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CAPÍTULO XIX

Daba gracias de que el tiempo en el mundo élfico no fuera tan rápido como en la Tierra, porque sino las cosas se habrían desmadrado demasiado. Le había costado más de una semana reunir a cada uno de los elfos para comenzar con el ritual para sellar la brecha. La tarea más complicada había sido convencer al soberano Inglor para que desplazara hacia el reino Lólindir, pero por suerte el deber había imperado más que las enemistades entre posibles monarcas.
No había sentido la necesidad de llamar a Adair para que mediara entre ellos. Él no era el mismo elfo que se había marchado una vez del Reino y jamás volvería a serlo. Ahora era una voz que debían tener en cuenta y sobre todo respetar. Agradeció enormemente que los representantes Beren y Fëanor estuvieran en camino. Cuando los cuatro llegaron, el elfo lólindir ya estaba esperándolos.
De eso había pasado un día entero y ahora se encontraban al amparo de la oscuridad, solo iluminados por las dos lunas que cedían su luz para iluminar esa pequeña brecha que había crecido considerablemente. Cerró los ojos y dejó que la brisa seca rozara su piel, su rostro, pero toda aquella paz quedó cortada cuando el teléfono sonó. Cogió su móvil y se lo llevó a la oreja. La voz de Adair no le sorprendió, pero sin duda sí que lo hizo la de Lesley al fondo.

– No sé si llegamos algo tarde, pero hemos conseguido el tiempo que necesitas – comentó Adair con un tono de voz calmado – ¿qué tal vas las cosas por allí? ¿Alguno de ellos se ha negado a tus peticiones?

– No, han sido todos bastante razonables – respondió Amras dándose la vuelta – estábamos apunto de empezar con el ritual aunque me temo que tendremos que hacerlo en varias tandas.

– ¿Se ha hecho más grande? – preguntó Adair con cierta alarma al otro lado.

– Un poco – mintió Amras, pero debió saber que él notaría el tono alarmado de su voz – no obstante, está todo controlado. Conseguiremos sellarla…

Su vista recayó en los cuatro elfos que mantenían sus ojos cerrados, intentando encontrar el poder necesario y canalizándolo por todo su cuerpo. Se fijó en Eärendor Séregon, alto, musculoso, dispuesto siempre para la guerra. Su cabello estaba rapado, al estilo militar, pero aún así se intuía que era negro como el carbón. Sus ojos azules verdosos podían ver a través del alma de cualquiera y daban a su rostro un aspecto fiero e incluso letal.
Paseó su mirada hasta que se fijó en Ánië; la elfa Lólindir mantenía sus preciosos ojos rojos cerrados mientras concentraba el poder del fuego en su interior. Su cuerpo era esbelto, delgado, pero lleno de músculos fuertes capaz de sostenerla en todo el proceso. Su cabello era corto y blanco como la nieve, un manto que la cubría eternamente.
Círdan era uno de los elfos Beren más poderosos que habían existido en el Reino. Su cabello castaño estaba cortado pulcramente, sus ojos negros como la noche miraban a un punto fijo mientras su rostro se alzaba buscando la brisa seca y calurosa del Reino donde se encontraba. Amras distinguió la cicatriz que cortaba una de sus mejillas, sin duda una cicatriz que evidenciaba la cantidad de batallas que había librado. Sus alas se encontraban plegadas, pero lo más curioso es que no las hubiera hecho desaparecer.
Por último, se centró en Nessa. La joven elfa Fëanor había sido un verdadero descubrimiento para su pueblo. Con apenas dos años había sido capaz de organizar en su interior uno de los mayores hechizos creados en un mundo de magia. Su cabello rubio como el oro caía como una cascada de trigo por sus hombros y sus ojos verdes como el fondo de los estanques de su reino eran hipnotizadores.
Escuchó al otro lado la voz de Adair y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para prestar atención a lo que le estaba diciendo. Ciertamente no estaba escuchándole, menos cuando tenías a cuatro elfos poderosos ante ti dispuestos a poner el mundo patas arriba por el bien de los seres que habitaban tanto aquí como en otros mundos.

– ¿Decías? – preguntó Amras volviendo su atención al Guerrero de la Luz.

– Alguien quiere hablar contigo – contestó.

Escuchó el sonido del móvil pasando de manos. Podía escuchar las respiraciones desacompasadas, pero también las frases y pullas que se lanzaban entre las dos personas. Esperó en silencio hasta que la voz de Lesley se materializó. Su primera frase no fue una sorpresa para él.

– ¡No vuelvas a mover tu jodido culo sin decírmelo! – la mujer parecía seria, pero Amras pudo notar un tono de preocupación en cada palabra dicha – aunque este gañán te lo pida como Decreto Real de los Guerreros del Santuario…

– Es mi deber hacer esto – confesó Amras intentando aguantar la sonrisa – prometo dejarte una tarjeta encima de la mesa la próxima vez.

– Más te vale – le espetó la vampira al otro lado del teléfono – no es que te eche de menos, pero el silencio de la casa es demasiado molesto.

– Me lo tomaré como un cumplido – le contestó Amras llevándose la mano a la nuca y frotándosela – ¿Te has puesto por algo más que para echarme la bronca?

– Sí – confesó ella y carraspeó – no soy tu madre. Y no porque no quisiera serlo, pero tú ya tienes una, además de unas hermanas que te adoran y te echarán de menos… – se quedó callada – cuando termines allí, quizá podrías pasar a verlas, estar unos días allí.

– No creo que eso sea factible – Amras cambió su tono de voz por uno más tenso. No es que no quisiera no ver a sus hermanas, pero quizá si estaba frente a ellas le darían ganas de quedarse y no volver a esa dichosa guerra – tampoco puedo dejar mis obligaciones demasiado tiempo.

– Adair y yo estamos de acuerdo en que te tomes unas pequeñas vacaciones después de esto – aquello sonaba más a una orden que a una propuesta. Después de escuchar un: “Sí, te entregará el informe, tranquilo hombre cromañón” continuó diciendo – Idril, Eámanë y Tori tendrán ganas de verte.
Su madre, Tori, no había visto con buenos ojos que él se marchara dejándolas solas, pero él jamás las habría dejado desprotegidas y descuidadas. Idril que ahora mismo sería toda una mujer… Y Eámanë que ya no debía acordarse ni siquiera de sus rasgos o de cómo era su hermano. Suspiró y cediendo al primer impulso de su corazón terminó diciendo.

– Lo pensaré – se mordió el labio por lo que acababa de decir.

– Vuelve, pero no demasiado pronto – Lesley parecía una madre o quizá una hermana mayor echándole de menos, pero sin decírselo tan abiertamente.

– Tengo que dejarte o jamás cerraremos esta brecha del demonio – el tono duro de Amras no iba dirigido a ella sino al conjunto en general.

– ¡Vaya! Son las palabras más malsonantes que he escuchado salir de esos labios tuyos – sonrió aunque él no podía verlo, pero casi podía imaginarlo – haz lo que mejor sabes.

Cortó la comunicación al igual que él. Se guardó el móvil en el bolsillo y se acercó al gran círculo que los cuatro elfos habían formado alrededor de la brecha que se presentaba grande, orgullosa y dispuesta a no dejarse machacar.

– ¿Estáis listos? – preguntó Amras enfocando la vista en cada uno de ellos.

Todos asintieron con la cabeza. Cada uno tenía una función que hacer, incluso él mismo tenía su propio cometido. El primero en elevarse fue el jefe Inglor. A pesar de que su pueblo no contaba con alas, su poder le elevó al cielo dejando un rastro de piedras y tierra a su alrededor. El color marrón oscuro se apoderó de él y le engulló en un centro de color inmenso.
La embajadora Lólindir no tardó en elevarse mientras una llamarada de fuego la consumía por entero desprendiendo un calor que muchos habrían aborrecido. Se mantuvo al lado del jefe Inglor mientras el fuego se acumulaba a su alrededor creando una verdadera hoguera de emociones.
Nessa, la elfa Fëanor, a pesar de su juventud dejó que la magia se apoderara de su cuerpo. Sus ojos cambiaron de verdes a azules como el mar elevándose en el cielo mientras el agua se arremolinaba a su alrededor como si estuviera purificando su cuerpo y limpiándolo. Se puso en el lado opuesto de la elfa Lólindir y abrió sus ojos al máximo mientras los centraba en ella.
Por último, Círdan, el elfo Beren desplegó sus alas y se elevó haciendo que la brisa corriera tras él arremolinándose alrededor de su cuerpo y creando un pequeño tornado donde él estaba en pleno centro de la mística fuerza. Se situó frente al Inglor. Aquél era el momento. Amras alzó las manos, cerró los ojos un momento y dejó que por su cuerpo fluyera el poder que sentía en su interior.
Un enorme escudo se elevó cubriendo la zona catastrófica, envolviendo a los cuatro elfos e incluso a sí mismo. Su escudo era semitransparente, pero las breves ondas marinas se recreaban ante sus ojos, porque de ahí provenía su gran poder. Observó a su Ave Roc que observaba la escena con cierto grado de impresión.

Amras alzó la vista hacia los elfos, observando cómo fuego y agua se unían en uno solo haciendo que sendos rayos cayeran sobre la brecha y comenzaran a cerrarla. Lo mismo hicieron tierra y aire, juntaron sus rayos y los dejaron caer sobre la brecha ayudando a los otros dos elementos. Amras jamás había visto nada tan magnifico como aquello.
Se enorgullecía de ser un elfo aunque en ocasiones se negara a reconocerlo en voz alta. Los poderes de ellos provenían de la Tierra, y no había nada más importante y maravilloso que eso. La primera en caer fue Ánië que plantó las rodillas en el suelo mientras su fuego se desvanecía. A su lado aterrizó el elfo Beren que la ayudó a levantarse. Tanto el jefe Inglor como la joven Nessa bajaron a la vez mientras contemplaban la brecha que se había cerrado unos cuántos centímetros.
Amras replegó su escudo hasta que éste desapareció en sus manos de nuevo. Se volvió hacia ellos con una mirada de alegría. Lo estaban consiguiendo, unos cuantos intentos más y aquellos Tywyll podían darse con un cante en los dientes porque no conseguirían lo que en un principio se habían propuesto.

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