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black and white photo of  vampire woman  bites a blind man

CAPÍTULO XX

Evan apenas se había dado cuenta de que su cumpleaños estaban tan cerca si no fuera porque sus amigos se lo habían recordado. Cuando había recibido la llamada de Will, él le había dicho que le esperaban en uno de sus locales favoritos y estaba seguro de que le habían preparado una pequeña celebración, íntima, solo para los amigos.
Cuando llegó al pub Chloe 81 pensó que estaba cerrado porque apenas había iluminación, pero la luz de una pequeña vela le hizo entrar. Nada más cruzar el umbral de la puerta, todas las luces se encendieron de golpe y escuchó un atronador “FELIZ CUMPLEAÑOS” coreado por gran cantidad de gente que se apelotonaba frente a él.
Sintió las manos de un camarero que cogían su abrigo del borde y lo tiraban hacia atrás para liberarlo de su peso. Jamás podría haberse imaginado algo así para su cumpleaños, pero parecía que sus amigos habían vuelto a conseguirlo. Miró a todos los presentes y reconoció algunos amigos de la infancia, algunos de la universidad e incluso había compañeros del trabajo. Parecía que no se habían dejado a nadie. Sabía perfectamente que sus padres no estarían aquí, ellos estarían viajando por motivos de trabajo como era habitual en ellos, pero con toda esta gente se sentía satisfecho.
Al primero que reconoció fue a Will. Su amigo se acercó con una amplia sonrisa en el rostro y palmeó su espalda dándole un fuerte abrazo mientras le decía que ya no era el único viejo del grupo. Evan se pasó la mano por el pelo mientras sonreía y asentía con la cabeza.

– Llevas la edad demasiado mal Will – le confesó Evan poniendo una mano en el hombro de su amigo – no quiero aguantarte cuando tengas ochenta años…

– Entonces no te ganarás más fiestas de estas – le dijo el médico haciendo un amplio gesto con el brazo – ¡Felicidades, campeón!

– Gracias – le contestó Evan esbozando una amplia sonrisa, una que sentía que se extendía como un calor por todo su cuerpo.

Antes de que pudiera darse la vuelta para buscarla, Sarah apareció ante él, le dio un fuerte abrazo y después un beso en la mejilla. Él la estrechó con fuerza, dejando descansar el cuerpo sobre el de ella e intentando que la tensión del día fuera desapareciendo. Cerró los ojos y aspiró el aroma de su cabello mientras se mantenían así.

– ¡Felicidades! Espero que te haya gustado esta sorpresa – le dijo Sarah con aquella voz cálida que tenía – sé que no eres muy dado a los planes desorganizados, pero…

– Chissst – le calló Evan mirándola a los ojos – me habéis sorprendido increíblemente. Tenéis un don para eso, todos.

– Que sepas que este es nuestro gran regalo – dijo una voz frente a él.
Se separó más de Sarah y observó la figura de Noah que tenía una sonrisa en los labios y se acercaba para darle un fuerte abrazo. Palmeó la espalda de su amigo y dio gracias de que los dos hubieran arreglado sus diferencias porque ambos sabían que el cumpleaños no hubiera sido igual sin él.

– ¡Felicidades, abogaducho! – la última palabra salió con un tono divertido – dentro de poco tendrás que asegurar la descendencia…

– Creo que aún no estoy hecho para tener niños – le confesó Evan separándose de él. No pudo evitar fijarse en la mujer pelirroja – ¿Quién es ella?

– Te presento a Lesley – le contestó Noah dándose la vuelta – es mi chica. Espero que no te moleste que haya venido – Noah le miró y después volvió la vista a Lesley.

– Por supuesto que no – respondió Evan con una de sus sonrisas más encantadoras – disculpa al gañán de mi amigo, pero no sabe hacer presentaciones adecuadas…

– A mí me parece muy acertada – respondió la mujer acercándose a él y tendiéndole la mano – Lesley MacDonald.

– Evan Baker – cogió la delicada mano de la mujer y dejó un delicado beso en el dorso de la misma – es un placer conocerte.

– Menudo Don Juán estás hecho – comentó Noah mirándoles a ambos.
Se quedó con su vista fija en la mujer que tenía ante él. Iba ataviada con un vestido negro que le llegaba a la altura de los muslos, el escote era pronunciado, pero sin ser demasiado atrevido. Se sostenía en unos zapatos de color negro impresionantes y su melena pelirroja caía por su espalda descubierta como si fuera una cascada salvaje. Era hermosa, preciosa, y era de su amigo Noah.

– Jamás pensé que tendrías tan buen gusto para las mujeres – se volvió hacia él – pero parece que me había equivocado.

– Si quieres saluda al resto de invitados y después te daremos los regalos – dijo Sarah poniéndose a su lado – ya sé que te dije que este era nuestro único regalo – consiguió decir al ver su cara – pero sabes…

– Que es una malísima mentirosa – le confesó Will poniéndose a su otro lado – además, también ha venido Jess para darte su felicitación y un regalo de su hermana… – le dio un codazo en el costado.

– ¿Me estás incitando a que vuelva a salir con ella? – Evan alzó una ceja.

– ¿Lo has dejado alguna vez? – preguntó Will. Todos se echaron a reír, pero él se fijó en la sonrisa de Lesley.

– Como ves tengo unos amigos muy graciosos, pero eso ya lo habrás comprobado si has estado con ellos más de cinco minutos – le informó Evan con un tono de voz bajo casi como si fuera conspiratorio.

– Sí, creo que he pasado mucho tiempo con ellos como para saberlo – le siguió el juego ella.

Movió la cabeza negativamente mientras se reía. Se despidió de sus amigos y aprovechó para ir saludando a todas aquellas personas que se habían acercado para desearle un feliz cumpleaños. Le sorprendió encontrar a Jessica allí y dos compañeros más de su trabajo.

– ¿Y esa expresión de sorpresa? ¿Aún te dura el “cumpleaños feliz”? – dijo ella con cierto tono ácido.

– Jamás pensé que serías mujer de este tipo de fiestas… – le confesó él acercándose y dándole dos besos – pero me has sorprendido.

– Puedo sorprenderte en muchas más cosas – le confesó ella – me gusta conocer a la gente fuera de nuestro hábitat natural…

– Intrigante – consiguió decir Evan.

La música comenzó a sonar, los primeros tonos de “Live is life” se hicieron eco. Evan se despidió de Jessica y caminó por el pub saludando, recordando y recibiendo muchos regalos. Al cabo de veinte minutos el alcohol, la comida y las risas inundaron el local dejando que su verdadera faceta saliera a la luz.

***

Owen había visto multitud de cosas en su vida. Por ello, no se asustaba de nada, menos de un incendio como el que había presenciado en noches anteriores. Cuando vives en un tiempo indefinido, sin una fecha límite, es difícil sentir la garra de la muerte. Él había vivido eones al igual que el resto de sus hermanos, pero en ocasiones el tiempo se hace demasiado pesado, mucho menos para cargarlo sobre los mismos huesos de siempre.
Era su día libre. Quizá podría haber pasado más tiempo con Kimberly, pero sentía que tenía que estar con su compañero en estos momentos tan dolorosos, tal y como él habría estado. Dejó que las partículas de su cuerpo se recompusieran, dejando que sus pies tocaran el frío suelo, sosteniendo así toda su figura. Echó la capa sobre sus hombros y alzó la tela para cubrirse levemente el rostro. No es que el viento frío, el hielo y la nieve pudieran hacer mella en él, pero prefería taparse antes que acabar como un pequeño copito de nieve.
Desde que las batallas se habían sucedido, todos los Anfarwold contaban con un centro médico especializado que les ayudaba a sanar sus heridas. Siendo de razas tan distintas como eran había sido complicado ponerse de acuerdo en un único lugar. ¿Quién tenía más derecho de albergar la sanación? El DOM había quedado descartado completamente, terreno gobernado por Dioses, ningún ser podría entrar si no era con el permiso de los Dioses.

El mundo élfico era un lugar de sabiduría, paz y serenidad, pero cruzar la línea que separaba los mundos podría hacer perder más vidas que salvarlas. ¿Dónde se desarrollaba la batalla? La Tierra era el mejor sitio para alzar un imponente edificio que albergara todos los poderes de curación en uno solo. Sí, había sido una decisión discutida, pero hacía siglos que se había tomado.
¿Dónde situar una estructura que era incluso más grande que el Pentágono? Y lo más importante, que los humanos no notaran su existencia ni la encontraran por casualidad. Es complicado conseguirlo, máxime cuando los humanos han colonizado todos los territorios que han encontrado, salvo uno. La Antártida parecía el lugar idóneo para albergar una edificación como aquella.
Owen alzó la vista para contemplar nuevamente el Cyse. Así era como lo habían llamado, un nombre elegido por unanimidad. El Cyse era un conjunto de edificios enormes, altos y blancos, unidos entre sí por pasillos que intercomunicaban cada una de las secciones del enorme complejo. El tono blanco azulado, provenía del material con el que había sido construido, y no podía ser menos que hielo. Las paredes eran de hielo puro, tan frío que podía llegar a quemar la piel de cualquier insensato que se atreviera a tocarlo sin un guante que protegiera la fina piel.

Entró en el edificio, y a pesar de que sus paredes eran tan frías, gruesas e imponentes, dentro se podía encontrar la calidad que siempre anhelaba cualquier Guerrero. La sala de recepción se encontraba en silencio, pero Owen distinguió a varios familiares que debían estar esperando noticias de algún paciente. Pasó de largo sin dirigir la palabra a la elfa recepcionista que allí se encontraba y caminó por el largo pasillo recto que había frente a él.
Cuando los humanos descubrieron cómo llegar hasta la Antártida, instalando allí sus bases de investigación, los Anfarwold habían tenido que tomar una determinación. Alejarían a los humanos todo lo posible de aquel lugar. Para ello, habían empleado varios hechizos que volvían invisible el Cyse ante sus ojos, pero sobre todo instalando un frío tan denso y ártico que cualquier humano que intentara cruzar las fronteras sucumbiría a la nieve y la congelación. Parecía cruel, pero era la única forma de mantenerlos seguros y protegidos, no solo a ellos sino también a todos los Anfarwold.
Podría haberse desvanecido para llegar antes a la habitación de su compañero, pero necesitaba caminar, sentir cada paso que daba. Llegó a la sala de cuidados intensivos donde él se encontraba y abrió la puerta. Lo primero que vio fue la cámara herméticamente cerrada donde estaba seguro que Marcus se encontraba.

Alzó la vista al escuchar el leve sonido de una silla y su vista se fijó en la enfermera que se acercaba hasta él. No se paró a explicarle cómo se encontraba, él ya había sido informado, pero sí le pidió encarecidamente que no agotara al paciente. No era su intención ni mucho menos. Arrastró los pies hasta que estuvo al borde de la cámara y bajó el rostro para contemplar a su compañero, amigo y hermano.
Sus ojos permanecían cerrados, su cara estaba completamente quemada, su pelo rubio solo conservaba un mechón rebelde que intentaba caer sobre su frente. Continuó bajando la vista, contemplando los músculos en carne viva. Se fijó en una de sus muñecas, podía ver el hueso que aún no había sido recubierto de músculo y maldijo entre dientes.
Marcus estaba completamente desnudo, a excepción de una toalla que cubría sus partes más íntimas. Sospechaba que cualquier roce de tela dificultaría su recuperación, sin contar el dolor insoportable que sentiría. Por suerte, la sangre coagulada que veía alrededor de cada herida semi- recuperada le hacía sentir esperanzas. Él sobreviviría, siempre y cuando la sangre permaneciera dentro de su cuerpo. Lo peor para ellos era desangrarse, y por suerte sus heridas no habían sido ni tan graves ni tan internas como para pensar que no sobreviviría.

– Sé que no podrás oírme compañero – Owen hablaba en un tono susurrante – pero tenía la necesidad de venir a ver qué tal estabas.

Casi como si Marcus le presintiera abrió los ojos. Su amigo era experto en presentir a la gente, en sentir la esencia del resto de personas, no debería haberse impresionado. Todavía recordaba cuando su alma junto con su pequeño cuerpo había subido al DOM. Todos los niños menores de un año que morían en la Tierra, ya fuera durante el parto o durante su corta infancia, eran reclamados por Cyfiawnder. Allí se les proporcionaba un hogar, una educación, una familia. Quizá no eran la familia que habían perdido, pero todos los jóvenes que habían sido reclamados estaban orgullosos y agradecidos de tener una segunda oportunidad para vivir y entregarla si era necesario.
Marcus era tan distinto a Owen. Él sí tenía raíces mientras que Owen carecía de ellas. Marcus había nacido en Alemania durante el reinado del Emperador Carlos V y siempre había conservado sus orígenes e incluso había aprendido alemán practicándolo en sus breves visitas a la Tierra. Owen por el contrario, y al igual que sus cinco hermanos, había nacido sin patria. La Diosa era su madre, su país era el DOM y su vida era la lucha.

– ¿Qué tal te encuentras? – preguntó Owen alzando la mano y tocando el cristal que había ante él – tienes que reconocer que te gano siendo el más guapo ahora – él pestañeó dos veces e intentó sonreír, pero fue imposible – no intentes fingir, sabes que llevo razón. Hagamos una cosa: un pestañeo para sí, dos para no.

Marcus pestañeó una vez. Sus ojos azules le contemplaban como si fueran dos océanos helados. Estaba seguro de que sentía un dolor insufrible, pero lo sabía esconder demasiado bien, jamás dejaría traslucir semejante debilidad.

– Tienes que dejar de danzar con el fuego, amigo – Owen esbozó una pequeña sonrisa cuando Marcus pestañeó una vez. Había venido a pasar un momento con él así que no le agobiaría diciéndole la decisión que Adair había tomado. Al ver su expresión alerta cambió de pensamientos y de tema – no te quejarás de las guapas enfermeras que te cuidan aquí.

Pestañeó dos veces. Marcus cerró los ojos en aquel momento sumiéndose en un trance para que se cuerpo sanara poco a poco. Finas partículas blancas revoloteaban alrededor de su piel formando de nuevo sus músculos, su piel, recubriendo los huesos que habían sido expuestos por la acción del fuego. Owen esperó hasta que sus ojos volvieron a abrirse.

– Ya queda menos… – aquellas palabras habían salido más para sí mismo que para su amigo. Él pestañeó una vez.

Y entonces su rostro se convirtió en una pequeña máscara de dolor. Owen bajó la mirada y contempló cómo el Guerrero intentaba alcanzar el cristal con sus dedos, que acababan de ser recubiertos nuevamente con piel. Tocó la fría cámara y el pelirrojo bajó la mano hasta que ambas se encontraron separadas por el cristal.

– Te pondrás bien, amigo. Te lo juro – sus palabras eran ciertas, pero el Guerrero necesitaría mucho tiempo para recuperarse del todo.

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