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CAPÍTULO XXVI

William estaba haciendo su ronda habitual de pacientes aquella mañana. Como neurocirujano no solo se dedicaba a operar a las personas que padecieran alguna enfermedad neurológica sino que también tenía unos cuántos pacientes de los que se encargaba personalmente.
Cuando había entrado en el hospital había empezado como un simple médico de urgencias hasta que consiguió la especialidad. En menos de dos meses, le trasladaron a neurología y poco a poco se había hecho un hueco en aquella institución. Incluso algunos médicos consultaban con él sus casos y eso le agradaba porque significaba que estaba haciendo un buen trabajo.
Will saludó a las dos enfermeras que pasaban por el pasillo cuando escuchó la voz de Suzanne que le llamaba y se acercaba a pasos acelerados hacia él. Se paró en seco esperando a la mujer que llegó a su lado mientras se ponía la mano sobre el pecho e intentaba recuperar la respiración por la carrera que se había dado.

¿Qué pasaba ahora? Ya había revisado a todos sus pacientes, pero aún tenía varias tareas que terminar antes de poder irse a casa. Alzó las cejas divertido al ver el rostro sonrojado de Suzanne.

– ¿Dónde está el fuego? – preguntó con tono divertido – ¿O quizá has visto un fantasma, Suzanne?

– No, se trata de una de sus pacientes – dijo Suzanne con una mirada comprensiva.

Todas las gracias que podían habérsele ocurrido en esos momentos murieron ante la simple mención de alguno de sus pacientes. ¿A quién no había revisado hoy? Hizo un repaso mental en su cabeza hasta que un nombre se reflejó en sus pensamientos: Kate. La pequeña tenía una resonancia que debía hacerse en menos de diez minutos, y él había esperado verla después de la prueba, cuando tuviera al menos algún dato sobre las manos para explicarle la evolución a su madre.

– ¿Qué pasa con Kate? – preguntó Will poniéndose serio completamente.

– No quiere hacerse la resonancia – respondió la enfermera. Will comenzó a caminar mientras ella le seguía – dice que le da miedo, que no quiere hacerlo sola, que quiere a su madre.

A Kate se le había diagnosticado un astrocitoma que se encontraba alojado en el hipotálamo. Los astrocitomas son tumores que se originan en las células cerebrales aunque también suelen denominarse gliomas. Estos tumores suelen ser de gran malignidad o de escasa malignidad y por suerte Kate contaba con la segunda variante.
El mismo Will había diagnosticado a la joven paciente. Dos semanas antes había sido hospitalizada para prepararla para la intervención que tendría lugar. Habían conseguido extraer del hipotálamo casi todas las células cancerígenas, pero Will quería estar seguro de que el tumor no se extendía hacia cualquier otra zona, y podría ser neutralizado con quimioterapia.
La madre de Kate no se había despegado de su hija desde que fue hospitalizada hasta que todas las enfermeras y algunos doctores la convencieron de que tenía que descansar. Aquella madre sentía un profundo amor por su hija, pero no podría cuidar de ninguna, si ella misma no se daba tiempo para descansar.

– ¿Cómo es que la señora Turner aún no ha llegado? – preguntó Will completamente desconcertado. Era extraño que a esas horas la madre de la niña aún no hubiera llegado al hospital – ¿Habéis intentado localizarla?

– La llamé yo misma – respondió Suzanne mientras se acercaban a la habitación de Kate – según parece está parada en un atasco y tardará por los menos veinte minutos en llegar.

– ¡Mierda! Siempre estamos igual con los malditos atascos – espetó Will llegando a la puerta de la habitación – tráeme un peluche.

Suzanne le miró desconcertada, pero se retiró rápidamente para buscar lo que él le había pedido. Will se apoyó en el marco de la puerta mientras contemplaba a la pequeña Kate que se encontraba tumbada en la cama con las sábanas subidas a la altura del pecho. Su cabecita estaba cubierta por un pañuelo azul que ocultaba la falta de cuero cabelludo. No tuvieron más remedio que rapárselo para poder operarla y la niña había llorado mucho antes de que se dejara finalmente.
Karen, la otra enfermera estaba intentando convencerla, diciéndole que su madre llegaría en cualquier momento. Aquello no iba a funcionar. Kate aún era muy pequeña, había cumplido los cinco años el mes pasado, y ya había soportado más cosas que una persona de treinta.

– ¡Doctor William! – la niña se volvió y sus ojos se hicieron más grandes cuando él se acercó – no quiero sin mi mamá.

– Mamá tardará un poquito en llegar – Will se acercó a la cama y dejó que la niña le tomara la mano. Bromear, intentaría distraerla, picarla para que aquella chispa que tenía saliera a flote y la ayudara a superar el miedo – ¿Ahora vas a dejar que una máquina te venza? ¿Después de lo valiente que has sido?

– Mi mamá siempre ha estado conmigo en esa prueba – Kate se bajó la manta un poco mientras Will cogía una silla y se sentaba al lado de la cama. Le hizo un gesto a la enfermera para que se marchara – ella no está aquí.

– Mamá está en un atasco… – Will suspiró. Ningún niño debería someterse a pruebas tan duras, al menos no siendo tan pequeño, pero la vida no siempre es fácil – pero en cuanto salgas de la prueba te estará esperando. ¡Incluso saldrás antes de que ella llegue! – en ocasiones los médicos dejaban que los padres entraran en la cabina con los pequeños para que estos estuvieran más tranquilos.

La niña negó con la cabeza.

– ¡Yo te creía mucho más valiente, Katherine Turner! – Will le hizo cosquillas a la pequeña que comenzó a retorcerse – está bien, haremos un trato que no podrás rechazar…

Aquello pareció captar su atención porque le miró directamente con esos ojitos del color de la avellana. Era ahora o nunca. Tendría que jugar muy bien sus cartas y también tener la suerte de que Suzanne llegara con lo que le había pedido.
Levantó el dedo meñique frente a la niña y vio que ella hacía lo mismo aunque su expresión era de desconcierto. Sonrió y rezó interiormente para que la jugada saliera bien. Le iba a proponer un trato. el caso era… ¿Qué podía darle que ella quisiera?

– Haremos un trato – Will se aclaró la garganta – si tú dejas que las enfermeras te bajen para hacerte la resonancia… – se quedó pensativo como si estuviera planteándose lo que podría darle a cambio – yo me raparé el pelo – sonrió abiertamente.

– No me gusta su pelo – respondió la niña con una pequeña sonrisa inocente – le quedaría mejor rapado o más cortito.

– ¿Me estás llamando feo? – él intentó bromear y vio que Kate se echaba a reír.

– Nooooo, usted es el médico más guapo que he visto – las palabras de Kate sonaban tan sinceras dichas así.

– ¿Qué me dices? – movió el meñique captando así toda su atención – es un buen trato. Yo me rapo el pelo y tú te haces la prueba.

– Pero mamá no está aquí – dijo la niña frunciendo el ceño –ese sitio está muy iluminado y no me dejan moverme… – se acercó un poco más – además, se escuchan sonidos extraños…

¿Cómo no se iba a asustar un niño así? Iba perder aquella batalla cuando escuchó los pasos apresurados de Suzanne que cruzaba el umbral de la puerta con un pequeño cachorro de peluche entre las manos. Sonrió y lo cogió al vuelo.

– ¡Ajá, aquí está mi gran amigo Miko! – puso el perro frente a Kate. La cara de la pequeña se iluminó al ver el peluche y supo que había acertado – Miko es un gran amigo del hospital – bajó el tono de voz casi como si se tratara de una conversación confidencial entre él y Kate – protege a todos los pequeños de este hospital.

– ¿En serio? – Kate casi había pegado un brinco en la cama para cogerlo – ¡Qué perro tan valiente!

– Quizá él podría protegerte durante la prueba… – lo dijo de manera casual como si fuera una posibilidad – no es tu mamá, pero Miko se toma su trabajo muy en serio.

– Es un perro muy bonito – Kate cogió al pequeño labrador con el pelo dorado y lo abrazó con fuerza – ¿Él me protegerá?

– Si tienes miedo solo tienes que abrazarle para que esté contigo – le contestó él acariciando su hombro con ternura – ¿trato hecho?

La niña simplemente extendió el dedo meñique y lo entrelazó con el de Will que también se encontraba extendido. Soltó una risita mientras Kate abrazaba al perrito con mucho afecto y amor.

– ¡Aquí hay una niña que está lista para despegar! – gritó Suzanne desde la puerta.

Al cabo de unos minutos, vinieron dos enfermeros para llevarla a radiología, para hacerle la resonancia. Will vio cómo la pequeña se iba empujada en una silla de ruedas, sujetando al perrito como si su vida dependiera de ello. Inspiró profundamente. Tendría que raparse el pelo, pero eso no le importaba, además estaba cansado de su imagen así que sería hora de ir cambiándola.
Retomó el camino que había emprendido antes de que le alertaran del problema y entonces vio que su amigo Noah salía del ascensor. ¿Qué hacía aquí? Se suponía que no le tocaba trabajar hasta por la noche…
El empujón que le dio le dejó claro que su amigo no se encontraba nada bien. Le cogió de los hombros e hizo que se girara para mirarle. Parecía algo alterado y casi podía notar el calor que desprendía su cuerpo.

– ¿Te encuentras bien? – preguntó Will alarmado – ¿Otra vez te ha subido la temperatura?

– Estoy bien – dijo Noah dándole un leve empujón – solo he venido… – apartó la vista – necesito trabajar, nada más. Hablaremos después.
Will no tuvo tiempo de decirle nada más porque él ya había enfilado el pasillo y casi se había desvanecido por él. ¿Qué le estaba pasando a Noah? Tendría que hablar con él seriamente, no estaba dispuesto a que su amigo caminara por los pasillos como si fuera un loco demente.

– Doctor, tiene una llamada – Karen sostuvo el teléfono – ¿Quiere que se la pase a su despacho?

– Sí, por favor – respondió él.

Entró en su despacho y descolgó el teléfono. La voz que sonó al otro lado de la línea le sorprendió más que cualquier cosa en toda su vida. Su primo y él llevaban más de siete años sin hablar y ahora él acudía a Will. Aquello sí que era extraño.

***

La soledad es una de las peores compañías que puedes tener en tus momentos de remordimientos. A Lesley le costó muchísimo coger el teléfono para llamar a Amras, pero después de varios intentos consiguió marcar el número. Su fiel amigo y compañero le había dicho que mandaría a alguien puesto que él no estaba en condiciones de ir a recogerla y después qué…
Se había sentado de nuevo en el suelo mientras miles de imágenes rondaban su cabeza, de ella y Noah, de sus salidas, de sus risas, pero también de los momentos ardientes que habían tenido e incluso de las discusiones. Todo habría sido más sencillo si ella hubiera sido sincera, pero tenía que atenerse a las consecuencias, de los errores que había cometido.
Dentro de sus obligaciones, de aquella misión, no estaba implícito el mentir a un hombre como Noah. Lo había hecho porque pensó que sería beneficioso para él sin darse cuenta de que lo único que haría con eso sería dañar la pequeña confianza que él había forjado con ella.
Lesley podría darse de cabezazos contra la pared por haber sido tan bruta, pero nada de eso conseguiría aliviar la tensión, y el dolor que sentía dentro. Observó el apartamento sumido casi en la oscuridad, a excepción de la pequeña luz de la lámpara de pie que había junto a la ventana, la cual permanecía con la persiana totalmente bajada.

¿Recordaría Noah los momentos allí? ¿En algún momento los tomaría como buenos en vez de odiarlos y odiarla a ella por dejarlos allí? Lesley se levantó del suelo y caminó hacia el sofá, donde habían dormido aquella noche, esa fatídica noche. Aún seguía dándole vueltas a “cómo se había quedado dormida”.
Los vampiros contaban con un reloj interno que les avisaba del amanecer. Más que un reloj era un instinto, muy parecido al que tenían los diabéticos cuando les daba una subida o una bajada de azúcar, así era para ellos. La única explicación que había encontrado era su profundo adormilamiento, aquél que había sentido, embotándole la cabeza.
Los vampiros eran inmunes a los somníferos, calmantes o analgésicos. Nada de eso les afectaba porque su cuerpo funcionaba de manera distinta al de los humanos. A partir de la muerte del cuerpo, cuando este revivía de nuevo, lo hacía bajo las leyes mágicas impuestas en el mundo. Cruzabas el velo que separaba lo natural de lo sobrenatural.
Lesley solo conocía la existencia de una sustancia que pudiera hacerles dormir como si fueran bebés recién nacidos. La sangre de las Dríadas afectaba únicamente a los vampiros, pero no provocaba el mismo efecto en el resto de seres, algo que muchos no entendían. ¿Qué diferenciaba a los vampiros del resto de criaturas?

Muy sencillo. Los vampiros se alimentaban de varias personas, por lo tanto su sangre no era de un único grupo sanguíneo, al contrario que el resto de criaturas que compartían un único patrón sanguíneo en toda su persona. Eso hacía que la sangre de las Dríadas, que contenía una toxina denominada “Ulik”, alterara los patrones de sueño de los que eran como Lesley.
Lesley no era muy amiga de las Dríadas. Le parecían seres demasiado pacíficos para su gusto. La comunidad estaba compuesta en su mayoría por mujeres, la escasez de hombres obligaba a esta especie a reproducirse a través de humanos, elfos o cualquier otra criatura que pudiera aportar lo suficiente a su carácter curioso. Podían ser mujeres hermosas, pero solo abundaban en los bosques, porque ellas vivían allí.
Eran seres que cuidaban de la naturaleza, que hacían florecer plantas, hacían crecer árboles y alimentaban animales. Casi como las malditas ninfas del bosque que se representaban en los libros de fantasía. Estaba apunto de maldecir cuando escuchó el timbre de la puerta. Abrió a la persona que había llegado y le dejó entrar al apartamento de Noah.
El hombre que entró por la puerta no debía tener más de veinticinco años, pero aparentaba algunos años más. Lesley le conocía porque habían coincidido en más de una ocasión. Iba vestido con una camiseta de Guns and Roses, unos pantalones negros bajos, unas botas militares con pinchos en las puntas y una cazadora de cuero negra con pinchos en los hombros.
Connor era un humano que conocía la existencia de los Anfarwold. ¿Cómo era eso posible? Aunque los humanos vivían en la completa ignorancia, algunos dejaban los simples prejuicios, y entendían que o se unían a ellos o el mundo que conocían desaparecería. Ahí donde lo veías, y a pesar de su apariencia, Connor era un estudiante de ingeniería con un futuro más que prometedor, pero amante de las artes “oscuras”, como muchos de sus amigos lo llamaban.

– ¿Cómo es posible que te quedaras encerrada aquí? – preguntó el joven cuando entró en la casa – jamás he tenido que rescatarte… – se quedó pensativo – al contrario que a Nikolai.

Sí, su amigo Nikolai tenía predilección por las mujeres y también por dejarse entretener más de la cuenta. Connor seguro que había tenido demasiadas de esas experiencias como para contarlas con las dos manos. Lesley intentó explicarse, pero al ver que era incapaz, él añadió.

– Ten, ponte todo esto e intentaré que pasemos desapercibidos del portal al coche – sonrió y le tendió la ropa.

Quince minutos después, Lesley traspasaba el umbral del edificio y se exponía a la luz del sol. Sin embargo, en esta ocasión no saldría ardiendo. Se había puesto unos pantalones negros, con unas botas del mismo color de caña alta. Su torso estaba tapado por una camiseta y y se había puesto encima una chaqueta también negra. Alrededor de su cuello, Connor había anudado una palestina gris, que evitaba que su piel quedara expuesta y le había dado unos guantes negros que se había puesto inmediatamente.
Cuando le había dado el pequeño paraguas, ella le había mirado con incredulidad, sin poder creerse que se lo estuviera diciendo en serio. ¿Salir bajo un paraguas con el sol que hacía? Connor no necesitó explicarle porqué debía hacerlo.
Ahora se sentía ridícula aunque quizá no debería porque muchas mujeres cubrían su tez de esa manera. Vale, casi todas ellas eran japonesas o quizá chinas, pero si lo pensaba fríamente… En la época en que había vivido, las suaves flores de Londres hacían lo mismo para cuidarse del sol así que ella podría hacerlo ahora en pleno centro de Nueva York.
Connor abrió las puertas del Audi que había traído, donde los cristales traseros estaban tintados, evitando que la luz del sol le diera en la piel. En cuanto estuvo en el interior, se quitó todo del tirón y lo echó a un lado, asqueada.
El camino fue más corto de lo que había pensado. Agradeció cuando el coche se internó en el garaje de su casa y pudo salir al exterior sin tener que protegerse de nada más. Connor se había apoyado en el capó del coche con los brazos cruzados y una sonrisa condescendiente en el rostro.

– Si quieres que te pague tendrás que borrar esa sonrisita de tu rostro – le espetó Amras desde atrás.

Todos los humanos que colaboraban recibían una compensación por sus servicios, pero también por la posibilidad de que fueran perseguidos, heridos o incluso asesinados por los Tywyll. No era algo que ayudara a mitigar el dolor al pensar en las consecuencias, pero muchos podían ayudar más a sus familias, con esa pequeña ayuda.

– Menudos humores tienes, elfo – le espetó Connor negando con la cabeza – ¿sabes lo duro que es pagarse la universidad últimamente?

– Dale algo extra – dijo Lesley quitándose los guantes – Su charla sobre mujeres, condones y medidas de seguridad ha sido… reconfortante.

– Te haré la transferencia ahora mismo – con esas palabras Amras zanjaba todo el asunto entre ellos. Connor asintió con la cabeza y cogió su furgoneta que había dejado aparcada en el garaje mientras realizaba el trabajo. Cuando se marchó, Amras se acercó a ella mirándola a los ojos y añadió – ¿Qué te ha pasado?

– ¿Puedo fingir que nada? – la voz de Lesley había sonado apenada en aquel momento.

– No sería propio de ti – dijo Amras andando a su lado – Debo suponer que se trata de Noah…

– La he cagado, Amras – se sinceró ella. El dolor reapareció tan rápido como se había ido – ha descubierto lo que soy y yo… – se quedó callada – tiene todo el derecho a odiarme.

– ¿Por eso no volviste antes del amanecer? – preguntó Amras – Adair me comentó que ibas a decírselo.

– ¡Lo iba a hacer! Pero él se puso demasiado terco con el tema y decidí dejarlo – negó con la cabeza pesarosa – alguien me drogó con sangre de Dríada.

– ¿Quién? – preguntó Amras cruzando las puertas del salón – no es fácil conseguir sangre de Dríada, pero no es imposible, de eso estoy seguro – al ver que ella no contestaba agregó – ¿crees que el Tywyll que le vigila sabe de tu existencia?

– Sí, y lo peor sabes qué es… – le miró – que no sé quién es.

Le estaban entrando ganas de llorar. Parecía una maldita cría que llorara por la pérdida de su juguete favorito. Odió que Amras se acercara hasta abrazarla porque en ese momento las lágrimas que no había derramado camparon a sus anchas por sus mejillas.

– Lo siento – dijo ella limpiándose con un pañuelo que el elfo le había tendido – ¿Qué te ha pasado en la mano? – se quedó atónita al ver su mano.

– Ya está mucho mejor – le aseguro él – vamos a sentarnos y me vas a contar todo. – le limpió una de las últimas lágrimas – no te pareces en nada a la mujer que me reclutó aquel día en Fëanor.

– La gente te cambia – aseguró Lesley mirando los ojos dorados del elfo – pensé que él no me afectaría, pero me equivoqué, como en casi todo.

– Necesitamos tu mente analítica – le espetó él poniendo una mano en su hombro – todo se basa en planes, en directrices que hay que seguir – la miró a los ojos y sonrió, algo que no era muy común en Amras, para después añadir – y si encontramos un obstáculo, lo apartamos o destruimos, pero continuamos adelante.

Lesley sabía que no se refería a matar a Noah sino a recuperar su confianza. Si tenían que matar al Tywyll que le rondaba, lo harían sin pestañear, pero primero debían averiguar quién era. Se sentaron en el sofá donde Lesley le contó todo lo que había pasado, lo que sabía sobre Noah y juntos idearon un plan para acercarse a él.
Ella estaba segura de una cosa. No podía darse por vencida solo por tener complicaciones porque si lo hacía entonces no merecía nada de lo que tenía o podría llegar a tener.

***

Si Noah pudiera desaparecer de la faz de la Tierra lo haría en aquel preciso momento, pero era imposible, o al menos eso pensaba él. Ahora todas sus convicciones se habían caído al vacío tambaleándose por las mentiras que le habían contado. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Cómo no se había dado cuenta de las intenciones que ella tenía?
Estaba enamorado. Quizá no era una excusa válida para otra persona, pero para él sí, porque cuando se entregaba a alguien lo hacía incondicionalmente. Cuando había conocido a Lesley pensó que por fin podría ser un hombre normal, con una vida aburrida, con un trabajo estable, que acabaría formando una familia con la mujer adecuada…
Sueños que se habían fragmentado como los cristales rotos de un espejo. Él no era normal, sus poderes no eran normales, su vida jamás lo sería y Lesley se había encargado de demostrárselo. ¡Una vampira! La imagen de sus colmillos extendidos, de esas pequeñas puntas apareciendo entre sus labios, le perseguían cada vez que cerraba los ojos.

Debido a sus poderes, Noah siempre había sido un hombre propenso a pensar en seres míticos, siempre que estos permaneciesen como meros elementos ficticios. Ahora descubría que todo lo que había creído irreal era muy real. Aquello acabaría por hacer estallar su cabeza si seguía pensándolo, pero no pudo evitarlo.
Entró en el depósito haciendo que Mark alzara la mirada y se sorprendiera al verle. No era para menos, no tenía que aparecer por allí hasta la noche, y sin embargo ahí se encontraba. No le dijo nada, tampoco le hizo ningún gesto, sino que se quitó la chaqueta y la colgó para después ponerse su bata de forense.

– ¿Sientes nostalgia por el trabajo, Noah? – preguntó Mark alzando las cejas – ¿No has pasado buena noche? – seguramente lo decía por su aspecto desaliñado.

– No tengo ganas de hablar – contestó Noah cortante – ¿No está Robert? – el chico siempre debía estar vigilado.

– Ahora mismo volverá – confesó Mark examinando la herida de arma blanca que tenía el hombre que estaba sobre la camilla – éste ha entrado muerto ya.

– ¿Causa de la muerte? – preguntó Noah observando el rostro del hombre.
Seguro que a él también le habían traicionado, que le habían apuñalado porque había sido imbécil y había confiado en la persona inadecuada. Justo como él. ¿Acaso Lesley quería robarle la sangre y convertirle en alguien como ella? O quizá solamente quería matarle…

¿Y qué quería explicarle? ¿Acaso ella tenía una razón para mentirle, algo para inmiscuirse en su vida de esa manera, destrozándolo todo a su paso? Escuchó la puerta abrirse y la voz de Robert le llegó muy clara.

– No le esperábamos tan pronto, Señor Cooper – su tono parecía jovial casi como si estuviera contento de que él hubiera ido allí.

– Quiero trabajar – dijo Noah dándose la vuelta y enfrentándose a su jefe – lo necesito ahora mismo – “para no volverme loco”, pensó él para después añadir a sí mismo “necesito silencio, desconectar y solo puedo hacerlo aquí”.

“Con lo que daría yo por pirarme ahora mismo”, la voz de Mark se coló en su cabeza haciéndole más consciente aún del don que poseía. Apretó los puños y su rostro se tensó solo de pensarlo. ¿Acaso ya no podría tener tranquilidad ni siquiera ahí?

– Mark quedas relevado – Robert lo dijo rápidamente – puede tomarse el día libre – Mark sonrió inmediatamente.

– Gracias, señor – el joven no tardó en quitarse los guantes de látex y tirarlos a la basura mientras se dirigía a la percha para colgar su bata.

– Puedes quedarte en el depósito todo el tiempo que necesites – dijo su jefe a Noah con el gesto serio – nos acabas de librar de mucho trabajo.

– Gracias – Noah no tenía ganas de decir nada más. Por mucho que su jefe estuviera siendo tan amable y agradable, él no se sentía con ganas de fingir una alegría que no sentía. Solo lo sería cuando todos se hubieran marchado.

– Te debo una muy grande, Noah – le dijo Mark dándole una palmada en la espalda – prometo que te invitaré a comer mañana.

– No hace falta, Mark – Noah intentó ser amable aunque le costara – disfruta del día libre, seguro que tienes muchas cosas que hacer, ¿verdad?

“No lo sabes tú bien. Mi novia estará encantada”. Aquél pensamiento de Mark fue como una puñalada en el corazón de Noah, pero se alegraba por el joven. Le vio salir después de despedirse de todos dejándole con su jefe.

– ¿Un mal día? – preguntó, pero al instante como si se arrepintiera, añadió – no hace falta que me lo cuente si no quiere.

– Solo necesito trabajar – Noah solo iba a decir eso. Nada más.

Robert no dijo nada. Parecía que por fin su curiosidad había sido saciada y Noah agradeció que se marchara para resolver algunos papeleos que tenía en el hospital. Noah cogió el mp3 que tenía en el bolsillo de su cazadora, se puso los cascos y dejó que “What Lies Beneath” de Breaking Benjamin le invadiera e hiciera que desconectara por un momento.
Noah se centró en el hombre muerto que había sobre la camilla mientras cada palabra calaba en su mente, pero también en su corazón, porque ahora mismo se sentía de la misma manera. ¿De verdad pensaba eso de ella? Ahora mismo no podía asegurar nada porque su mundo se había sumido en la oscuridad total. Silencio y trabajo, eso era lo que necesitaba.

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