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CAPÍTULO XXXIII

En ocasiones, los problemas, las preocupaciones e incluso nuestras propias incertidumbres nos sumen en un pozo del que no podemos escapar sin la ayuda de nuestros amigos. A cada paso que daba Noah sentía que un nuevo obstáculo se incorporaba a su camino. Su cabeza estaba hecha un lío, apenas daba crédito a todo lo que había pasado y estaba en trámites de asimilarlo.

Sus padres no habían muerto en un accidente convencional, la mujer de la que estaba enamorado era una vampira que había intentado captarle, estaba empezando a creer en todos esos seres mitológicos que siempre habían permanecido en su imaginación… ¡Y a eso había que añadir que se había acostado con Lesley de nuevo!

A pesar de que tendría que arrepentirse… no lo hacía. Noah podía argumentar que se había acostado con ella por el dolor, el rechazo y las ganas de compasión que sentía. Sin embargo, para ser franco consigo mismo… se había acostado con ella porque aún la quería, porque necesitaba sus caricias, necesitaba que le reconfortara aunque su parte más racional odiara sentirse tan vulnerable.

¡Y después se marchó como un ladrón en plena noche! Cuando había visto la ropa sobre la cama no se lo había pensado dos veces. Salió de aquella enorme casa como alma que lleva el diablo, montó en su moto y se dirigió a su apartamento. En soledad, con sus propios pensamientos, tendría tiempo de tomar una determinación al respecto de todo lo que estaba ocurriendo.

¡Cómo se había equivocado! Al llegar a su pequeño apartamento había encontrado la luz parpadeante del teléfono de casa y más de quince llamadas procedentes de sus amigos. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Con su combustión espontánea, su móvil había quedado hecho trizas al igual que su ropa, y no había sido lo suficientemente listo como para comunicarse con sus amigos. Los cuales debían estar altamente preocupados, tirándose de los pelos y desesperados por ponerle las manos encima.

Ahora Noah estaba esperándoles en su piso preparado para contarles todo lo que había ocurrido y también para enterarse de las cosas que habían sucedido en su ausencia. Aún podía escuchar el tono preocupado de Sarah cuando le cogió el teléfono, el susurro apagado al decirle “Will no está bien. Evan se ha pasado esta vez…” y aquello simplemente encendió sus alertas internas.

Escuchó el timbre de la puerta y se levantó para abrirles. Sus dos amigos asomaron la cara. Sarah tenía una expresión de pesar en su rostro, sus ojos verdes habían perdido esa luz que los caracterizaba, y se notaba que había estado muy preocupada. Will por su parte tenía ojeras dejando claro que no había dormido demasiado y su cuerpo evidenciaba el abatimiento que sentía en aquellos momentos.

Noah no tuvo tiempo de pedirles que pasaran cuando sintió los brazos de Sarah alrededor de su cuello. Él le lanzó una mirada a Will que simplemente se encogió de hombros. El susurro de Sarah no le pasó desapercibido.

– Estábamos muy preocupados por ti – la chica se separó de Noah lentamente – nos has dado un susto de muerte.

– Podrías coger el teléfono para variar – dijo Will entrando en el apartamento – ¿Tan importante fue lo que hablastéis?

¿Cómo iba a decirles que había ardido con todas sus cosas? Cerró la puerta y dejó que ellos se acomodaran en los sofás que había en el salón. Noah prefirió no sentarse, se apoyó contra el gran mueble que tenía en el comedor y fijó la vista en sus dos amigos.

– Las cosas se pusieron feas y ardí en llamas – era mejor contar la verdad que intentar suavizar las cosas – me quedé sin ropa, sin móvil y sin nada.

– ¿Qué? – sus dos amigos abrieron los ojos de par en par. Estaban apunto de levantarse cuando él les hizo una señal para que tomaran asiento de nuevo – fue sin querer. No pude controlar mis poderes y sucedió – evitó la mirada de ambos- pero como veis estoy perfectamente.

– Algo grave tuvo que ocurrir para que tus poderes se desataran de esa manera – susurró Will mirándole con suspicacia – a mí no me engañas, Noah.

– Me enteré de algunas cosas que no me… – su voz parecía ir bajando de intensidad – que me dolieron profundamente.

– ¿No te atacaron? – preguntó Sarah con un hilo de voz.

– No – negó él moviendo la cabeza hacia los lados. Lo mejor era contarles la verdad cuanto antes – me enteré de cómo murieron mis padres.

Sus dos amigos le miraron desconcertados. Ellos al igual que él siempre habían creído que los padres de Noah habían muerto en un accidente de coche, tal y como él les había contado. Noah haciendo acopio de todas las fuerzas que podía reunir les contó la historia verdadera o al menos lo que él conocía hasta el momento.

Agradeció que ninguno de los dos dijera nada mientras lo contaba. Exteriorizar sus propios demonios le estaba ayudando a entender la situación mucho mejor. Cada vez que lo contaba se daba cuenta que le costaba mucho menos y que el nudo de dolor en su garganta se diluía poco a poco. Cuando terminó de contarlo todo, el silencio se extendió entre ellos, creando un ambiente que parecía casi asfixiante.

– Lo siento mucho, Noah – las palabras de Sarah sonaron sinceras. Él esbozó una sonrisa para tranquilizar a su amiga – deberíamos…

– Tenía que enterarme yo – dijo Noah mirándola a los ojos – tenía que ir solo a esa reunión. No te tortures más…

– ¿Qué piensas de ellos? ¿Crees que son de fiar? – Will cuidaba sus palabras al decirlas – ¿Tienes pensado unirte a ellos?

– ¿Quieres que te sea sincero? – ante el asentimiento de su amigo terminó diciendo – no tengo ni idea. No son malas personas, sé que no están engañándome… – se sentó en una silla frente a ellos – Joder, yo mismo he visto a esos hijos de puta y os puedo asegurar que no querría encontrármelos en una situación de desventaja… – negó con la cabeza – pero si me uno a ellos – rectificó mirando a Sarah – si nos unimos a ellos sería una gran responsabilidad sobre nuestros hombros…

– También podemos negarnos… – dijo Sarah en voz muy baja – quiero decir, ellos te dijeron que protegen a las personas que no quieren pertenecer a su… “grupo”.

– Sí, puedes tomar esa determinación – la tomó de las manos – no debes preocuparte por esto aún. Tu cumpleaños es dentro de un mes…

– Pero el tuyo no – respondió Will alzando la vista con un tono preocupado – tú tendrás que tomar una decisión.

– Y pienso tomarme ese tiempo para pensarlo – respondió él con calma – mientras tanto… ¿Qué es lo que pasa con Evan?

Al pronunciar aquellas palabras, el momento que estaban compartiendo se rompió, dejando una incomodidad indeseada por todos. Noah miró alternativamente a ambos amigos mientras esperaba que alguno le dijera qué pasaba exactamente.

– ¿Y bien? – su paciencia comenzaba a acabarse – ¿Qué es eso tan importante?

Will fue el que habló. A medida que iba contándole la historia, Noah no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Sabía que Evan era muchas cosas, pero jamás pensó que llegaría tan lejos, que estaría dispuesto a dar la espalda a un amigo con tal de ganar más dinero. Aquello le sacaba de quicio…

Noah no conocía al primo de Will, pero si el médico aseguraba que su primo no era culpable, entonces él le creería. Una lección que siempre tenía presente, aprendida gracias a su tía, era que jamás dabas de lado o la espalda a aquellos amigos que siempre te habían apoyado. Eso era lo que Evan estaba consiguiendo con cada acción, dar la espalda a la gente que le había apoyado, que siempre había estado ahí para él.

Apretó los puños cuando escuchó que Will le había colgado el teléfono. Eso no resultaba extraño porque en raras ocasiones el médico conseguía salirse de sus casillas. Aquello era el colmo y él no se iba a quedar callado. Noah no era como sus dos amigos. Sarah jamás se enfrentaría abiertamente a Evan temiendo herir sus sentimientos y Will no quería crear una discusión que pudiera romper el último vínculo que les unía… El problema era que ese vínculo ya no existía.

– ¡Esto es el colmo! – Noah se levantó de la silla – ¡No puedo creer que te esté haciendo esto a ti! – señaló a Will que permanecía sentado sin mover ni un ápice de su cuerpo.

– Esperábamos que quizá si todos habláramos con él… – Sarah parecía intentar calmar con sus palabras su temperamento – podríamos convencerle de que dejara el caso a otra persona.

– Eso significaría dejar su bufete – espetó Noah con cierto resquemor – ese en el que es tan importante.

La maldición que soltó Will hizo que Noah se volviera. Quizá su amigo no se llevara muy bien con su familia, pero el daño era el mismo, máxime si es tu amigo quien te lo está infligiendo. Sin pensárselo dos veces, cogió el teléfono de su casa y marcó el móvil de Evan.

Sarah se abalanzó sobre él pero Will permaneció quieto donde estaba, lanzándole una mirada que dejaba claro que estaba de acuerdo con lo que iba a hacer. Un pitido, dos e incluso tres. Pensó que Evan no tendría las agallas de cogerlo cuando escuchó su voz al otro lado de la línea.

– ¿Aparte de abogado importante ahora te has convertido en un gilipollas integral? – su inicio de conversación no había sido el mejor pero la rabia no le dejaba pensar. Se apartó de Sarah que intentaba calmarle mediante señas – ¿Qué se supone que estás haciendo?

– Mi trabajo – contestó el otro hombre con serenidad – algo que tú deberías saber mejor que nadie – el silencio abarcó dos minutos enteros – ¿Ya te lo han contado todo?

– Will es tu amigo – espetó Noah sin alzar al voz – deberías estar ayudándole a él y no hundiendo a su primo más en la mierda.

– Tú eres el que pregona la moral y la verdad ¿no? – el tono de Evan evidenciaba la rabia que sentía – ¿Qué pasa si Tony mató a esa muchacha? ¿Sería justo para la familia que él saliera libre solo porque ayudé a un amigo? – se escuchó una maldición por parte de Evan – ¿Qué dices a eso, Don Moralidad?

– Parece que no has aprendido nada de la vida – comentó Noah sintiendo un vacío en su pecho – no es cuestión de moral, Evan.

– Hace menos de dos meses me criticaste un caso que era muy similar a éste – le espetó el abogado perdiendo los estribos – ¿En qué quedamos?

– ¡Aquello era por dinero! – Noah había llegado a su límite – ¡Esto es por tu amigo! Ambos sabemos que Tony no es la mejor persona del mundo, pero si Will cree que no es culpable, entonces…

– Es su palabra contra la de la familia – Evan suspiró con pesadez – no es un argumento legal.

Si continuaba por ese camino no conseguiría nada de Evan. Intentó apelar a la buena disposición de su amigo, no sabía qué bicho le había picado, pero él no era así. Al menos no antes.

– Evan, solo te pido que lo pienses bien – sus palabras se habían suavizado – tómate un tiempo para pensártelo, piensa en Will, en el daño que le estás haciendo – la línea se quedó en silencio y por un momento pensó que le había colgado – Somos tus amigos… – el silencio se implantó entre ellos. – ¿sigues ahí?

– Te llamaré cuando lo haya decidido – Evan soltó un suspiro – pero deja de darme discursos morales, Noah.

Colgó. No tuvo tiempo de replicarle, tampoco de decirle algo que pudiera aliviar la tensión de Evan, no le había dado oportunidad. Dejó el teléfono en su sitio y procedió a relatarles a sus amigos lo que había ocurrido aunque ellos ya se lo imaginaban.

***

La oscuridad de la noche se había cernido sobre la ciudad de Kansas City. Ninguno de sus habitantes podría imaginar lo que estaba apunto de desencadenarse y quizá fuera mejor así. Aquella noche era fría, demasiado para la época del año que atravesaban y él lo sabía.

Owen se ocultó mejor en las sombras evitando que cualquier otra persona pudiera ver su gran figura de Guerrero. No necesitaba a mirar a sus lados para saber que estaba acompañado por dos guerreros que darían su último aliento por aquella misión. Aquella misma mañana, Inariel había llamado a Adair pidiendo que uno de sus Guerreros se uniera a él en la captura del asesino que mataba prostitutas en Kansas. Quizá en México no fueran los Tywyll, pero sin duda en aquella ciudad, sí se estaban produciendo asesinatos premeditados.

Cuando llegó al hotel donde Inariel se hospedaba, se encontró con un vampiro llamado Byron, que era quien había puesto sobre aviso y ayudado al elfo con su misión urgente. Entre los dos habían determinado que al contrario que en Nueva York y Canadá, el Tywyll no actuaba solo sino que lo hacía acompañado por dos asesinos más como él aunque de menor edad.

Sin duda, a los Tywyll no les importaba cómo se cumplían las órdenes siempre y cuando estas se efectuaran con eficiencia. Así, los asesinos habían conseguido matar a más de quince prostitutas en las últimas dos semanas. No era de extrañar, si eran tres los asesinos, serían tres víctimas en cada ataque… Simples matemáticas.

Existían varios tipos de Tywylls. Aquellos que eran incapaces de matar con sus propias manos a seres humanos, pero que utilizaban a estos para perpetrar sus deseos más oscuros, sin importar el daño que pudieran causarles. Cualquier humano que fuera utilizado por uno de ellos no recordaría nada de lo que había pasado, pero sentiría la sensación propia de matar a alguien, carcomiéndole el alma hasta que degenerara en una locura permanente o quizá en el suicidio.

Sin embargo, existían los Tywylls que sí podían matar con sus propias manos a cualquier ser que se enfrentara a ellos, tanto en situación de ventaja como de desventaja, disfrutando con el dolor que causaban. Eran como grandes asesinos sin cerebro, pero con la suficiente fuerza como para doblegar al Guerrero más experimentado.

Los últimos eran sin duda los más letales. Eran capaces de matar sin remordimientos, pero también sabían utilizar sus poderes para obligar a otros seres a actuar como ellos querían. Existían muy pocos de ese estilo, pero Owen se había topado con alguno, a lo largo de su vida.

El Guerrero escuchó las voces de los Tywyll confundiéndose con los gemidos aterrorizados de las mujeres que traían consigo. Sin duda, las matarían en un sitio menos visible para después tirar sus cadáveres en cualquier otro lugar, confundiendo con sus actos a las personas que investigaran aquellas muertes. El plan era claro, atacarían antes de que las mujeres pudieran ser dañadas, pero no matarían a los asesinos a no ser que fuera necesario.

Las figuras comenzaron a hacerse visibles para él. El líder del grupo llevaba a una de las putas agarrada del pelo mientras pegaba sus caderas al trasero de la mujer. Era un infortunio que los Tywyll no fueran impotentes… Aquellos dichosos asesinos podían tener una erección siempre y cuando el dolor de la persona fuera en aumento. Cuanto más dolor sufría su presa más placer podía sentir él. Los dos Tywyll que le acompañaban debían tener menos de cien años y aún no eran asesinos completamente experimentados.

El momento de la función había comenzado. Byron se preparó para saltar sobre los criminales y Owen no pudo menos que admirarle. Byron era un vampiro que había sido convertido durante la Guerra de Secesión Americana. Casi había muerto en la batalla de Hampton Roads cuando su creador le encontró y le otorgó la inmortalidad propia de su especie. El guerrero era fuerte, alto, con una espalda ancha pero que se afinaba a la altura de la cintura y unas piernas propias del mejor corredor de maratones. La lucha sería interesante de contemplar si él no estuviera también implicado.

El leve sonido del arco al tensarse, un sonido que su afinado oído había conseguido captar, le hizo girarse para mirar al elfo. Inariel era alto, su cabello rubio estaba recogido en una coleta improvisada y sus ojos verdeazulados apuntaban a un punto concreto. La elegancia de cada movimiento podía hipnotizar a todo aquel insensato que posara sus ojos en él. Era hermoso como la mayoría de los elfos.

A pesar de que el arco estaba tensado no se podía ver ninguna flecha. Casi como si Inariel quisiera hacerle ver su poder, una flecha alagada se transformó en el arco, a través del aire. Las plumas del final eran largas y azuladas creando un mundo de colores cuando eran miradas. El elfo disparó con precisión y Owen observó cómo se clavaba en la frente de uno de los Tywyll.

A partir de ese momento se desató la batalla. Owen desenfundó su Khopesh que era una espada con el filo curvo pudiendo desgarrar la piel en cuestión de segundos. Se dirigió hacia uno de los Tywyll que mantenía a la prostituta contra su cuerpo como un escudo frente a sus posibles ataques. El Guerrero podía escuchar el clamor de la batalla por los jadeos de los contrincantes pero él solo podía pensar en la joven que le miraba con ojos aterrados.

– Sería más caballeroso que soltaras a la jovencita – el tono de Owen era duro y frío – ésto es entre tú y yo.

– Prefiero mantenerla como escudo frente a ti – le espetó el Tywyll enseñándole los dientes negros – ¿Te atreverás a matarla, Guerrero?

Owen no se caracterizaba por intentar simpatizar con el enemigo. Corrió veloz por la calle ladeándose para quedar a la espalda del asesino. Él intentó girarse para encararle y dejar a la joven expuesta ante Owen. Le fue inútil. Tuvo que soltarla al sentir cómo el acero de su Khopesh cercenaba su costado haciendo que un líquido negro bajara por su cuerpo. La chica corrió en cualquier dirección hasta que fue atrapada por los brazos conciliadores del elfo.

Le hubiera gustado quedarse mirando hasta saber que la muchacha estaba bien, pero no tenía tiempo que perder, y logró esquivar una cuchillada de puro milagro. El Guerrero se lanzó hacia atrás, intentando esquivar a su enemigo mientras evaluaba la situación que tenía ante sí mismo. Se agachó todo lo que su cuerpo le permitió  y se abalanzó contra el Tywyll arrebatándole el cuchillo y haciéndolo caer al suelo con un ruido sordo.

Antes de que el ser pudiera recuperarse del ataque, pasó el filo de su espada por la garganta del Tywyll haciendo que este dejara de moverse. Empujó al Tywyll contra una de las paredes del callejón mientras enfundaba el arma de nuevo. Ató las manos del Tywyll a un pequeño gancho que sobresalía de la pared y se dio la vuelta para quedarse impresionado.

Byron se sujetaba la garganta que había sido atravesada por la daga del Tywyll. El vampiro cayó al suelo mientras intentaba parar la hemorragia que se desencadenaba por culpa del corte que seccionaba toda su garganta. Owen iba a intervenir cuando tres flechas volaron raudas clavando al Tywyll a la pared.

– Encárgate tú de ellas – dijo Inariel con el arco listo para volver a disparar – yo me ocuparé de ellos – dirigió una mirada al Tywyll que él había atado y al que estaba clavado en la pared quitándose las flechas.

¿Dónde estaba el otro? Uno de los más jóvenes, el que se había enfrentado a Inariel había desaparecido, y lo único que quedaba de él era el espeso humo de la muerte. Sin duda, el elfo le había arrancado el corazón terminando con su vida antes de que matara a las muchachas.

Owen se acercó a las tres jóvenes que se pegaron a la pared aterradas. El Guerrero de la Luz maldijo mentalmente. Aquellas mujeres no se merecían sufrir más de lo que ya lo hacían diariamente. Nadie tendría que sufrir la humillación que ellas se veían obligadas a soportar todos los días de su vida. Una maldición en voz alta le hizo girar el rostro. Byron se había levantado, tras recuperar los músculos del cuello, un proceso rápido cuando no se tenían más heridas que impidieran la curación.

El elfo y el vampiro se encargarían del Tywyll que quedaba. Owen clavó sus ojos en la mujer que le miraba con temor, pero con la barbilla alzada, como en gesto desafiante. Tendió una mano a la mujer, pero cuando vio que ella no estaba dispuesta a dársela, entonces la sujetó con delicadeza.

– Ahora sentirás que estás sumida en un profundo sueño – las palabras de Owen era cálidas mientras sus dedos describían pequeños círculos alrededor de la mano de la mujer – esta noche estabas demasiado cansada para trabajar y decidiste quedarte en casa – buscó cada uno de los recuerdos de su mente y los eliminó eficazmente – ahora cogerás un taxi y cuando despiertes estarás entre tus sábanas relajada.

La mujer se quedó en una especie de trance del que no saldría hasta que las palabras de Owen tomaran forma en la realidad. Después el Guerrero se giró hacia sus dos compañeras e hizo lo propio con cada una de ellas. Metió dinero en los bolsillos de sus pantalones y las vio marchar como si nada hubiera pasado. No les pasaría nada, él podría sentir cualquier cosa que les ocurriera, al menos hasta que llegaran a su destino.

La escena que vio cuando se dio la vuelta habría provocado una sonrisa en sus labios si no estuviera tan cabreado. Los Tywyll estaban atados de las manos y los pies mientras Byron e Inariel discutían sobre los pasos a seguir.

– ¿Quién es vuestro jefe? – las palabras salieron raudas de sus labios. Sabía las respuestas que quería y si no las conseguía no dudaría en matarles – ¡Contestad!

– ¿Eres tan estúpido como para pensar que te lo diremos? – el Tywyll sonrió con suficiencia – los Guerreros estáis más locos de lo que yo pensaba.

– Se me está agotando la paciencia – cogió al líder por el cuello haciendo que sus dedos se apretaran contra la áspera piel del ser – ¿Quién os manda esta misión?

– Tu puta madre, no te jode – el Tywyll le escupió en la cara ante la mirada de todos los presentes.

Su paciencia podía tener un límite extenso, pero en aquellos momentos no se sentía inclinado a seguir siendo benevolente, así que apretó el cuello del ser aun sabiendo que así jamás conseguiría matarle.

– Muy bien… – las palabras de Owen sonaban huecas como si algo se hubiera adueñado de su interior – no te necesito para saberlo… – rebuscó en los bolsillos del asesino hasta que encontró su teléfono móvil. Benditos fueran los Tywyll por usar las nuevas tecnologías.

Sin pensárselo dos veces, aceptó la daga que Byron le tendía y arrancó el corazón del Tywyll para después apuñalarlo ante sus ojos. Byron hizo lo propio con el otro asesino dejando sendos círculos de humo negro en el suelo. Owen cerró los ojos intentando calmar sus sentidos y tiró el móvil para que Inariel lo cogiera al vuelo.

– Revisa su lista de contactos y las últimas llamadas que ha realizado – su voz sonaba profunda y marcada. Miró a Byron que estaba con los brazos cruzados delante del pecho – si tenéis algo comunicaros directamente con Adair o conmigo.

– ¿Adónde vas? – le preguntó el elfo con cierto tono preocupado – no te puedes marchar en ese estado… Tienes los ojos…

– Lo sé – comentó el Guerrero sin volverse – haced lo que os digo, por favor – no era un maldito jefe, él solo era un segundo al mando, sin creerse con derecho a exigir nada.

Owen dejó que las partículas de su cuerpo se descompusieran y volaran flotando a más velocidad que la luz. Aterrizó en la casa de Kimberly y su expresión se suavizó cuando vio que ella se volvía esbozando una amplia sonrisa que cambió a preocupada cuando se percató de sus ojos.

– ¿Una noche dura? – dijo ella acercándose a él.

– Ni te la imaginas – Owen soltó un suspiro cuando la Morak rodeó su cuello con sus brazos acercándole a su cuerpo – solo necesito…

– Shhh, sé lo que necesitas – la joven dejó que la abrazara con fuerza.

Todos perdemos el control en algún momento de nuestras vidas. Lo difícil no es que pase, sino encontrar el santuario que nos puede hacer volver a la calma, encontrar aquel lugar o persona que es capaz de calmar nuestro temperamento y que nos acepta… Incluso en esos momentos tan oscuros para nosotros.

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