconfiara de Adair, ni mucho menos. Al contrario, le admiraba más de lo que podía admirar una persona como él, y daba las gracias por la oportunidad que le había brindado.
Sus pensamientos quedaron interrumpidos cuando escuchó el sonido de unas pisadas que se acercaban hasta él. Los elfos tenían un buen sistema auditivo como casi todos los Anfarwold, pero en su caso había sido perfeccionado con el paso de los siglos. Se dio la vuelta solo para enfrentarse a la mirada plateada de Adair que se encontraba en el umbral de la puerta, dispuesto a introducirse en el salón como un conquistador.
Se quedó sorprendido al mirarle porque donde antes se encontraba una larga melena negra como la noche, ahora su pelo había sido rapado casi al número dos, y el corte militar le daba un aspecto mucho más rudo y bruto. Sus ojos plateados le observaban como intentando mirar en su interior y descubrir cada pensamiento que rondaba por su mente. Su expresión era seria, ningún asomo de sonrisa y Amras no tuvo más remedio que removerse y agachar la mirada mientras inclinaba la cabeza.

– Me habéis mandado llamar – confesó el elfo alzando la vista y clavándola en él.

Amras se había encargado junto con Owen de llevar a Nikolai a un lugar seguro donde podría recuperarse de sus heridas con mayor facilidad. Al cabo de una hora, había sido llamado a petición de Adair y allí se encontraba. Vio que el Guerrero se adelantaba un par de pasos, pero en aquella ocasión Amras mantuvo su postura intacta.
Él no era elfo de inclinarse como lo había hecho anteriormente. Solo mostraba esa clase de respeto ante aquellos que se habían ganado su favor con las diversas acciones que él mismo había visto. La voz del Guerrero llegó hasta Amras que se obligó a prestar atención.

– Sí, te he mandado llamar – y ahí estaba la diferencia entre él y cualquier soberano de su propio reino. Cuando Adair hablaba lo hacía como si la persona que estuviera frente a él, fuera un semejante y no una persona inferior de la que poder prescindir en cualquier momento – y saciando tu curiosidad, amigo mío… – se pasó la mano por la cabeza rapada – después del incendio, pensé que sería acertado cortármelo, me ayudará a luchar mucho mejor.

– Ha sido una buena idea – le confesó el elfo relajándose un poco – ¿Para qué me necesitáis?

– No eres elfo de andarse con rodeos – le espetó Adair pasando a su lado y abriendo la estancia que anteriormente Amras había estado observando. Le hizo un gesto para que pasara y ambos entraron en el interior de la sala de reuniones – ¿verdad, señor Amras?

– Siempre me han gustado las cosas claras, Adair – le confesó el elfo colocándose al lado de la mesa de cristal y observando cómo el Guerrero se acercaba a los amplios ventanales – ¿Qué os preocupa?

– El incendio de esta noche – las palabras de Adair eran concisas – ha sido desastroso, cruel y despiadado – suspiró pesadamente y él solo pudo darle la razón – Lesley me ha comentado todo lo que consiguió averiguar en Canadá.

– ¿Le preocupa que se haya abierto una nueva brecha? – preguntó Amras cruzándose de brazos y vio que él se volvía para mirarle.

– No me preocupa – le confesó Adair con un gesto serio, pero a la vez sentido – estoy casi seguro que todos estos pequeños atentados contra la ciudad están consiguiendo justo lo que ellos se proponen – se adelantó y posó las manos sobre la mesa – si entran de nuevo en el mundo de los elfos…

– Sería un desastre – terminó él la frase. Y tenía razón. Adair no era la única persona que estaba preocupada por ese pequeño percance – Después de Argae debemos andar con cuidado.

– Por eso mismo quiero que viajes al Reino de los Elfos… – los ojos de Adair se clavaron en los de él – me he ocupado de avisar de tu llegada – bordeó la mesa y se quedó a su lado.

– Podríais mandar a cualquiera y sin embargo… me escogéis a mí – no era una pregunta sino una afirmación categórica – ¿Por qué?

– ¿No te has parado a pensar que quizá mi confianza esté justificada? – Adair alzó una ceja al ver su expresión y después puso una mano sobre su hombro apretando con algo de fuerza – No podría confiar a nadie una misión tan importante si no es a ti.

Aquellas simples palabras le honraban, pero a la vez le condenaban. No es que no le gustara su tierra, ni su reino… Era simplemente que había aceptado su vida en la Tierra y aunque tenía una madre y dos hermanas en el reino Fëanor, a las que quería mucho, pero hacía tiempo que había dejado de sentirse parte de ellos y se había entregado a aquel variopinto grupo de Anfarwolds. Sin embargo, en ocasiones no está mal volver a tus raíces e intentar reconstruir las pobres relaciones que dejaste atrás.

– Partiré ahora mismo si es lo que deseáis – terminó de decir Amras guardando en el fondo de su alma sus reticencias a volver – ¿Lo sabe ella?

– ¿Lesley? – pregunto el Guerrero alzando una ceja y después esbozando una pequeña sonrisa que no engañaba a nadie – no, pero me encargaré de decírselo esta misma noche.

– No le va a gustar nada saber que me habéis mandado allí – le explicó Amras. No es que Lesley le prohibiera volver a su hogar ni mucho menos, de hecho le había recalcado más de una vez que debería visitar a su madre y hermanas con más frecuencia – no obstante sabéis apañaros bien con ella.

– Siempre lo hago – Adair esbozó una pequeña sonrisa que Amras consideró sincera e inclinándose un poco hacia él le susurró – ¿Cuándo serás capaz de tutearme como un igual?

– Cada uno tenemos nuestro estilo, nuestras formas y hábitos – le respondió Amras mirándole a los ojos – no creáis que os considero superior, pero sí que debéis tener un distintivo con respecto al resto.

– Me encantará ver el día que seas capaz de hablarme de tú – confesó Adair inspirando profundamente – mientras tanto… – se acercó hacia un mueble bar que tenía en la habitación, al lado de una enorme estantería llena de libros y sacó un mapa – ¿Sabes dónde puede encontrarse la brecha?

– Con casi total seguridad podría decir que se encuentra en el reino Lólindir – vio el mapa que Adair había extendido y que representaba bastante fielmente el Reino de los Elfos – no obstante no estaría de más que algunos elfos fijaran su atención en posibles grietas por si nos equivocáramos… – su voz se apagó al señalar una zona del mapa.

– ¿Quieres partir desde aquí? – preguntó Adair señalando un punto en el reino Beren – sé que al traspasar de mi ático al reino… aparecerás alejado de tu destino – le miró seriamente – es decisión tuya.

– No tardaré mucho con el transporte adecuado y si habéis avisado de mi llegada – sopesó el tiempo que tendría que emplear para llegar de un reino a otro – será mejor que parta enseguida. Si existe cualquier resquebrajamiento o grieta es mejor encontrarla cuanto antes.

– No te entretengo más – Adair dobló el mapa y se lo tendió a Amras, que lo aceptó y se lo guardó en el bolsillo de los pantalones vaqueros que llevaba – no me alzaré hasta dentro de un par de días – ambos sabían a qué se refería. Se quedaría en la Tierra un par de días y después subiría al DOM para continuar con los entrenamientos de soldados, para bajar en las noches únicamente – avísame con cualquier cosa que veas.

Asintió con la cabeza. Adair se separó de él y caminó hasta situarse en una de las esquinas más alejadas de la sala, pero antes tuvo la delicadeza de correr las cortinas para tapar los amplios ventanales dejando la estancia a oscuras hasta que las luces titilaron y se encendieron. Amras se situó en el centro de la habitación y cerró los ojos.
La fuerza que se anidaba en su interior comenzó a fluir por su cuerpo invadiéndole y dándole una sensación de in gravedad que no solía experimentar muchas veces. Los elfos podían transportarse a su reino desde cualquiera de los mundos porque la energía fluía de ellos mismos. Sin embargo habían creado un pequeño portal en el ático de Adair como señal de buena voluntad y de alianza entre las dos razas.

Amras apretó los puños cuando sintió un pequeño hilo que tiraba lentamente de él. No abrió los ojos pues sabía lo que acabaría viendo. Un túnel angosto, lleno de colores, de sensaciones y olores… un laberinto de imágenes inconexas y después la total oscuridad. No necesitaba verlo para saber que así eran los viajes al mundo élfico. Inspiró con fuerza, sintió el tirón fuerte y sus pies cayeron sobre suelo firme.
Abrió los ojos despacio, acostumbrándose a la luz de aquellos dos soles que coronaban el cielo e iluminaban todo el reino. El viento soplaba fuerte, los árboles se movían al compás del mismo, y respiró el aroma a flores que desplegaba aquel campo en el que se había materializado. Tocó el centro de su pecho, desde donde aquel hilo, cordel, cuerda, había tirado de él y comprobó que no estaba.
A lo lejos divisó a la joven elfa que se acercaba con una amplia capa y detrás de ella estaba su pequeño. Aunque decir “pequeño” era una bonita manera de referirse a aquel animal gigantesco que tenía como amigo, mascota y medio de transporte. Estaba en el Reino, pero este no era su hogar, y no porque no hubiese aterrizado en el reino Fëanor, sino porque aquellas tierras aunque hermosas seguían siendo gélidas para él.

Anuncios