Etiquetas

, , , ,

portada

CAPÍTULO XIV

***

El silencio se había instalado entre ellas como si fuera un compañero más de viaje y en el fondo no era de extrañar que fuese así. Nunca era grato que dos personas tuvieran que separarse, pero cuando las circunstancias apremiaban y no había más remedio, debías sobreponerte e intentar pensar con claridad. Aquella era la mejor solución, la única alternativa para su hermana.
Suspiró y fijó su vista en el tráfico abundante que había a esas horas. Desvió un momento la vista para contemplar a su hermana. Amy tenía la cabeza apoyada contra el cristal y miraba al frente, pero parecía que realmente no estaba viendo nada más allá de sus propios pensamientos. Cuando la había encontrado se alegró y juró que la ayudaría como fuese, pero ahora se le hacía difícil tener que ser ella quien la internara en aquel centro.
Habían pasado unos cuantos días en su casa y se había acostumbrado a tener alguien con quien hablar cuando volvía de trabajar, era como cuando eran pequeñas, cuando vivían en la misma casa, cuando compartían cuarto antes de que las cambiaran a habitaciones diferentes. Cerró los ojos y pensó en aquellos calurosos días de verano que habían pasado juntas las dos con sus padres…
Y ahora Amy se iba de su lado, aunque Sarah lo prefería. Sabía que había sido duro tener que renunciar a la posibilidad de ser madre, y sobre todo aceptar que era una persona drogodependiente, pero en el centro donde se internaría la tratarían bien, la ayudarían a superar su adicción a las drogas y ése sería el comienzo de una nueva vida para ella.
No obstante, todas esas buenas esperanzas no lo hacían mucho más fácil. Había sentido especial temor por ella aquellos días, cuando su hermana había estado enferma debido a una infección que la había dejado bastante maltrecha. Alzó la mano y tocó el pelo de Amy, que aunque ahora era de un color rojo anaranjado ella la recordaba con el largo cabello moreno que tenía de niña.

– ¿Estás bien? – preguntó Amy girando la cabeza para mirarla con aquellos ojos verdes. Era irónico que fuera ella quien preguntara y no la propia Sarah quien le hubiera hecho la pregunta a ella – ¿Sarah?

– Eh, sí – respondió la aludida tartamudeando un poco – se me hace raro pensar que vamos a separarnos de nuevo – giró en la siguiente curva y tomó la avenida – pero allí vas a estar bien.

– ¿Estás segura de que ese lugar es bueno? – preguntó Amy y Sarah notó que movía las manos y volvía a retorcérselas poco a poco, como si estuviera nerviosa o quizá era efecto de la abstinencia, ambas sabían lo duro que había sido para Amy todos esos días – porque yo me conozco y sé cómo soy…

– Eres una gran persona, Amy – le confesó Sarah con cierto tono duro – tienes que empezar a creerlo. Ya has dado un gran paso viniendo a mi casa, admitiendo el problema que tienes y dando tu consentimiento para internarte en un centro donde estoy segura que te ayudarán – inspiró con fuerza y sonrió a pesar del dolor que intentaba ocultar en su interior – así que todo va a estar bien.

– Eso espero… – el susurro de Amy fue bajo. Después se volvió a mirar por la ventana.

Sarah se paró en el semáforo y cerró los ojos. Las sensaciones comenzaron a abrumarla poco a poco, sentía la indecisión de su hermana, el dolor que sentía al separarse de ella, pero también la alegría ante la perspectiva de empezar una nueva vida, el bienestar que sentiría cuando finalmente estuviera recuperada.
Todas aquellas emociones fluían por el cuerpo de Sarah y subían lentamente hasta su cerebro. Sintió el terrible dolor de cabeza que aparecía cada vez que aquel poder se le revelaba y no tuvo más remedio que tamborilear con los dedos sobre el volante, dejando que sus músculos se destensaran mientras intentaba pensar en otra cosa, mientras buscaba en el fondo de su alma los sentimientos que eran suyos y no de cualquier otra persona.
Apretó los labios y escuchó el pitido de los otros coches. Abrió los ojos, solo para descubrir que el semáforo se había puesto en verde. Expiró, soltando el aire lentamente y casi tan pronto como vino, se marchó. Las emociones desaparecieron dejando paso a las suyas… ¿Y cómo lo sabía? Porque cuando sentías las emociones de otras personas ella veía algunos de sus recuerdos, sentía como si fuera una persona totalmente distinta, era como estar en un cuerpo que no era el suyo.
Amy la miraba preocupada, pero cuando escuchó el nuevo pitido del coche de atrás bajó la ventanilla con cierto enfado, asomó la cabeza y gritó a pleno pulmón.

– ¡Métete el pito en los cojones, gilipollas! – le espetó Amy mientras le levantaba el dedo corazón dejando bien claro lo que pensaba de él – no les hagas ni caso. ¿Te encuentras bien?

– Perfectamente – le mintió Sarah – lo que pasa es que soy muy despistada y… – arrancó y aceleró por la avenida a más velocidad de la que debería – menuda boca tienes.

– Lo que me extraña es que no te hayas acostumbrado en estos días que he estado en tu casa – la pequeña broma consiguió sacarle una sonrisa. En aquella ocasión, su alegría era sincera porque la sentía, era propia y no de nadie que se hubiera colado en sus sentimientos.

Condujo relajadamente y no volvió a sentir nada, ningún tipo de sentimiento, de descarga o de poder sobrenatural y lo agradeció. Aparcó en la entrada de la clínica y bajó del coche a la misma vez que su hermana. Se dirigió a la parte trasera de su coche, el cual le habían devuelto días antes, y sacó la bolsa donde había metido todas las pertenencias de Amy.
Había venido casi sin ropa, así que ambas habían aprovechado un día para hacer compras o lo que ellas llamaban “día de chicas”, y su hermana había conseguido llenar una maleta entera de ropa. La dejó en el suelo y se encaminó hasta donde Amy estaba.
La chica contemplaba el gran edificio pintado de blanco con la mirada perdida. Los brazos estaban cruzados, en una actitud protectora, como si sintiera frío e intentara aplacarlo con el calor de su cuerpo. Llegó tan sigilosamente que Amy ni se dio cuenta, y aprovechó para pasar el brazo por sus hombros y acercarla.

– Estarás bien. Yo vendré a verte todas las semanas – al ver que Amy no giraba la cabeza añadió – y no solo un día. ¿De acuerdo?

– Me gustaría que papá y mamá vieran esto – le confesó Amy sincerándose – les habría gustado saber que las cosas se están encarrilando – no se volvió para mirar a Sarah.

– ¿Quién dice que no lo están viendo? – Sarah lanzó la pregunta de forma general, y al ver la expresión de su hermana, añadió – yo no soy católica, pero creo que las personas que nos dejan siguen con nosotros y ven todo lo bueno y también lo malo que hacemos – inspiró y apretó más fuerte el brazo que rodeaba los hombros de su hermana – ellos estarían contentos de tu decisión.

– Tú lo sabes mejor que nadie – contestó Amy soltando un suspiro. No le había dicho las palabras con malicia, pero Sarah no pudo evitar pensar que iban con segundas intenciones.

Cuando Amy se marchó de casa, sus padres la buscaron, se preocuparon y jamás la olvidaron hasta el día que dejaron de caminar sobre la tierra. Es cierto que había pasado más tiempo con ellos, y si ella se hubiera quedado también habría podido conocerles de la misma manera.
No era momento de lamentarse. La miró con una pequeña sonrisa y vio que ella la imitaba. La vista de ambas hermanas se dirigió a la imponente estructura que parecía llamarlas para que entraran. Subieron las escaleras y cruzaron las puertas que daban la bienvenida a todos los pacientes que ingresaban en aquella clínica. Cuando entró pudo observar que había una recepcionista al fondo, al lado derecho un amplio pasillo que conduciría a las habitaciones y a la izquierda se podía ver una amplia sala donde la gente caminaba tranquilamente, jugaba, charlaba o veía la televisión.
Miró a Amy que parecía nerviosa y sintió las emociones de su hermana nuevamente, pero esta vez no se dejaría llevar aunque le costara. Estrechó su mano con la de ella y se la apretó con fuerza para que entendiera que ella estaba aquí y no la dejaría sola, que si quería volverse atrás podría hacerlo, aunque no sería del agrado de ninguna. Amy inspiró y se acercó al mostrador.

– Buenos días – su voz sonaba frágil en aquel momento – me llamo Amy Andrews y hoy es mi primer día de terapia.

– Señorita Andrews, la estábamos esperando – dijo la recepcionista con una amplia sonrisa y levantándose para recoger unos papeles que estaban saliendo en aquel momento de la impresora – ¿Qué tal el viaje hasta aquí? – la simpatía de la mujer era contagiosa o eso le parecía a Sarah.

– Tranquilo – confesó Amy intentando no parecer nerviosa – y muy corto.
– Perfecto – le contestó la recepcionista cediéndole un bolígrafo y poniendo los papeles ante ella – necesito que me firme aquí y aquí – señaló los lugares correspondientes.

Sarah comprobó que su hermana firmaba y le entregaba los papeles a la mujer que debía rondar los cincuenta años, tenía una cara afilada, unos ojos marrones escrutadores, y el cabello castaño estaba recogido con un prendedor en la parte de atrás.

– Si quiere pueden despedirse y después amablemente John le enseñará su cuarto – ambas hermanas giraron el rostro para comprobar que John era un enfermero de hombros anchos, vestido completamente de blanco, y con una expresión dura, pero amigable – las dejaré solas.

La mujer descolgó el teléfono de la recepción para evitar las llamadas entrantes y se acercó a John que comenzó a charlar con ella a una distancia prudencial. Sarah se volvió hacia su hermana, pero Amy ya se había girado y la miraba entre asustada e ilusionada.

– Estarás bien, vendré a verte y tu psicóloga hablará conmigo todos los días – se acercó y puso sus manos en los hombros de ella – cuando salgas de aquí y estés completamente recuperada… Te vendrás a mi casa, te buscaremos un trabajo y podrás empezar desde cero.

– Pero primero tengo que pasar esta gran prueba – terminó diciendo Amy – y lo voy a conseguir.

– Sí, claro que sí – Sarah no pudo evitar abrazarla con fuerza – si puedes lograr esto, podrás hacer cualquier cosa. Prométeme que harás todo lo que tu doctora te mande, que te portarás bien y…

– No soy una niña, Sarah. Ya no – aquellas últimas palabras eran serias, sonaban muy serias – gracias por todo… lo que has hecho por mí.

– Eres mi hermana, eres mi sangre y jamás te dejaría sola – la soltó y le dio un beso en la mejilla – ve, antes de que me ponga a llorar.

– Siempre has sido una sensiblona – le replicó con cierta ironía sana Amy.

– Y tú una chica con la lengua muy larga – la cortó Sarah, pero en su sonrisa Amy adivinó que estaba bromeando con ella.

– Cuidate también – dijo Amy cogiendo la maleta de ruedas y dándose la vuelta para marcharse.

Sarah la vio caminar hasta donde se encontraban John y la recepcionista. El hombre abrió la puerta y la sostuvo, pero en el último momento Amy se dio la vuelta, miró a Sarah y después alzó el pulgar en señal de aprobación. Ese simple gesto dejó claro que lo iba a conseguir. Sarah lo esperaba sinceramente porque quería recuperar a la hermana que había perdido tanto tiempo atrás.

***

Estaba siendo un día alocado cuanto menos. Los casos se amontonaban, los clientes exigían, y en ocasiones pensaba que eran demasiado pocos. Revisó de nuevo los papeles que tenía sobre la mesa y subrayó la palabra “demanda” haciendo un pequeño círculo alrededor de ella. Una demanda que debían ganar o la mejor compañía de telefonía les dejaría con el culo al aire.
Jessica se había ido a por un par de cafés, así que de momento no volvería. Negó con la cabeza y revisó de nuevo las notas del caso, para intentar descubrir algo que pudiera ayudar a su cliente. El horrible pitido del teléfono le sacó de sus pensamientos y con cierto malestar lo descolgó para decir con cierta brusquedad.

– Espero que sea importante Anne – le espetó Evan colocándose el auricular y escuchando la respiración acompasada de la mujer – estamos muy liados aquí arriba.

– Tiene una visita, señor – le dijo la recepcionista sin alterar su tono de voz. Anne era una mujer de unos cuarenta años, que había trabajado toda su vida como recepcionista y que no se dejaba intimidar por nadie de allí. Ni siquiera por los propios jefes – Ya le he dicho que está usted muy ocupado, pero él insiste en verle.

– ¿De quién se trata? – preguntó Evan. No había quedado con nadie, tampoco tenía prevista ninguna cita, con ningún cliente. ¿Quién podría ser?

– Se ha identificado como Noah Cooper – respondió la recepcionista.

Sí, había visto las llamadas de Noah el día anterior, y aunque sabía que tendría que habérselas devuelto, todavía estaba dolido por lo que había pasado entre ellos. ¿Por qué no podía alegrarse por lo que había conseguido? ¿Por qué tenía que utilizar un discurso tan ético con él? No era un criminal, ni tampoco un asesino. Él no dirigía aquella compañía, solo la defendía, simplemente hacía su trabajo.
Igual que amenazar al investigador. Había sido necesario para poder ganar el caso, para firmar un mejor contrato con su empresa, para abrirse camino en un mundo invadido por pirañas que no dudarían en aprovechar la menor oportunidad para despedazarlo. No lo iba a permitir, él triunfaría donde otros habían fracasado y conseguiría aquello que siempre se había merecido.
Y entonces aquella vena sensible, su otra mitad, a la cual le había dolido el enfrentamiento con su mejor amigo, se coló en sus pensamientos. No podía dejar a Noah abajo esperando, y más sabiendo que él ya se habría enterado de que estaba allí. Sin duda Anne no habría sido capaz de pedirle que se alejara y hablar con él. Noah ya sabría que él estaba y si decía que no quería recibirle, sería como pegarle otra bofetada en la cara, y no era eso lo que quería.

– Dile que suba a mi… – miró la sala donde se encontraba – le esperaré en el ascensor.

– Como usted diga, señor – Anne colgó el teléfono.

Evan salió de la sala de reuniones donde se encontraba. Caminó por el pasillo abarrotado de personas que iban y venían con un montón de papeles en sus manos, y divisó a Jessica que venía hacia él. La agarró del hombro y le susurró que iría a la sala de reuniones en un momento. Tenía una visita importante, y ella lo entendió a la perfección, pero le aseguró que su café no le esperaría caliente.
Metió las manos en el bolsillo de sus pantalones del traje y esperó hasta que las puertas se abrieron y el rostro de su amigo se presentó ante él. Le echó un vistazo de arriba abajo y vio que desentonaba completamente. Allí, donde todos los hombres se vestían con trajes, con camisas, chaquetas y corbatas… Noah iba vestido con unos sencillos pantalones vaqueros negros y una camisa blanca con los dos botones superiores completamente desabrochados.
Intentó no negar con la cabeza y se recordó a sí mismo que él no tenía porqué vestir de manera tan formal. Al fin y al cabo no era su trabajo, no tenía que cumplir con una etiqueta. Se percató de la sonrisa tensa que invadía las facciones de su amigo, pero sin embargo sus ojos mostraban las ganas que tenía de hablar.
Se apartó a un lado para que la gente terminara de salir del ascensor y adelantándose a su amigo, entró en el ascensor y pulsó el botón del vestíbulo. Sería mejor hablar abajo, donde nadie pudiera escucharles, ni verles, donde tuvieran algo de privacidad. El silencio era pesado entre ellos y parecía que ninguno sería capaz de romperlo hasta que Noah se atrevió a decir.

– He estado llamándote durante todo el día de ayer – sus palabras, el tono de su voz no iba cargado con ninguna connotación, pero Evan no podía evitar tomárselo así – supongo que estarás muy ocupado y no te hubiera molestado si no fuera importante…

– No te devolví las llamadas porque… – intentó mentir, decirle que estaba muy ocupado y que le había llamado en mal momento, pero optó por contestar – porque aún estaba cabreado por lo que había pasado entre nosotros – clavó su mirada azul en su amigo.

– Ya me lo había imaginado – la voz de Noah sonaba resignada, pero también dolida – por eso pensé que lo mejor sería venir aquí y hablarlo cara a cara – se pasó la mano por el pelo – me equivoqué.

– ¿Qué has dicho? – no tuvo tiempo de decir nada más, puesto que las puertas del ascensor se abrieron de par en par y tuvieron que salir para dejar que el resto de personas entraran en aquel espacio reducido – ven, hablaremos mejor fuera.

Se encaminaron con pasos rápidos hacia la salida y Evan ignoró deliberadamente las palabras que Anne le había dicho en voz demasiado alta. Se alejaron unos metros del edificio y vio cómo Noah se apoyaba en uno de los bancos de la calle, haciendo que él se quedara frente a su amigo.

– Me equivoqué – volvió a repetir Noah alzando la vista – he estado hablando con Sarah – Evan mudó su expresión a una menos alegre. Sarah podía decir que el cielo era verde y todos dirían que sí, aquello no jugaba a su favor – sigo pensando como el día anterior… – soltó un suspiro – no puedo cambiar esa parte de mí…

– Noah, yo no te estoy diciendo que debas cambiar ninguna parte de ti – le espetó Evan alzando una ceja – eres mi amigo, siempre te he aceptado tal y como eras, pero…

– Déjame terminar – le pidió Noah alzando una mano para acallarle – debido a mi trabajo soy bastante susceptible al tema de la muerte, en ocasiones puedo bromear, pero quizá por eso me sentó tan mal que te comportaras de una manera tan despreocupada, frente a todas aquellas familias que están sufriendo – al ver que Evan iba a añadir algo terminó diciendo – pero eres mi amigo, he entendido que quizá para ti esto no sea tan fácil como yo había pensado… – dejó que sus palabras acabaran siendo un susurro – sé que últimamente hemos estado muy tensos, pero me gustaría que intentáramos llevarnos bien. Como antes…

– A mí también me agradaría, Noah – reconoció Evan sabiendo que aquellas palabras eran ciertas – me sentó muy mal todo lo que me dijiste porque quizá en el fondo tenías razón – se recolocó el nudo de la corbata – pero no puedo hacer nada. Si quiero abrirme paso en este mundo tengo que ser así – abrió los brazos – y me gustaría que mi amigo me aceptara.

– No voy a ser un hipócrita – le confesó Noah soltando un suspiro de pesar – no te voy a decir que estoy a favor de lo que haces, pero añadiré que te deseo lo mejor y que tus éxitos son los míos – aquellas palabras habían sonado emotivas.

– Perdóname por lo que pasó después – al ver cómo el cejo de Noah se fruncía añadió para aclarar – utilizar mis poderes contigo no estuvo bien aunque fuera para protegerme – la palabra “poderes” apenas se había escuchado pues fue pronunciada en un susurro casi inaudible.

– Eh, tenías que cuidarte esa cara de guaperas que tienes – le espetó Noah con una amplia sonrisa, dejando las preocupaciones a un lado y volviendo a ser el tío que Evan conocía – ¿Es cierto que los estás controlando?

– Sí, te parecerá raro… – Evan bajó más la voz y se acercó a él – pero cuanto más se acerca mi cumpleaños, menos se descontrolan mis… ya sabes – Noah asintió – son más fuertes, los controlo un poco mejor, pero tengo que tener cuidado.

– ¿Por qué? – preguntó Noah alzando una ceja.

– En ocasiones aunque los controlo… siento que en determinados momentos ellos me controlan a mí – negó con la cabeza como quitándose aquella idea – hazme caso. Creo que son manejables, si nos lo proponemos podemos acabar manipulándolos a nuestro antojo.

– No estoy seguro de querer controlarlos – Noah había dicho esas palabras en voz alta, pero se notaba a la perfección que iban dirigidas a sí mismo – sabes que nunca me ha gustado lo que nos pasa, soy reacio a esto… – se tocó la sien con los dedos.

– Escúchame – Evan le cogió de los hombros con fuerza zarandeando un poco su cuerpo – tienes un don, todos lo tenemos. No va a desaparecer porque quieras que ocurra – le miró a los ojos y Noah asintió con la cabeza – ¿Qué prefieres? ¿Controlarlos o que te controlen? Piensa en todo lo que podrías hacer – afianzó más sus manos en Noah – dejarías de quemar cosas, de escuchar esas voces molestas…

– En mi caso eso aún no ha ocurrido – le confesó Noah – de hecho últimamente se descontrolan más, pero he notado que “eso” va muy ligado a mis emociones y sobre todo a mi actividad cerebral – le miró – quizá nos pase a todos.

– Posiblemente, al fin y al cabo nos pasan cosas parecidas… – Evan estaba reflexionando – en ocasiones me parece que nosotros somos los verdaderos X-Men.

– Déjate de superhéroes – rió Noah al escuchar la ocurrencia – no sabes lo que daría por librarme de ellos.

– El día que te sirvan de algo es posible que ya no quieras que desaparezcan – confesó Evan con una pequeña sonrisa – ¿Amigos?

Le tendió la mano y Noah se la estrechó con fuerza. Después y sin poder evitarlo ambos se lanzaron a los brazos del otro en un abrazo varonil hasta que finalmente tuvieron que separarse. Se quedaron en silencio, pero a diferencia de hacía media, ahora una sonrisa curvaba sus labios.

– Me encantaría invitarte a un café, pero estoy hasta arriba con un nuevo caso – Evan estaba fastidiado por ese hecho. En aquellos momentos, hubiera preferido quedarse con Noah en vez de subir a la sala de reuniones – en otra ocasión…

– No importa, lo entiendo – le contestó Noah dándole una palmada en el brazo – el trabajo te llama y además tu cumpleaños está muy cerca – le hizo una mueca y después escribió en el aire el número treinta mientras se reía – creo que ya vas a ser un pequeño abuelito.

– Ríete, pero tú los cumples dos semanas después de mí – le sonrió con superioridad y los dos comenzaron a caminar hacia la entrada del bufete de abogados – me alegro que lo hayamos arreglado.

– Y a mí – confesó Noah dándole la mano de nuevo – hablamos por teléfono y esta vez cógemelo, gandul.

Evan asintió con la cabeza, se despidió de Noah y volvió a entrar en el bufete. Subió en el ascensor y llegó a la sala de reuniones donde Jessica le esperaba terminando de revisar las grabaciones que se habían tomado para el caso. Se sentó en la silla y pensó en la amistad. Lo habían arreglado y eso era lo importante.

Anuncios