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CAPÍTULO XXIV

El Ifream. Un lugar oscuro, deprimente, hundido en las profundidades del universo, un sitio correcto para ellos. Iluminado por débiles llamas que parpadeaban en la oscuridad, recorrió los pasillos laberínticos para encontrarse con uno de los peores Dioses que podía encontrar, uno con quien no querrías tener más de dos palabras.
Aquel era su mundo, el refugio de todos los Tywyll, allí era donde esbozaban sus planes, donde todos conformaban en una sola unidad indivisible. Algo que a los Anfarwold les faltaba. No es que entre ellos se llevaran bien, de hecho podías encontrar una jerarquía de poderes dentro de ellos, pero a diferencia de sus enemigos, los Tywyll sí tenían claro quién estaba por encima y a quién se debía respetar.

El Ifream eran unas catacumbas hundidas en las profundidades. Recovecos, cobertizos, pasillos interminables de piedra dura… Todo eso era su mundo. Cuanto más alto en la jerarquía, más abajo podías encontrar tu guarida, allí donde debáis alojarte en el caso de que quisieras quedarte. Tuvo la tentación de tocar la piedra de las paredes del pasillo, pero se contuvo. Aunque tenía un aspecto frío, duro, basto, estaba seguro de que en cuanto su mano la tocara ardería como los mil demonios.
Llegó al lugar donde estaba destinado. Si hubiera sido alguien de su mismo rango, o incluso inferior, habría entrado sin llamar, pero hoy no iba charlar con uno de los suyos sino con uno de los tres Dioses que allí habitaban. Tocó la puerta y casi al instante escuchó la voz que le daba paso.
La estancia estaba levemente iluminada, pero en cuanto entró y cerró las puertas, las velas parpadearon hasta crear una atmósfera lo suficientemente iluminada como para que él pudiera ver a su Dios. Inclinó la cabeza en señal de reconocimiento, respeto e incluso temor, y no la alzó hasta que el Dios le dio permiso.
Su vista recayó en Dinistro. Los simples mortales podrían considerarle como el Dios de la destrucción, pero era mucho más letal que eso, era un Dios calculador, frío e impasible. Su cabello rizado y oscuro como el carbón se encontraba recogido en una sencilla coleta baja. Alto, fornido, iba ataviado con unos pantalones de cuero, una camiseta de tirantes y unas botas militares.
Al contrario que el resto de Dioses, él consideraba que vestirse como los humanos le ayudaría a pasar inadvertido si alguna vez se aventuraba a la Tierra. Era un aspecto que ninguno de los otros dos Dioses compartía con él, pero al Dios le daba absolutamente igual.

– ¿Qué tienes para mí? – preguntó Dinistro dándose la vuelta y colocando la espada con la que había practicado en el lugar que le correspondía – ¿cómo está yendo mi plan?

– Mucho mejor de lo que esperaba, mi señor – las palabras del Tywyll eran educadas – hemos sembrado el temor en Canadá, Nueva York – carraspeó – estoy extendiendo nuestro plan hacia Kansas, California y México – se quedó en silencio para después añadir – sin embargo, tengo la sensación de que los Anfarwold se están dando cuenta.

– ¿Estás matando a putas como te dije? – preguntó Dinistro dándose al vuelta alzando una ceja interrogante – ellas son fáciles de matar. No levantan sospechas… – se rió – al fin y al cabo… ¿quién echará de menos a una puta?

– Estoy haciendo todo como vos me pedisteis – el Tywyll tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no soltar un comentario mordaz – incluso silencié a aquel policía que estaba tan metido en el caso – aún recordaba el accidente del encargado del caso en Nueva York. Ahora él estaba en coma, apenas podría moverse de la cama, si es que llegaba a despertar.

– ¿Le mataste? – preguntó Dinistro con una voz fría.

– No, está en coma – contestó él como si fuera lo más lógico – no creí…

– ¡Nadie te da permiso para creer y mucho menos para pensar! – el Dios se giró cogiéndole del cuello y consiguió estamparle contra la pared a la velocidad del rayo.

Las manos del Dios se apretaban contra su cuello cortando sus vías respiratorias. Sin duda, aquello no podría matarle, pero su cuerpo era humano, y como tal añoraba la falta de oxígeno. No movió sus manos para intentar soltarse, no hizo ningún gesto hasta que él le soltó, cayendo al suelo pero sin deslizarse hasta el fondo.

– No me pareció acertado, mi señor – su respiración sonaba agitada, pero no se llevó las manos a la garganta, sino que prosiguió diciendo – está en coma. No podrá hablar, mucho menos investigar, si le matara… – se quedó callado viendo cómo Dinistro se daba la vuelta – ellos sospecharían.

– Tienes razón – el Dios asintió con la cabeza – una cosa son las putas y otra mucho distinta es un policía… – se llevó las manos detrás de la espalda – ¿Cómo está tu chico, Robert?

Su chico. Le hizo gracia aquél apelativo. Sin duda, Noah no era su hijo, pero si conseguía cambiarle, si él reconsiderara unirse a los Tywyll, le acogería como un hijo. Sí, como al hijo que todavía no había tenido…

– Sigue siendo indiferente a todo lo que le rodea – fue sincero. Dinistro podía estrujarle la mente hasta que fuera un colador con tal de conocer la verdadera información y no estaba dispuesto a que jugaran con él – es uno de los Morak más reacio a sus poderes…

– El niño nos ha salido gallina – espetó Dinistro sentándose en el sofá que había en la sala mientras vertía un poco de coñac en un vaso – veo que algo te preocupa.

– Me temo que se ha estado relacionando con una Anfarwold – las palabras salieron algo atropelladas de su garganta – una vampira si mi instinto no me falla.

– Escoria – el insulto salió del fondo de su ser si es que lo tenía – ¿qué tienes pensado hacer con ella? – la pregunta era clara y concisa. Robert pudo ver los ojos verde oscuro del Dios mirándole por encima del vaso de cristal.

– Quiero matarla – era la pura verdad. Nadie le arrebataría a ese Morak porque era su camino hacia unos nuevos galardones dentro de los Tywyll – y cuanto antes lo haga mejor.

– ¡No! – un tono autoritario, un tono que daba a entender que no habría más discusiones sobre ese tema – si él ha tomado cariño a esa… criatura – sus labios se curvaron en una mueca de desprecio -si la matas, lo único que conseguirás es que sienta más su pérdida, que se aleje de nosotros.

– ¿Qué debo hacer pues? – preguntó Robert poniendo las manos detrás de la espalda.

– Muéstrale quién es ella – Dinistro parecía feliz por aquella idea – que el pequeño Morak descubra quién es… – sonrió – eso le hará acercarse más a nosotros. Lo que más temen los humanos es la traición de un ser querido, el dolor que ocasiona, hará que el pequeño escoja el bando que le corresponde.

Aquella era una gran idea. Si Noah descubría quién era ella, si le mostraba que le estaban engañando, se refugiaría en el único lugar donde se sentía cómodo y seguro. El trabajo. Y allí estaría él para prestarle la comprensión que su corazón jamás podría llegar a entender y mucho menos a sentir.
Sabía cuándo lo haría. Había escuchado la conversación telefónica que ambos habían mantenido aquella mañana, sabía dónde habían quedado, e iba a actuar en consecuencia. Tenía una clara idea de cómo se iba a desarrollar su plan desde el momento que saliera del Ifream. Dinistro debió de notar sus tejemanejes porque sonrió mientras se cruzaba de brazos.

– Necesitamos a ese joven – no era una sugerencia sino una orden – Ilías tiene casi convencido al joven Evan – se levantó del sofá acercándose al Tywyll – y no debemos preocuparnos de la pequeña Sarah – le dedicó una sonrisa socarrona que no llegó a sus ojos – nos ocuparemos de ella cuando sea necesario.

Ilías… Aquel maldito lameculos. Poco a poco se estaba haciendo con el favor de todos los Dioses gracias a sus logros. Alguien carente de personalidad, sin capacidad de asesinato, con demasiados escrúpulos. Él estaba consiguiendo más que el propio Robert. Maldijo para sí mismo aunque pronto comprendió que debía serenarse. Para que las cosas funcionaran debían trabajar unidos.

– No se me escapará – no sabía si se lo había dicho a sí mismo o al Dios que tenía delante – conseguiré que Noah Cooper desprecie a esa vampira y caiga en nuestras garras para que forme parte de nuestras filas – asintió con la cabeza.

– Recuerda que debes ponerle al corriente de todo antes – Dinistro movió la cabeza negativamente al ver su expresión – a mí me gusta tan poco como a ti, pero son las normas, y ésas me temo que no podemos cambiarlas.

– Así lo haré – fue lo único que él había dicho. Cuando él fue convertido no le preguntaron, ni tampoco le informaron de lo que sería, simplemente había ocurrido. Sin embargo, él no era un Morak, no era un ser nacido de la naturaleza, de la inteligencia de los humanos… Ahí radicaba la diferencia entre ellos.

– En cuanto a los asesinatos… – explicó Dinistro – continúa con ellos, pero en menor medida – se dio la vuelta para mirarle a los ojos – rebaja el número de muertes, pero extiende el radio de acción. No nos importa la cantidad de muertos sino la cantidad de zonas donde consigamos sembrar el terror ¿entiendes? – al ver que él asentía con la cabeza añadió – no quiero que mi plan se vaya al traste y mucho menos soportar el temperamento variable de Rhyfel.

Los tres Dioses podían ser letales. Muchas veces no podían soportarse. Digamos que lo suyo era un acuerdo tácito para acaparar el mundo entero, pero no es que fueran grandes amigos, e incluso habían llegado a tener sus enfrentamientos. Lo único que los unía era sus ganas de progresar, su superioridad frente al resto de razas, pero sobre todo su odio por Cyfiawnder y sus compañeros Dioses.

Aunque estaba seguro de que a Dinistro le consumía un odio mucho mayor. Si Rhyfel odiaba por encima de todas las cosas a Cyfiawnder, Dinistro mantenía enterrado un profundo odio por su hermana Dirwest. Pocos sabían cuál era el motivo de tal enemistad, pero sabía que si el mundo caía en las manos de los Tywyll… la Diosa sufriría como ninguna otra.

Con un gesto de la mano, el Dios le despachó. Se marchó sin hacer ruido dando gracias por irse de aquel lugar. No es que no le gustara su mundo, mucho menos después de tantos años como Tywyll, pero se había acostumbrado a sus comodidades en la Tierra.
Ya con los pies en la tierra decidió que no había tiempo que perder. Tenía que poner en marcha su plan. Consultó su reloj y se dio cuenta de que era muy tarde, si quería que todo saliera bien, tendría que darse prisa. El señor Cooper recibiría malas noticias en breve.

***

La había recogido a la hora prevista. Cuando ella bajó vestida con unos pantalones vaqueros pegados a sus piernas, unas botas de caña alta y una blusa azul, Noah se quedó con la boca abierta. Su cabello estaba recogido en un moño elaborado, algo que no le agradaba tanto, porque aún recordaba su cabello cayendo como una cortina a su alrededor.
Volvieron al Arrogant Waiter porque se había convertido en una costumbre. La cena estuvo sublime, el vino que probaron les dejó impresionados, pero cuando estaban saliendo del restaurante las cosas comenzaron a torcerse. Lesley siempre hablaba de sus criaturas míticas con él, cosa que no le importaba, pero su propio discurso estaba cambiando.
Casi parecía que ella conocía sus poderes, que sabía lo que él ocultaba en su interior, y eso le asustaba. Se había jurado que no compartiría ese secreto con nadie, a excepción de sus tres amigos, e incluso aunque llegaran a ser una relación más seria quizá se abstuviera de comentarlo porque… ¿Quién iba a querer a un monstruo como él? Menudo calificativo para sí mismo.

– Esas criaturas están muy bien en los libros – se giró hacia ella cuando llegaron a la moto – pero no existen en la realidad.

– ¿Y si te dijera que sí? – la pregunta salió de Lesley como si estuviera tocando un tema delicado – que existen otras razas, que es posible que no estemos solos en nuestro mundo, sino que haya más… – se quedó callada mirándole.

– Tonterías – la respuesta de Noah fue vaga – creo que has visto demasiados casos sobrenaturales – movió la cabeza – debo suponer que crees que existen… ¿Hombres lobo? ¿Elfos y Hadas? ¿Vampiros?

– Sí, quizá no seamos los únicos que hay por aquí – ella se acercó a Noah pasando sus manos por la cintura de él – ¿Tan malo sería?

– Incluso peor – le espetó Noah dándose la vuelta. Maldita sea, no quería seguir hablando de ello – como si no tuviéramos suficientes problemas con los locos que andan sueltos – le tendió el casco – como para que hubiera chupasangres entre nosotros.

Ella pareció tensarse. Casi como si hubiera dicho algo malo sobre ella, pero Lesley era una mujer cabal, no se dejaría llevar por mitos como aquellos. Era una escritora, y todos los escritores creían en lo que escribían, pero hasta cierto punto.

– ¿Nunca te han dicho que ser diferente no es malo? – protestó ella poniéndose el casco sobre la cabeza – en ocasiones, esas criaturas pueden ser buenas – le miró a los ojos – pueden tener sentimientos…

– Dudo mucho que algo que consiga desangrar personas pueda tener sentimientos – Noah movió la cabeza negativamente mientras se montaba en la moto y sentía que Lesley hacía lo mismo – ¿Qué os ha dado a todas las mujeres con los vampiros? – giró un poco, pero Noah no pudo ver la cara de su chica – tantas series y películas sobre el tema os están pasando factura.

– Eso no tiene nada que ver – le espetó ella rodeando la cintura de Noah con las manos – es solo que… ¿Tanto te cuesta creer que pueda haber algo más?

– En la época medieval la gente creía que había brujas entre ellos – no se giró sino que posó sus manos sobre las de ella – las hacían saltar desde acantilados para demostrar su inocencia… – se quedó callado un segundo, pero después añadió – ¿de verdad quieres que se convierta en una caza de brujas?

– No – contestó rápidamente – ¿Tú harías eso?

– Mira, yo no sé qué haría en un caso así – fue sincero. Las personas reaccionan de manera extremada en situaciones desesperadas – yo solo quiero irme a casa, estar contigo y dejar esta conversación que no está llevando a nada.

– Sí, será lo mejor – susurró Lesley apretando más sus manos a las caderas de Noah.

– Es hora de irnos. Tú y yo aún tenemos algo pendiente – si hubiera podido la habría besado.

Ella asintió con la cabeza. Arrancó la moto dirigiéndose por las oscuras calles de Nueva York hacia su apartamento. Entraron en el apartamento con rapidez, mientras se quitaban la chaqueta, se daban algún que otro beso esporádico.
Pasaron por la cocina donde Noah distinguió la botella que su jefe le había enviado a su casa. Aún recordaba la tarjetita que le había puesto: “Sentí ser tan desconsiderado con su novia. Acepta mis más sinceras disculpas. Robert”.
Noah cogió la botella que estaba encima de la mesa, se giró hacia Lesley que se había sentado en el sofá, y la alzó mientras preguntaba.

– ¿Te apetece un trago? – al ver que ella afirmaba con la cabeza añadió – es uno de los mejores licores que se pueden encontrar eh.

Noah preparó dos generosas copas de aquel regalo, se acercó al sofá con ellos en la mano, le tendió una a Lesley y se sentó a su lado. No habían hablado de nada desde la conversación sobre “seres sobrenaturales” y no tenía ganas de volver sobre el mismo tema.
Ella permanecía callada, casi como si estuviera debatiéndose consigo misma sobre si continuar la charla que habían dejado a medias o pasar de largo como si no hubiera ocurrido. No se lo pensó dos veces, alzó la copa, la miró a los ojos.

– Por nosotros – ella fijó su vista en él – por habernos conocido, por encontrarnos en el camino, en medio de la carretera – sonrió al ver su expresión – espero que se te estropee el coche siempre que yo esté cerca – aquello sonó más como un susurro.

Chocaron las copas y bebieron. Lesley sonrió, aquella maravillosa sonrisa que tanto le gustaba observar, se inclinó sobre ella y se apoderó de sus labios con decisión. Cayeron sobre el sofá entre risas, besos, caricias y arrumacos. Noah supo desde el minuto uno que no llegarían a la cama, que no se moverían de allí en toda la noche.
Hicieron el amor sin pensarlo, dejándose llevar por la pasión, el alcohol, por los sentimientos que se arremolinaban en el interior de cada uno. Tiempo más tarde, Noah estrechó el cuerpo frío de Lesley contra el suyo, buscando proporcionarle todo el calor que él podía otorgarle, pero buscando ante todo su cercanía.
Rodeó las caderas de ella con los brazos acercando su espalda al pecho de Noah, aspirando su aroma, dejando que lo embriagara. Miró hacia la ventana, contemplando la ciudad que no dormía, por la estrecha rejilla de luz de las farolas que entraba por la ventana. Sentía la cabeza embotada, ambos se habían terminado la botella de alcohol, y ahora sufría las consecuencias.
Cerró los ojos, estrechando el cuerpo de Lesley, y dejándose llevar por un profundo sueño al igual que ella.

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