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CAPÍTULO XVI

***

Amras había pasado demasiado tiempo lejos de su hogar. Cuando sus ojos se posaron en su mejor amigo, en su pequeño, en aquel Ave Roc que le había otorgado su confianza y que él había aceptado otorgándole el mismo sentimiento a él, se sintió medianamente completo. Su familia era el otro punto débil que no podría visitar al menos en aquella ocasión. Nessa le había puesto unas correas de cuero alrededor del cuello a su Ave, a Daeton, que así era como se llamaba. No podía entender cómo el animal se había prestado ante semejante acto, pero él mismo se encargó de quitárselas ante la sorpresa de la elfa Beren.
Aquel animal no estaría aprisionado, ni sometido a unas correas, que coartarían su libertad. No lo había permitido en el pasado y no dejaría que aquella fuera la primera vez de muchas. Dio las gracias a Nessa, se subió al Ave y se aferró al suave plumaje de aquel hermoso animal.
Los Ave Roc eran especies muy codiciadas en el mundo élfico. Se trataba de enormes aves de rapiña, que podían medir hasta cinco metros de altura, sus zarpas podían arrancar la piel a tiras de cualquier ser que osara tocarlos sin permiso, que se enfrentara a ellos de manera directa. El largo pico que coronaba su rostro era largo, pronunciado y tenía la fuerza como para arrancar una extremidad en menos de dos segundos. Su plumaje había sido y era uno de los elementos más codiciados de estas aves… Aquellas extrañas plumas rojas, azules, blancas, negras o grises, eran tesoros para los elfos del reino.

Las capas más codiciadas se confeccionaban con plumas de Ave Roc por sus propiedades. Podían protegerte de cualquier tipo de viento, de temperatura, guardaban el calor del cuerpo otorgando así una fuente extra de calor para aquel elfo que las llevara. Aligeraban de cualquier tipo de peso a la persona que las portaba y eran resistentes, muy resistentes. Aquellos animales eran la escala alta del reino animal en su mundo y se les respetaba por ello. Habían pasado mucho tiempo hasta que los elfos habían conseguido dominar el temperamento de aquellas aves aladas y aún eran pocos los que contaban con una de ellas.

Desde su posición, a lomos del ave que sobrevolaba aquel paraje hermoso, pudo contemplar cómo habían cambiado las cosas. Llevaba más de dos horas de viaje y aún no había cruzado la frontera entre los dos reinos. Su vista se recreó en los árboles que se balanceaban al compás del viento, la hierba que rasgaba el suelo desplegando el verdor que desprendía… Los ríos bajaban con brío, con ímpetu, rasgando y desgastando las piedras que se encontraban en la frágil superficie de la tierra.
Sintió las suaves plumas bajo sus manos, las acarició subiendo por el cuello de Daeton que se estremeció y pió con fuerza, dejando claro que había añorado su compañía y que agradecía el trato que le daba. Amras alzó el rostro para distinguir la frontera a varios metros de distancia. Inspiró con fuerza y dejó que el viento chocara contra su rostro mientras contemplaba los soles con los ojos entrecerrados.

El Reino Beren era naturaleza en estado puro. Los dos soles brillaban en el cielo iluminando las tierras que se extendían ante sus ojos. Era pleno verano en el Reino de los Elfos, la temperatura se notaba, pero el leve aire que soplaba hacía que la sensación térmica no fuera para nada desagradable.
Sus ojos recayeron en el enorme valle que contemplaba en aquellos momentos, cómo la hierba se movía al copás del viento, las flores desprendían un olor que llegaba hasta él y le hacía cerrar los ojos y recordar momentos de otra infancia. Quizá aquel reino no fuera el suyo, pero sin dudarlo era el más bello de todos.
Era curioso ver cómo los árboles se balanceaban al compás del aire cálido que soplaba haciendo que leves briznas y hojas verdosas se desplegaran y volaran por el aire en cualquier dirección. Sus ojos recayeron en la pequeña población que se extendían a lo largo de aquel paisaje. Las poblaciones de los Beren eran consideradas pequeños pueblos aislados separados por vegetación, bosques amplios, nada de grandes ciudades.
Pasó sobre el último pueblo que coronaba las tierras de los Beren, que lindaba con unos de los paraísos naturales más impresionantes que se podían encontrar en aquellas tierras. Se trataba del bosque conocido como Tawar de Álak, una basta extensión de altos y frondosos árboles, donde toda vegetación inimaginable se concentraba allí. Era un lugar peligroso para adentrarse, donde apenas se colaban los rayos del sol, donde las brumas del frío podían confundirte y errar tu camino. Muchos elfos se habían perdido en el interior de aquel bosque al aventurarse solos. Únicamente unos pocos de ellos habían conseguido traspasar aquel increíble despliegue de belleza cruel y fría para salir con vida, aunque tal y como habían contado, nadie que no tuviera una buena formación en terrenos escarpados y bestias salvajes debía adentrarse más allá de veinte metros o acabaría perdido como si de un laberinto se tratara.
Sobrevoló con rapidez, observando cómo dejaba atrás la naturaleza y cómo otro nuevo reino se abría ante sus ojos. Era fascinante ver los contrastes que podías encontrar en una misma tierra. Una especie con cuatro maneras de sobrevivir, con cuatro terrenos que daban y tomaban.
El Reino Lólindir jamás podría calificarse de un lugar helado presa del frío invierno, nunca. Del azul del cielo Beren, Amras se encontró con un cielo cargado de tonos rojos y anaranjados donde los soles refulgían como el astro rey que eran haciendo que la atmósfera se cargara de calor, elevando la temperatura de la tierra hasta límites que nadie podría conocer jamás.
Su vista recayó en el paisaje. La tierra era seca, arenosa. La hierba, las flores y los árboles habían sido reemplazados por campos completamente desabastecidos de vegetación, y los pocos árboles que podían encontrarse parecían arder bajo aquellos tonos provocados por el color del cielo. Sus ojos se fijaron en el pequeño río casi seco que serpenteaba por el terreno recorriendo la basta extensión, pero sin proporcionar suficiente agua a sus habitantes.
Aquel clima podía ser desolador para cualquier ser, incluidos los elfos de otros reinos, pero no para los Lólindir. Ellos eran especiales, se sentían orgullosos de sus tierras, aunque reconocían que la falta de agua era su mayor inconveniente a la hora de subsistir. Podían soportar el calor, vivían permanentemente con él, y formaba una segunda piel en su persona.
Sin embargo debía ser sincero consigo mismo. Ahora era verano en el Reino, por lo cual era completamente normal que la temperatura se elevase mucho más de lo habitual, hasta llegar a alcanzar unos sesenta grados de temperatura. Cuando la noche cayese y los soles dejasen paso a las dos lunas que guardaban la vigilia de los elfos… la temperatura volvería a bajar hasta convertirse en una pequeña noche de verano.
Sujetó mejor su capa con el pequeño broche en forma de león que llevaba en el cuello y se plegó más sobre el cuerpo de Daeton, para proporcionarle menor resistencia con su cuerpo. Metió su mano en el bolsillo de los pantalones que llevaba puestos y sacó su iPhone. ¿Cómo era posible que las tecnologías funcionasen en un sitio como aquél? El Reino de los Elfos contaba, a pesar de la incredulidad de cualquiera, de una amplia fuente de conexiones inalámbricas que permitían las llamadas tanto nacionales como internacionales e Internet. Del Reino Beren y Fëanor podía entenderlo, incluso del Reino Inglor, pero… ¿Cómo era posible que con ese calor su iPhone funcionara? Era algo que tendría que preguntar más adelante.
Miró el mapa que se extendía en la pantalla, se fijó en el punto rojo que parpadeaba en él, el objetivo que se había marcado, allí donde se suponía que debía estar la brecha si sus cálculos no estaban equivocados. Le quedaba menos de media hora para llegar allí. No apartó la mirada de aquel punto rojo, quizá su cuerpo siguiera allí, pero sin duda sus pensamientos se habían trasladado a otro lugar.

Habían pasado muchos siglos desde aquel enfrentamiento e invasión del Reino. La posibilidad de una brecha tan grande no había sido prevista por ningún habitante del reino que había contemplado con ojos impotentes como sus enemigos abrían un pequeño portal que fue convirtiéndose en una entrada mucho más grande, más inmensa, dejando a merced de sus adversarios a todos los elfos que allí habitaban.
El Reino Fëaror se sumió en el descontrol al darse cuenta de que no podrían tapar aquella pequeña rotura antes de que las tropas de los Tywyll traspasaran la línea que separaba la Tierra de su Reino. Amras aún recordaba los días de terror, cómo las familias más cercanas a aquella zona huían y eran evacuadas, hospedadas en casa de otros muchos habitantes Fëanor. El Rey había solicitado ayuda a sus vecinos, que a pesar de las reticencias y de las enemistades que existían entre ellos en aquellos momentos apoyaron a su vecino frente a un enemigo común.
Él era pequeño, apenas tenía quince años cuando se originó aquel desastre, y contempló cómo su padre se enfundaba la armadura, las capas y las armas y partía de casa para enfrentarse a aquellos seres que acabarían con sus vidas si llegaban y saqueaban las ciudades que encontraran a su paso.
Él y su hermana se quedaron asistiendo a su madre, ayudándola y consolándola en las horas más oscuras. Las mañanas eran frías en aquella época, los soles apenas lucían con el esplendor de antaño y las noches quedaban iluminadas por el fuego que se podía divisar en la distancia. Las largas columnas de humo dejaban claro que allí se libraba una cruel guerra… Sin embargo las luces blancas que caían desde el cielo, que desplegaban su poder alrededor de aquella batalla, tranquilizaban a Amras.
A pesar del daño que había causado aquella guerra, donde los Tywyll habían estado apunto de tomar parte del Reino, habían vencido. Se habían proclamado vencedores, pero… ¿A qué precio? Lo que antes había sido una batalla se convirtió en un enorme foso invadido por el más absoluto vacío. No había quedado tierra donde realojar a los elfos que habían perdido sus tierras, sus casas, sus pertenencias, simplemente había quedado oscuridad y algo más. Un gran agujero negro que invadía el terreno y desde donde llegaban aún ataques procedentes del otro lado.
Con la ayuda de los Guerreros de la Luz y el esfuerzo de todo el Reino élfico, se desvió un gran arroyo que surcaba la basta tierra Fëanor y se dejó que cayera vacío abajo como una cruel cascada que se llevaba las esperanzas de los habitantes, pero que ahogaría a todos aquellos seres que osaran cruzar la brecha que se había abierto y jamás podría volver a cerrarse.
Se construyó un enorme muro provisto de arcos que dejaban caer el agua al fondo y sobre él se construyó uno de los cuarteles más grande de los reinos. Desde allí, los elfos vigilarían la brecha y repelerían cualquier ataque que viniese del exterior. Y así había sido desde aquel momento hasta la actualidad.
Al principio los enfrentamientos no habían cesado, pero tras ver su inferioridad, la imposibilidad de cobrarse una nueva guerra, pero sobre todo la pérdida de activos y guerreros, los Tywyll habían desistido de continuar con aquel ataque. Sin embargo, los elfos jamás abandonaban la protección de aquel área prestos a pelear en cualquier momento.
Por suerte su padre volvió de aquella batalla, pero muchos elfos, Guerreros, vampiros, y algunos otros seres no corrieron la misma suerte. Por ello, cada vez que alguien hablaba sobre el Argae un silencio pesado caía sobre ellos dejando sin palabras a los presentes y colmando su ser de sentimientos de tristeza, de pérdida, pero también de esperanza. Habían conseguido vencer, a pesar del precio tan alto que habían tenido que pagar.

Los recuerdos del Argae desaparecieron tan rápido como habían llegado. Inspeccionó la zona e hizo una señal con la mano a Daeton para que descendiese sobre aquel valle cubierto de arena y con algunos matorrales secos. El ave hizo lo propio y con un fuerte grito desplegó sus alas y cayó en picado. Mientras bajaba y sentía el aire seco quemando sus ojos y obligándole a cerrarlos, pensó que no dejaría que ninguna brecha originara un nuevo Argae.
Desmontó de su Ave cuando llegó al suelo, pasó la mano por la cara del animal, acariciando un poco su pico y susurrándole al oído que podía moverse, pero sin alejarse demasiado. Le vio asentir con la cabeza y retirarse un par de metros intentando buscar algo de alimento en el suelo, pero Amras dudaba que encontrara algo.
Supervisó su iPhone, estaba en el sitio correcto, alzó la vista y contempló el terreno intentando ver más allá algo que pudiera encontrar interesante, parecido a lo que buscaba. Y allí lo encontró. Se acercó con pasos rápidos y se paró en seco al sentir la pequeña fuerza que irradiaba aquella brecha.
Las brechas espacio-temporales que se originaban y abrían entradas entre ambos mundos irradiaban una fuerza que devoraba todo a su paso. Aquella parecía sobrevolar en el centro mismo de su visión y apenas tenía el tamaño de una pelota de tenis. No era demasiado grande, pero si no se paraba a tiempo podría volverse enorme y crearse como portal para que los Tywyll cruzaran al Reino de los Elfos y causaran nuevos estragos.
Tecleó un par de números con rapidez y se sorprendió al escuchar la voz de Adair tras el primer tono. No le había saludado y directamente había atacado con la pregunta que a él le interesaba. Aquel “¿Qué has visto?” dejaba claro que Adair estaba tan preocupado como el propio Amras.

– Lo que nos temíamos – le confesó Amras inspeccionando con atención las pequeñas hebras de energía que rodeaban la brecha y abrían aún más la tela dimensional – apenas tiene el tamaño de una pelota de tenis, pero debería ser cerrada de inmediato.

– ¿Cuánto crees que podría durar la reconstrucción? – preguntó el Guerrero en un tono calmado, mucho más calmado que hacía unos minutos – seria un inconveniente que atacaran vuestro Reino ahora.

Las brechas podían cerrarse, pero requería grandes dosis de fuerza, de magia… No era como tapar un simple agujero y no todo el mundo podía hacerlo. Solo los elfos más poderosos tenían la capacidad para arreglar el tejido temporal que se había rasgado o roto. Y no podía ser un único elfo el que lo hiciera sino que debían reunirse de los distintos reinos. Cuatro elfos, de lugares distintos, y alejados entre sí.

– Una semana – calculó Amras haciendo cábalas sobre quién podría trasladarse hasta allí, el tiempo que podría llevar repararla – no obstante quizá pudiera hacerse algo antes – se quedó callado – desde aquel otro lado.

Las brechas podían cerrarse mágicamente casi en su totalidad, pero también había otra manera de estrechar y reparar esas roturas. Las buenas acciones en la Tierra reparaban en parte las brechas que se creaban en los distintos mundos, tanto en el Reino de los Elfos como en el Dom, aunque bien es cierto que parecía más un parche que una reparación. Quizá si se originaba una buena acción que contrarrestara el efecto negativo del mismo podría pararse y dar más tiempo a Amras.

– Puedo ocuparme de ello – contestó Adair al otro lado de la línea – ¿Estaba donde habíamos calculado?

– En el punto exacto – confesó Amras alejándose del centro de la brecha y encaminándose hacia Daeton que parecía haber encontrado un nuevo entretenimiento – ¿Os encargaréis de poner ese pequeño “parche”?

– Sí, ahora mismo ordenaré algo que ya tenía pensado desde un principio – Adair parecía aliviado a ese respecto, pero Amras podía sentir la tensión a pesar de estar en mundos distintos – ¿A quién recurrirás para cerrar la brecha? Existen pocos elfos que en estos tiempos contengan en ellos mismos el poder de cerrarla.

– Lo sé – espetó Amras maldiciendo en su fuero interno – creo que solicitaré audiencia con el Rey Aërendor Serégon, me han dicho que a pesar de su fuerza y su férreo control sobre su pueblo, en su interior aguarda el poder necesario para ayudarnos en esta situación tan… – echó la cabeza hacia atrás contemplando el terreno – delicada.

– Los Elfos Inglor no son precisamente los más diplomáticos de ese Reino – la voz de Adair sonaba en cierto modo enfadada – si no consigues convencerle… – escuchó el leve toque que daba sobre la mesa con los dedos – avísame y mandaré a algún diplomático para que le ayude a entrar en razón.

– Os avisaré si me veo en problemas para poder cumplir con mi deber – afirmó Amras observando cómo Daeton andaba detrás de una pequeña serpiente que reptaba por el suelo – escribiré al Reino Beren y Fëanor para solicitar la ayuda de sus soberanos al igual que aquí, en Lólindir.

– Estupendo – Adair parecía satisfecho y así lo dejaba patente su tono de voz más animado – manténme informado con lo que ocurra.

– Así haré – Amras se desabrochó la capa y se la colgó del brazo dejando que el breve aire seco intentara calmar su calor.

– Espero verte de regreso más pronto de lo que tenemos pensado, amigo – Adair no solía utilizar aquel apelativo con casi nadie.

– Así lo haré – terminó de decir el elfo.

La conversación terminó ahí. Amras se guardó el móvil de nuevo en el bolsillo y sonrió al alzar el rostro y ver que Daeton estaba apunto de comerse a la pequeña serpiente que reptaba lentamente por el suelo. Negó con la cabeza y silbó haciendo que el animal alzara la cabeza y le mirara con los ojos entrecerrados.

– No puedes comerte eso – le espetó Amras acercándose – no es sano para ti, pero quizá esto te agrade mucho más.

Sacó de su bolsillo algo de alpiste que había traído y se lo ofreció con la mano extendida. Daeton al principio lo miró con desconfianza, pero después aceptó el ofrecimiento y se lo comió con gusto, no dejando nada sobre la mano de Amras. Sabía que aquello no saciaría el hambre de su ave, pero al menos le daría fuerzas para llegar hasta el pueblo más cercano antes de que cayera la noche.

***

A pesar de las palabras de Amras, se había quedado tranquilo, sobre todo por la certeza de que la brecha podría cerrarse. Era uno de los peores temores de los Anfarwold… Volver a experimentar una invasión como la que tuvo lugar en el Argae sería catastrófico para todos los mundos. Pero él sabía que los Tywyll estaban buscando algo más, que en realidad Rhyfel y los suyos ansiaban romper las barreras que les impedían entrar en el DOM y someterlo a su voluntad, pasando por fuego y espada a los tres dioses que se mantenían resguardados en su hogar.
Si el DOM era dominado y destruido, la vida en cualquiera de sus facetas desaparecería de la faz del mundo y el universo, dejando paso a un legado cargado de oscuridad, cenizas y fuego. Estaba claro que su mundo era importante, al igual que el Reino de los Elfos, pero lo que de verdad debían mantener a salvo era la Tierra. Si la Tierra caía, los velos entre los mundos sucumbirían y se romperían provocando un millón de portales que se abrirían y dejarían que todo ser oscuro entrara para acabar con ellos.
Él había estado en el Argae cuando había ocurrido, había participado en la batalla y había perdido muchos compañeros allí. Ninguna guerra podía compararse a aquella, ni mortal ni inmortal. Las atrocidades, las batallas, la sangre derramada sobre la tierra, los gritos de dolor lograron imponerse durante más de seis años hasta que finalmente ellos vencieron.
Aún recordaba los esfuerzos que habían hecho tanto los Guerreros de la Luz como los elfos para evitar aquel abismo oscuro y vacío que se había apoderado de la tierra tras la explosión que ambos poderes, bien y mal, había provocado en la zona. Fue imposible recuperar nada, no se pudo cerrar el portal, pero a cambio lo habían fortificado para que nadie más lograra pasar y en el caso de que decidiera hacerlo… Se encontrara con una gran ofensiva de ataque.
Se recostó en la silla de su despacho mientras todos esos pensamientos y razonamientos se agolpaban en su cabeza. Tenían que cerrarlo antes de que fuera demasiado tarde y ellos tenían parte de la solución al alcance de su mano. Cerró los ojos y dejó que su mente se quedara en blanco para después visualizar el rostro de una mujer rubia, de ojos azules y expresión serena. La imagen de Eire se hizo cada vez más nítida, los sonidos que la rodeaban podía escucharlos también él, era como si estuviera con ella en su mente.
Cuando la conexión entre sus psiques se realizó, Adair aprovechó para saludarla y pedirle que bajara a su ático donde podrían hablar, y él le comentaría una misión que tenía para ella. Aquella era la mejor forma de que los Guerreros de la Luz se comunicaran cuando se encontraban en mundos distintos y necesitaban hablar sobre posibles planes de estrategia. Sin embargo, aquella habilidad también podía utilzarse con el resto de criaturas, excepto con los Morak.
No podían comunicarse con ellos puesto que sus poderes de telepatía chocaban entre sí y les impedía formar una conexión duradera. Así pues, ni los Guerreros podían hablar con ellos en la distancia, ni tampoco los Morak podían escuchar los pensamientos de los Guerreros de la Luz. Era un pequeño inconveniente que habían intentado solucionar desde hacía demasiado tiempo, pero sin éxito.
Sintió la presencia incluso antes de que se materializara. Sus ojos se abrieron para poder contemplar la fina luz blanca que se arremolinaba frente a su escritorio y que poco a poco daba forma a una Eire que se materializaba ante sus ojos dejando tras de sí un rastro de humo y blancura.
Vestida con una suave túnica azul, que se amoldaba a su cuerpo y se extendía hasta sus rodillas, unas sandalias espartanas que le llegaban a la altura de la rodilla, el cabello recogido en una perfecta trenza y aquellos ojos azules mirándole… Adair pensó que era una diosa en sí misma. Siempre había estado orgulloso de Eire, no solo por su belleza que era manifiesta, sino también por su carácter guerrero, su inteligencia, sus buenos juicios de valor y por la sensibilidad que podía llegar a sentir por todo aquello que la rodeaba, aunque en raras ocasiones la dejara ver ante desconocidos.
La sonrisa que apareció en el rostro de la joven le hizo esbozar a él mismo una sonrisa parecida. Se acercó hasta su mesa y se sentó en la silla que había frente a él, cruzando las piernas y poniendo las manos sobre su regazo, pero con su mirada clavada en los ojos de Adair.

– ¿Querías verme? – preguntó Eire alzando una ceja – dime que no tengo que volver a aconsejar a Lesley sobre ropa… -soltó un pequeño bufido al pensar en la vampira y él lo escuchó – admiro la ropa que tiene aunque yo soy un poco más discreta en mis gustos.

– No te he llamado para hablar de ella – Adair sabía que entre las dos mujeres no existía una estrecha relación – Amras me ha confirmado lo que todos pensábamos ayer – se quedó en silencio e inspeccionó su mirada – se ha abierto una de ellas.

– La virulencia del ataque de ayer no podía traer consigo nada bueno – le espetó Eire cruzándose de brazos en esta ocasión -¿Hay manera de solucionarlo? ¿Sería factible cerrarla aunque el tejido estuviera débil y no cicatrizara del todo?

– Sí, Amras ya se está encargando de ello, pero mientras tanto hay que ofrecerle más tiempo del que no dispone… – Adair se inclinó sobre la mesa y apoyó los antebrazos sobre la misma – nosotros tenemos que poner nuestro granito de arena.

– ¿Quieres que te confiese una cosa? – dijo Eire alzando una ceja rubia perfecta y mostrando una sonrisa pícara en el rostro – admitiré que lo único bueno que ha hecho esa vampira – refiriéndose a Lesley – en toda su andadura por el mundo… ha sido traer a ese elfo que se ha convertido en una parte importante de los nuestros – al ver su mirada añadió señalándole con el dedo – espero que esto quede entre tú y yo. Me moriría de vergüenza si ella llegara a enterarse.

– Prometo que no saldrá de mis labios – añadió Adair escondiendo el asomo de sonrisa que le provocó la confesión de su Guerrera.

– ¿Cómo quieres que le demos más tiempo? – preguntó la joven arrellanándose más en la silla, poniéndose cómoda, y añadiendo – el edificio quedó completamente destruido… – movió la cabeza negativamente – todas esas personas no podrán recuperar su hogar, las que sobrevivieron al menos – sus ojos se nublaron por la tristeza en ese momento pero después, como quitándosela de un plumazo, añadió – además, no creo que el casero esté dispuesto a restaurar el edificio. Seguramente venderá la zona y dejará que lo derruyan.

– Eso es lo que nosotros tenemos que evitar – le espetó Adair con un tono serio que no dejaba lugar a réplicas – quiero que te reúnas con el casero, que según tengo entendido no se encontraba en el incendio – ella negó con la cabeza – y quiero que le hagas una oferta.

– ¿Una oferta? – dijo sarcásticamente Eire – ¿Quieres que me convierta en una mujer de negocios?

– Sé que se te da mejor la guerra, pero de ejecutiva estarás preciosa – le aseguró Adair inclinándose a un lado y subiendo sobre la mesa un maletín.
Eire se inclinó sobre él, lo abrió y descubrió los montones de billetes que se apilaban en aquel reducido espacio. Sin duda una gran fortuna y la cantidad suficiente como para reparar el edificio tanto exterior como interiormente. La persona que se hiciera con ello podría reconstruir todas las casas de las personas afectadas y mucho más.

– Restaurar un edificio no es un signo de buena voluntad – le recriminó Eire a Adair – sabes que con esto no se cerrará la brecha ni mucho menos – observó de nuevo el dinero y alzó la vista al ver que él se había quedado callado – las buenas acciones son las que cierran los agujeros, no el dinero.

– Cierto – corroboró Adair – pero espero que el dueño del edificio sea una persona verdaderamente honesta y que piense en el bien de todos – su voz calmada revelaba que en realidad creía en ello – nosotros le damos un pequeño incentivo.

– Querrás decir un soborno – se explicó por él la rubia – porque ofrecerle dinero a cambio de que esas personas vuelvan a sus casas…

– Yo no he dicho eso – los ojos de Adair refulgieron con aquel tono plateado que tanto respeto inspiraba en los Anfarwold – nosotros le daremos el dinero independientemente de lo que haga, pero le ofreceremos la posibilidad de realojar a todas las personas que perdieron su hogar – la miró a los ojos – pero sin obligaciones.

– Osea le daremos el dinero a un hombre que quizá no reconstruya su edificio, que echará a sus inquilinos y lo que es peor… – se incorporó – nosotros no conseguiremos lo que queremos.

– Exactamente – Adair secundó cada palabra de Eire.

– Debo añadir que me parece una birria de plan, pero tus deseos son órdenes para mí – la ironía de Eire se dejaba entrever en cada una de sus palabras y de sus gestos – iré a ponerme guapa para la reunión – se quedó pensativa – tendrás que darme el número…

– Ya te he concertado una cita con él, todas tus cosas se encuentran en tu habitación al fondo del pasillo, y Eire… – ella se había dado la vuelta para ir hacia la puerta, pero se volvió a él – recuerda que nosotros no obligamos. Ellos tienen que decidir por sí mismos. Sé que es duro, pero justo.

– Lo sé, pero eso no evita que después de tantos siglos se me haga más duro a cada día que pasa – le espetó la joven dedicándole una sonrisa triste – te informaré del desenlace de este… “gran plan” – utilizó las comillas para recalcar la palabra y después se marchó.

Adair la vio salir de su despacho para después recostarse en el sillón mientras cogía un papel entre las manos y lo observaba. No tenía tiempo de quedarse parado, tenía muchas cosas que hacer y más ahora que el cerco parecía ir cerrándose lentamente alrededor de él y los suyos. Pensó en Lesley y deseó que ella estuviera haciendo grandes progresos con Noah porque si las cosas continuaban así… Le necesitarían.

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