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CAPÍTULO XXXII

Noah abrió los ojos de golpe. Enfocó su vista en el mobiliario mientras a su mente acudían todas las imágenes de la noche anterior. Miró hacia las ventanas, pero éstas estaban tapadas con lo que parecían persianas metálicas, que debían de haberse accionado cuando salió la luz del sol. Se frotó los ojos con las manos y echó un vistazo a su lado. El cuerpo de Lesley se pegaba al suyo. Los recuerdos de lo que habían hecho le asaltaron y salió de la cama mientras observaba el rostro de la mujer que descansaba ajena a todo.

Joder, ella era hermosa. Su pelo se desparramaba por la almohada, sus labios estaban esbozando una pequeña sonrisa y su cuerpo parecía una tentación sobre esas sábanas de color rojo sangre. Sangre… Como la que ella bebería todos los días. Se palpó el cuello buscando algún indicio de marcas de colmillos, pero no encontró nada.

La habitación estaba a oscuras excepto por una pequeña luz que iluminaba tenuemente la estancia. Caminó hasta el cuarto de baño cerrando la puerta tras de sí. Apoyó las manos contra el lavabo mientras la luz se encendía automáticamente. Noah inspeccionó su reflejo en el espejo. Su cabello rubio estaba revuelto, su cara mostraba cansancio y se encontraba completamente desnudo.

Necesitaba una ducha. Y ropa, también necesitaba ropa. Por desgracia la suya había quedado carbonizada al igual que su móvil cuando había explotado como si fuera un lanzallamas. Apretó los puños mientras se daba la vuelta y abría el grifo de la ducha. Tomó prestado uno de los albornoces que había en el baño y la furia se apoderó de él cuando se dio cuenta que había tanto de hombre como de mujer. ¿Cuántos amantes pasarían la noche en esa habitación?

Con esos pensamientos se metió en la ducha dejando que el agua caliente destensara sus músculos, relajara su cuerpo e intentara aplicarle algo de paz a su maltrecha mente. Ni el agua, ni tampoco el jabón, ni los más de quince minutos que pasó bajo el chorro consiguió relajarle. Noah abrió los ojos mientras el agua caía sobre su cabeza empapando su rostro y apoyaba los puños contra las baldosas del baño.

Como si se tratara de un bombardeo, todas las imágenes, los pensamientos, las suposiciones de los amantes de Lesley, golpearon su cabeza haciendo que la tensión se elevara por su cuerpo creando una bruma de vapor a su alrededor. Noah golpeó las baldosas con uno de sus puños haciendo que esta se rompiera en mil pedazos.

Un humano no habría tenido tanta fuerza. ¿Acaso eso se debía a su pronta transformación? Se mordió el labio intentando dejar de pensar en ello y salió de la ducha. Se puso el albornoz, se secó la cabeza con una toalla y salió del cuarto de baño. Lesley seguía tendida en la cama con la almohada agarrada entre sus brazos como si estuviera abrazando a alguien. Noah se maldijo al pensar que sería por él.

El pasillo estaba completamente vacío. No es que le agradara demasiado ir en albornoz por una casa que no conocía, donde había un montón de seres que no conocía, pero si quería encontrar algo de ropa tendría que aventurarse. Sin saber muy bien cómo acabó llegando a la cocina donde una mujer, que él reconocería en cualquier lugar, estaba sentada mientras parecía intentar beber un vaso de leche.

Noah no tuvo tiempo de escabullirse antes de que ella se diera la vuelta. La mirada sorprendida de la mujer le hizo pasarse la mano por la nuca y acercarse hasta la mesa donde ella tenía los codos apoyados. La situación era cuanto menos incómoda.

– Estás mejor – no era una pregunta sino una afirmación – me alegro mucho – sin decir nada más se levantó.

– ¿Adónde vas? – preguntó Noah desconcertado.

– Creí que no tendrías demasiadas ganas de verme – susurró la mujer sin darse la vuelta – sé que lo de anoche fue un duro golpe para ti así que…

– Fue duro… – confesó Noah. Por alguna extraña razón no le costaba sincerarse con aquella mujer – pero quiero saber más.

Ella se dio la vuelta observándole con curiosidad. Noah le hizo un gesto para que volviera a sentarse y después señaló el vaso de leche. Ella debió de entenderle mal porque se dirigió a la nevera y le sirvió un vaso a él.

– Gracias – aceptó el vaso – creo que aún no conozco tu nombre.

– Eire… – dijo la mujer mientras se sentaba – me llamo Eire.

Un nombre muy extraño que jamás había escuchado. Se fijó en los azules ojos de la mujer, quizá debería sentir odio, rencor, dolor, pero… ¿De verdad podría culparla por salvarle la vida? No, ella no había tomado la decisión de sacarle a él y dejar a su madre.

Una idea loca atravesó la mente de Noah. Era cierto que sus tíos le habían contado cosas de sus padres cuando él era pequeño y preguntaba. Su tía, hermana de su padre, le había contado cuando se habían conocido, casado, cuando se enteraron de que su madre estaba embarazada… Pero los dos desconocían lo que realmente era su madre. Y la única persona que parecía saberlo, a excepción de Lesley y el tal Adair, estaba ante él en aquellos momentos.

– Yo no voy a decirte mi nombre – Noah lo dijo con naturalidad. Al ver la cara de sorpresa de la mujer añadió – ya conoces todo de mí – rodeó el vaso con las manos sintiendo el frío de la leche y sin apartar la mirada del líquido blanco terminó diciendo – ¿Cómo conociste a mi madre?

Noah ladeó la cabeza buscando la reacción de la joven mujer que no aparentaba tener más de veintiocho años, pero que estaba seguro tendría muchos más años a sus espaldas de los que él podría llegar a imaginar. La confusión reinó en sus facciones hasta que entreabrió los labios para decir:

– La conocí cuando tenía veinticinco años – sus palabras parecían susurradas – me habían encargado que me hiciera amiga de ella para que fuera entendiendo el mundo en el que acabaría metiéndose debido a sus poderes – hizo una pausa – ¿quieres saber todos los detalles?

– Debo suponer que la engañaste hasta que llegó la hora – las palabras de Noah salieron cargadas de sarcasmo – no sé qué manía tenéis todos con mentir a los demás.

– Si lo hacemos es por una razón específica – parecía que Eire iba soltándose con él – la gente no reacciona bien ante un cambio tan grande en su vida – le miró a los ojos mientras bebía un sorbo de leche. Cuando dejó el vaso sobre la encimera añadió – por eso nos vemos obligados a mentir.

– A nadie le gusta que le engañen – el humor de Noah estaba cambiando. Parecía que últimamente tenía cambios de humor casi como si fuera una mujer embarazada – a mí no me ha servido de nada.

– No has salido ardiendo provocando tu propia muerte – replicó Eire mordazmente. Al ver su expresión añadió – muchos han muerto por no poder controlar lo que son.

Vale. No quería hablar de ese tema en el que ella parecía saber mucho más que él. Por una extraña razón no quería saber más de sus poderes, en aquel momento solo podía pensar en su madre, y en todo lo que esa mujer pudiera contarle sobre ella.

– Estábamos hablando de mi madre – la cortó él – ¿Cuándo descubrió lo que eras?

– Tu madre era muy lista – la sonrisa que se dibujó en el rostro de Eire demostraba el afecto que sentía por la persona de la que hablaba – me descubrió antes de que tuviera tiempo de contarle toda la verdad. Con veintiocho años supo quién era yo e incluso ya imaginaba lo que vendría – soltó un suspiro – le hice la oferta de convertirse en un Anfawold para luchar, pero ella se negó en redondo.

– ¿Por qué? – preguntó Noah. Jamás habría imaginado a su madre en un campo de batalla, pero ella era una mujer luchadora, con carácter que había sabido mantener a raya tanto a su hijo como a su marido.

– Se había enamorado de un humano muy atractivo y tenía pensado casarse con él – Noah sabía que estaba hablando de su padre – así que cuando cumplió los treinta años me dijo que “no”, yo me ofrecí a protegerla creando un vínculo entre nosotras… – se mordió el labio – yo quería desvincularme totalmente de la vida de tu madre, solo a excepción de la protección que le tendría que brindar, pero ella se negó en redondo – la expresión de Noah debía reflejar curiosidad porque continuó diciendo – quería que conociera a su marido, que siguiéramos siendo amigas, aunque fuese esporádicamente.

– Debíais de quereros mucho. Estar muy unidas – susurró Noah impresionado – no recuerdo que te mencionara…

– ¡Oh, eso fue por mi culpa! – se puso una mano en el pecho – podía permitir que tu padre se “pusiera en peligro” era un hombre hecho y derecho… – negó con la cabeza – pero cuando supe que tu madre estaba embarazada reducí mi número de visitas a fin de que los Tywyll tuvieran un objetivo menos en el que fijarse – se terminó el vaso de leche y lo dejó sobre la mesa – te vi en dos ocasiones, pero seguro que tu padre habló de mí delante tuya – puso una mueca divertida en la cara – solía llamarme la “tía esporádica”.

– ¡Sí, eso lo recuerdo! – Noah casi pegó un salto ante la mención de ese nombre. Recordaba cuando su padre lo pronunciaba en casa, cuando su madre se reía al escucharlo, pero sobre todo dos imágenes de Eire entrando en su casa con dos paquetes de bolsas – ¿Cómo es posible que te haya olvidado hasta ahora? No pasabas mucho por casa, pero recuerdo que las dos veces que viniste trajiste regalos.

– Eso es culpa mía – Eire puso un mohín con sus labios – te hechicé para que no recordaras nada de mí en el accidente – sus ojos pedían disculpas aunque no se transformara en palabras – aún así, creo que tu mente bloqueó todos los recuerdos traumáticos, incluyéndome en ellos. El ataque que experimentaste la pasada noche debió de activarlos de nuevo.

– ¿Cómo sabes que sufrí un ataque? – Noah alzó una ceja mirándola sin entender hasta que a su mente acudió el sabor de la sangre que probó el día del accidente – me diste de beber tu sangre… ¿Qué hiciste?

– Tu madre y yo compartíamos un vínculo denominado “Rhed”– le explicó la mujer girándose un poco en la silla y encarándole – podía sentir lo mismo que tu madre, pero sobre todo cuando estaba en peligro, o sentía dolor. Jamás me inmiscuí en sus emociones más íntimas para contigo o con tu padre – bajó la mirada – cuando te saqué de aquel coche le hice una promesa a tu madre – hizo el ademán de coger a Noah de las manos pero se detuvo – le prometí que te protegería y por eso traspasé el vínculo Rhed que mantenía con ella a ti – suspiró como si hubiera soltado un gran peso de encima – no debí hacerlo, pero era la mejor baza que tenía para protegerte. Por eso, sé cuando sientes dolor, estás angustiado o tienes un problema…

– Eso es invasión a la intimidad – consiguió decir él. Estaba quedándose asombrado con la cantidad de cosas que estaba descubriendo.

– Te di de beber mi sangre y borré tus recuerdos – consiguió decir Eire mientras pasaba las manos por la mesa.

– ¿Por qué no fuiste tú la encargada de contarme todo? – preguntó Noah. Eire seguramente conocería más cosas de Noah que la propia Lesley cuando comenzó la misión – ¿Por qué mandasteis a otra persona?

– Quebranté las normas y fui castigada por ello – al ver la expresión horrorizada de Noah añadió – se me prohibió verte hasta que tú te acercaras a nosotros – se encogió de hombros – aunque me cueste decir esto… Lesley hizo lo que debía. Todos mentimos, sin duda yo lo hubiera hecho mejor, pero la maldad no nos caracteriza cuando nos vemos obligados a hacerlo – inspiró – lo hacemos por vuestro bien.

La entendía. De hecho, incluso podía llegar a imaginar lo duro que había sido para Lesley mentirle durante todo el tiempo, pero lo que más le molestaba no era que le hubiera ocultado quién era y lo que él era sino… Había hecho que él se enamorara de ella cuando en realidad la vampira no sentía nada por él. Eso sí le cabreaba.

– Recuerdo que te acercaste a mi madre… ¿Seguía con vida? – el tono de su voz tembló por la emoción que estaba sintiendo – ¿Te dijo algo cuando estuviste a su lado?

Los ojos de la mujer se volvieron cristalinos casi como si estuviera intentando no llorar mientras recordaba lo que él le estaba diciendo. La vio inspirar, después con voz firme y segura consiguió decir.

– Sí – respondió ella lentamente – me pidió que cuidara de ti. Que no permitiera que nadie te hiciera daño y que… – se mantuvo callada, pero después añadió – que no me culpara por algo que era inevitable.

– Una parte de ti murió con ella ese día ¿verdad? – Noah sentía sus emociones a flor de piel – y a pesar de lo que te dijo… Sigues culpándote.

– ¿Cómo no hacerlo? – la voz de la mujer parecía alterada – era yo quien debía protegerla. Ella no tendría que haber muerto tan joven…

Instintivamente, Noah puso una mano sobre su hombro como intentando reconfortarla. Ella alzó la vista para clavarla en él.

– Hiciste lo que pudiste por ella – de verdad sentía las palabras que estaba diciendo – no te tortures más. Ella te quiso y salvaste lo más preciado.

– Tú… – susurró la mujer esbozando una pequeña sonrisa.

– Sí, aunque ahora esté en albornoz – se levantó de la silla y llevó los dos vasos al fregadero para lavarlos y dejarlos a secar – debería sentir cierta vergüenza ¿no crees?

– Creo que estás muy mono – dijo ella mirándole de arriba abajo – si necesitas ropa seguro que Amras podrá prestarte algo.

– ¿Quién es el tal Amras? – Noah se volvió. Parecía que tenía que conocer a otro nuevo inquilino de la casa.

– Es un elfo que vive con Lesley – dijo la mujer pero al ver la expresión de Noah le calmó diciendo – son buenos amigos además de compañeros de pelea.

– Ya veo… – se pasó las manos por el albornoz mientras caminaba hacia ella – ¿Qué eres tú?

– Una Guerrera de la Luz – Eire se levantó de la silla y caminó hacia la puerta de la cocina – si un día tienes interés… Te contaré qué somos exactamente.

Eire se marchó dejándole solo en la cocina. Elfos, Guerreros de la Luz, vampiros… No podía imaginarse qué más seres vagarían por el mundo sin que él lo supiera. Aquello le planteaba una duda muy importante. Si ellos podían hacerlo… ¿Por qué no lo intentaba él? Quizá controlase sus poderes y podría vivir una vida normal o al menos tan normal como sus padres.

***

Hacía muchísimo tiempo que no dormía tan bien. La última vez que había cerrado los ojos cayendo rendida en la cama por el agotamiento había sido tras escuchar la voz de Noah. Durante varias horas había sentido su presencia en la cama hasta que se levantó para ir hacia el cuarto de baño. 

Lesley había simulado estar dormida. Era una cobarde y ella lo sabía. Quizá en la lucha fuera la guerrera más fiera, pero cuando se trataba de sentimientos estaba atada de pies y manos. Podía lidiar con un asesino, pero no con los sentimientos que experimentaba hacia Noah y mucho menos ante un posible rechazo de él. 

La vampira abrió los ojos solo cuando se sintió a salvo. Se quedó quieta en la cama, escuchando el sonido del agua al caer, los murmullos de Noah… Se imaginaba las gotas de agua cayendo por su esplendoroso cuerpo, recorriendo su piel, mientras él se enjabonaba por entero. Se mordió los labios al pensar en todo lo que podrían hacer juntos en la cama. 

Ella estaba deseosa de entrar en ese baño y demostrarle a Noah todo lo que sentía por él. Sus pensamientos, ilusiones y sueños se vieron interrumpidos por el sonido de un puñetazo contra la pared. Todas las esperanzas se desvanecieron al pensar porqué lo había hecho. Seguramente se estaba arrepintiendo de estar con ella, de lo que había pasado aquella noche, de compartir su cuerpo con un “ser” como ella. Con una vampira en la que no podía confiar. 

Lesley cerró los ojos con fuerza, cogió la almohada y la estrechó entre sus brazos. Mantuvo los ojos cerrados cuando él salió del baño y se hizo nuevamente la dormida. No podía enfrentarse a él y tampoco quería presionarle. Le escuchó salir de la habitación aunque no alcanzó a comprender a dónde se dirigía. 

Ella se levantó de la cama. Las luces se encendieron completamente con una única orden suya. Salió de su habitación y se dirigió hacia la de Amras, entró para buscar un par de pantalones y una camiseta del elfo y salió de allí. Dobló las prendas cuidadosamente, dejándolas sobre la cama y se marchó a su estudio privado. 

La vampira sabía que Noah no encontraría lo que estaba buscando. El Morak se había aventurado por la casa para buscar algo de ropa y largarse. Ella se la había servido, si bien no en una bandeja de plata, sí en una cama ataviada de sábanas de seda rojas. 

La noche estaba cayendo de nuevo. Apenas se entreveían los últimos rayos del sol que terminó por ocultarse del todo. Se acercó a la ventana cuando las persianas se corrieron para dejar entrar el brillo de la luna.

No supo cuanto tiempo se quedó allí mirando hacia abajo hasta que la figura de Noah salió por la puerta principal. Iba vestido con las ropas que le había dejado, montó en su moto y arrancó sin mirar atrás. Desapareció de su vista en cuanto traspasó las verjas que protegían la propiedad. Él se había marchado, sin decirle adiós, sin mirar atrás… No sabía si volvería por voluntad propia, si querría algo de ella en un futuro, aunque por su forma de actuar suponía que no.

Las puertas del estudio se abrieron. Ella ni siquiera se volvió. Sabía quién era, nadie se atrevía a pasar, a excepción de él. El elfo se quedó parado a su lado, como si él también contemplara la ventana, desde la que Lesley había visto marchar al Morak.

– ¿Le diste mi ropa? – preguntó el elfo sin ninguna alteración en su voz – he notado que me faltaban algunas cosas.

– No podía dejar que saliera desnudo a la calle – respondió ella mordazmente – no habría sido muy cortés.

– Al menos no le diste mis pantalones favoritos… – susurró Amras girando el rostro – aún así, te exigiré que me los devuelva.

Lesley giró el rostro para enfrentarse con los dorados ojos del elfo. En su expresión, la vampira encontró el significado de aquellas palabras. Amras le estaba dando una excusa para verle, la estaba incitando a que se atreviera a ir, a no dejarle escapar.

– No sé si sería lo más acertado en estas circunstancias – siguió diciendo ella alzando una ceja – puedes comprarte más ropa.

– Sí, pero tú no puedes comprarte un corazón nuevo – las palabras de Amras la dejaron noqueada. El elfo se dirigió entonces hacia la puerta, pero antes de salir terminó diciendo – no seas orgullosa, Lesley. Esta vez tendrás que ser tú la que luche por lo que quieres.

Su amigo, compañero e íntimo confidente salió de la sala cerrando la puerta tras de sí. Lesley abrió los ventanales dejando que el aire fresco de la noche entrara en contacto con su piel. Había perdido el calor que Noah le había proporcionado cuando había estado entre sus brazos y de nuevo se sentía fría. A pesar de que no debería sentir escalofríos, se abrazó a sí misma, intentando recuperar ese calor perdido.

Y sin embargo, la única persona que podía devolvérselo se había marchado. Mientras pensaba en todo tomó una determinación. No permitiría que Noah tomara una decisión equivocada exponiendo su vida a una muerte segura. Le convencería de pertenecer a los Anfarwold y si su corazón se perdía en el proceso… Estaba gustosa de entregarlo con tal de que él viviera y fuera feliz con quien decidiera serlo. Aunque no fuese ella.

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