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black and white photo of  vampire woman  bites a blind man

CAPÍTULO XXII

Cerrar la brecha había sido una de las misiones más difíciles que había tenido en todos sus años de servicio. Jamás podría haber imaginado hasta donde llegaría el precio a pagar por mantener todos los mundos a salvo. Sin embargo, todo lo bueno que vendría después compensaba el dolor que habían sentido y aún sentían.
Todos los elfos aprendían desde la más tierna infancia que la magia es un don que se debe conservar, pero al igual que cualquier don que se tiene, conlleva una responsabilidad y un precio a pagar. La magia no entiende de bien o mal, no hace distinciones entre lo que es correcto o no, simplemente da y recibe a cambio.


Amras observó a los elfos con los que había trabajado. En ellos se podía observar el precio que debías pagar por manipular una magia tan antigua y mística. Su mirada recayó por primera vez en Ánië, la elfa Lólindir

Ella había sido la primera en sufrir el dolor que conlleva hacer un ritual como aquel. Sus ojos habían quedado incapacitados. Donde antes podías contemplar unos hermosos ojos, ahora solo podías ver dos pupilas que parecían ascuas recién apagadas. Llevaba sin ver nada desde el día anterior, pero eso no impidió que se elevara en el aire y realizara una última vez el ritual. Sus ojos volverían a sanar con tiempo y paciencia.

Cirdan, el elfo Beren, había sido uno de los últimos en sufrir las consecuencias. Durante el último hechizo había caído de espaldas, y su propia espalda aplastó las alas que tenía, pues debido a la concentración del acto le había sido imposible plegarlas hasta incorporarlas a su piel. Aquello dolía demasiado, y no había nada peor que perder las alas para un elfo Beren, pero se recuperaría. Por suerte, la magia pide un cambio, pero no permanente.

Nessa había dejado de ser la joven flor que llegó sonriente para convertirse en una muchacha pálida, demacrada, cuyo rostro estaba cansado. Le costaba mantenerse en pie, parecía haber envejecido cien años de golpe, su sonrisa se había borrado de su rostro y sus ojos habían dejado de brillar. Estaba convencido que con un poco de reposo acabaría mejorando.
Por último, Eärendor Seregon, gobernante del Reino Inglor había perdido todo lo que le había caracterizado una vez. Su musculatura se había visto reducida a cenizas, donde antes había músculo ahora solo quedaba piel que revestía los huesos que había en su interior. Sin duda, el gobernante se recuperaría mucho más rápido que cualquier otro, no solo debido a su fuerza sino también a la edad que tenía. Esos músculos volverían a estar en su sitio muy pronto.

Todos habían sufrido algo, incluso él. Quizá no había cerrado la brecha, pero su poder, sus escudos habían pasado factura a su cuerpo. Dos días antes de terminar había sentido que su piel comenzaba a arder. No se trataba de cualquier zona, se trataba de su brazo derecho, aquel que estaba lisiado, aquel que le había impedido luchar hasta que Lesley le dio la oportunidad. Su brazo estaba en carne viva como si un potente fuego lo hubiera abrasado. Recordaba que meses atrás había sufrido algo parecido, pero en esta ocasión los dolores eran aún más insoportables.
Todos los elfos sería trasladados por sus escoltas personales hacia sus residencias para que se recuperasen después del gasto físico, mental y psíquico que habían realizado. Se acercó a ellos antes de que se marcharan.

– Os agradezco profundamente lo que todos habéis hecho por nuestro propio mundo – sus palabras habían sonado solemnes – espero que os recuperéis rápidamente y que esto no haya sido en balde.

Todos asintieron con la cabeza. Cada uno se marchó al cabo de unos minutos. Amras se quedó parado frente a lo que había sido la brecha. Donde antes se encontraba un terrible agujero negro ahora solo había una delgada línea plateada que resplandecía, imposible que algo que podía haber destruido todo un mundo se redujera a eso. Sintió tentación de tocarla, pero el dolor en el brazo le hizo cerrar los ojos y dar media vuelta.
Él no tenía escolta, pero tampoco la necesitaba. Con Daeton estaba más que satisfecho. Montó en su Ave Roc que le había esperado pacientemente y se elevó en el cielo dejando tras de sí una capa de hojas, tierra y fuego. ¿Y ahora qué? Se suponía que debía volver a su hogar, pero… ¿Cuál de ellos?
Pensó en las palabras de Lesley. Él hacía tanto tiempo que no veía a su madre y hermanas que le parecía extraño estar pensando realmente en presentarse. Las echaba de menos, pero todo lo que estaba haciendo, todo lo que había hecho era siempre por ellas. Viró el rumbo de Daeton y pensó que no importaban las horas si ello merecía la pena.

El viaje había pasado rápido, mucho más de lo que podría haberse imaginado, y en menos de lo que esperaba estaba aterrizando. Su familia no tenía unas propiedades demasiado extensas, no como otras familias del Reino Fëanor, pero al menos disfrutaban de propiedades algo que otros elfos no tenían.
Contempló la enorme casa que pertenecía a su familia desde sus antepasados. No había cambiado absolutamente nada, seguía manteniendo esa altura increíble, sus muros parecían de granito puro, la fachada se inclinaba ligeramente hacia un lado y la entrada parecía llamarle para que se adelantara y cruzara las puertas.
Cerró los ojos. Recordó las veces que había subido las escaleras, traspasado las puertas y corrido a la habitación de sus padres para enseñarles alguna nueva habilidad. Era lo único que le daba ilusión en aquellos tiempos, cuando te faltaba la capacidad de poder luchar debías entrenarte en otros aspectos.

Observó el jardín que rodeaba la casa. A su madre le encantaban las plantas, cuidarlas era para ella estar en armonía con la naturaleza, pero ahora todo eso había desaparecido. Donde antes había flores de todos los colores, que se alzaban para dar la bienvenida a los visitantes, ahora solo quedaba la maleza que crece al descuidarlo. Era una verdadera lástima que se hubiera echado a perder.
Caminó por los terrenos de la casa cuando escuchó unos ruidos. Se acercó despacio, intentando no llamar la atención, pero sintiendo curiosidad. Risas, chapoteos, más risas. La escena que contemplaron sus ojos le dejó impactado.
El estanque que pertenecía a su familia seguía tan hermoso como siempre había estado. El agua era limpia, cristalina y caía desde el río hasta allí. El Reino Fëanor era agua en estado puro, siempre habían sido elfos acuáticos y no era de extrañar que más de la mitad de su extensión estuviera gobernada por el agua.
Este pequeño estanque estaba escondido de las miradas indiscretas por los árboles que se alzaban imponentes alrededor del mismo. También había pequeños juncos que podían aprovecharse para esconderse llegado el caso, y los animales salvajes se acercaban para disfrutar del frescor que el agua producía. Era un lugar precioso que pertenecía a su familia y seguiría siendo así, pero más allá de eso había algo que le llamaba la atención.

Amras observó a la chica joven que salía del estanque. Llevaba puesto un sencillo vestido blanco que se pegaba a su cuerpo mojado, su cabello rubio casi blanco caía en cascada y él pudo imaginar sus ojos ambarinos, tan parecidos a los suyos. Idril, su hermana mediana había cambiado muchísimo. Era alta, esbelta, con el cabello largo que le llevaba más allá de la mitad de la espalda, lo tenía suelto y completamente liso. ¿Tanto tiempo había pasado sin verla? Apenas quedaba nada de la niña joven que se había despedido de él aquel día. Ahora era una elfa de los pies a la cabeza.
Sonrió al ver que se inclinaba sobre el estanque y tendía las manos. Dos pequeñas manitas se sujetaron a las suyas y tomó impulso. Amras sintió cómo le escocían los ojos al ver la figura que se elevaba del agua completamente empapada. Aquella era su hermana más pequeña. Apenas tenía tres años cuando se marchó, así que estaba seguro que no le reconocería.

Eámanë era una elfa jovencita que aparentaba unos nueve años a pesar de que su edad real rondaba los casi cien años de existencia. Llevaba un vestido azul claro que resaltaba el color de sus ojos. Al contrario que el resto de sus hermanos, ella había heredado los ojos de su padre mientras que Idril y él habían heredado los de su madre. Su cabello estaba cortado a la altura de los lóbulos de sus orejas haciendo que las puntiagudas orejitas quedaran tapadas. Su cabello era mucho más rubio que el de sus dos hermanos, pero aún así tenía ese tono característico de la familia.
“Esto es lo que te estás perdiendo”, pensó su yo interior como echándole la bronca. Negó con la cabeza y aferró su brazo derecho, el bueno, al árbol desde el que estaba observando toda la escena. Dio dos pasos hacia delante inconscientemente con tan mala suerte que rompió una ramita. El sonido retumbó en todo el estanque, pero la única que volteó su mirada fue la más pequeña de la familia. Amras se escabulló detrás del árbol, cerró los ojos y rezó porque su hermana no le hubiera visto.

No quería acercarse a ellas sabiendo que después tendría que marcharse y les haría más daño. Ellas no debían padecer el mismo dolor que él por la pérdida y la distancia. Regresó hasta donde Daeton se encontraba, guardando en su memoria la imagen que había visto y deseando haber podido ver a su madre…
Ahora debía volver a su segundo hogar, debía volver a la guerra, aquello que era su vida y le hacía sentir un elfo completo. Se alzó sobre Daeton por los aires dispuesto a volver a la Tierra donde aún quedaban demasiadas cosas que hacer antes de volver a casa para disfrutar de los suyos.

***

Fantástico. No, esa palabra no se acercaba ni remotamente a lo que había experimentado aquella noche con Lesley. No solo lo habían hecho en el coche, sino que había ido después a su casa. Apenas habían podido cruzar el umbral de la puerta cuando sus manos volvieron a tocarla, a sentirla, a tomarla y apretarla contra él. Les había costado un triunfo llegar a la habitación, sobre todo porque se habían estado chocando con casi todos los muebles del piso mientras seguían desvistiéndose.
Aún la recordaba tumbada en su cama. Él encima, ella debajo, su cuerpo protegiéndola, las manos de ella recorriendo su piel, los labios de Noah buscando cada resquicio de piel. Se perdieron entre las sábanas, la pasión que florecía en el interior de ambos hasta que sus cuerpos se unieron dejando de ser dos entes divididos para convertirse en uno solo. Todavía podía sentir el calor que había experimentado con ella.

Aquella noche había sido él mismo. Sus emociones habían tomado el control, sus poderes se habían hecho visibles, al menos en su temperatura corporal. Había sido un momento increíblemente intenso. Algo que jamás había vivido con ninguna otra mujer con las que había estado. Le resultó demasiado duro cuando ella se levantó de su lado, dejando el espacio frío, vacío, y se marchó antes de que saliera el sol.
Se había despedido de él dándole primero un beso en la frente y después otro en los labios. La había dejado marchar solo por eso, pero tendrían que dejar ropa en casa del otro. No estaba dispuesto a dejar que ella se fuera como una vulgar ladrona de su piso, aunque quizá era el apelativo más adecuado para ella, porque tenía que reconocerlo. Lesley le hacía sentir todo lo que no había sentido en años. Si se ponía cursi casi podía decir que le había robado el corazón.

Volvió a la realidad, paró en seco a su mente que divagaba, y apretó los puños al ver a la mujer que estaba tendida sobre la mesa. Otra nueva víctima, otra prostituta que había muerto a manos de… No le correspondía a él encontrar a la persona que la había matado, pero sí podía ayudar con la causa de la muerte.
Observó a Mark que estaba preparando todo el instrumental que necesitarían. Rara vez se juntaban los dos en un mismo horario, pero debido al día libre que se había pedido el jefe ambos tenían que trabajar. No le sorprendió escuchar una voz en su cabeza, la voz de la mente de Mark. “Le han cortado las orejas… qué interesante”. Sus ojos se desviaron hacia las orejas despacio, las contempló de reojo y tenía razón. Habían seccionado las orejas como si fuera un trozo de carne más.

Aquello sí que era raro. La mujer había sido desangrada, no quedaba nada de sangre en el interior de su cuerpo, y se debía mayormente a las heridas que le habían infligido. Daños mortales que debieron ser dolorosos. Por las heridas que veía todas eran antes de ser asesinada. ¿Por qué le cortarían las orejas? Solo conocía un motivo para hacer eso y encajaba perfectamente con ella.
Cuando veías u oías algo que las mafias no querían, tendían a quitarte esa parte de la anatomía que habías utilizado para saber sus chanchullos. Tratándose de una prostituta no era de extrañar que hubiera escuchado alguna conversación indeseada y su jefe la hubiera matado. Negó con la cabeza. Estaba en el lugar y el momento equivocados. Escuchó otra vez la voz de Mark, pero cuando alzó el rostro vio que el chico estaba hablando y que no era su mente la que se comunicaba con la de Noah.

– ¿Cree que ha sido un caso de mafias? – preguntó el joven mirándole atentamente.

– Todo lo indica así – Noah se acercó a la cabeza de la mujer y examinó las marcas y surcos que había dejado el cuchillo – el asesino utilizó una herramienta afilada. Me atrevería a decir que se trataba de una daga alargada y recta.

– Sí, no parece que haya surcos que indiquen que fuese curva – el joven aprendía rápido. Noah tenía que admitirlo. Si seguía por ese camino se convertiría en un gran forense – Pero estas heridas no fueron las que la mataron…

– No – negó Noah volviéndose. Miró las muñecas, la perforación en el abdomen y también el corte en el cuello – fue un cúmulo de heridas, pero todas con un mismo propósito.

– Que se desangrara – terminó diciendo Mark mientras palpaba la muñeca de la chica y reseguía la costras que había dejado la sangre en el corte.

– Se lo comentaré a Hoffman. Ahora es él quien lleva el caso en ausencia de Smith – aquellas palabras habían salido rápidas. Noah sabía que Smith aún no se había recuperado, pero Will le había asegurado que muchas personas permanecían largos periodos de tiempo en coma, y después despertaban – termine de preparar el cuerpo. Si encuentra algo significativo… Hágamelo saber.

– Sí, señor Cooper – Mark se volvía muy respetuoso cuando se le encomendaba cualquier tarea.

Noah salió del depósito y se metió en el despacho de su jefe. Cogió el teléfono y tecleó el número personal del Hoffman. Aquel hombre no le caía bien, pero en ocasiones tienes que trabajar con patanes, y ese era su cometido ahora.

– Hoffman – Noah no le saludó. Una cosa era trabajar y otra hacerse el simpático – podemos darte la causa de la muerte – se quedó callado mientras escuchaba – desangramiento y por sus orejas diría que se trata de un asunto de mafias – sonrió al escuchar la réplica del hombre – eso es trabajo tuyo. Te avisaré si encontramos algo más.

Colgó. El mundo estaba lleno de personas malas, pero también de personas buenas y Hoffman era una de ellas. Quizá fuera un depravado, quizá le gustara la compañía de las mujeres de la vida alegre, pero si era policía algo de bondad tenía que tener en su interior. ¿Verdad?

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