CAPÍTULO XXXIV



Jamás se estaba seguro de nada en esta vida. Todo son decisiones que nos llevan a tomar otras que determinarán el transcurso de nuestra vida. ¿Qué pasa si nos equivocamos? ¿Y si tomamos la decisión equivocada y perdemos el mejor camino para nosotros? Todas aquellas preguntas junto con las palabras de su amigo habían estado revoloteando por su cabeza sin control.

Evan salió de su despacho. Sentía que su cabeza estaba apunto de explotar, que pronto se convertiría en un amasijo de ideas, sin orden ni concierto. ¿Había pensado de verdad en traicionar a su mejor amigo? ¿Y por qué no iba a hacerlo? “Somos tus amigos”, esas habían sido las palabras de Noah. ¿Cómo podía haberlo olvidado?

El abogado subió a la planta superior donde se encontraba el despacho de su jefe. Él había tomado una determinación y era su deber hacérsela saber. Renunciaría al caso, no metería en la cárcel al primo de Will, pero tenía la esperanza de conservar su empleo. Los nervios se atenazaban en la boca de su estómago cuando llegó a la puerta y tocó con sus nudillos esperando que Ilías le hiciera pasar. Su voz resonó en la cabeza de Evan como si tuviera un altavoz conectado.

Entró en el despacho con paso lento mirando la figura de su jefe que alzó la vista cuando él estuvo lo suficientemente cerca. Evan puso las manos detrás de su espalda intentando esconder el temor que sentía al pensar que podría ser despedido. No se atrevió a hacer ningún movimiento, tampoco dijo una palabra hasta que él le dio permiso.

– ¿A qué viene esa cara de susto, Evan? – su jefe ya se había tomado la libertad de llamarle por su nombre. Algo que significaba mucho para él, puesto que dejaba las formalidades a un lado – ¿Tienes algún problema con el caso que te encargué?

– Sí, he venido a hablarle sobre ello – no apartó la mirada de los ojos de su superior y terminó diciendo – me veo en la obligación de rechazar el caso para que se lo deje usted a otro…

– ¿Y cuál es esa imposibilidad que le impide ocuparse de ese caso? – Ilías se había inclinado sobre su escritorio con curiosidad – no puedo imaginarme…

– El acusado es familiar de un amigo mío – Evan apretó las manos fuertemente detrás de su espalda – como verá existe un conflicto de intereses – su jefe no cambió la expresión.

– ¿Ese amigo le ha pedido que deje el caso a un lado? – su jefe se alzó de la silla abrochándose el botón de la chaqueta de su traje – déjeme adivinar… Seguramente le habrá pedido que lleve su defensa…

– Eso quería antes de saber que era el abogado de la acusación – afirmó Evan lentamente. La opresión en su pecho iba haciéndose cada vez más grande.

“¿Qué clase de amigo te exigiría que lo dejaras todo por él?”. Ahí estaba de nuevo la voz que había entrado en su cabeza, una que no pertenecía a nadie que estuviera en aquella habitación. Quizá sí que se estaba volviendo loco después de todo.

– Y está dispuesto a dejarlo por él – Ilías no se había movido desde detrás de su escritorio – a pesar de que firmó un contrato y ha emprendido las acciones legales correspondientes… – negó con la cabeza despacio, como si estuviera decepcionado con él, como si no se lo hubiera esperado.

– Sé que es una decisión importante, señor – comenzó a decir Evan – pero creo que no sería justo ni para usted ni para mí seguir pensando que podría llevar este caso adelante… – se quedó callado al ver su expresión.

– Evan, Evan… – su tono parecía el de una madre que intenta hacer entender a su hijo – creo que no has sopesado todas las opciones…

“Tus amigos intentan hundirte mientras ellos siguen en sus trabajos estables y tú te pudres en la inmundicia. Solo están celosos de ti y de lo que has conseguido en todos estos años”. Había intentado ignorar aquella molesta voz, de verdad que lo había intentado, pero en determinadas ocasiones cuando escuchaba sus palabras parecía que le estaba diciendo la verdad que él no quería ver.

– Yo no te haría elegir… – su jefe le dedicó una de las sonrisas más radiantes que pudo encontrar – al contrario que tus amigos… Yo no sería capaz de ser tan cruel…

– Ellos no… – comenzó a decir Evan.

– No me interrumpas, hijo – Ilías se acercó hasta apoyarse en el borde del escritorio – si te encargué ese caso es porque eres el mejor abogado que tengo en plantilla, pero si estás tan decidido a dejarlo todo… – se encogió de hombros – no puedo más que aceptar tu decisión.

– ¿En serio, señor? – preguntó Evan con esperanza.

– Sí, claro que sí – Ilías se acercó hasta que apoyó su mano en el hombro de Evan. El abogado sintió la presión de aquella mano que estaba mortalmente fría – pero piensa detenidamente lo que te están quitando… Tienes que decidir qué es lo mejor para ti y ellos no lo son – al ver que iba a bajar la cabeza espetó – ¡Mírame! – Evan clavó los ojos en él – si fueran tus amigos dejarían que eligieras bando…

El silencio se instaló entre ellos como si fuera una nueva ley que formara parte del entorno. La mente de Evan funcionaba a pasos agigantados. Donde antes había tenido clara su decisión ahora se desvanecían como si fueran pixeles de una pantalla de televisión. ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿De verdad iba a renunciar a todo por ellos? Sintió la mano firme en su hombro.

– Yo te ofrezco poder, te ofrezco una familia, te doy todo lo que somos – las palabras de Ilías iban cargadas de intención – únete a nosotros – las palabras parecían estar introduciéndose en su cabeza – y déjales de lado.

El poder que Evan guardaba en su interior se estaba revolviendo contra él, queriendo tomar la decisión por él, como si tuviera vida propia. El abogado se sentía muy tentado a aceptar la oferta que le estaba ofreciendo sobre todo después de escuchar la palabra “poder”.

– Las relaciones personales son pasajeras, las amistades efímeras, lo único que se mantiene en este mundo es el poder – Ilías tomó su cara entre las manos – entrégame a tus amigos, únete a mí y te daré un poder que jamás podrías haber imaginado.

Desde hacía rato, Evan había dejado de razonar consigo mismo, solo podía pensar en la cantidad de cosas que podría hacer con el suficiente poder. Su jefe tenía razón, la amistad era efímera, y cuando todos se marchan el poder es el único que consigue mantenerte en pie. Asintió con la cabeza mientras estrechaba la mano de Ilías.

Evan sintió como si su alma se fragmentara pero no le importaba. Lo único de lo que fue consciente fueron de las palabras que su jefe le dirigió tras haber tomado la decisión.

– Este es mi chico – aquellas palabras consiguieron desconectarle por completo – ahora vas a llamarles para quedar con ellos y hablar sobre el tema… – esbozó una sonrisa – yo te libraré de esa carga que pesa sobre tus hombros.

– Gracias, jefe – fueron las únicas palabras que pudo pronunciar él.

No hubo más palabras entre ellos. Evan se dio la vuelta para dirigirse hacia su despacho donde llamaría a sus amigos para quedar en un parque cercano y hablar sobre ello. Les iba a traicionar, iba a acabar con ellos, y sin saber muy bien porqué… Donde debería haber dolor solo encontraba una sensación de bienestar que se esparcía por todo su cuerpo.

***

El aeropuerto John F. Kennedy estaba silencioso, al menos en aquella zona alejada, donde aterrizaban los aviones privados de las personas que podían permitírselo. Sin duda, en la zona de las entradas y salidas habituales habría demasiadas familias, hombres de negocios y gente que tomaría aviones para desplazarse tanto nacional como internacionalmente.

El Guerrero de la Luz se habría transportado hasta allí gracias a su capacidad de dividir partículas, pero sabía que a la persona que tendría que recoger no le haría demasiada gracia. Además, de vez en cuando le gustaba poder coger el coche que siempre guardaba en su garaje para darse una vuelta y relajar la tensión que se apoderaba de sus músculos.

El Ferrari no podía quedarse tanto tiempo aparcado en un garaje, mucho menos cogiendo polvo, así que aprovechaba las pocas oportunidades para sacarlo. El color negro hacía que se camuflara perfectamente con la oscuridad que se cernía sobre él.

Apoyó todo el peso de su cuerpo sobre la carrocería del coche mientras se cruzaba de brazos viendo que el avión comenzaba a aterrizar. El avión privado no era precisamente pequeño. ¿De qué humor vendría hoy su pasajero? ¿Estaría simpático o más bien sarcástico? Aún recordaba cómo se habían despedido la última vez…

El avión aterrizó sin ningún tipo de problemas. Se abrieron las compuertas dejando que el pasajero saliera del interior despacio. El hombre que salía del avión vestía un traje que le sentaba como un guante, su cabello estaba cortado a la moda, sus ojos azules se fijaron en él y casi podría decir que había esbozado una sonrisa. Los dos eran completamente diferentes: Adair prefería la ropa sencilla mientras que Aleksei disfrutaba exhibiendo aquellos trajes tan caros.

Sus andares eran elegantes, algo anómalo en una criatura como él, que llevaba más de la mitad de los años que Adair llevaba en ese mundo. Aleksei era uno de los vampiros más poderosos que existían e incluso uno de los más antiguos que vagaban por la Tierra. Aunque Adair le había conocido en la corte de Catalina la Grande, el vampiro ya llevaba más de mil años siendo lo que era, un depredador de la noche.

El vampiro se acercó hasta él con las manos metidas en los bolsillos y una sonrisa más bien lobuna en su rostro. La cicatriz que cortaba su labio superior era más que evidente cuando la luz de los faros del coche le iluminó por completo. Adair jamás  le había preguntado por aquella cicatriz y estaba convencido de que el vampiro no compartiría ese secreto con casi nadie.

– De todos los Anfarwold que podían venir… – se pasó una mano por la barbilla libre de bello facial – tú no habrías sido mi primera opción.

– ¿Para qué mandar a un subordinado cuando puedo recibirte yo? – Adair pronunció las palabras mientras se apartaba del coche.

– ¿Dónde está mi hija? Podría haber venido a recibirme – confesó el ruso parándose frente a él mientras sostenía el maletín con una mano – de hecho me extraña que no esté aquí.

– Lesley estaba demasiado ocupada con su última misión como para venir a recibirte – le explicó Adair. La vampira había salido de su casa y el Guerrero estaba convencido de que se había dirigido al apartamento de Noah para quizá hablar con él – ¿Ha sido un viaje largo?

– Estoy acostumbrado a este tipo de vuelos – las palabras de Aleksei sonaron vagas – lo que me preocupa es todo lo que he dejado atrás – clavó sus ojos azules en Adair – últimamente tengo demasiado trabajo allí.

Aleksei no solo era un diplomático soviético sino que era el jefe de todos los Anfarwold que se encontraban desde Alemania hasta China. Paralizaba cualquier atentado Tywyll e intentaba que las relaciones entre Rusia y “los demás estados” fueran relativamente pacíficas.

– ¿Problemas en Kazajstan? – preguntó Adair quitándole el maletín de las manos y dejándolo en el sitio adecuado – si necesitas más guerreros…

– Aparte de Kazajstan… – Aleksei se pasó la mano por la nuca – creo que varias facciones de Tywylls están formando grupos terroristas en Turkmenistan – sus palabras mostraban cierta cautela – no me gustan dos zonas de conflicto tan unidas entre sí. Joder, esos dos países se separan por una puñetera frontera – alisó con las manos la chaqueta de su traje – capaces serían de liarse a tiros y organizar una guerra que no quiero combatir. Al menos no en estos momentos.

– Ya veo… – comenzó a decir Adair sopesando todo lo que el vampiro le había comentado. Le preocupaba que dos regiones tan cercanas se pudieran enfrentar en una guerra que acabaría llevándose miles de vidas. Máxime cuando se trataba de una zona tan frágil como era oriente – mandaré varios Anfarwold allí, lo prometo.

– Y ahora me dices que tenemos una serie de asesinatos que pueden estar dando la vuelta al mundo – negó con la cabeza – has mandado a Sarabi a México para nada…

– Tenía que asegurarme – Adair no quería volver a discutir con él sobre el mismo tema – aunque no lo creas, sigo pensando que hay esperanza para países como México, Afganistán e Irak – en esta ocasión fue él quien clavó sus ojos grises en el ruso – ¿entendido?

– Sí, no he venido a discutir – el ruso resopló como dando por zanjada la discusión.

Adair se sentía tentado de meterle una patada en el trasero y devolverle de nuevo a Rusia para que se pasara más de mil años en aquel territorio, pero no podía. Aunque él era el jefe de los Anfarwold, tenía que contar con los “jefes” de las diferentes facciones y entre ellas se encontraban los vampiros, los elfos, entre otros…

– Menudo cochazo que tienes – el silbido que soltó Aleksei le hizo esbozar una mueca que se acentuó cuando el vampiro proclamó – siempre pensé que serías más de un Mercedes clásico… – alzó una ceja – ¿Desde cuando te gustan los Ferraris?

– Desde que me propuse tener más estilo que tú – confesó Adair abriendo la puerta del coche – tu casa está siendo utilizada, tal y como pediste, pero la planta baja y la de arriba están libres. Ya nos hemos encargado de habilitarlas para ti.

– No esperaba menos – el vampiro esbozó una sonrisa de medio lado – ¿Qué esperas de mí trayéndome aquí? Lesley me comentó algo, pero quiero que me lo digas tú, o más bien que me lo pidas.

– Deberías pensar en esto como en un honor – comenzó a decir el Guerrero con tono despectivo – si tengo que ausentarme, ir a otra ciudad, otro país e incluso al Dom… – sopesó las palabras que iba a pronunciar – quiero que te quedes al mando del fuerte hasta que vuelva.

– ¿No se puede quedar uno de tus chicos? – preguntó Aleksei con cierta curiosidad implícita en la frase.

– Ellos estarán también ocupados y como le dije a Lesley… – le miró a los ojos y arrancó el coche – necesito alguien con el suficiente poder de mando como para calmar la situación y dar órdenes sin titubear.

– Eso ha sonado como una súplica… – Aleksei se arrellanó mejor en el asiento del copiloto.

– No – fue la única respuesta que dio él.

– Lo tomaré como un sí – el coche corría como los mil demonios mientras salían del aeropuerto dejando todo atrás – despiértame cuando lleguemos a mi hermosa casa.

Adair apretó los dedos alrededor del volante e intentó controlar las inmensas ganas que tenía de estrangularle. Y a pesar de ello, no pudo más que sonreír ante las ocurrencias del vampiro, pero solo lo hizo interiormente. Una emoción que cruzó su cuerpo y desapareció al instante. Como esperaba…

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