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CAPÍTULO XXX

Los nervios podían traicionar incluso a la persona más segura de sí misma. El problema radicaba en que él no estaba seguro de lo que estaba apunto de hacer. Cuando había colgado con Lesley se había sentido valiente, pensando que podría hacer frente a todo, pero a medida que la hora avanzaba, su determinación se iba quebrando.

Cuando Noah les contó que la reunión se organizaría en la casa de ella, sus dos amigos comenzaron a poner objeciones, pero tomando sus palabras anteriores les instó a que le dejaran descubrir la verdad por sí mismo. No le pasó desapercibida la mirada intranquila de Will, ni tampoco las palabras de Sarah, asegurándole que aunque quisieran protegerle siempre era mejor reunirse en un lugar público.

Cuando había visto la dirección por primera vez, le había dado la sensación de que no pertenecía al centro de la ciudad, y no se había equivocado. La residencia de Lesley se encontraba en Los Hamptons, en las afueras de Nueva York, y de ello solo podía deducir que se trataba de una casa enorme. ¿Cuánto dinero tendría una vampira como ella?

Noah disminuyó la velocidad de su moto a medida que se iba acercando a una gran verja de metal que vallaba toda la propiedad. Se detuvo ante la enorme puerta de hierro pero fijándose en lo que había más allá. Se dio cuenta de que una de las cámaras de seguridad le estaba observando como cerciorándose de que era él. Las puertas se abrieron automáticamente cediéndole el paso para que entrara. Arrancó y se precipitó por el camino de pequeñas piedras que se extendía hasta la entrada de la mansión. A medida que se acercaba, la pequeña construcción iba aumentando en tamaño hasta que fue inmensa. Sin duda, alguien como él necesitaría varias vidas para poder pagar un lugar como aquel, pero ella había tenido muchísimos años para hacerlo.

Se bajó de la moto mientras se quitaba el casco y la aseguraba. Al darse la vuelta, contempló la figura de Lesley, que iba vestida con unos sencillos pantalones de chándal y una camiseta blanca de tirantes. Se fijó en su cabello recogido, en la posición de sus brazos, como si intentara abrazarse a sí misma para pasar desapercibida.

No sabía qué esperaba encontrar, pero esa visión de ella era tan diferente de todas las que había contemplado durante su… “relación”. Se le hacía difícil verla así. Subió las grandes escaleras mientras se fijaba en las tantas ventanas que engalanaban las paredes dejando claro que habría más habitaciones de las que podría llegar a contar con las manos.

Situarse frente a ella y quedar frente a frente era necesario. Ambos se quedaron quietos, esperando la reacción del otro y al final fue Lesley quien se acercó y sin tocarle dijo.

– Me alegra que hayas venido…

Noah simplemente asintió con la cabeza. No estaba en posición de poder decir nada más así que la siguió al interior. El amplio vestíbulo era impresionante. Pintado de color crema, con el suelo de mármol blanco que relucía bajo sus pisadas. Entraron a una estancia que parecía el salón principal donde se quedó pendiente de la enorme mesa de madera que allí había, rodeada por montones de sillas que estaban perfectamente colocadas. Estaba tan ensimismado con lo que estaba viendo que no se dio cuenta de la presencia de otra persona en la sala.

– ¿Quién es él? – consiguió preguntar mientras su vista recaía en un hombre alto, musculoso, con el pelo rapado y los ojos grises que le miraba desde el otro lado de la estancia – pensaba que esto sería entre tú y yo.

– Este es Adair – dijo Lesley manteniéndose entre ellos. Noah se acercó unos cuantos pasos al igual que el desconocido – entre los dos responderemos a todas tus dudas…

– ¿Tú también eres un vampiro? – preguntó Noah con cierto tono irónico en la voz – no te veo los colmillos desde aquí.

– Comprendo su actitud desafiante, señor Cooper – espetó el desconocido. Su voz parecía poderosa y autoritaria – le instaría a que se sentara para que podamos comenzar.

– Estoy perfectamente de pie – respondió Noah cruzándose de brazos. Aquel hombre no era quién para darle órdenes – no voy a andarme por las ramas… ¿Qué soy?

Tanto Lesley como el tal Adair se miraron, preguntándose silenciosamente quién de los dos sería el encargado de explicarle todo. Noah se quedó inmóvil hasta que finalmente Lesley se volvió hacia él y fijó su vista en la de Noah.

– Recuerdas que eres un Morak ¿cierto? – la incertidumbre de Lesley había desaparecido y en su lugar se había posicionado la seguridad – Los Morak son seres con poderes mágicos. Al igual que existen los vampiros, los elfos, los Guerreros de la Luz…

– ¿Me estás diciendo que todas esas criaturas que estás nombrando existen? – preguntó Noah con cierto tono escéptico – ¿También me vas a decir que existen los extraterrestres?

– Me temo que esos seres son creaciones de la imaginación humana – espetó el otro hombre con paciencia – pero la mayoría de las criaturas mágicas que plasmáis en vuestros libros de fantasía existen.

– Entonces… ¿Los Moraks no somos humanos? – preguntó él. Su mayor temor estaba apunto de ser descubierto.

– Sí, claro que sois humanos – le dijo ella con tranquilidad – solo que sois humanos muy especiales – se acercó a él – los Moraks tienen poderes nacidos de su intelecto. No han sido concedidos por ningún Dios, tampoco por la Madre Naturaleza, sino que nacen de vuestro interior – se tocó el pecho.

– Eso quiere decir que no estáis supeditados a las mismas leyes que nosotros – tomó la palabra Adair – no tenéis que rendir culto a ningún Dios si no es vuestro deseo.

– Me estáis diciendo que somos una especie afortunada – Noah había dejado el sarcasmo. Aquello le interesaba de verdad – ¿Qué poderes tenemos?

– Cada Morak es diferente – confesó Lesley pasando la mano por la mesa – todos tenéis el don de la telepatía, pero después cada Morak desarrolla sus poderes dependiendo de sus propias habilidades.

– Muchos podéis controlar el fuego, los elementos, las emociones… – siguió diciendo el hombre – en muchas ocasiones vuestros poderes psíquicos pueden ser más poderosos que los de cualquier otra raza que habite la Tierra.

– Yo puedo controlar el fuego – la confesión le había sorprendido hasta a él mismo – pero tú ya lo sabías – esas palabras las dijo mirando a Lesley que asintió.

Todavía recordaba cuando había quemado el pantalón de aquel asaltante que había osado atacarla y él había ido corriendo tratando de protegerla cuando realmente ella no lo necesitaba. Pero también recordó la noche anterior cuando había reducido a cenizas a aquel ser extraño.

– Lo que no entiendo es porqué nos necesitáis – miró primero a Lesley y después a Adair. Al ver que los dos se quedaban callados añadió – ni siquiera somos capaces de controlar nuestros poderes… – se cruzó de brazos – dudo mucho que podamos ayudaros con esos… Tywyll. Y además… ¿Qué se supone que son?

Adair se adelantó un par de pasos poniendo una mano en el hombro de Lesley y haciendo que ella guardara silencio.

– Los Tywyll son seres creados con la intención de destruir el mundo – respondió el hombre – no tienen alma, tampoco tienen sentimientos, y las únicas emociones que los alimentan son el dolor, la desesperación y la amargura – sus ojos de un profundo color plateado relampaguearon – buscan matar a sangre fría y no hacen distinciones. Humanos, seres mágicos… Lo único que les mueve es la absurda idea de que su paraíso se instalará en la Tierra – se acercó dos pasos más – pasándola por fuego y sumiendo a todo el que habite en ella en la desesperación más absoluta.

Sin duda, las palabras de aquel hombre le habían puesto los pelos de punta. Quizá, si no los hubiera visto la noche anterior, no habría creído ni una sola palabra, pero tras mirar esos ojos estaba convencido de que aquel ser estaba diciendo la verdad.

– En cuanto a tus poderes… – retomó la palabra Lesley – los Moraks no los controláis hasta que cumplís los treinta años. Desde ese momento, vuestros poderes se expanden y aprendéis a canalizarlos. A unos les cuesta más y a otros menos.

Según decía Lesley, podían controlar sus poderes. Aquello sí que había sido una buena noticia y en pocos días él cumpliría los treinta años así que…

– ¿Por qué esa edad? – preguntó curioso – quiero decir… ¿Somos menos alocados a los treinta?

– Se considera que el cuerpo llega a su estado máximo – le informó Adair – los poderes se desatan como consecuencia de ese estado.

– Entiendo… – Noah asintió con la cabeza y preguntó – ¿Y por qué nos necesitáis?

– Al contrario que el resto de razas… – comenzó a decir la vampira – vosotros tenéis la posibilidad de decidir luchar o no. Cuando los Dioses descubrieron lo que erais se disputaron vuestros favores y mediante un acuerdo tácito se llegó a la conclusión de que los Moraks podrían ayudar a desestabilizar las fuerzas del bando contrario siempre y cuando ellos accedieran – se acercó a él y Noah no se apartó cuando sintió la mano de ella sobre su hombro – los Tywyll y los Anfarwold nos disputamos vuestros favores para inclinar la balanza a nuestro favor.

– No obstante – agregó Adair apoyándose en la mesa de madera – podéis tomar la decisión de no participar en esta guerra.

– Si eso es así… ¿Por qué alguien elegiría luchar? – preguntó él desconcertado.

– Bondad y maldad – contestó Lesley mirándole con esos ojos – existen personas que están dispuestas a dar su vida por salvar a los humanos y al resto de razas que habitan aquí y en… – se quedó callada – todo se trata de conciencia.

– Eso lo entiendo – Noah sabía distinguir lo correcto de lo que no lo era o al menos hasta aquel momento lo había llevado muy bien – tú me aseguraste que esos seres intentarían matarme.

– Los Tywyll matan todo lo que encuentran a su paso y si tú como Morak no te unes a ellos… – sus palabras casi parecían susurradas – irán a por ti. Buscando tu muerte y la de todos los que te acompañan.

– Los Anfarwold ofrecemos protección a los Moraks que no quieren intervenir en esta guerra y prefieren llevar una vida “tranquila” – a Noah no le pasó inadvertido las comillas que había hecho con las manos – la decisión en todo caso siempre es vuestra…

– ¿Nos tenéis controlados a todos? – preguntó Noah sintiendo que Lesley daba dos pasos atrás y se alejaba de él.

– Sí, al menos a todos aquellos que han dejado patentes sus poderes en alguna ocasión – Adair le miró a los ojos y añadió – sí, también conocemos la existencia de Sarah y Evan.

Genial. Simplemente maravilloso. ¿Qué coño era ese tío? Imponía como si fuera un Guerrero salido del mismo paraíso, pero sus facciones, la tensión de sus músculos y su postura revelaban lo feroz e implacable que podría ser.

– ¿Qué eres tú? – preguntó con un gesto de la cabeza.

– Soy un Guerrero de la Luz – le confirmó Adair.

Le hubiera gustado preguntarle algo más, pero la puerta se abrió, haciendo que él se volviera. La figura que entró en la estancia le resultaba terriblemente familiar. La mujer se disculpó por la tardanza, pero Noah no escuchaba, ni atendía a nada de lo que estaba pasando. Aquella era la mujer de su sueño, fantasía o alucinación. Era la mujer que había visto en el accidente de sus padres, la que le había dado de beber, la que había presenciado todo…

Aquello probaba que no era ilusión de su mente. Ella existía, la mujer había estado allí y él la recordaba. Sus ojos se fijaron en los de ella y apretó los puños queriendo acercarse, cogerla por los hombros, zarandearla y exigirle que le contara la verdad.

– Yo te conozco – espetó él caminando hacia ella, sin apartar la mirada, y evitando las manos de Lesley que habían intentado agarrarle – tú estuviste en el accidente de mis padres…

– Noah…

Su nombre. Ella sabía su nombre y él ni siquiera sabía quién era ella. Quería respuestas, las quería en aquel momento y por su vida, por su alma y por lo que era que las conseguiría.

***

Owen jamás había necesitado una propiedad en Nueva York. Habitualmente, solía estar en el DOM y las pocas veces que bajaba era para estar en el ático de Adair o en la casa de alguno de sus protegidos. En realidad no tenía un lugar al que llamar suyo y tampoco era que le importara. Al contrario que otros Guerreros, no estaba obsesionado por las cosas materiales, y sus posesiones en el DOM eran mucho más preciadas que cualquier otra cosa.

Ahora se encontraba sentado en la sala de reuniones del ático de Adair con Nikolai sentado a su derecha. Adair era el jefe de los Anfarwold y en realidad debería ser él quien tomara esta decisión, pero su hermano estaba ocupado en asuntos que le requerían urgentemente y al tratarse de un asunto de Guerreros, prefirió ser él quien tomara la decisión.

Contempló al vampiro que tenía a su derecha. Conocía a Nikolai desde hacía unos cuantos años y el tipo era un ruso de los pies a la cabeza. Convertido durante la revolución bolchevique se había adaptado muy bien a los tiempos modernos y todo lo que ella conllevaba. Aún así, seguía conservando algunas costumbres difíciles de pasar por alto.

En realidad le había llamado por un tema muy delicado. Owen se había pasado por el Cyse donde Marcus ya había sido trasladado a una habitación individual. Su cuerpo se había regenerado por completo, volvía a tener el aspecto atractivo de siempre, pero aún no estaba en condiciones de abandonar el complejo. Quizá su apariencia exterior diera a entender que estaba mejor, pero sus músculos nuevos tendrían que acostumbrarse al ejercicio, tendría que volver a andar y aunque había progresado muy rápidamente aún le quedaban muchas cosas por hacer.

Si solo hubiera sido una parte de su cuerpo, la curación no habría durado tanto tiempo, pero al tratarse de todo el conjunto llevaría mucho más. No había cruzado aún las puertas del Cyse para marcharse cuando una enfermera le llamó alarmada. Le explicó los dolores que estaba sufriendo Marcus y al instante supo porqué eran provocados. Nada tenía que ver con sus heridas, tampoco con su estado personal sino con su protegido. Estaba siendo atacado y el dolor que él sentía también lo sentía Marcus.

Por suerte, su amigo había recuperado el habla y pudo decirle que Steven había escapado, pero que estaba muy asustado puesto que había sido atacado en su propia casa. Tras asegurarle a Marcus que encontraría a Steven y le pondría a salvo. Anotó las características de las zonas que Marcus había visto de donde se encontraba Steven y se pasó más de dos horas buscándole hasta que dio con él.

– ¿Para qué me necesitas? – preguntó Nikolai recostándose en su asiento y clavando su mirada azulada en él – cuando recibí tu llamada parecía importante.

– Lo es – dijo Owen inclinándose sobre la mesa y dejando los recuerdos a un lado – necesito que protejas a alguien – se quedó callado esperando alguna pregunta por parte del vampiro, pero al no encontrarla, añadió – se trata de uno de los protegidos de Marcus…

– ¿Qué tal está él? – preguntó Nikolai. Juntos habían llevado al Guerrero hasta un lugar seguro donde poder recuperarse.

– Su recuperación avanza lenta – confesó Owen – pero lo importante es que su protegido necesita nuestra ayuda. Le he dejado en uno de los pisos francos que tenemos en Berlín mientras Burke le custodia, pero él no puede quedarse… – escuchó los sonidos de unas pisadas – tiene asuntos que atender en Mongolia – se volvió hacia Nikolai mientras esperaba que la visita entrara por la puerta – no te lo pediría si no fuera algo importante y sé que no está dentro de vuestras obligaciones, pero…

– Eh – Nikolai se incorporó poniendo las manos sobre la mesa – es un Morak, una persona que merece ser protegida, que no tiene porqué morir a manos de esos malnacidos… – las palabras iban cargadas de rabia – aquí no hay deberes, ni tampoco barreras, o al menos eso es lo que queremos creer… – le guiñó un ojo y añadió – estaré encantado de protegerle, pero tenemos un problema.

– ¿Cuál? – preguntó Owen alzando una ceja contrariado.

– Tardaré unas cuantas horas en llegar a Berlín desde Nueva York – confesó el vampiro sonriendo – al contrario que vosotros… – carraspeó – los vampiros no tenemos la capacidad de flotar como si fuéramos partículas.

En ocasiones Owen olvidaba que solo los Guerreros eran capaces de transportarse de una manera tan rápida. Contempló la sonrisa irónica de su compañero y se unió a ella. No tuvo demasiado tiempo para contestar puesto que las puertas se abrieron dejando que una preciosa mujer, con el cabello castaño claro, un cuerpo exquisito y piel bronceada entrara en la estancia.

– Creo que acabo de encontrar tu medio de transporte – le susurró Owen a Nikolai.

– México está limpio – dijo la mujer poniendo las manos en sus caderas – al menos limpio de Tywylls porque de babosos, narcotraficantes y policías corruptos está lleno un rato – caminó elegantemente mientras el vestido negro se le ajustaba a cada forma de su cuerpo – y dudo mucho que vaya a cambiar…

– Un placer volver a verte, encanto – dijo Nikolai levantándose y retirándole una silla para que se sentara – hacía muchísimo tiempo que no coincidíamos en una misma habitación…

– Siento no poder decir lo mismo, colmillitos – le espetó la mujer mirándole de reojo – gustosa me hubiera quedado en México si hubiera sabido que estabas aquí.

– ¡Me partes el corazón! – dijo Nikolai sentándose en su asiento y poniendo las manos sobre su pecho – yo que te adoro y te venero…

– Demasiado diría yo – susurró la Guerrera entrecerrando los ojos – ¿Por qué tienes a este bichejo aquí?

– Parece que he evolucionado como los Pokemon – se rió el ruso mirando a Owen – de gusano he pasado a bichejo… – se quedó pensativo – me pregunto qué seré la próxima vez.

– ¡Está bien! – Owen cortó la conversación entre los dos Anfarwold – ¿Qué es lo que pasaba en México, Sarabi?

La Guerrera se reclinó contra su asiento acomodándose. Muchos la consideraban la reina de las ilusiones porque encandilaba a los hombres con su cuerpo, con su presencia, pero sobre todo con el magnetismo de sus preciosos ojos. Owen sabía que además de sensual también era extremadamente letal.

– Nada reseñable – contestó ella mirando a Owen – me porté bien como Adair me pidió…

– ¿Eso significa que no encandilaste a demasiados pobres hombres? – la pregunta lanzada por el ruso iba cargada de significado – en otra época te hubieras saltados las directrices sin problemas…

– ¿Acaso tienes envidia porque nunca te he encandilado a ti? – preguntó ella inclinándose y mirándole directamente a los ojos para después bajar su vista al cuello del vampiro – lo siento. No eres mi tipo.

– ¿Las muertes no eran causadas por Tywylls? – preguntó el Guerrero intentando reconducir la conversación.

– No – contestó Sarabi mordiéndose el labio inferior. Miró a Nikolaí y añadió – al igual que “ojos que no ven corazón que no siente…” – dejó que un silencio se instalara entre ellos – “ojos que ven muerte asegurada”.

– Ya veo… – Owen se levantó de la silla decidido a tomar una decisión – sé que en estos momentos te gustaría subir al DOM, Sarabi… – la miró y al ver la sonrisa de la Guerrera terminó diciendo – pero me temo que no es posible.

– Una lástima – confesó ella levantándose también – quería darme una ducha…

– Al sitio donde te va a mandar podrás ducharte – susurró Nikolai para sí mismo pero la guerrera le escuchó.

– Quiero que Nikolai y tú vayáis a Berlín a proteger a un Morak – el tono gracioso se había acabado – y tendréis que partir ahora mismo.

– Estarás de broma – el tono seco de Sarabi revelaba que no le hacía demasiada gracia lo que acababa de escuchar – borra esa sonrisa de suficiencia de tu cara, vampiro.

– Yo que pretendía ser amable… – se quejó el vampiro ruso levantándose y poniéndose a su lado.

– Es un protegido de Marcus – aquellas palabras parecieron disipar la renuencia de Sarabi – En cuanto esté a salvo podrás volver al DOM.

– Me debes una enorme – dijo la mujer apuntándole con un dedo – tendrás que entretenerme con varias partidas de monopoly para pagar esto – se volvió hacia el vampiro – no te aproveches de esto – le tendió la mano.

– Solo te pediría que no dejaras que me achicharrara – le informó Nikolai – recuerda que en Berlín es de día, pequeña Guerrera perversa.

– Vuelve a llamarme así y te colgaré del edificio más alto que encuentre para que el sol te queme la nariz – entrecerró los ojos.

No se despidieron. Las partículas de Sarabi engulleron el cuerpo de Nikolai y ambos desaparecieron de la estancia. Owen se sentó de nuevo en la silla que habitualmente ocupaba Adair y cerró los ojos mientras una sonrisa acudía a sus labios. Esos dos podían estar peleándose todo el día, pero apenas podían negar, ni esconder la atracción sexual que sentían.

Y a pesar de las reticencias de cada uno eran buenos luchadores en equipo. Se las apañarían bien y eso era lo más importante. Owen pensó en Kimberly, en sus ganas de verla, y sabiendo que cualquiera podría localizarle a través de su teléfono se dispuso a ir a su casa.

***

Jamás podría haber previsto lo que iba a ocurrir en aquel momento. Para empezar, Eire no debería de estar allí, pero cuando Lesley lanzó una mirada a Adair, supo que él la había convocado. La vampira se precipitó para agarrar a Noah del brazo. El primer intento fue inútil mientras él caminaba hacia la Guerrera como si estuviera poseído y la rubia empalidecía a cada paso que él daba.

Antes de que Noah se quedara a breves pasos de Eire, le agarró del brazo y le giró haciendo que enfrentara su mirada. Los ojos de Noah estaban cargados de incomprensión y dolor, pero también de enfado, interés y determinación. No pararía hasta saber la verdad, una certeza que podría partirle el corazón en dos.

– ¡Quién es ella! – su voz salió exigente. No apartó la mirada de Lesley, ni siquiera para echarle un vistazo a Adair que se había puesto al lado de la Guerrera, ni tampoco a Eire que estaba indecisa sobre lo que debía hacer a continuación – estuvo en el accidente de mis padres… – se quedó callado – ellos murieron en un maldito accidente ¿no es cierto?

Negar su afirmación fue lo más difícil que había tenido que hacer desde hacía demasiados años. Los ojos de Noah se agrandaron por la sorpresa mientras ella negaba con la cabeza diciéndole silenciosamente que todo lo que había creído hasta aquel momento era mentira.

– Sus padres murieron en un accidente, señor Cooper – la voz de Adair se impuso entre todos – pero fue un accidente provocado. Nada se dejó al azar y el objetivo era su madre.

Noah se dio la vuelta apartando la mirada de Lesley que se quedó a su lado mientras volvía la vista hacia Adair. No podía sentir el dolor que él estaba experimentando, pero por sus expresiones debía ser profundo, y pensar en el dolor que aún tendría que experimentar.

– ¿Fue ella quién lo provocó? – preguntó Noah señalando a Eire que se adelantó un paso – porque nada explica que yo la recuerde en aquel lugar.

– ¡Jamás habría hecho daño a tu madre, Noah! – le espetó ella con un tono fiero – mi deber era protegerla, cuidarla y lo habría hecho si me hubiera dejado.

– Los Tywyll mataron a sus padres – le informó Adair cruzándose de brazos – ellos prepararon todo y ocasionaron la terrible desgracia que llevó a sus padres a la muerte.

– ¿Fue por mí? ¿Fue por lo que yo era? – preguntó Noah con cierto sentimiento de culpa que se traslucía en sus palabras – ¿Descubrieron lo que era y los mataron?

¿De verdad él pensaba que había sido culpa suya? Lesley sintió ganas de abrazarlo, de acercarlo a ella, rodearlo con sus brazos y protegerlo de todas las cosas malas que le estaban atacando. Jamás había tenido un instinto tan protector con ningún hombre a excepción de su marido.

– No, Noah – dijo Lesley alejando los pensamientos y sentimientos de ella – ¿Crees que tus padres eran simples humanos?

– ¡Mis padres eran humanos! – recalcó él volviéndose hacia ella – ellos eran personas normales. Mi padre era arquitecto – fijó su vista en ella mientras seguía hablando – mi madre era profesora en un instituto…

– Tu madre era una Morak y era mi protegida – confesó Eire dando un paso hacia Noah. Él se volvió hacia ella y Lesley tuvo que hacer lo mismo. Miró a la Guerrera y por primera vez en mucho tiempo vio la determinación de su mirada, la valentía con la que afrontaba las cosas – mi deber era protegerla y no pude hacerlo como hubiera querido…

– ¡Eso es evidente! – le recriminó Noah apretando los puños – Mi madre era uno de vosotros…

– No, su madre decidió seguir una vida normal sin inmiscuirse dentro de la guerra – Adair se mantuvo en su lugar – hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano para impedirlo.

– No participó y aún así… Murió – sus palabras fueron bajando la intensidad a medida que la certeza de Noah se hacía más patente – ¿Cómo ocurrió? ¿Por qué no la sacaste de ese coche?

– No querrás saberlo, Noah – susurró Lesley en su oído. Se sentía afortunada de que él no se apartara de ella en aquellos momentos, que dejara que estuviera a su lado, que le tocara para intentar reconfortarlo – será mejor que…

– ¡Quiero saberlo! – alzó la voz el Morak – tengo el maldito derecho de saberlo. Me habéis ocultado mi condición y tras más de diecinueve años descubro que mis padres no murieron sino que les asesinaron.

Lesley se quedó parada. Era su decisión y no intervendría en ella. Adair se adelantó para explicarlo, pero Eire le puso una mano en el brazo y se adelantó.

– No, es mi deber contárselo – dijo la mujer con una voz serena – tu madre llevaba más de diez años siendo mi protegida – miró a los ojos de Noah – meses antes de su accidente… Ya había sufrido varios ataques de los Tywyll, pero habían sido ataques aislados, que habíamos conseguido resistir y evitar – se acercó un par de pasos más – en muchas ocasiones tu madre me dijo que necesitaba llevar una vida normal. Por su marido, el cual apoyaba y aceptaba lo que era, pero sobre todo por su  hijo…

Ante la tensión del cuerpo de Noah, Lesley solo pudo poner una mano en su hombro, mano que él no apartó en ningún momento. En el fondo, todos odiaban aquel relato porque la madre de Noah había sido una de las almas más puras que se habían encontrado en muchísimo tiempo.

– A nadie se le ocurrió pensar que los Tywyll utilizarían una estrategia tan baja – Eire susurró aquellas palabras – nuestras luchas siempre han sido cuerpo a cuerpo y sus asaltos a los Moraks han sido a plena vista, con armas de por medio, pero jamás con la manipulación hasta ese momento – Noah la instó a que siguiera – manipularon los frenos del coche. Tu padre, tu madre y tú ibais en el coche después de un día de escuela.

– Mis padres iban a llevarme a la feria – susurró Noah con un tono roto – según mi padre me lo merecía por el sobresaliente que había sacado en matemáticas…

– Sí – los ojos de Eire se anegaron en lágrimas – cuando sentí la llamada de tu madre… – puso una mano en el centro de su pecho – acudí inmediatamente allí, pero…

– ¿Por qué no la salvaste? – preguntó Noah con cierto resquemor. Se apartó de Lesley que había escuchado el relato sobrecogida por la emoción. Conocía los detalles, pero por primera vez sabía la versión de la Guerrera y era una versión dolorosa – era tu maldito cometido y no lo hiciste – Noah la tomó por los brazos zarandeándola.

Lesley y Adair dieron varios pasos ante tales muestras pero se pararon en seco ante las palabras que Eire dijo.

– ¡Ella me pidió que te sacara! ¡A ti! – Noah la soltó casi de inmediato. Parecía que le habían dado un puñetazo en el centro del pecho porque incluso dejó de respirar durante unos cuantos segundos – podía salvar, pero solo a uno de los dos – los ojos azules de Eire se clavaron en los de Noah – y ella te eligió a ti.

– Sabía lo que era… – susurró Noah.

– No fue solo por lo que eras – las palabras de Eire sonaban tan tiernas – eso fue solo para convencerme, pero su amor de madre prevalecía sobre cualquier otra cosa. Quería que su hijo viviera… Ninguna madre debería enterrar a sus hijos y ella lo evitó.

– Con su propia vida – las palabras de Noah eran cada vez más bajas – tú me diste de beber sangre…

– Sí – afirmó la mujer – creé un vínculo entre nosotros para saber que siempre estarías bien.

Silencio.

– Cuando te dejé en el suelo, me cercioré de que estuvieras bien y te di de beber – confesó la Guerrera soltando un suspiro – después corrí hacia el coche. Tu madre aún estaba consciente cuando llegué y me pidió… – cerró los ojos. Como si estuviera recordando las palabras las retransmitió como si estuviera ocurriendo en aquel momento – “Cuida de él como yo no podré hacerlo”.  – Eire alzó la mirada y la clavó directamente en Noah – ¡Y eso hice!

La tensión era cada vez más evidente en el cuerpo de Noah, al menos por lo que Lesley podía ver, así que hizo que se volviera y la mirara a los ojos.

– Ya has escuchado bastante por hoy – Lesley tuvo el impulso de acariciar su rostro pero se contuvo – necesitas descansar.

– No… – parecía que le estaba faltando el aire y sentía que su ropa se calentaba por el calor corporal que desprendía su cuerpo – necesito aire. Necesito salir de aquí.

Sin decir una sola palabra vieron que él se precipitaba hacia las puertas de la entrada. Lesley le siguió corriendo, temerosa de lo que podrían hacer sus poderes con unas emociones tan inestables, pero cuando le vio bajar la escaleras y caer de rodillas en el suelo alguien la paró en seco.

La mano de Adair se cerraba en torno a su brazo aprisionándola al suelo. Contempló con ojos horrorizados como Noah estallaba en un grito amargo, doloroso y agónico. Su cuerpo se cubrió de llamas mientras los gritos y muy seguramente las lágrimas se mezclaban con la gran llamarada de fuego que se elevaba al cielo.

La vampira tuvo el impulso de correr hacia él. No podía imaginar el dolor que estaba sintiendo, pero si sus poderes eran una muestra de lo que sentía, entonces su corazón tardaría demasiado tiempo en sanar.

– Si ahora puede hacer esto… – la voz de Adair llegó a ella que se giró para observar al Guerrero – imagina lo que podrá hacer cuando tenga sus poderes al completo.

En ese punto tendría que darle la razón. Adair se marchó hacia el interior de la casa, seguramente para pedirle a Eire que descansara puesto que todas esas emociones debían de estar repercutiendo en la Guerrera. Al cabo de varios minutos, Amras se situó a su lado y le pasó una toalla enorme empapada en agua. Cualquier humano no habría podido con ella, pero con la fuerza de los Anfarwold aquello no pesaba más que una pluma.

Bajó las escaleras con rapidez. A medida que se acercaba la intensidad de la llama iba bajando hasta que Noah se convirtió en un montón de brasas. Tapó su cuerpo desnudo, desprovisto de la ropa que había sido carbonizada, y dejó que el agua le refrescara un poco. Le ayudó a ponerse de pie y subir las escaleras hacia el interior.

Le acompañó hasta uno de los dormitorios de la planta superior y dejó que él entrara antes que ella. No habían hablado, Noah ni siquiera la había mirado, pero en cuanto Lesley cerró la puerta, él la arrinconó contra la pared. Lesley se fijó en sus ojos verdes que prendían fuego como las llamas de una hoguera.

– Necesito olvidar. Te necesito…

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