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CAPÍTULO XXV

Amras llegó a la mansión que compartía con Lesley aquella misma noche, y lo primero que había hecho fue tumbarse en su enorme cama del piso superior. Los viajes entre los mundos dejaban el cuerpo agotado, pero también él sentía que su mente y sus emociones estaban apunto de estallar en mil pedazos.
Él aún podía sentir el lazo que le había unido con sus hermanas en aquellos breves instantes que había estado con ellas. Si hubiera podido tocarlas por un momento, haberles dicho una sola palabra, pero jamás se permitiría hacerlo. No iba a regresar para marcharse al cabo de dos horas. Amras no se caracterizaba por lo que los humanos calificaban como “la visita del médico”.
Cerró los ojos sumiéndose en un sueño tan profundo que estuvo seguro de que el reloj no conseguiría despertarlo de aquél sopor que se había instalado en él. Se había equivocado. El reloj le avisó puntualmente de que tenía una reunión en menos de media hora. En cuanto cruzó a este lado, recibió un mensaje de Adair diciéndole que le necesitaba, aquella misma mañana.

“¿Qué podía ser tan importante para requerirle tan pronto?”, se preguntó mientras se arreglaba para la reunión. Amras sintió un pinchazo en el brazo que hizo que su rostro se contrajera en una mueca de dolor. Levantó la manga de la camisa blanca que se había puesto observando cómo la piel aún no se había regenerado del todo. Intentó cerrar el puño, sus dedos le hicieron caso hasta cierto punto, pero el dolor que sintió fue tal que hizo que sus dientes se apretaran.
Sería mejor que protegiera aquella zona hasta que se hubiera recuperado del todo. Terminó de vestirse, caminó hacia el cajón superior de la cómoda y sacó un par de guantes de cuero negro que se puso inmediatamente. Quizá no hiciera tanto frío como para ponérselos, pero quería proteger sus manos hasta que se recuperara.
Amras montó en su BMW Cabrio para acercarse hasta el ático de Adair. No tardó más de quince minutos en llegar. Había esperado encontrar a Lesley allí, la había buscado por la casa, había preguntado al personal, pero nadie supo decirle nada de ella. Por un instante imaginó que la vampira habría descansado en casa del jefe de los Guerreros, pero se había equivocado. ¿Dónde estaba? La luz del sol ya había salido y ella no era tan insensata como para arriesgarse a quedarse encerrada en cualquier lugar desconocido.

– ¿Le preocupa algo, señor Amras? – la voz de Adair le llegó clara desde la otra esquina del salón.

Se fijó en el Guerrero. Iba vestido con una túnica blanca que cubría completamente su cuerpo, tenía un cinto alrededor de la cintura, y ni siquiera podía ver el calzado que llevaba. Como si se tratara de una explosión de luz, dos figuras se manifestaron a su alrededor, convirtiendo la estancia en un remolino de humo blanquecino.
Amras conocía a los dos Guerreros que habían llegado. El pelirrojo de ojos verdes era Owen, uno de los hermanos de Adair y mano derecha del jefe. La otra guerrera era Sarabi. Aquella Guerrera era como una aparición, su piel era bronceada, su cabello castaño claro caía en cascadas por sus hombros y sus ojos color chocolate hipnotizaban a todo aquel que la mirara.
Sarabi era como su propio nombre indicaba un espejismo para todo aquel que quisiera descubrir quién era. Pocos sabían que aquella mujer había nacido en España durante la época de los Reyes Católicos, muriendo a los seis meses de edad y siendo reclamada por la Diosa al instante. La mayoría de los Guerreros conservaban su nombre de nacimiento, pero la joven se lo había cambiado hacía tiempo, impidiendo así que nadie conociera su verdadero nombre. A excepción de aquellos que la habían criado desde que era un bebé.

Las puertas por donde él había entrado se abrieron revelando la presencia de otras dos personas que estaban invitadas a la reunión. Se dio la vuelta para contemplar a dos elfos que se acercaban hacia la posición en la que él estaba. Ninguno demostró la sorpresa por volver a verse, ellos tres ya habían trabajado juntos a pesar de ser de reinos diferentes.
Inariel tenía el cabello dorado como las espigas del trigo, sus ojos verdeazulados habían enamorado a más de una jovencita. Iba vestido con un traje de caza propio del Reino Beren, pero sus alas estaban plegadas, incorporadas a la piel de su cuerpo.
Elya, con su cabello negro como la noche, su iris era gris, pero alrededor de la capa exterior se formaba un pequeño anillo de color cobre que rodeaba toda la superficie, haciendo que sus ojos fueran peores que los de un tigre. Iba ataviada con un vestido verde de seda que la protegería del calor de su mundo, puesto que era una Lólindir,

– Parece que ya estamos todos – la voz de Adair era autoritaria mientras abría la puerta de su sala de reuniones para hacerles entrar uno a uno. Todos siguieron sus órdenes, pero Amras fue el último en entrar, se quedó parado al lado de Adair.

– ¿Dónde está Lesley? – preguntó en un susurro – ¿no debería estar ella aquí? – debía reconocerlo. Estaba preocupado por ella.

– Creo que Lesley tiene cosas más importantes que hacer ahora mismo – respondió Adair mirándole fijamente a los ojos – iba a informar al joven Noah de su condición. Quizá creyó oportuno quedarse con él y guiarle en esta situación… – intentó buscar la palabra – complicada.

– ¿Tanto se han desarrollado las cosas en mi ausencia? – preguntó Amras sorprendido por la revelación que acababa de descubrir.

– Aún le quedan muchas cosas por saber – le hizo una señal para que entrara y cuando lo hizo cerró las puertas mientras con voz alta y clara decía – ¡señoras, señores! – miró a todos los presentes – es hora de ponernos al corriente de todo.

Todos tomaron asiento alrededor de la gran mesa circular de cristal. Ninguno sacó papel alguno, tampoco notas que llevaran apuntadas; al contrario que los humanos, los Anfarwold tenían una memoria prodigiosa. Todo lo que tenían que exponer podían almacenarlo en su cerebro y después transmitírselo al resto.

– Señor Amras – Adair tomó asiento alrededor de la mesa. Aquella era una de las cualidades que más admiraban los elfos y vampiros de Adair, en vez de sentirse como un jefe despótico, donde él se sentara en la cabecera de la mesa disfrutaba siendo uno más entre los Anfarwold – Según me comentó la brecha está cerrada completamente.

– Así es – respondió Amras intentando cruzar las manos por encima de la mesa, pero al verse incapaz, simplemente las apoyó sobre el frío cristal que no podía sentir debido a los guantes que llevaba – tuvimos que hacer grandes esfuerzos – no le pasó desapercibida la mirada de Adair a su mano lisiada – Los Tywyll podrían intentar abrirla, pero para ello necesitarían hacer algo peor, de lo que ya han hecho – aclaró.

– Sería mejor no darles ideas – susurró Owen entre dientes. Amras contempló al Guerrero que parecía aún afectado por el infierno que habían vivido en aquel edificio.

– Me temo que las buenas noticias se acaban aquí – Adair jamás se andaba por las ramas. Prefería decir las cosas tal y como eran – tenemos tres nuevos frentes que quiero vigilar cuanto antes – cogió uno de los mapas que tenía a mano derecha y lo desplegó sobre la mesa – según mis informes se han dado casos de asesinatos de prostitutas en Kansas, California y México.

Todos asintieron mientras prestaban atención a cada palabra del plan de Adair. Muchos se ofrecieron voluntarios para ir a los diferentes estados e incluso para salir del país hacia México, un lugar que era poco seguro tanto para humanos como para Anfarwolds.

– Inariel, quiero que vayas a Kansas para hablar con la policía de allí – Amras observó cómo el elfo Beren asentía con la cabeza – intenta sonsacar toda la información que puedas. No obstante, ya he alertado a algunos vampiros de allí que te ayudarán a rastrear las zonas donde se han encontrado los cadáveres.

– Partiré ahora mismo – contestó el elfo. Amras estaba seguro que el vuelo que tomaría no sería comercial. De hecho la mejor aerolínea para los elfos Beren eran sus alas. Sin duda llegaría mucho antes que un Concorde a Kansas – ¿Qué es exactamente lo que quiere que busque?

– Métodos similares, similitud entre las mujeres, algo que nos pueda servir para confirmar que se trata de nuestros amigos los Tywyll – aquellas últimas palabras iban cargadas de sarcasmo – en cuanto a ti Elya – miró a la elfa Lólindir – quiero que vayas a California y hagas lo mismo que Inariel – golpeó con un dedo sobre la mesa – quiero saber todo lo que está ocurriendo en aquellas zonas.

Elya asintió con la cabeza, pero después se volvió para hablar con Inariel, sin duda para concordar con él un posible viaje gratuito hasta Kansas donde ella se apañaría para llegar hasta su destino. Por lo que Amras podía ver, no había desavenencias entre los elfos, al contrario… Parecía que se había forjado una buena amistad entre los dos.

– Sarabi – la Guerrera clavó su mirada en Adair – viajarás a México donde podrás engatusar a los hombres todo lo que quieras – esbozó una pequeña sonrisa – engáñalos, utiliza ese don que posees, pero no trastornes sus mentes si no es completamente necesario. – la Guerrera esbozó una sonrisa traviesa y sus dientes blancos quedaron al descubierto – quiero que averigües si esas muertes son por los Tywyll o un nuevo enfrentamiento entre bandas, cárteles, prostitutas que escuchan cosas de más…

México era uno de los sitios más peligrosos, si no contabas Oriente entre tus planes, y nada era lo que realmente parecía. Aún recordaba la disputa que Adair y Aleksei habían tenido muchos años atrás. Uno creía que las masacres de América del Sur se debían a la influencia de los Tywyll mientras que el otro lo achacaba a la maldad humana. Por desgracia los dos habían acertado.
Por todos es sabido que los Tywyll utilizan el odio y el dolor para hacerse más fuertes, quizá estuvieran por aquella zona, pero sin duda se alimentaban de los rencores que las personas de allí habían estado cosechando durante años. Sin duda, los humanos no tenían toda la culpa, pero tampoco podían ser absueltos.

– Eso es todo – Adair se levantó de la mesa – os deseo toda la suerte del mundo. Si necesitáis cualquier cosa, sabéis lo que tenéis que hacer.

Todos asintieron comenzando a marcharse de la sala. La primera en salir fue Sarabi, después de que Inariel, le cediera el paso. Los elfos se marcharon juntos e incluso Owen salió antes que él. Estaba apunto de traspasar las puertas cuando la voz de Adair le paró en seco.

– Quédate – era una orden – ¿Qué le ha pasado a tu brazo?

– Nada que no pueda curarse con algo de descanso – no se había dado la vuelta sabiendo que enfrentaría la mirada de Adair si lo hacía.

– No seas testarudo, Amras – las palabras de Adair sonaban duras, pero a la vez con un tono afectuoso – ¿Acaso crees que no sé qué pasa cada vez que una brecha se cierra? – Amras se giró para enfrentarle, viendo al jefe Guerrero con una ceja alzada – me informan de todo lo que ocurre, señor Amras.

– Puedo curarme yo solo – espetó el elfo rehuyendo la mirada que le escrutaba – si no necesita nada más…

– Eso lo juzgaré yo – no había más discusión en el aire después de esas palabras.

No era resentimiento lo que sentía, pero prefería que no le vieran como un miembro débil, ya había sufrido demasiados años esa medicina. Se quitó el guante a petición del Guerrero y le dejó ver su mano. Había mejorado un poco. Al menos la carne ya era patente, pero mantenía un tono rojizo y el calor que desprendía era evidente.
Amras estuvo apunto de apartarse cuando vio que la mano de Adair se posaba sobre la de él. Fue algo mágico. Había escuchado sobre la capacidad sanadora que algunos Guerreros de la Luz desarrollaban dentro de sus dones, pero jamás la había visto y mucho menos la había probado. La luz se arremolinaba alrededor de su mano y brazo heridos, creando pequeñas partículas que parecían regenerar la piel casi completamente.
Fue rápido. Cuando bajó la vista, su brazo estaba casi curado, cerró el puño casi sin dolor aparente. Al menos no más que el que ya sentía por su brazo lisiado. Alzó la vista y vio que Adair sonreía tímidamente.

– No sea orgulloso, señor Amras – se dio la vuelta – nadie quiere perderle ahora mismo – Amras le vio caminar hacia las ventanas acristaladas – cuando vea a Lesley, dígale que necesito hablar con ella.

– Gracias – era la primera vez en años que lo decía.

No dijo nada más. Simplemente se marchó de la sala de reuniones tan rápido como le fue posible. Adair había restaurado su maltrecha mano sin pedirle nada a cambio… Quizá era un hijo de Dioses, pero se había ganado los méritos, por sus propias acciones.

***

¿Cuánto hacía que no dormía así? Lesley no lo recordaba, pero la sensación de bienestar que se había adueñado de su cuerpo sí que lo sabía, o al menos se lo dejaba patente. No obstante, algo iba mal. El frágil olor a quemado que inspiraba, el picar en la piel en una de sus piernas la desconcertó hasta que el dolor la arrancó de la cama con un grito agónico.
Instintivamente saltó hacia la zona más alejada de los rayos del sol extendiendo los colmillos sin previo aviso. Su mente no podía procesar todo lo que estaba pasando. Lesley solo pudo ver la persiana medio subida, la luz reflejada en el sofá donde Noah y ella habían yacido cinco minutos antes y de donde Noah intentaba levantarse asustado por el grito que ella había proferido.

– ¡Baja las persianas! ¡Baja las persianas! – se acurrucó aún más en la oscuridad. Lesley observó su pierna la cual estaba enrojecida e incluso pequeñas yagas habían empezado a salir a la superficie.

– ¿Qué te pasa? – Noah bajaba la persiana con rapidez para después encender la luz de una lámpara – ¿Estás bien? – se acercó a ella.

– ¡No te acerques! – le espetó ella. En estos momentos no podría replegar sus colmillos aunque quisiera, no podía controlar sus emociones, y mucho menos el dolor que sentía – Noah, por favor…

Lesley debió intuir que él no haría caso de sus súplicas porque se acercó a ella bajo la tenue luz que irradiaba la lámpara que había encendido. Mantuvo sus labios apretados, intentando evitar que Noah no viera sus colmillos, pero era imposible ocultar las puntas blancas que sobresalían.

– ¿Te has hecho daño con algo…? – las palabras murieron en sus labios cuando la observó. Sin duda, él había visto sus colmillos. Agrandó los ojos, dio dos pasos hacia atrás, incrédulo por lo que había visto.

Lesley se quedó quieta. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Cómo cojones se había quedado dormida? Los vampiros tenían un reloj interior que les avisaba de la cercanía del sol, pero en su caso no había funcionado, y eso solo podía deberse a una cosa. El sopor del sueño sumía a los vampiros en un dormitar del que apenas podían ser despertados, pero… Aquello solo ocurría cuando un vampiro se encontraba cerca de la muerte o cuando su organismo contenía sangre de Dríada. ¿Cómo era posible?
No era momento para pensar en esas cosas. No cuando Noah se había quedado quieto, mantenía sus puños apretados, e incluso intentaba asimilar lo que había visto hacía unos segundos. Tenía que actuar rápido, tenía que decirle lo que pasaba por su cabeza antes de que fuera demasiado tarde. Dio dos pasos hacia él, pero Noah se echó para atrás, como si repeliera su contacto.

– Puedo explicártelo… – la voz de Lesley apenas sonaba natural. Era como un ronroneo bajo, cansado y preocupado – sé que estarás desconcertado, pero…

– Sé lo que he visto – los ojos del hombre se alzaron hacia ella – esos colmillos no son normales en humanos… Son propios de animales – aquellas palabras se clavaron en su corazón como si fueran miles de estacas de madera – ¿Qué eres?

Maldita sea. ¿Cómo iba a decirle que era una vampira? ¿Un ser que él odiaba? Cerró los ojos, intentando encontrar las palabras para que Noah entendiera la situación, pero era tan difícil explicar porqué le había mentido.

– Tienes razón, yo… – Lesley abrió los labios revelando dos colmillos – no soy del todo humana…

– ¿No eres del todo humana? – su voz sonaba escéptica – ¡No me había dado cuenta hasta este momento! – parecía fuera de control, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba presenciando, y Lesley no podía culparle por ello.

– Si me dejas hablarte – espetó ella dando algunos pasos para acercarse a Noah – podrías entender qué es lo que está pasando.

– Tus historias… – las palabras salieron como un susurro. No miraba a Lesley, parecía como si estuviera debatiéndose con su propio cerebro, con sus sentimientos – todas las historias que me contaste sobre vampiros, Guerreros, Dríadas y Moraks… – en ningún momento la miró a los ojos – no era simple imaginación ¿verdad? – Lesley se quedó muda, sin saber qué decir y mucho menos qué hacer – ¡RESPÓNDEME!

El grito retumbó en sus oídos como si hubiera ocurrido a escasos centímetro de ella. El odio que transmitían los ojos de Noah le caló profundamente como un témpano de hielo que se deslizara por su interior enfriándola más de lo que estaba.

– ¡Sí! – el tono de Lesley fue insistente – soy una vampira. ¡Te mentí, lo hice! – claudicó porque no tenía otra alternativa, no iba a mentirle nunca más, porque eso solo había supuesto dolor para el humano – tenía que hacerte a la idea de lo que vendría…

– Sabes lo que soy – no era una pregunta sino una afirmación desconfiada – lo sabías y jamás me dijiste nada.

– Tenía intención de decírtelo anoche – se mordió el labio sintiendo una gota de sangre cuando pasó la lengua por la zona dañada – te mostraste tan susceptible que no quise arruinar la cena que habíamos tenido.

– ¿Cuál era tu plan? ¿Qué es lo que quieres de mí? – sus ojos se habían estrechado – sabes qué… No quiero saberlo – se dio la vuelta, pero ella se adelantó, y le cogió de la muñeca antes de que se alejara de ella – ¡no me toques, vampira!

No había pasado por alto el tono despectivo con el que había disfrazado su última palabra. Tampoco podía culparle por todo lo que estaba pasando, ni siquiera podía imaginar el dolor, que debía de estar sintiendo por dentro. Lesley abría y cerraba la boca, pero ningún sonido salía de sus labios, al menos no alguno coherente.
Vio que Noah caminaba de un lado para el otro como si fuera un animal enjaulado que necesitaba salir al exterior. Se sorprendió al ver que él se daba la vuelta, alzaba su vista hacia ella y sus ojos relampagueaban con un fuego que crecía en el interior del hombre.

– Te necesitamos – es lo único que Lesley pudo decir ante tal cantidad de fuerza, ira y dolor – todo lo que te conté era la pura verdad…

– ¡Yo no creo en esas cosas! – espetó él dándose la vuelta y tirando de un manotazo los vasos de alcohol que había sobre la mesa – ¿Pensabas que con tus encantos conseguirías convencerme de algo? – repasó su cuerpo – ¿Te gustó lo que hicimos aquí?

En menos de dos minutos se había puesto frente a ella, su rostro a escasos centímetros del de él, sus manos apoyadas cada una a un lado de su rostro. Lesley se quedó quieta, dejando que él se desahogara con ella, quizá así conseguiría calmarse.

– No tiene nada que ver con eso – Lesley no le miró a los ojos esta vez – ¿Acaso vas a ignorar tus poderes para siempre?

– Me ha funcionado durante mucho tiempo – dijo él mirándola, pero sin mover sus manos para tocarla – ¿Te gustó acostarte con un humano?

– No sigas por ahí – le advirtió Lesley con un tono tenso – no fue eso lo que pasó entre nosotros.

– Para mí sí – se apartó de ella soltando varias maldiciones por sus labios – no quiero saber nada de ti, ni de tus cuentos chupasangres.

– Si al menos quisieras escuchar lo que tengo que decirte – Lesley intentó ponerse a su lado, pero él se dirigió hacia el dormitorio, y Lesley pudo ver su figura desaparecer.

Él solo iba vestido con unos pantalones vaqueros y ella se había puesto la camisa que él había llevado la noche anterior, la cual le llegaba a la altura de las rodillas, pero aún así se sentía como si estuviera desnuda. Tuvo la tentación de ir al dormitorio detrás de él, pero no tuvo la oportunidad porque él simplemente se había puesto una camiseta y salía con el pelo revuelto.

– ¿Cuántas veces me has robado la sangre? – preguntó Noah dirigiéndose como un gigante hacia ella. Quien pensara que él no tenía músculos estaba muy equivocado, en aquellos momentos, podía rivalizar con cualquier Anfarwold – ¡Contéstame, maldita sea!

– No he bebido de ti en ningún momento – y aquella sí que era la maldita verdad. A pesar de la sed, de la tentación de perforar su cuello, se había resistido por él – si me acompañas entenderás…

– ¿Qué no entiendes de que esto se acabó? – Noah la señaló a ella y después a sí mismo – no voy a acompañarte a ningún lado y mucho menos creo en tus palabras falsas y viles – si hubiera podido escupir en el suelo lo habría hecho y ella estaba segura de eso – tampoco me creo que no hayas probado mi sangre, vampira.

Lesley se acercó, tomándole de los hombros para que la mirara a los ojos, pero él intentó zafarse y ella se lo permitió. Cuando Noah alzó la vista solo encontró resentimiento en sus ojos.

– Podrías acabar conmigo si quisieras – le espetó él entornando los ojos – ¿sabes lo que se dice de los vampiros? – arqueó una ceja – que son seres malvados, creados por el demonio, que son viles, desalmados, que masacran y acaban con sus víctimas de las peores maneras – cada paso estaba más cerca de ella, pero Lesley no se había movido de su posición – no quiero a alguien como tú cerca de mí – su rostro a escasos centímetros de ella – mi vida es perfecta, es lo que quiero y no voy a permitir que me jodas la existencia… – el calor que desprendía su cuerpo era más que evidente – no quiero que me mates como a todas las víctimas que has tenido en todos estos años…

– Llevo sin matar cientos de años – le espetó ella sintiendo que por una vez su vista se nublaba por las lágrimas que sus ojos se negaban a derramar – mi misión no es hacerte daño sino protegerte.

– Jajajaja – rió Noah con un tono carente de humor – deja de decir estupideces. Jamás dejaría que alguien como tú me protegiera… – la miró a los ojos – no necesito protección de nada porque seres como tú no existen.

– ¿Acaso vas a ignorarme? – la furia de Lesley comenzaba a crecer. Su instinto de supervivencia, su orgullo la impelía a tratar de persuadirle – no puedes seguir ignorante de lo que ocurre a tu alrededor…

– Quiero que te marches de mi casa – la voz de Noah sonó dura – no quiero saber nada de ti, no quiero que dejes nada en mi piso – cogió la mochila que se llevaba al trabajo – cuando vuelva a mi casa, habrás desaparecido… Será como si nunca nos hubiéramos conocido – se dio la vuelta para enfrentarla – Ojalá nunca te hubiera encontrado en aquella carretera.

– ¡No digas eso! – el dolor se abría paso en el pecho de Lesley – Noah por favor.

– ¡Te odio! No quiero verte, no quiero tocarte… – el ambiente se estaba caldeando y la vampira podía sentirlo – quiero que te alejes de mí, que me dejes vivir mi vida tranquilo y que muerdas muchos cuellos durante las noches que te quedan.

Intentó detenerle, quiso llegar a la puerta y parar aquel portazo con el pie, pero le fue imposible. El portazo sonó claro, fuerte, dejándola sola en aquel apartamento. Noah se había marchado, la había dejado, y también había aclarado lo que sentía hacia ella. La odiaba, la repudiaba, no quería verla nunca más.
¿Cómo había podido herirle así? ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que Noah era especial, que era diferente, que no podría engañarle y esperar que su confianza no se viera mermada? Lesley apoyó las palmas de las manos sobre la puerta sintiendo el dolor desgarrador que se abría camino en su interior instándola a que gritara por la frustración que sentía.
La vampira se dio la vuelta hasta que su espalda chocó contra la puerta que tenía detrás y resbaló mientras las lágrimas rompían el dique y resbalaban por sus mejillas. Conocía bien ese dolor, lo había sentido hacía demasiados años, y eso solo podía significar una cosa. Lesley, la vampira se había enamorado.
Ella había hecho mal, jamás debió mentirle, pero no era una mujer que se rindiera. Era cierto que Noah había dejado claro que no quería verla, pero ella se aseguraría de volver a ganarse su confianza, y jamás le dejaría desprotegido. No necesitó invocar a los Dioses porque la promesa la hizo para sí misma.
Recuperaría la confianza de Noah, le convencería de aceptar sus poderes junto con la responsabilidad que acarreaban, pero ante todo conquistaría el corazón del Morak. Había perdido a su marido, a la persona que más había amado una vez, y no volvería a perder a la persona que había resucitado su corazón.

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