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CAPÍTULO XXXVII

Si la sangre pudiese helarse en su cuerpo sería un témpano de hielo. La sensación de malestar, el temor a la pérdida la había acompañado desde que las palabras de Alex llegaron a sus oídos, creando un abismo insalvable. Mucho antes de que Adair tomara sus manos sabía que llegaría tarde, que no podría salvar a Noah del todo, que no sería capaz de salvarle la vida. No eran premoniciones, tampoco es que tuviera poderes, pero era un sentimiento que se extendió por su cuerpo.

La realidad la golpeó cuando sus ojos se clavaron en la figura de Noah. La espada que traspasaba su corazón la hizo enloquecer. Desde aquella distancia no podía ver sus emociones, no podía distinguir nada, mucho menos cuando el velo de la furia y el dolor se implantó en sus ojos cubriéndolo todo. En aquel momento solo tenía una misión en la cabeza: llegar hasta Noah.

Sus instintos de vampira se agudizaron y dio rienda suelta a lo que era. Lesley soltó la mano de Adair echando a correr hacia donde Noah se encontraba. La daga que llevaba desenfundada desgarró el cuello de uno de los Tywyll. No esperó a verle caer sino que siguió corriendo. El segundo Tywyll se enfrentó a ella y opuso más resistencia, pero acabó venciéndole.

Seguramente sus ojos estaban rojos, invadidos por la sangre que hacía semanas que no probaba, pero también por el desgarrador dolor que sentía. Matar al Tywyll que apuñaló a Noah fue como un bálsamo momentáneo para su alma. Dejó la daga clavada en su podrido corazón haciendo que el Tywyll quedara taladrado al suelo sin capacidad para moverse.

Libre de asesinos por el momento, se dejó caer al suelo y sus manos presionaron la herida del corazón del Morak. Los ojos de ese hombre expresaban dolor, remordimiento y comprensión. Taponó la herida con más fuerza intentando que la vida no se escapara de su cuerpo… Incapaz de pensar que él podría irse y dejarla allí, indefensa y sola en el mundo de nuevo.

– Te vas a poner bien – sus palabras salían nerviosas y entrecortadas – aguanta… Tienes que resistir porque…

Él abrió los ojos como intentando entender mejor sus palabras. Lesley se fijó en aquellos ojos llenos de dolor pero también de esperanza… Era ahora o nunca. Podía ser que no tuviera más oportunidad que esa para sincerarse y si él se iba, si su vida se extinguía entre sus manos, no quería que se marchara pensando que no le amaba.

– Te quiero, te quiero, Noah – Lesley estaba temblando – lucha… por nosotros.

Noah no hablaba, simplemente aferraba sus manos a los brazos de Lesley, pero la fuerza estaba disminuyendo poco a poco. Él abrió los labios intentando decirle algo, palabras que ella no entendía, palabras silenciosas que morían en sus labios. Cuando los ojos de Noah se cerraron el pánico invadió su cuerpo. ¿Estaba muerto? No, no podía estarlo… Buscó el pulso y lo encontró. Débil, irregular, casi como el último estertor.

Ni siquiera se había dado cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Ella solo había sido consciente de una cosa: llegar hasta él era su prioridad. Unas manos la cogieron por los hombros apartándola lentamente de él. ¿Cómo es que se permitían el lujo de ser tan precavidos? Podían matarles en cualquier momento…

Cuando los ojos de Lesley se apartaron de la figura de Noah pudo ver todo con mayor claridad. Si pensaba que estaba sola con él se había equivocado enormemente. No sabía cómo, ni cuándo, ni porqué, pero Adair había creado un perímetro alrededor de ellos. Cuatro Guerreros se posicionaban en sendas esquinas creando un escudo cuadrado alrededor de ellos.

Aquel escudo mantenía a los Tywyll fuera de su alcance y a ellos a salvo. Los Guerreros mantenían los brazos extendidos dejando que la luz y energía fluyeran por su cuerpo creando una pared sólida pero transparente a los ojos de cualquiera. Ningún hechizo traspasaría aquellas defensas… Ni siquiera un ataque inmensamente potente.

Sarabi se encontraba en una de las esquinas con el rostro concentrado en su labor, Owen ocupaba la “segunda esquina” mientras que Pierre y Kazuo terminaban de formar aquel cuadrado perfecto. Los ojos de la vampira se desviaron hasta las figuras de Will y Sarah que permanecían quietos mirando a su amigo y detrás de ellos estaban Leyna e Inariel. ¿Quién la sujetaba entonces por los hombros?

Su mirada al darse la vuelta recayó sobre Eire. La Guerrera mantenía una expresión serena, a pesar de que por dentro debía de ser un volcán en erupción. Desconcertada se giró para encontrar a Noah levitando a escaso medio metro del suelo mientras Adair mantenía su mano sobre él. Le había dejado en un estado de reposo, quizá podría salvarle, el Guerrero podría curar sus heridas… La esperanza brilló en ella tras este último pensamiento.

¿Dónde se encontraba la mujer que estaba al lado de Noah? Había desaparecido como si jamás hubiera estado allí. Como por arte de magia. Sin embargo, no tenía tiempo de ponerse a pensar en ella, aún quedaban muchas cosas por hacer.

– Tienes que salvarle – Lesley lo dijo intentando controlar su tono de voz – morirá si no…

Adair pareció ignorarla por un momento. Lesley contempló el cuerpo de Noah, sus ojos cerrados, su rostro sereno casi como si llevara una máscara en él. Dos Guerreros más aparecieron de la nada situándose al lado de Adair que ya había empezado a dar órdenes.

– Guerreros, mantened la formación todo el tiempo posible – la voz fuerte de Adair retumbó en el pequeño cubículo creado por sus Guerreros – vosotros dos – se dirigió a los nuevos que habían llegado – sacaréis a los humanos ahora mismo – miró a Sarah y William.

Los dos Guerreros no esperaron más indicaciones. Cuando Adair daba una orden era para que se cumpliera al segundo y eso era lo que habían aprendido desde el minuto uno. Después, el jefe de los Anfarwold se giró para enfrentar la mirada del resto. Inariel, Eire, Leyna y ella le escucharon con atención.

– Me llevaré a Noah a un lugar seguro – sus palabras salieron concisas – sabéis lo que tenéis que hacer – hizo un gesto hacia los Tywyll – nos valen más vivos que muertos, pero si os veis en la tesitura de decidir… – se quedó pensativo mientras su mano brillaba sobre Noah dándole la vida que quizá él no podría mantener por sí mismo – vuestra vida es más valiosa que el simple honor de morir en batalla.

Asintieron conscientes de cuál era su trabajo. Salir del escudo, encaramarse en una lucha y salir vencedores. Cuando los tres se dispersaron, Lesley se acercó a Adair, clavando su mirada en la de él.

– Haz lo que puedas… – las palabras apenas salían de sus labios. Solo vio que él asentía.

– Guerreros – Adair volvió a hablar. Ninguno se volvió, pero todos estaban escuchando – cuando desaparezca y ellos crucen la protección… – Lesley vio que él miraba a cada guerrero – dejar el escudo caer y luchar como solo vosotros sabéis hacer.

– No te preocupes, jefe – la voz de Owen se dejó oír – salva al Morak. Nosotros sabremos apañárnoslas.

Parecieron ser las palabras que Adair necesitaba. Se desvaneció junto con el cuerpo de Noah dejando un espacio vacío. Lesley se volvió clavando sus ojos en los ocho Tywylls que estaban frente a ellos. Cuando habían llegado quedaban cuatro, pero parecía que habían pedido refuerzos. Los cuatro traspasaron el escudo dejando que la lucha fuera hacia ellos. Casi pudo sentir cuándo los escudos cayeron y la batalla se desató por completo.

Lesley esquivó una de las espadas del Tywyll echándose hacia atrás. La furia invadía cada fibra de su ser… Rebanó el cuello de uno de ellos, le tiró al suelo y extrajo su corazón con la mano sintiendo cómo el músculo aún palpitaba entre sus manos. Lo apuñaló ante sus ojos escuchando el grito del Tywyll como el sonido de la victoria.

El zumbar de una flecha la sacó de su ensimismamiento. Inariel había alcanzado a uno de los asesinos que se dirigía hacia ella. Cuando vio que Owen y Eire apresaban a uno de los Tywyll recordó que debían intentar que siguieran vivos. Matar en caso de necesidad sería la palabra adecuada. Pues bien, ella no quería matar por necesidad, quería venganza por lo que habían hecho, por la posibilidad de perder al único hombre que había conseguido despertar su corazón de nuevo.

Y a pesar de todas sus cavilaciones, de todas sus dudas, de sus deseos más íntimos se encontró aliándose con Leyna e Inariel para apresar a dos Tywyll más. De los ocho asesinos que había ante ellos solo quedaron con vida tres. El resto murieron en sus manos pero no sin antes infligir ciertas heridas a los Anfarwolds.

El campo estaba despejado. Owen, Pierre y Kazuo se llevaron a los detenidos mientras que Sarabi se desmaterializó llevándose consigo a Inariel y Leyna. Eire y ella se quedaron completamente solas mientras el vaho salía de entre sus labios y el frío se colaba en sus huesos. La vampira jamás le habría pedido nada a la Guerrera, pero en aquella ocasión tuvo que dejar su orgullo a un lado, dispuesta a ceder en ese aspecto.

– Necesito pedirte un viaje… – Lesley la miró a los ojos – quiero que me lleves con él.

– Sabía que acabaría haciendo de taxi para ti – dijo Eire intentando plasmar el comentario con sarcasmo, algo que no consiguió – ven.

Las partículas de sus cuerpos se descompusieron. Lesley jamás le daría las gracias en público al igual que tampoco lo haría la Guerrera, pero le apretó la mano cuando llegaron dándole a entender que agradecía lo que acababa de hacer por ella.

***

La oscuridad de su apartamento le invadía por completo. Apenas podía distinguir los caros muebles que se había comprado meses atrás. Simplemente parecían formas ocultas tras el velo de la oscuridad. Eran como fantasmas buscándole, esperando la oportunidad para pillarle desprevenido, algo que jamás ocurriría.

Todo había pasado muy rápido. Ni siquiera tuvo tiempo de asimilar todo lo que ocurrió en el parque aunque tuvo claro desde el principio lo que había pasado. Su primer instinto fue huir, llenar una maleta con la ropa suficiente y largarse del país… Pero cuando su jefe, su amigo, puso su mano sobre el hombro de Evan sintió que todo cobraba más sentido y que el nerviosismo desaparecía.

No tenía que huir. Las cosas eran muy diferentes ahora. Ya no era un simple humano, un abogado que buscaba ganarse la vida, era algo mucho más importante dentro de aquel mundo. Sus poderes eran un regalo para él, algo de lo que jamás tendría que avergonzarse, algo de lo que estar orgulloso para siempre.

Cuando se habían marchado del parque, Ilías le había explicado todo con respecto a su nuevo mundo, le había mostrado lo que podría conseguir siempre que superara las pruebas. “Tu primera prueba ha sido superada. Él ha muerto”. Palabras que aún se agolpaban en su cerebro. Evan ya no era un abogado sino que era un Tywyll… Un ser superior a cualquier otro con poderes ilimitados.

¿Y por qué se sentía tan vacío? ¿Por qué sentía un nudo en el pecho que le oprimía y evitaba que respirase con normalidad? Evan se frotó el centro del pecho como si intentara deshacer ese pequeño nudo que se había quedado atascado en él.

Ni siquiera encendió las luces a pesar de que las formas que veía le daban miedo. Evan caminó por el apartamento hasta que llegó a su habitación, buscó a tientas la cama y cuando encontró el borde se sentó de una vez. El Morak dejó que sus manos pasearan por su cara dibujando sus facciones mientras miles de ideas pasaban por su cabeza.

No podía dejar de ver las expresiones de sus tres amigos. El terror, el dolor y también la traición que vio reflejados en ellos. Jamás olvidaría la mirada de Sarah, la tensión en el cuerpo de Will y las palabras de Noah. Noah…

Una parte de sí mismo, una parte minúscula en comparación con la totalidad de su ser, quería que él se salvara. Por eso cuando ellos corrieron se permitió pensar que quizá su traición no sería tan grave sino que se quedaría como una muestra de lealtad a sus nuevos amigos. Qué equivocado estaba…

Evan había contemplado desde la lejanía cómo apuñalaban a su amigo. Una parte de él quiso correr para socorrerle, pero su parte menos humana decidió permanecer quieto e impasible. No mostró emociones mientras veía cómo se desarrollaba la escena, cómo su amigo caía y después la mujer pelirroja que corría hacia él. Antes de que supiera como acababa todo, Ilías se lo llevó de allí, junto con el otro hombre que les había acompañado.

Noah tenía que estar muerto. La palabra “muerto” jamás había tenido un significado tan agobiante para él. Se llevó las manos a la cabeza mientras un grito de dolor le desgarraba por dentro. Era como si una parte de él hubiera muerto con  su amigo. La esperanza de levantarse y que todo fuera un sueño había desaparecido. Eso no pasaba en la vida real…

Evan se levantó sintiendo que el dolor dejaba paso al odio. Noah se lo merecía, todos los humanos se merecían un final similar, y solo los más fuertes tenían derecho a sobrevivir. Aquí entraba a la perfección la teoría de Darwin… “Sobrevive el que es más fuerte”.  Ese sería su lema de ahora en adelante. Ya no era el mismo de siempre, lo notaba en sus huesos, pero también en su alma.

Entró en el cuarto de baño tambaleándose, sin encender la luz, sin tener un atisbo de claridad a su alrededor. Sin embargo, él sabía que estaba ante el espejo. Evan golpeó con fuerza sus puños contra el cristal escuchando cómo se partía. La sangre resbalaba por sus puños apretados y su sangre caía como si fuera un río que surca todo un territorio.

Aquella sangre le libraba de todos sus lastres, le daba una nueva forma de existir, una en donde no tenía cabida el dolor, la comprensión, la felicidad o el amor. Nada de eso existía para él… Nada.

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