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black and white photo of  vampire woman  bites a blind man

CAPÍTULO XVIII

No podía imaginar la buena suerte que había tenido aquella noche. Esperaba encontrar a una prostituta a la que poder matar, ahorcar y dejar sin vida en menos de cinco minutos. Aunque para ello necesitaba un cliente y allí no había ninguno por desgracia, pero había encontrado algo muchísimo mejor. Cerró los ojos al recordar cómo había aparecido en su campo de visión. No siempre tenías la suerte de encontrar a una como ella…
Había aparecido con su falda demasiado corta, con su top ajustado marcando todo aquello que la madre naturaleza le había otorgado y su cabello rubio caía en cascada a los lados de su cara, seguramente intentando tapar aquel rasgo tan característico de ella. La caza de una humana podría esperar… ¿Qué era eso comparado con capturar, torturar y matar a tu peor enemigo? Sin embargo tomó una determinación. No la mataría a través de un intermediario, por primera vez sería él quien tomara entre sus manos la vida de aquella joven. ¿Quizá estaba evolucionando?
Sí, él estaba seguro de que lo estaba haciendo. Quizá la misión que se le había encomendado, las muertes que ya había perpetrado a través de otros le había hecho mucho más fuerte, más decidido, más Tywyll. Suspiró y contempló a la elfa que se encontraba ante él. Sus pies colgaban de sendas cadenas de metal que impedían que pudiera escapar. Sus manos estaban amarradas con cadenas y su boca estaba libre de cualquier esparadrapo. No lo necesitaba en la zona en la que estaban.
Cuando la había cogido desprevenida había pensado matarla allí mismo, pero después lo había pensado detenidamente… ¿No era mejor llevársela a la cabaña que tenía en las afueras de la ciudad? Sí, allí nadie escucharía los gritos y después podría dejar el cadáver en cualquier cuneta para que alguien lo encontrara. Y ella parecía haber aprendido la lección.
Su rostro estaba amoratado, lleno de cortes y de heridas. Su labio estaba completamente hinchado y sus ojos ambarinos muy abiertos, atentos a cada movimiento de él. Esbozó una amplia sonrisa y se acercó hasta ella con pasos lentos, pero precisos. Rió interiormente cuando sintió el miedo de ella elevarse con cada paso que él acortaba entre ellos. Paseó el cuchillo que llevaba en las manos de un lado a otro bajo su atenta mirada hasta que se encontró a menos de un metro de ella.

– ¿Qué hace una belleza como tú en un sitio como éste? – era la misma pregunta que le había hecho cuando se situó a su espalda y ella muy groseramente se había negado a contestar – tienes una nueva oportunidad pequeña…

– ¡Vete al infierno! – el grito de ella resonó en la oscuridad y se perdió en la lejanía.

– Esa no es manera de tratar a alguien que está intentando cuidar de ti – jamás palabras tan falsas habían salido de sus labios o quizá sí, pero él no las recordaba – te daré una oportunidad más.

Tú no eres de aquí así que… ¿Qué buscas y más con esas pintas de puta? – tenía entendido que las elfas eran mujeres muy orgullosas y seguras de sí mismas.

– Por lo visto encontrarme escoria como tú – le espetó ella para después escupirle en plena cara.

– Eso no ha estado nada bien – le recriminó él mientras se limpiaba con la manga de su chaqueta – tenía entendido que las elfas sois muy respetuosas y educadas aunque siendo lo que eres… – recorrió con la mirada el cuerpo de la elfa y una mueca de asco se dibujó en su semblante – – ¿No te enseñaron tus padres que toda acción tienen una reacción?

– Vas a matarme qué más da, pues – le dijo ella sin dejar de mirarle a los ojos – seré campesina, seré una puta en este mundo, pero sé qué eres, lo que haces con mi pueblo, lo que mora en tu interior y…

– Aún así estás aquí – terminó de decir él por ella – dispuesta a recibir uno de mis mejores regalos…

No tuvo paciencia para esperar mucho más. Si instinto le instaba a acabar con ella de manera lenta y arrolladora. Sujetó con fuerza el cuchillo por el mango y clavó la parte más afilada del mismo en las entrañas de la elfa. Ella dejó escapar un grito agónico, de dolor mientras intentaba que las lágrimas no llegaran a sus ojos, pero él estaba riendo, estaba disfrutando de su muerte tanto como de un gran banquete.
Bajó la vista al cuchillo solo para comprobar que su sangre también era roja, tan roja como la de cualquier humano y a la vez tan distinta a la suya, a la de los Tywyll. Alzó los ojos y se encontró con aquella mirada clavada en sí mismo. No podía articular palabra, pero sin duda sus ojos expresaban lo que no podía decir con palabras: “vas a matarme”. Se acercó y cortó las ataduras de sus manos dejándolas libres.
Quizá ella podría haber intentado atacarle, pero sin duda aquella herida infligida había acabado con todas sus esperanzas de escapar y eso le hacía sentir poderoso, le hacía sentir el rey del mundo y ahora mismo lo era. Cogió una de sus delicadas muñecas y la rajó en horizontal…
“La muerte dulce”, así era como la conocían los humanos, pero no era de la misma manera para los Anfarwold. Ellos eran seres inmortales, nada podía matarles, a excepción de la pérdida de su esencia más vital… La sangre. Desangrarse era para ellos el equivalente a acabar con su existencia y eso lo hacía todo más divertido. Donde un humano no sufriría… ellos se revolverían en sus entrañas al saber que estaban perdiendo su fuerza y eran incapaces de cerrar sus heridas con la suficiente rapidez.

– Me gusta que haya prostitutas como tú por estos lares – se sinceró él – acabar con una de vuestras vidas es crear un gran abismo dentro de vuestro propio mundo – ella abrió los ojos desorbitadamente – una pena que escogieras ser puta en vez de guerrera.

Observaba cómo ella se estaba desangrando, cómo la sangre corría como pequeños hilos por sus muñecas, por su abdomen, pero aquello no le parecía suficiente. Se acercó un poco más hacia ella y pasó el cuchillo por su cuello dejando que el filo rasgase poco a poco la piel aterciopelada y haciéndola a ella cerrar los ojos. Él aspiró aquel temor que le volvía más poderoso a cada momento y entonces alzó sus cabellos y descubrió las preciosas orejas puntiagudas que se escondían bajo aquella mata de pelo.

– Qué tenemos aquí – le susurró él a la orejita. Ésta se removió como intentando escapar de su contacto, pero aquello era imposible – siempre he querido tener algo de mis víctimas… – se quedó mirándola a los ojos – no suelo quedarme con vuestro poder… – se quedó pensativo y lanzó la pregunta tal y como apareció en su cabeza – ¿Qué símbolo eres?

Ella echó la cabeza hacia un lado, pero aquello no le serviría de nada. Buscó detrás de una de sus orejas y encontró un pequeño tatuaje en forma de roca. Así que era una Inglor. Interesante… Besó la punta de su oreja y ella tembló por la vergüenza, el miedo, la repulsión, todos los sentimientos que él le provocaba.

– Preciosas orejas que serán para mí – rió él.

Presionó la punta del cuchillo contra la zona más frágil de su oído y rajó sus orejas haciendo que la primera cayera en su mano. Ella gritó, pero fue un grito agónico, cargado de dolor, de desesperación, de ganas de encontrar la muerte. Cortó su otra oreja puntiaguda y se las guardó en el bolsillo de sus pantalones… La miró a los ojos mientras lo hacía y vio que ella tenía los ojos entrecerrados.
Su luz, su vida, su existencia se iba apagando con cada reguero de sangre hasta que no fue más que un cuerpo inerte, colgado de un par de cadenas, que apenas se bamboleaba. Tocó su mejilla y la manchó con la sangre de ella. Muerta, estaba fuera de este mundo y él vivo, completo y pletórico. Sonrió y clavó el puñal absorbiendo el corazón de roca que ella guardaba en su interior. Algo que sin duda sus jefes agradecerían. Algo que él no podría guardarse aunque le pareciera la cosa más hermosa del mundo. Bajó el cuerpo de la joven, lo metió en la camioneta, condujo por la carretera y allí en la oscuridad de la noche lo soltó en la cuneta, dejando su presa atrás y sus trofeos con él, a salvo.

***

Detuvo el coche en el borde de la acera, justo en uno de los sitios donde estaba permitido aparcar, bajó del Porsche que muy amablemente Adair le había prestado y tocó con los tacones el suelo. Se bajó lentamente mientras sus ojos observaban el imponente edificio que tenía ante ella, el cual en aquellos momentos se encontraba ennegrecido por la acción del fuego, de las llamas, del incendio que había acontecido en las noches anteriores.
Se quitó las gafas de sol y las puso sobre su cabeza mientras se alisaba las faldas del vestido y caminaba hacia la entrada. Adair le había dejado un provocativo vestido rojo sobre la cama, unos zapatos negros y las llaves del coche. Así era él. Siempre pensando en todo, siempre creando los planes en su cabeza, dejando que ellos actuaran por él.
Se quedó parada en la puerta esperando a que su “visita” llegara hasta ella. Mantuvo firmemente cogido el maletín donde se encontraba todo ese dinero, y fijó sus ojos en la ventana más alta del edificio. Aquel incendio había sido abrasador, desastroso y cruel… Se quedó pensando en el resto de sus compañeros. Por suerte, Nikolai se estaba recuperando, Marcus tardaría un poco más puesto que sus quemaduras habían desprendido casi toda su piel, dejando visibles los huesos que cubrían y Leyna ya estaba de nuevo en acción.
Seguía pensando que aquel plan no era del todo razonable, pero se abstendría de dar más allá de eso su opinión. Adair se había ganado a pulso el estatus de jefe y ella no era quién para desobedecer sus órdenes aunque siempre aprovechaba cualquier oportunidad para decirle las cosas tal y como las pensaba. Ellos eran hermanos de sangre y siempre lo serían. Cuando Cyfiawnder creó a los Guerreros de la Luz, dio vida a seis soldados creados desde una misma sangre, la suya propia. Ellos seis eran los descendientes directos de la Diosa, hermanos desde la infancia hasta el final de sus días.
Una sonrisa acudió a su rostro al pensar en ello. Quizá los seis no se vieran muchas veces, y los que más relación mantenían eran Adair, Owen y Eire, pero los tres sabían que si necesitaban al resto de sus hermanos, ellos acudirían aunque quizá él… Intentó no pensar en ello y centró su atención en el hombre que se acercaba a ella.
Se trataba de un hombre bajo, más bien achaparrado, la circunferencia de su barriga era demasiado ancha para pasarla desapercibida. Iba vestido con unos pantalones de vestir, una camisa rosa chillón con los tres botones superiores abiertos, dejando que su pecho sobresaliera un poco. Su pelo estaba peinado hacia atrás y Eire estaba segura de que lo que lo mantenía pegajoso no era precisamente la gomina que se había echado.
Mostró la mejor sonrisa que pudo encontrar, esperó a que él se acercara y cuando estuvo lo suficientemente cerca de ella, extendió su mano dejando que él la estrechara con más fuerza de la que esperaba. Tuvo que recordarse que debía comportarse como una mujer de negocios, no como una guerrera implacable que podría romperle la mano en cualquier momento. Estudió al hombre detenidamente, intentando encontrar algo que pudiera decirle más sobre su persona, aunque como buena Guerrera había leído su informe.
Sin hijos, con un trabajo estable, pero que no le llevaría muy lejos y sin expectativas de un futuro mejor. Sin duda, con ese edificio conseguía bastantes ingresos para intentar mantener un nivel elevado que quizá no merecía, pero ella no era quién para meterse en ese tipo de asuntos. Inspiró con fuerza y al ver que él no se decidía a iniciar la conversación fue ella misma quien lo hizo.

– Señor Jarret – dijo Eire esbozando una pequeña sonrisa y fijando sus ojos en él – le agradezco que me reciba después de una pérdida tan grande – se quedó callada y vio que el hombre volvía la vista al edificio quemado – me encantaría presentarme – Jarret volvió la atención a ella – soy Anne Benson.

– Encantado, señorita Benson – le dijo el arrendatario del edificio – ¿es de la aseguradora? – el hombre tocó la banda amarilla que la policía había colocado para precintar el lugar y la alzó – porque la llamada de su compañero me sorprendió – se volvió para mirarla y sujetó la banda para que ella pasara – no pensaba que estas cosas se llevaran tan rápido.

– En realidad no pertenezco a la aseguradora – dijo Eire pasando por debajo y tocando con sus tacones el suelo lleno de cenizas. Vio que él se situaba a su lado, pero después echaba a andar cruzando el marco derruido de la puerta de entrada – Aunque me interesa saber qué tipo de seguro tiene… – quería saber todo antes de entregar el dichoso maletín, aunque su opinión sobre el hombre estaba comenzando a cambiar.

– Mi seguro es bastante sencillo, señorita Benson – le confesó el hombre sin darse la vuelta. Tocó la madera quemada dejando que unas cuantas cenizas cayeran al suelo revelando los desperfectos que habían sufrido el edificio – como ve no soy un hombre extremadamente rico. El seguro que contraté para el edificio es el más básico de todos, así que dudo mucho que pueda reconstruir el edificio que tan buenos momentos me ha hecho pasar.

– ¿Vive… – se quedó callada y planteó de nuevo la pregunta – ¿Vivía usted aquí? – aquello sí que sería una verdadera sorpresa. Donde esperaba encontrar a un hombre despótico parecía que era un trozo de pan, aunque las apariencias siempre suelen engañar.

– Sí – respondió él francamente – ¿para qué buscarme un lugar, si tengo un edificio a mi disposición donde puedo vivir francamente bien? – él se volvió e intentó no apoyarse en ninguna pared. Es cierto que los bomberos habían estipulado que la estructura del edificio no se había visto seriamente dañada, pero no había motivos para tentar a la suerte.

– ¿Los peritos han certificado que el incendio fue fortuito? – preguntó Eire aunque sabía la respuesta. Seguramente no. Los Tywyll no se caracterizaban por ser compasivos, habían incendiado el lugar y dejado las evidencias necesarias para que culparan a alguien – lo digo porque ya sabemos lo quisquillosos que son los agentes de seguros…

– Me temo que aún no se han pronunciado, pero tengo un amigo dentro – su voz parecía cargada de sentimiento, casi como si deseara ponerse a llorar y Eire rezaba para que no lo hiciera, no porque no quisiera que el hombre se desahogara sino porque era demasiado mala consolando a la gente – estoy seguro de que dirán que fue provocado. Pero yo estoy seguro de que no y confío en cada uno de mis inquilinos.

– Ya veo… – Eire paseó el maletín hacia la otra mano y cruzó las piernas para mantener el equilibro sobre una baldosa inestable – ¿Qué me diría si le dijera que puedo ayudarle?

– Perdóneme, señorita – dijo Jarret pasándose la mano por el pelo – pero aún no sé de parte de quien viene y dado los tiempos que corren, no creo en la caridad de las personas.

Y ahí estaba. La desesperanza que estaba implantándose en los Humanos, los hacía más débiles, fáciles de cazar… Aquello era lo que creaba las brechas entre sus mundos, aquello que podría destruir todos los mundos a la vez. Inspiró hondo y mostró una pequeña sonrisa mientras caminaba hacia el hombre. Posó una mano en el hombro de Jarret y le miró a los ojos.

– Digamos que pertenezco a una compañía que le gustaría ayudar en la medida de lo posible – pasó la mano por su hombro intentando reconfortarlo – no queremos publicidad, ni tampoco agradecimientos y mucho menos la devolución del dinero, pero sí nos gustaría dar una opinión al respecto.

– ¿En serio estarían dispuestos a reconstruir el edificio? – preguntó Jarret completamente sorprendido – ¡Eso sería maravilloso! ¿Cuál sería esa opinión?

– ¿Estaría dispuesto a volver a alojar a todas las personas que vivían aquí antes? – preguntó ella alzando una ceja – esas personas han perdido su hogar y supongo que querrán recuperarlo – se quedó pensativa – al menos todos aquellos que salvaron la vida – no debía olvidar a la cantidad de personas que habían fallecido en aquel terrible incendio.

– ¿Esa es la única “cláusula” para el acuerdo? – preguntó Jarret mirándola con los ojos brillantes y rebosantes de generosidad – porque si es así puedo prometerle que lo haré – agarró la mano de Eire y ella se sintió incómoda por un momento, jamás nadie la había tratado con tanta familiaridad, y menos aún un desconocido – ¿Qué pasa con los apartamentos de las personas que…?

No terminó y ella sabía que jamás podría hacerlo. Cierto… ¿Qué era lo que debía hacerse con ellos? No era un piso pagado y comprado por ellos mismos, pero muchas de esas personas habían pasado su vida entera allí. Quizá incluso llevaban más de quince años en el mismo lugar.

– ¿Estaría dispuesto a cedérselo a los descendientes de las personas fallecidas? – preguntó ella con calma – estoy segura de que muchos quizá lo rechacen, pero otros quizá necesiten este lugar para poder mantenerse a flote.

– Mire, señorita – Jarret se pasó las palmas de las manos por los pantalones – sé lo que es empezar desde cero, pero sobre todo, habría dado cualquier cosa porque me dieran una oportunidad así cuando era joven… – se quedó callado – claro que le cederé el apartamento a sus parientes, y si ellos los rechazan entonces aprovecharé para volver a alquilarlos.

– Es una grata sorpresa conocer a gente como usted en estos tiempos que corren – aquellas palabras habían salido francas de sus labios – por ello, estoy dispuesta a entregarle esto – caminó hacia uno de los alféizares de las ventanas y abrió el maletín revelando los billetes que se encontraban perfectamente extendidos y ordenados.

– ¡Santa madre de Dios! ¡Por la Virgen y el niño Jesús! – las exclamaciones del hombre la sorprendieron – ahí hay muchísimo más dinero… No solo para reconstruir el edificio sino para…
¡Madre mía!

– Este dinero será completamente suyo y podrá invertirlo en lo que usted quiera – le confesó Eire más convencida ahora de que Adair no se había equivocado – podrá administrarlo de la manera que usted crea conveniente – movió el maletín para que quedara frente al hombre – le sugeriría que contratara una buena empresa o un conjunto de ellas para la reconstrucción y…

– Reconstruiré las casas de cada uno de ellos – su resolución salió sin que ella lo dijera y debía reconocer que eso le dio fuerzas para seguir luchando en aquella guerra. Todavía había gente buena por la que luchar – siempre y cuando los inquilinos quieran hacerlo así.

– Estoy segura de que verán que es una gran idea – Eire sonrió ampliamente – si sobra algo de este dinero… Podrá quedárselo sin tener que devolverlo.

– Discúlpeme, pero no quiero tener problemas después… ¿A quién pertenece este dinero? – el hombre parecía indeciso en aquel momento y Eire tuvo que improvisar sobre la marcha – no quiero que después me acusen de utilizar dinero que nadie me ha dado.

– Somos la empresa SkyLight – no era la primera vez que había utilizado ese nombre – pero si se queda usted más tranquilo, firmaremos un poder en el cual yo le entrego todo este dinero.

– No conozco su empresa, pero… ¿Es europea? – preguntó el hombre entrecerrando los ojos – porque no me suena que sea estadounidense.

– Sí, es europea – mintió ella sacando los papeles que ambos deberían firmar – si fuera tan amable… – le tendió los papeles.

– Me gustaría leerlos antes, si no le importa – le dijo el hombre mirando la letra pequeña con atención.

– Claro, estaré aquí – dijo ella alejándose un poco. Cogió el teléfono y marcó el número de Adair. Esperó a que él contestara y dijo – tenías razón. Adorable, ha accedido y está apunto de firmar. Dile que… ya tiene el tiempo que necesita.

– Perfecto – escuchó al otro lado del teléfono – puedes darte una vuelta con el coche, hermanita.

– Prefiero el mío – mintió ella. Colgó el móvil y se volvió hacia el hombre que estaba esperando con los papeles en la mano frente al pecho, casi como si sostuviera las llaves de su libertad y felicidad – ¿Listo, señor Jarret?
– Llámeme Max – le dijo el hombre tendiéndole los papeles y dejándolos sobre el maletín que había sido cerrado cuidadosamente – creo que después de este intercambio es lo justo. ¿Dónde tengo que firmar? – preguntó.

– Aquí y aquí – ella señaló las dos líneas de puntos. Cuando él firmó, ella hizo lo propio sellando el acuerdo – ahora todo este dinero es suyo.

Max cogió el maletín y la siguió. Eire levantó en esta ocasión la banda policial y dejó que él pasara para después hacerlo ella. El hombre la acompañó hasta el coche y estaba segura de que él se había quedado prendado del Porsche que estaba aparcado. Sonrió y se dio la vuelta.

– Me gustaría ver la obra terminada – sus palabras eran amables, mucho mejores que las primeras que le podía haber dicho antes de conocerle – le ruego que contacte conmigo en este número – le tendió una tarjeta donde ponía Anne Benson.

– Por supuesto – dejó el maletín en el suelo y agarró su mano con las dos de él – gracias por todo lo que ha hecho.

– No me las dé a mí – dijo Eire sintiendo que aquello era muy cierto – en ocasiones las personas buenas también ganan.

– ¡Dios la oiga, señorita! – dijo el hombre sonriendo.

Ella vio cómo él se daba la vuelta y bajaba la calle abajo. Montó en el coche y se aseguró de que él llegaba sano y salvo al banco para ingresar todo aquel dinero. Tras quedarse tranquila recordó las palabras que ella misma había pronunciado. “En ocasiones las personas buenas también ganan”, quería creerlo con todas sus fuerzas. Si ella no creía… ¿Por qué debería hacerlo el resto de la Humanidad? Resistirían y vencerían. Ése sería su lema de ahora en adelante.

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