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CAPÍTULO XXVII

Aquellos últimos días no habían sido los mejores de su vida. Jamás pensó que tras cumplir años, su cuerpo se volvería un polvorín apunto de explotar. Parecía que los poderes que había poseído hasta ese momento no habían sido nada comparado con los que tenía ahora. Casi podía sentir correr la fuerza por sus venas, como si se tratara de un suministro inagotable de energía, que fuera renovándose cuanto más la utilizaba.

Al principio había probado a crear pequeños remolinos de viento en su apartamento. Después había probado a mover los metales de sitio y por último había conseguido hacer incorpórea la mitad de su cuerpo. El poder que sentía en él era demoledor, abrumador, pero satisfactorio.

A pesar de que había visto las llamadas de sus amigos, no había contestado a ninguna de ellas, porque estaba demasiado ocupado en el control de sus poderes, pero sobre todo en su trabajo. El bufete de abogados en el que trabajaba exigía mucho de él, pero aquello era bueno porque significaba que Evan era necesario, que contaban con él y se abría camino con sus acciones.

Evan dejó el maletín sobre la mesa de su despacho. Miró por la puerta acristalada y comprobó que los pasillos estaban completamente vacíos. No era de extrañar. Evan había sido convocado por su jefe una hora antes de la apertura del bufete para tratar con él un asunto urgente y delicado.

El caso debía ser gordo. Quizá de algún cliente que entregaba demasiado dinero al bufete o de un amigo personal de su jefe. Lo que estaba claro era que Evan iba a encargarse de él y aquello le hacía sentir satisfecho consigo mismo. Ilías confiaba en él y en los últimos meses le había dado los mejores casos. Eso tenía que significar algo ¿verdad?

Evan salió de su despacho dirigiéndose al ascensor. Entró en el interior, pulsó el botón del último piso y esperó a que el ascensor abriera las puertas de nuevo. El despacho de su jefe estaba al fondo del pasillo, de hecho era el único despacho que había en aquella planta.

El silencio que impregnaba el ambiente consiguió que Evan pusiera alerta todos sus sentidos. No es que pensara que fueran a atacarle, pero tenía una sensación rara en la nuca, como si alguien le estuviera vigilando. Llamó a la puerta y esperó hasta que su jefe le indicó que podía entrar.

– Quería verme, señor – comentó Evan educadamente.

– Acércate, hijo – Ilías hizo un gesto con la mano para que tomara asiento frente a él – ¿tienes idea de por qué estás aquí? – el hombre le miró a los ojos esperando su respuesta.

– No, señor – respondió Evan poniendo las manos sobre su regazo con calma – supongo que quiere que me centre en algún caso – se aventuró a dilucidar.

– ¡Ésa es la actitud! – el tono alegre de su jefe se impregnó en él – no conformarse con lo que diga el jefe sino ir mas allá – Ilías metió la mano en uno de los cajones de su escritorio y sacó un expediente – quiero que te encargues de un caso delicado.

– ¿De qué se trata? – Evan extendió la mano para alcanzar el expediente y lo abrió.

Las primeras imágenes que vio fueron las de una joven rubia tumbada en la camilla de un depósito de cadáveres, con los ojos cerrados, el rostro lleno de moratones y los labios hinchados por las palizas recibidas. Leyó por encima el informe del forense, algo que le recordó a su amigo Noah, lo separados que estaban últimamente…

Maldita sea, ni siquiera en esas circunstancias era capaz de dejarlo estar. No había sido él quien se había comportado como un verdadero energúmeno sino que había sido Noah quien se había extralimitado y además en su cumpleaños… Alzó el rostro encontrando los serios ojos de su jefe.

– Se trata de la hija de mi mejor amigo y cliente – confesó Ilías cruzando las manos sobre el escritorio. El hombre no parecía triste por la muerte sino más bien indiferente, pero Evan supuso que cada uno interioriza el dolor de diferente manera – últimamente frecuentaba malas compañías – en su tono no había pesar por mucho que Evan lo estuviera buscando – y parece ser que su pareja sentimental la mató.

– ¿Y por qué nos encargamos nosotros del caso, señor? – preguntó Evan alzando una ceja.

Si se trataba de un caso de violencia doméstica, lo más sensato era que el fiscal abriera una investigación para que posteriormente acusaran a la pareja de la joven. A no ser que fueran a representar al “presunto asesino” no veía claro la intervención del bufete en aquel asunto.

– Se estará preguntando porqué no se ocupa de ello el fiscal correspondiente – Evan sabía que Ilías observaba cada gesto de su rostro, pero también de su cuerpo – me temo que el fiscal no ve motivos suficientes como para llevar al culpable ante los tribunales así que…

– Iniciaremos una acusación particular – terminó diciendo Evan.

Las acusaciones particulares eran muy comunes entre la gente que contaba con los recursos como para realizarlas. Evan había estudiado varias de las acusaciones particulares más importantes de toda la historia y ahora parecía que iba a encargarse de una propia.

– Sí, quiero que abra una investigación contra ese hombre – el tono de Elías era firme – puede utilizar todos los recursos que necesite. Estarán a su disposición en cuanto los solicite, pero escúcheme bien… – Evan alzó la mirada mientras pasaba la siguiente página del expediente – quiero a ese hombre entre rejas. No quiero que le caigan diez años… Quiero que cumpla la condena más alta que pueda solicitar – dio un puñetazo en la mesa – ¡una lástima que la pena de muerte sea inconstitucional en este Estado!

– Me ocuparé de que así sea – respondió Evan bajando la vista al papel que tenía entre sus manos.

Se quedó helado al ver la ficha policial del hombre, pero no por las veces que había estado en la cárcel, sino porque él conocía a esa persona. No había estado nunca con él cara a cara, pero había visto fotos suyas en casa de uno de sus amigos. La persona que le devolvía la mirada desde el papel era el primo de William.

A pesar de que Will y sus padres eran buenas personas, no se podía decir lo mismo del resto de la familia, algo que Evan había escuchado de William muchas veces. Parecía que Tony al final había encontrado la horma de su zapato y había metido la pata hasta el fondo.

Mierda. A Evan no le importaba el futuro de Tony, ni tampoco le molestaba acusarle de un delito, pero lo que más temía era la reacción de su amigo. ¿Cómo se tomaría Will aquello? Si era buen amigo debería devolverle el expediente a Ilías y decirle amablemente que no se encontraba capacitado para el trabajo, pero su parte más ambiciosa quería ese trabajo, quería demostrar que él podía conseguir una buena sentencia.

– ¿Algún problema? – preguntó su jefe.

– No, ninguno – confesó el hombre rápidamente – estaba pensando la mejor manera de proceder con ello.

– ¡Así me gusta! – su jefe se levantó de la silla – huelga decir que quiero la máxima cautela posible…

– Así se hará – Evan afirmó con la cabeza levantándose también del asiento en el que estaba. Caminó hacia la puerta hasta que escuchó la voz de su jefe.

– Si continúa así… – las palabras de su jefe iban cargadas de significado – se volverá indispensable en esta empresa.

Evan le dio las gracias y salió del despacho. Caminó por el largo pasillo dándose cuenta de que aún no había llegado ningún trabajador. Cerró los ojos y pensó en Will. ¿Debía decírselo o quizá callarse? Como amigo tenía la obligación de informar al médico, pero como abogado profesional podía apelar al secreto profesional…

Evan siempre había sabido que la familia de Will no era de las mejores, pero incluso en las mejores familias, siempre te encontrabas con alguien que echaba todo a perder en su vida. Apretó el expediente con más fuerza y tomó una decisión. Se lo diría con el tiempo, le avisaría para que estuviera al tanto, pero nada más.

En cuanto tuviera un minuto libre, cogería el teléfono y le diría cómo estaban las cosas. Will lo entendería, se daría cuenta de la situación en la que estaba porque de sus tres amigos, era el único que sabía ponerse en la piel de los demás. Además, no tenía que sentirse culpable por acusar a alguien como Tony, porque si él había matado a aquella muchacha se merecía que todo el peso de la ley cayera sobre él. Y él se encargaría de que se hiciese justicia.

***

Una semana. Lesley había aguantado una semana sin acercarse a Noah, intentando no atormentarse con todos los “sí, pero y noes” que se formaban en su cabeza cada vez que la imagen del hombre volvía a ella. Había llegado el momento de la verdad, tendría que escucharla, tanto si quería como si no.

Lesley aún recordaba la conversación que había tenido con Adair. Confesar que había fracasado fue un duro golpe para ella y aunque sabía que el Guerrero tenía todo el derecho de pedir su cabeza, de apartarla de la misión e incluso relegarla a las simples patrullas, no lo había hecho. Lesley sabía que tenía que recuperar la confianza perdida, que tenía que ser ella la que consiguiera convencer a Noah del gran error que cometería, si desperdiciaba el don que le había sido otorgado.

Todo este tiempo le había servido para darse cuenta de los errores que había cometido, pero sobre todo para concienciarse de las cosas que no debía volver a repetir. También habían sido días duros porque la vampira ya se había acostumbrado a ver al mortal todos los días, a disfrutar de su compañía, de su risa y humor. Y ahora todo se había esfumado junto con los sentimientos que él había albergado hacia ella.

Al amparo de la oscuridad, Lesley se había apoyado en la farola que se encontraba al lado de la moto de Noah, dejando que la luz cayera sobre ella y revelara algunas de sus formas. Alzó la vista cuando escuchó el sonido de unos pasos al acercarse y sus ojos se clavaron en la silueta de Noah. El hombre parecía cansado y agotado, algo que se dejaba claro por el aspecto desaliñado de su ropa, pero también por la barbita de varios días que poblaba su mandíbula.

¿Acaso él lo había estado pasando tan mal como ella? Sin embargo desechó aquella idea tonta de su cabeza. Noah tenía ese aspecto por ella sí, pero por las mentiras que le había dicho, por el engaño que había cernido sobre él. La rabia impactó contra ella cuando Noah alzó los ojos clavándolos en la vampira. Lesley tuvo la reacción de retroceder tras un ataque, pero aunque su cuerpo le pedía a gritos escapar, su mente la instaba a que se quedara quieta.

En esta ocasión no había escondido lo que era. Antes, habría exhibido uno de sus magníficos vestidos, se habría cubierto de joyas y habría perfumado su cuerpo con uno de sus perfumes más caros, pero en aquella ocasión no era así. Se había preparado para la lucha porque en caso de que él la rechazara, Lesley se sumiría en las calles y buscaría Tywylls para sofocar la rabia que estaba segura sentiría ante tal rechazo.

Así que iba cómoda. Vestida con unos pantalones de cuero negro ajustados, una camiseta de tirantes negra, las botas militares y el pelo recogido en una cola de caballo. Antes se habría engalanado con sus joyas, ahora las armas eran su mejor complemento, y tenía tanto arsenal en su cuerpo que cualquier policía la detendría por posesión ilegal de armas sin dudarlo.

Pero su aspecto no importaba. Noah era lo importante y Lesley pensó por un momento que se echaría atrás, que volvería al hospital y se encerraría allí, pero no lo hizo. Se acercó con valor a la moto hasta que quedó frente a ella. Lesley lo había hecho aposta. Si se situaba junto a la moto, él no tendría escapatoria, no tendría más remedio que hablar con ella.

– Hola – fueron las únicas palabras que salieron de los labios de la vampira.

– Creí haberte dejado claro que no quería volver a verte – el tono de Noah era duro, recriminatorio – y aún así te encuentro al lado de mi moto así que… – apretó los puños – aléjate. Márchate porque no quiero verte.

– No me voy a ir – dejó el tono amable y pasó a un tono más autoritario – no hasta que me escuches. Tienes que entender tantas cosas…

– ¿Qué coño no entiendes de que no quiero saber nada de ti? ¿Que no quiero conocer nada de tu mundo? – Los ojos de Noah relampagueron con cada palabra – ¿Por qué es tan jodidamente complicado que lo entiendas? No quiero saber nada de vampiros, ni de guerreros – se acercó dos pasos – ni de guerras que a mí no me incumben.

– Te equivocas – le espetó Lesley viendo que él se iba a dar la vuelta. Agarró su brazo haciendo que él se girara para encararla – estás tan metido en esta guerra como cualquiera. ¿Piensas que “ellos” no van detrás de ti? – entrecerró los ojos – me apuesto el culo a que uno de ellos está más cerca de ti de lo que crees.

– ¿Un Tywyll o como se llamen? ¿Seres malignos que buscan destruir el mundo? – Noah alzó una ceja desafiante. Al parecer sí que había prestado atención a todo lo que ella le había contado sobre su mundo, las guerras y las especies que habitaban allí – no me hagas reír. Lo que de verdad jode el mundo es gente como tú – esta vez fue Noah quien agarró del brazo a Lesley – no existen guerras, ni luchas… ¡No son reales!

– ¿Vas a negar lo que eres? ¿Lo que soy? – dijo ella alzando la voz – eres tan testarudo que te mientes a ti mismo para ser feliz – aquella frase había sido dura, pero necesaria.

– Discúlpame, pero vivía muy bien en la indiferencia, sin saber nada de esto – le espetó Noah controlando el tono de su voz – sin conocerte. Sin saber nada más.

– Y ahora no puedes dejarlo atrás – le recriminó ella – tienes que tomar una decisión. No puedes permanecer indiferente indefinidamente.

– Te lo dejaré más claro – la agarró por los brazos zarandeándola un poco – ¡no existe nada de esto!

A Lesley le habría encantado soltarse, darle un par de bofetadas y ver si así él entraba en razón, pero tendría que dejarlo para otro momento. Tres Tywyll se acercaban a ellos como si fueran una nueva presa. ¿Qué coño se creían que estaban haciendo? A ella podían atacarla, pero Noah aún no había cumplido la mayoría de edad, lo que significaba que estaba protegido y quien le atacara causándole un daño grave recibiría la ira del Dios más poderoso de todos.

La vampira olió el ambiente mientras su vista se centraba en el Tywyll que estaba más adelantado. A la mierda, era un recién nacido, apenas tendría unos malditos meses de vida y los dos que le seguían no debían superar el año. Tenía que tomar una decisión: seguir discutiendo con Noah o protegerle de una muerte segura. No necesitaba demasiado tiempo para decidir.

– ¡Mierda! – Lesley se apartó de Noah ante la sorpresa del hombre – tienes que confiar en mí.

– Estás de coña ¿verdad? – Noah no salía de su asombro. Bien, por fin había captado su atención – estoy empezando a pensar que tienes un déficit de atención o algo…

– Escúchame por una puta vez – le espetó Lesley dándole la vuelta y colocándose a su espalda juntando los labios a su oído – ¿ves a esos tres hombres que se acercan hacia aquí? – él asintió – Fíjate en sus ojos y dime lo que ves – Noah comenzó a protestar, pero ella le cortó diciendo – dímelo.

– Es como si no tuvieran fondo – le contestó él tras fijarse – casi podría jurar que no tienen alma.

– Porque no la tienen – confesó Lesley aún a su espalda. Veía que los Tywyll se habían acercado más rápido en cuanto vieron que ella dejaba a Noah desprotegido ante ellos – eso es en lo que no crees.

Asesinos dispuestos a matar humanos, vampiros o cualquier ser que se encuentre con ellos.

– Esto no puede ser… – se quedó callado al comprobar que los asesinos sacaban sus armas.

En cuanto Lesley vio el brillo de las pistolas maldijo entre dientes. Tenían que ser rápidos, salir de allí cuanto antes y la mejor manera de hacerlo era escapar. Se fijó en la moto. Aquella era la única salida que les quedaba, así que junto los labios a Noah y susurró.

Enciende tu preciosa moto porque ahora nos toca huir – palabras que podrían inspirar temor en cualquier persona.

***

Noah se había quedado helado con las últimas palabras de Lesley. ¿Huir? ¿Cómo coño iban a conseguirlo? Al principio había dudado de su palabra. Cuando miró a los hombres que se acercaban a ellos con rostro amenazante y se había fijado en sus ojos, le había parecido extraño no encontrar ningún atisbo de conciencia, pero aquel no era motivo para pensar que eran hijos de Satanás o de quien fuese.

Sin embargo, cuando ellos habían sacado las armas, dispuestos a disparar en cualquier momento, la opinión de Noah cambió rápidamente. Su pulso se disparó, la adrenalina fluyó por sus venas, pero no era lo único. El miedo y el desconcierto se estaban apoderando de su cuerpo. No tuvo tiempo de ver cómo Lesley salía de detrás de su espalda con una pistola en la mano apuntando a uno de ellos y disparándole en el acto.

“Encender la moto”, eso era lo que ella le había pedido. Metió las llaves en el contacto y arrancó la moto cuando sintió el zumbido de una bala que había pasado muy cerca de él. Echó la cabeza hacia atrás para ver que Lesley se montaba en la moto dándole la espalda y con el arma apuntando al pecho de otro de esos seres.

– ¡Arranca! – le gritó.

Noah estaba desconcertado. ¿Cómo iba a mantenerse ella en el asiento si no se sujetaba a él? Sin embargo, hizo lo que le pidió y arrancó la moto con rapidez. Escuchó el sonido de los disparos y miró por el espejo retrovisor para ver desaparecer a los hombres que los perseguían, pero aquello no pasó. Como si se transportara por el aire, el hombre se acercaba a pasos agigantados hacia ellos.

– ¿Cómo coño se mueven así? – gritó Noah por encima del ruido del motor – ¡A ese hijo de puta le has disparado en el pecho! – no podía creer que aquello estuviera pasando.

– Las balas no los matan – le contestó Lesley apuntando de nuevo al Tywyll – veamos si eres capaz de resistir esto, cabrón – no pudo verlo, pero escuchó el aullido de dolor y miró por el espejo para comprobar que le había dado a uno en una pierna.

Joder, había que reconocer que la tía sabía lo que se hacía. Apretó con fuerza el volante, callejeando por las estrechas calles mientras eran perseguidos por unos seres que sin duda no eran normales, ni tampoco humanos. ¡Esto era de locos!

– Métete en el siguiente callejón – le pidió Lesley con el tono tenso por la situación – y por todos los Dioses… – ella se giró buscando el reflejo de sus ojos en el espejo – haz todo lo que yo te diga.

Noah solo pudo asentir. ¿Qué le iba a decir a aquellas alturas? Su mundo estaba patas arriba y si quería sobrevivir a lo que estaba pasando, no tendría más remedio que confiar en ella. Giró en la siguiente curva y metió la moto en el siguiente callejón. Aminoró la marcha, pero cuando quiso darse la vuelta para decirle que se bajara, contempló que Lesley ya había bajado de un salto.

– Quédate ahí – le dijo la mujer mientras corría como un rayo hacia la entrada.

Noah bajó de la moto, asegurándola e intentando ver algo en aquel maldito callejón. Al instante, bajo sus pies apareció el cuerpo de Lesley que había salido despedido hacia atrás después de una patada que habría sido mortal. Noah contempló a los dos Tywyll que había. Parecía que el otro se había esfumado, o al menos no había podido superar la carrera a la que les habían sometido.

Vio luchar a Lesley con los dos Tywyll. Las pistolas habían quedado relegadas y ahora los puñetazos y las dagas se abrían paso como armas perfectas para el combate. Noah se sentía impotente, ella estaba luchando y él se quedaba parado, sabiendo que podrían acabar con ella en aquel combate de dos contra uno.

Sin embargo, la vampira tenía muchas más habilidades de las que él había pensado en un principio. Se dio la vuelta hasta que quedó detrás de uno de los Tywyll dejando que su compañero hundiera el filo de su daga en el pecho de su compañero. Lesley dejó caer al Tywyll, pero Noah pudo observar que el tipo aún no estaba muerto… ¿Qué necesitaban esos seres para morir?

La lucha continuó ante sus sorprendidos ojos. Quizá lo más sensato hubiera sido mantenerse quieto, pero cuando vio que el Tywyll golpeaba a Lesley en la cara, la cogía del cuello y la lanzaba contra la pared… Toda la rabia que había estado acumulando se solidificó en el centro de su pecho. Quizá ella le hubiera mentido, pero nadie debería tratarla así y menos aquella cosa asquerosa. Sin saber cómo, empezó a temblar, sintiendo que su cuerpo se calentaba, que sus ojos se clavaban en la figura del ser y al instante este se prendía en llamas.

¡Ahí estaba! Su más temido y odiado don. Aquel que le estaba salvando la vida en aquel momento. El Tywyll se retorcía rodando por el suelo mientras el fuego engullía su cuerpo desprendiendo la piel y dejando ver el inicio de sus huesos. Noah quiso acercarse a Lesley para ayudarla a levantarse, pero ella ya se había puesto en pie y…

– ¿Qué cojones estás haciendo? – ella estaba cercenando la piel del Tywyll y le acababa de extraer el corazón – ¡Joder, eso es asqueroso!

– Es la única manera de acabar con ellos – afirmó ella clavando la daga en el corazón que sostenía en las manos.

En cuanto el filo de la daga traspasó el corazón, el ser emitió un sonido agónico mientras su piel comenzaba a secarse como si fuera a podrirse. Lesley le pegó una patada partiéndolo en mil pedazos que se evaporaron en un humo negro que dejó una extraña sensación en el cuerpo de Noah.

Fijó su vista en el otro. Lesley se había acercado con las manos en las caderas como evaluando la estrategia a seguir. El tipo ya no tenía piel, tampoco músculo, lo único que había permanecido intacto eran sus huesos y el corazón.

– Esto va a doler – dijo ella inclinándose y arrancando el corazón. Sus manos se quemaron un poco y Noah pudo ver la carne quemada de la mano de Lesley. Lo apuñaló y todas las llamas que él había provocado se convirtieron en llamas negras que engulleron el cadáver.

– Esto ha sido… – Noah apenas podía hablar.

Ella se giró mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo y se limpiaba las manos de esa sustancia pegajosa que habían soltado los Tywyll. Se acercó a él y Noah retrocedió instintivamente.

– No quiero hacerte daño – dijo ella alzando las manos – ¿Entiendes ahora lo que te decía? Necesitas protección, al menos hasta que pases por el cambio.

Noah no podía asimilar nada de lo que acababa de pasar. Su cerebro no podía con todas las imágenes, las palabras y los hechos que había visto y oído. Intentó hablar, pero ante su desconcierto, Lesley volvió a acercarse.

– Necesito tiempo – consiguió decir él – tengo que irme. Necesito pensar…

– Está bien – ella asintió con la cabeza mientras sacaba una pequeña tarjeta – puedes llamarme para lo que necesites. Y aquí está mi dirección – le entregó la tarjeta – hazme caso Noah. Irán a por ti, te matarán y no les importará.

Y por extraño que pudiera parecer, él acababa de creer en sus palabras, a pesar del daño que le hacía admitirlo. Tomó la tarjeta entre sus manos, viendo la huella de “sangre” que había dejado Lesley al darle la tarjeta. Noah no alzó la vista, no podría soportar mirar aquellos ojos azules, que podrían confundirle aún más.

Noah montó en la moto sin ni siquiera ponerse el casco, y arrancó sabiendo que la vampira aún estaría mirándole. Se guardó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta y aceleró dejando atrás el callejón y también a Lesley. Mantuvo los ojos en la carretera, pero sus pensamientos hacía tiempo que habían volado, estudiando horizontes desconocidos para él.

En aquellos momentos sentía que todo su mundo se venía abajo. Todo lo que había creído, toda la paz que había intentado encontrar en aquellos años, no había servido de nada y ahora su mundo se descomponía como las paredes de una casa que caen fulminadas por la fuerza del viento. Apretó los puños alrededor del manillar de la moto y deseó poder gritar de frustración.

Lo que más le asustaba no eran las mentiras de Lesley, ni tampoco lo que había visto aquella noche, sino en lo que él era y en lo que se acabaría convirtiendo cuando “el cambio” se completara. ¿En qué se convertiría? ¿Dejaría de ser normal? Noah no podía lidiar con todas aquellas preguntas en su cabeza… Y lo peor era que el dolor de su pecho no era por su futura transformación sino por su imposibilidad de odiarla.

Joder. Había intentado odiarla, quería repudiarla, echarla de su cabeza y también de su corazón, pero en su fuero interno había sido incapaz. No es cierto que del amor al odio hay un paso y él lo estaba comprobando en su propia piel. Es cierto que sentía repulsión por lo que ella era, que estaba cabreado por sus mentiras, pero el amor que se había forjado en su corazón no podía consumirse solo por eso.

Un amor que solo sentía él. Lesley jamás le había amado. Solo había sido una misión más, una persona a la que manipular para que actuara a su antojo y quizá eso era lo que más le dolía. Necesitaba olvidar, necesitaba dejar de pensar o su cabeza acabaría explotando así que condujo hasta que encontró el sitio adecuado para dejarse llevar del todo.

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