Etiquetas

CAPÍTULO XXXVIII

La paciencia siempre había sido una de sus virtudes, pero en aquellas circunstancias parecía esfumarse como si fuera una sombra que huyera de la luz. Todos los acontecimientos que habían tenido lugar se agolpaban en su cabeza, pero lo peor de todo es que nadie era capaz de explicar lo que había pasado.

Él no los culpaba. La situación era complicada, su sola presencia lo hacía todo mucho más difícil, pero nadie había pedido encontrarse en una disyuntiva como aquella. Nadie habría querido ver jamás lo que sus ojos habían visto mientras la impotencia se extendía por todo su cuerpo.

William era un médico. Descubrió pronto cuál era su vocación, pero toda su experiencia no había podido ayudarle a él y mucho menos a su amigo… Noah, que se debatía contra la muerte en la puerta que tenía frente a él. Su vista recayó en Sarah que permanecía sentada en el suelo con las piernas juntadas a su cuerpo y los brazos rodeándolas mientras sus ojos seguían fijos en la puerta.

Los pasos le alertaron de que alguien estaba subiendo las escaleras. Su vista se desvió hacia ese lugar para ver aparecer a Lesley con el pelo suelto, el rostro pálido y la respiración entrecortada. La mujer corrió hasta situarse al lado de él mientras su mirada lanzaba las preguntas que sus labios se negaban a pronunciar.

– No sabemos nada… – respondió Will sabiendo que ella agradecería que no la obligara a preguntar – tu amigo no ha salido de la habitación desde que llegamos.

Como si les hubiera escuchado, el tal Adair salió de la habitación con gesto serio, cerrando tras de sí algo que no terminaba de gustarle. Sarah se había levantado como si fuera un resorte colocándose a su lado mientras los tres esperaban las noticias que aquel hombre tenía para darles.

El silencio era opresivo. Will retorció las manos nervioso ante las noticias que Adair podría arrojar sobre la salud de su amigo.

– No ha sobrevivido – las palabras de Adair sonaron como un grito invadido después por el silencio – Noah ha muerto.

La desazón se apoderó de su cerebro mientras el dolor se abría paso en su alma. En el fondo había esperado que él se recuperara. Sabía que las heridas eran graves, que una puñalada como aquella le costaría la vida, pero su esperanza no se había apagado hasta que escuchó aquellas palabras.

Su mejor amigo había muerto. Aún recordaba las palabras que le había dicho a Noah… “No podré mantenerte vivo para siempre. No me obligues a ver morir a un amigo…”, esas habían sido sus palabras casi como si fueran un augurio de lo que acabaría pasando.

– ¿No pudiste salvarle? – la vampira se adelantó a cualquiera de ellos poniéndose frente a Adair – vuestro don curativo debería haberle ayudado a regenerar…

– Las cosas no son tan fáciles como parecen – contestó Adair con un tono cortante – esto era de esperar…

– ¿Pudiste salvarle? – preguntó Sarah. Will se volvió hacia ella mientras veía cómo sus ojos verdes se clavaban en los del Guerrero – ¡Contéstame! ¿Pudiste salvarle?

Adair no contestó. La tensión de su cuerpo era evidente, la determinación que brillaba en sus ojos era letal, pero en ningún momento había apartado la mirada de su amiga. ¿Qué intentaba decir con ello? ¿Que sí había podido salvarle? ¿Que había sido inútil?

En todos los años que llevaban juntos, Will jamás había visto a Sarah de aquella manera, y nunca podría haber predicho lo que estaba apunto de ocurrir. Antes de que él pudiera abrir los labios para responder… Ella le soltó una bofetada que resonó en el pasillo para después intentar darle una segunda bofetada.

Antes de la que la mano de su amiga tocara el rostro del Guerrero, Adair la atrapó y juntó el cuerpo de Sarah al suyo. Will se habría movido, pero la tensión que se reflejaba en el rostro de ambos le dejaba claro que no tenía que intervenir. Su amiga estaba a escasos centímetros de Adair, los dos sosteniéndose la mirada, evaluándose mientras él mantenía atrapada su mano que rozaba la mejilla del hombre.

– No se puede curar, ni salvar lo que ya está muerto – a pesar del tono brusco de la frase, Will reconoció un matiz de pesar, de solidaridad para con ellos – no habría podido salvarle aunque quisiera… – se acercó dos centímetros más – mis poderes no llegan a tanto.

– Estaba vivo cuando te lo llevaste… – susurró Sarah – la oí decirlo… – no miró a Lesley pero todos sabían que se refería a ella.

– Vuestra vida es muy frágil – dijo Adair con un tono más calmado.

Sarah se revolvió justo cuando el Guerrero liberó su mano. Su amiga se echó para atrás hasta que tocó con su espalda el cuerpo de Will. Él la mantuvo poniendo sus manos sobre los hombros de la mujer… Will sentía la tristeza que la invadía y también las lágrimas que intentaba no derramar. Sus manos recorrieron sus hombros intentando calmarla mientras él escuchaba la conversación de Lesley y Adair.

– Adair… – la vampira parecía realmente afectada por las noticias que acababa de recibir. Si Will tuviera que hacer una valoración de sus sentimientos diría que aquella mujer estaba muy enamorada de él – ¿Qué vamos a…?

Las miradas de ambos recayeron en la mujer rubia que se precipitaba por el pasillo como si fuera un vendaval. William jamás había visto una mujer más hermosa que ella, en todos sus años de vida, nunca había encontrado una determinación en unos ojos tan preciosos, tan azules. La recién llegada se quedó parada al verle, clavó sus bonitos ojos en los de él y después dio un paso atrás casi como si no esperara verle allí.

– Él es… – sus palabras eran susurros.

– Sí – fueron las únicas palabras que Adair pronunció – es él.

¿De quién estaban hablando? ¿Qué le importaba? Si Noah ya no estaba… no tenía sentido permanecer allí más tiempo. Tendría que preparar todo, llamar a sus tíos, a sus amigos, preparar el funeral, preparar el cuerpo… el cuerpo de Noah…

– Quiero preparar el cuerpo de mi amigo – dijo Will apartándose de Sarah y dando un paso al frente – Noah hubiera querido que fuera yo quien se encargara de él…

– Tendremos que llamar a sus tíos… – la voz de Sarah era casi inaudible.

– Y querríamos llevarnos el cuerpo lo antes posible – comentó Will inspirando rápidamente y mirando a los tres presentes que tenía ante él.

– ¡No! – terminó diciendo Adair. Una simple palabra que había acabado con sus esperanzas.

– Ambos tiene derecho a… – Lesley cerró los ojos ante la mirada de su jefe.

– Tú – Adair señaló a Lesley – entrarás en la habitación y cuidarás de su cuerpo hasta nueva orden. Nadie puede entrar… Solo tú puedes estar en la habitación con él – se volvió hacia Eire que tenía los brazos cruzados – no dejarás que nadie entre bajo ningún concepto.

Las dos mujeres asintieron ante las órdenes. Will dio un paso hacia él, se encaró con Adair y clavó la mirada en el tipo. Ambos eran casi de la misma estatura, así que ninguno se encontraba en posición de inferioridad.

– Es nuestro amigo – dijo Will bruscamente. En aquellos momentos trataba de ser amable aunque no parecía estar consiguiéndolo – tenemos todo el derecho.

– Estáis bajo mi protección desde ahora – contestó Adair sin cambiar su expresión – sois invitados en esta casa, pero hasta que yo no vuelva no podréis llevaros a vuestros amigo ¿entendido?

Will querría haber protestado, pero algo en la mirada del Guerrero le daba a entender que que tenía un plan B. Apretó los puños y dio un paso atrás mientras cogía la mano de Sarah que ya se disponía a encararse con él. No era momento de pelear, sino más bien de velar y rezar por el alma de Noah.

Lesley desapareció tras la puerta de madera, Eire se quedó parada mientras que Adair se difuminó y desapareció del pasillo. Sarah y él se apoyaron contra la pared y después resbalaron hacia el suelo dejando que sus traseros tocaran el frío suelo y los ojos de Will volvieran a posarse en la perfecta mujer que tenía ante sí.

***

La vida estaba llena de momentos indeseables, de dolores que atenazan el corazón y le dejan imposibilitado de recuperación. El destino, el libre albedrío… ¿En qué creer realmente? Muchos no llegaban a darse cuenta de que ambas posibilidades eran las correctas. Nuestras decisiones, nuestros actos son los que posibilitan que nuestro destino se vaya perfilando en palabras que quedarán marcadas para la eternidad.

Y sin embargo, siempre había una base sobre la que apoyarse, un destino que estaba escrito y que cada uno vamos trazando poco a poco. Adair jamás podría haber profetizado lo que ocurriría aquél aciago día. ¿Quién iba a pensar que el joven Noah daría su vida por lo que él creía que era una mortal? ¿Qué se le había pasado por la cabeza para llegar a tal determinación?

La misma que él experimentaba todos los días. Cada vez que se levantaba, que sus ojos se abrían, sabía que tendría que luchar una nueva batalla que podría costarle su vida inmortal y aún así siempre elegiría aquella vida por encima de cualquier otra.

Todavía podía recordar el frío del parque, su visión del joven Morak cayendo al suelo, pero la imagen más nítida era la de aquella mujer a la que habían salvado. Cuando los ojos del Guerrero se posaron en los de ella supo sin ninguna duda de quién se trataba. Él tenía entendido que los Dioses solían bajar a la Tierra por añoranza, por curiosidad o incluso para ser vanagloriados por sus protegidos, pero ninguno de ellos había sido jamás tan descuidado.

Los verdes ojos de la Diosa Dirwest se clavaron en él como espadas traicioneras. Ella jamás debería haber estado allí, expuesta, indefensa en un mundo mortal. Los Dioses no podían ser asesinados por otros que no fueran sus semejantes aunque no toda la teoría tenía cabida en la práctica. Cuando un Dios se aventuraba en la Tierra, su cuerpo mortal podría morir y su alma quedar atrapada vagando por aquella tierra a merced de cosas aún peores.

La determinación, pero también la vergüenza tenían cabida en la mirada de la Diosa cuando Noah cayó a sus pies. Entre el clamor de la batalla, el sonido de los gritos y el caos reinante, Adair consiguió llegar hasta Dirwest y susurrarle un “marchaos de aquí”. Su tono había sonado brusco por la tensión que vivía en aquel momento.

Y lo peor aún estaba por llegar. Cuando Adair aterrizó con Noah en la casa de Aleksei esperaba poder salvar la vida del joven. Una parte de él no quería perder a un hombre que había sido lo suficientemente valiente como para defender a una “mortal” sin tener en cuenta su vida o lo que dejaba atrás. Esos eran los Guerreros que se necesitaban en la lucha…

Pero cuando su mano, la que mantenía el encantamiento sobre él, dejó de emitir la brillante luz blanca, Noah dejó de respirar al instante. La pérdida de sangre había conseguido que su corazón latiera primero desaforadamente hasta convertirse en un pulso débil, errante, que le había llevado a la muerte. No habría podido salvarle aunque lo quisiera. Como había dicho, no se puede salvar lo que está muerto, él no tenía tanto poder, pero sí existía alguien que podía hacerlo.

Adair jamás olvidaría la bofetada de aquella Morak cuando le había espetado si pudo salvar a su amigo. Aquellos verdes ojos llenos de determinación le perseguirían durante toda la eternidad. Hacía muchísimos siglos que no sentía una tensión tan fuerte como cuando la había tocado, cuando había sujetado sus manos para impedir que volviera a golpearle.

El tacto no era su fuerte. Demasiados años atrás había encerrado sus emociones y controlaba las pocas que dejaba entrever al resto con puño de hierro. Y sin embargo, aquella mujer había removido algo en él llegando al punto de plantearse ofrecer un sacrificio por una vida.

Aquellos rituales no solían ser comunes. En raras ocasiones los Dioses otorgaban una segunda oportunidad a los muertos, a excepción de los niños menores de dos años, a los cuales Cyfiawnder acogía en su seno. Nadie estaba dispuesto a pagar el alto precio que conllevaba traer una vida del mundo de los muertos…

Pero la situación era injusta. ¿Por qué tenía que pagar Noah por el error de una Diosa? ¿Por qué sus seres queridos tenían que llorar la muerte de una buena persona? Y algo más importante… ¿Por qué tenía que renunciar a un Morak que podría convertirse en un gran guerrero? Y mientras soltaba la mano de la Morak llamada Sarah tomó la decisión.

Subiría al templo pidiendo la posibilidad de una vida devuelta, pero jamás traicionaría a Dirwest diciendo cuáles habían sido los motivos de la muerte de aquel muchacho. No le correspondía a él desvelar secretos que no le concernían. Sin tener en cuenta que jamás había sido un chivato, sino más bien un protector de los tres Dioses.

Todas aquellas decisiones, las ideas en su mente, sus acciones le habían llevado a aquel punto. El destino está creado por nuestro libre albedrío y esa era una prueba de ello. Su propuesta había sido aceptada y ahora sufriría las consecuencias.

Las manos de Adair estaban atadas por encima de su cabeza a la gran columna de mármol que se encontraba ante él. Su rostro estaba a escasos centímetros de la piedra helada del santuario del Dom y sus pies tocaban las baldosas completamente blancas del lugar. Iba ataviado con unos pantalones de lino blanco anchos que se ataban en la cintura con una improvisada cuerda. Sobre su pecho y espalda no había nada. Ni camisas, ni camisetas, solo piel, carne y hueso.

Los latigazos le dolerían, sentiría cómo su piel se desgarraba y la sangre brotaba por cada una de las heridas. Estaba convencido de que al día siguiente apenas podría moverse, posiblemente tendría que estar más de dos semanas en cama para poder recuperarse, sobre todo porque el rito de Mareth lo exigía.

El rito Mareth era la única manera de reclamar una vida y devolverla a su cuerpo. La persona que entregaba la ofrenda ofrecía su cuerpo, el cual era maltratado hasta rozar el fino velo entre la vida y la muerte, creando así un pequeño engaño dentro del sistema reglamentario de los Dioses.

Tanto Rheswm como Cyfiawnder estaban allí para infligir y también contemplar que el rito se llevaba acabo satisfactoriamente. El Guerrero escuchó el restallido del látigo contra el suelo haciendo que sus músculos se tensaran esperando el primer impacto. Adair cerró los ojos mentalizándose del dolor que sentiría.

– ¿Por qué cargas con las culpas de otros, Adair? – la interrupción había detenido el látigo antes de que impactara contra él – Siempre has sido un Guerrero fiel, leal y valiente…

Adair giró el rostro para contemplar cómo Dirwest aparecía con un liviano vestido verde. Bajaba las escaleras con sus ojos posados en él mientras ambos Dioses se mantenían quietos esperando una aclaración a la interrupción.

– Nos alegra saber que has decidido unirte a nosotros – Rheswm esbozó una sonrisa triste – pero sabes que no debes interrumpir un rito de este calibre.

– ¿A qué te refieres con “cargar con las culpas de otros”? – Cyfiawnder entrecerró los ojos al mirar a la otra Diosa.

– ¿No les has contado la verdad? – comentó Dirwest acercándose a él y parándose a su lado – no esperaba menos de ti…

Adair se mantuvo firme. Durante toda su vida, desde que la Diosa Cyfiawnder le había creado, juró protegerla a ella y a los que la acompañaban. Daban igual las circunstancias, los hechos e incluso las razones… Porque él tenía un deber.

– El Morak murió por mi culpa – respondió Dirwest sosteniendo la mirada de sus dos semejantes – él me protegió, recibió las puñaladas que tendrían que haber sido destinadas para mí…

– ¿Es eso cierto, Adair? – dijo Cyfiawnder desatando sus cuerdas y obligándole a mirarla de frente. Sus brazos cayeron a ambos lados como si fuera un muñeco de trapo mientras su mirada se enfrentaba con “su creadora” – ¡Contéstame!

Sus ojos se fijaron en Cyfiawnder vestida de blanco impoluto con su cabello rubio recogido en un elaborado moño sobre la cabeza y sus ojos azules refulgiendo como estrellas en el cielo. El colgante de jade que llevaba en el cuello relumbraba ante sus ojos. Rheswm había cruzado sus brazos esperando una explicación. El Dios tenía el pelo castaño oscuro, los ojos marrones grisáceos e iba ataviado con una túnica azul.

Él asintió con la cabeza. Adair no apartó la mirada de la Diosa mientras se paseaba con aire nervioso por la estancia. Era muy posible que estuviera pensando en todos los hechos mientras Dirwest le narraba lo que realmente había ocurrido. Él mantuvo los brazos detrás de la espalda con gesto solemne, como un soldado que espera la decisión de sus superiores.

– Cyf, Cyf… – las palabras de Rheswm resonaron en la estancia abovedada – fue una decisión desafortunada – se mantuvo en silencio – racionalmente tendríamos que seguir con el ritual. Da igual cómo muriera el Morak, el caso es que dio su vida, bien para salvar a una “humana” o una “Diosa”.

Cyfiawnder pareció ignorar a Rheswm o al menos todas las palabras que el Dios había dicho. Apartó la mirada de Dirwest y se volvió hacia Adair, que aún permanecía en la misma posición. El Guerrero se mantuvo quieto mientras las palabras mordaces de la Diosa llegaban hasta él.

– Dijiste que sería un buen guerrero, que lo querrías en tus filas, pero jamás mencionaste el motivo que estaba oculto tras esa decisión – comentó la deidad quedando a escasos centímetros de él – ¿Era cierto? ¿O era solo una excusa?

– Noah Cooper puede ser un gran guerrero si es entrenado – contestó Adair con un tono neutro – ha demostrado ser un hombre fuerte, con poderes increíbles, que nos daría una ventaja considerable en la Guerra  – Adair se quedó callado un segundo para terminar diciendo – No hablo de favoritismos, tampoco me importa si salvó a una Diosa, a una humana o incluso a una cabra. Dije que estaba dispuesto a pagar el precio y lo haré.

– Nosotros nos basamos en la justicia, en la razón y la templanza – dijo Dirwest dando un paso al frente – no dejaré que sobre los hombros de Adair pese un castigo que no ha merecido – la diosa clavó sus ojos en él– soy yo la que tiene que entregar el sacrificio necesario… no tú.

– Estoy de acuerdo – dijo Rheswm – toda persona que comete una infracción tiene también que saber redimirla.

– Está bien – las palabras de Cyfiawnder sonaban tensas – serás tú quien cumpla el castigo impuesto para recuperar la vida de ese chico.

– Se mantendrán las condiciones otorgadas en el trato con Adair – dijo Dirwest enfrentándose a los dos Dioses – el Morak volverá a la vida con la inmortalidad fluyendo por su cuerpo. Aunque no se convierta en un Anfarwold, será inmortal siempre y cuando no desee renunciar a ese “don”.

Adair habría querido formular aquella pregunta, pero en ocasiones los Guerreros debían callar. Sabía que la Diosa había querido lanzarle un cable, quizá de la misma manera que él lo había hecho. El sí fue unánime. Noah volvería a la vida disfrutando de una vida inmortal que muchas personas desearían.

El Guerrero contempló cómo Dirwest cambiaba con una pasada de su mano el atuendo que llevaba. Donde antes se encontraba un frágil vestido verde ahora se podían ver una prenda blanca, liviana que cubría sus caderas, sus pechos, enlazada al cuello y dejando su espalda al descubierto. Las manos de Dirwest fueron atadas con las mismas cuerdas que él había tenido alrededor de las suyas y observó cómo ella se daba la vuelta dejando su espada y cuello expuesto.

Tenía que marcharse. Él no debía permanecer más tiempo del necesario entre aquellas cuatro paredes. Se dio la vuelta dispuesto a irse, pero la voz de la deidad rubia le paró en seco.

– Tienes que quedarte a contemplarlo – le espetó Cyfiawnder mientras tomaba el látigo entre sus manos – Dirwest actuó mal. Desacató órdenes y ahora tiene que pagar ambos precios dejando ver su vergüenza a los ojos de sus semejantes…

– Es la ley, querida – dijo Rheswm acariciando la mejilla de la Diosa más pequeña del Dom – te recuperarás y aprenderás…

Adair se quedó parado junto a una de las grandes columnas de mármol que sostenían aquel edificio. Desde allí la escena era impactante, se podía ver todo lo que ocurría, un sitio privilegiado para algo que no quería contemplar. Apretó los puños cuando escuchó el primer latigazo viendo cómo la piel de la Diosa se desgarraba dejando que pequeños regueros de sangre cruzaran por su espalda.

No disfrutaba con el sufrimiento. Los castigos físicos deberían haber pasado a la historia, pero entendía que en determinados momentos eran la magia más poderosa. Perdió la cuenta de los latigazos, pero se enorgulleció al ver que Dirwest no dejó escapar ni un solo grito de dolor, a pesar de que su piel estaba en carne viva, que la sangre manaba de su cuerpo como ríos que buscan su cauce haciendo que la prenda que llevaba se tiñera de rojo completamente.

El suelo se pintó de rojo sangre tapando el blanco impoluto que había antes. Una escena que podría resultar macabra. pero que era necesaria. Para la vida, para el amor e incluso para cualquier tipo de relación primero hay que sufrir para poder valorar lo que tenemos ante nosotros. La sangre revive la vida, el dolor consigue atraer el alma y las lágrimas resucitan a los muertos que nos dejaron.

Anuncios