CAPÍTULO XXXIX

Siempre había imaginado que vería su vida pasar en sucesivas imágenes que le desgarrarían el alma. Sin embargo, la oscuridad se había cernido sobre él hasta que sus ojos volvieron a la vida dejando atrás ese oscuro agujero de terror. 

Noah Cooper abrió los ojos a un nuevo mundo. Un lugar que solo está reservado para los muertos. Sin duda, pensó que su cuerpo sentiría el dolor de las heridas, que el peso de las cicatrices cargaría su espalda, pero se había equivocado enormemente. 

Aquel lugar era precioso. Incomparable, realmente maravilloso, pero sobre todo lleno de paz. El silencio era sobrecogedor mientras el Morak se incorporaba e inspeccionaba aquel “santuario”. ¿Aquello era el cielo? Tenía que serlo. 



La hierba se extendía bajo su cuerpo hasta que se perdía la vista, el agua caía en cascadas con nacimientos invisibles, el sol brillaba como si jamás pudiera apagarse. El olor de las flores, el sonido de los riachuelos, todo hacía creer que aquél era el paraíso. 

Cualquier otro ser humano habría pensado que aquello era perfecto. Quizá no fuera como todo el mundo lo imaginaba, pero tenía un encanto, que hacía que el alma se calmara… Sin embargo, lo peor de todo era que él no quería estar ahí. 

Noah había dado su vida por otra persona y no se arrepentía de nada, pero le pesaba el saber las vidas que había dejado atrás, el daño que había causado a sus seres queridos. Todos tenemos que vivir con nuestras decisiones y si aquella era su nueva vida tendría que acostumbrarse. 

Se levantó con agilidad, comprobando que sus heridas habían sido curadas, que sus músculos no aquejaban el dolor de la carrera, de los cuchillos clavándose en su piel. Caminó por el prado mientras escuchaba el sonido de los pájaros piando en busca de comida. Si es que allí se comía… 



Y pronto se preguntó si estaría solo durante toda la eternidad. ¿Acaso no había nadie allí? ¿Un ángel? ¿Un guía? ¿Un maldito Yoda que le dijera cómo sería su vida de ahora en adelante? Sin duda, el Dios que había creado aquel paraíso se había olvidado de ofrecer una digna bienvenida a las personas que dejaban su vida atrás. Tampoco es que esperara un gran banquete, pero algo de compañía no le vendría nada mal. 

Noah suspiró mientras se acuclillaba frente a un pequeño estanque y clavaba su mirada en su reflejo. Él pasó la mano por el borde del agua sintiendo el toque frío y húmedo del líquido hasta que otro reflejo se dejó ver en las aguas. Se puso en pie de golpe, con el corazón martilleándole, con las emociones a flor de piel. 

Darse la vuelta le costó más de lo que habría imaginado. ¿Sería una alucinación? ¿Había visto a esa persona en el reflejo? Al girarse, contempló el rostro de su madre, tal y como la recordaba de la última vez… Su sonrisa, sus ojos, su cabello, sus pequeños hoyuelos al reírse. Ambos estaban desconcertados, sin saber exactamente qué decirse, qué hacer en aquel momento. 

Cuando su madre extendió las manos, él se lanzó a sus brazos, como si fuera su bote salvavidas y haciendo realidad todos los sueños que había tenido de pequeño. Noah se sintió como el joven de diez años que buscaba a su madre por las noches, que añoraba a su padre en silencio, al cual le pesaba la pérdida como si fuera un lastre. 



– ¿Eres tú? – dijo Noah mientras pasaba las manos por las mejillas de su madre cerciorándose de que era real – no puedo creer que…



– Mi pequeño… – dijo su madre pasando la mano por su pelo- ¡cómo has cambiado! – se separó un poco de él para poder examinarle completamente y después volvió a abrazarle. 



– ¿Y papá? – consiguió preguntar Noah. Las emociones se arremolinaban en su interior como si fueran un torbellino que estuviera apunto de explotar. 



– Él no ha podido venir – contestó su madre con una mirada triste – le habría encantado, pero solo dejaron que fuera yo quien cruzara hasta aquí. 



– ¿Aún no he llegado a mi destino? – preguntó Noah mirando a su alrededor – pensé que esto era el paraíso, el lugar donde las almas reposan en paz…



– No, cielo – confesó su madre – este lugar es un sitio intermedio entre la tierra y el paraíso. Las almas esperan aquí a sus guardianes para ser guiados al más allá.



– ¿Tú eres mi guardiana? – preguntó el joven sin entender. 



– No, tú aún no debes cruzar este camino  – le comentó su madre guiándolo hacia el borde del estanque donde tomó asiento – tu vida en la Tierra aún no ha acabado…



– Mamá, estoy muerto – comentó Noah sintiendo una punzada de dolor en el corazón – y estoy contigo así que…



– No es tu momento – le dijo su madre suavemente – no es tu hora de cruzar.



– ¿Qué quieres decir? – Noah no entendía nada de lo que su madre estaba explicándole.



– Moriste y revivirás – su madre entrelazó una mano con la de él – aún te queda mucho por hacer, demasiadas cosas que vivir, decisiones que tomar… 



Su madre, Janet, sonrió abiertamente mientras apretaba la mano que tenía cogida. Noah quería preguntar muchas cosas, demasiadas, pero su madre se adelantó a sus deseos. 



– Siempre has sido un muchacho fuerte, seguro de ti mismo, dispuesto a dar todo por los demás… – en las palabras de Janet se entreveía el amor que sentía por él – no sigas escondiéndote de lo que eres… – Janet le miró fijamente a los ojos y Noah sintió toda la intensidad de sus sentimientos – eres poderoso, eres fuerte y tienes buen corazón. No te escondas, no dejes que tus miedos se apoderen de ti y te impidan hacer todo lo correcto, todo lo bueno que puedes otorgar al mundo. No solo al tuyo sino al de todos… 



– Mamá… – Noah estaba contrariado. Él siempre había luchado contra sus poderes y ahora… – tú también dijiste que no. 



– No te estoy pidiendo que les elijas – zanjó su madre – te pido que no te escondas de ti mismo. Deja salir quién eres y tú mismo encontrarás la verdad y el camino que de verdad quieres escoger…



Noah no pudo más que asentir. En cierto modo, su madre tenía razón, y él lo había sabido siempre. Todos nacemos con una facilidad, con un don característico y él tenía el suyo propio. Especial, pero útil, al fin y al cabo. 



– En cuanto a esa chica… – dijo su madre cambiando el tono de voz a uno más alegre – todos cometemos errores, cariño…



– ¿Cómo sabes…? – comenzó a decir Noah. 



– Yo lo veo todo, sigo todos tus pasos… – susurró Janet con fuerza – ni tu padre ni yo te dejamos solo ni un minuto. Quizá no podamos salvarte, pero siempre estamos velando por ti. 



– Ella no lo sabe, pero… – Noah inspiró hondo mientras decía – ya la he perdonado. 



– La amas… – comentó su madre sonriendo. Al ver que él asentía añadió – no hay sentimiento más fuerte que el del amor correspondido, cariño – Janet puso una mano sobre el corazón de Noah – sé feliz, vive con ella, ama a los que te rodean y sé tu mismo. No lo hagas por mí, ni por tu padre, sino por ti – se inclinó sobre él – para que seas feliz para siempre. 



Su madre le dio un beso en la frente que Noah atesoraría durante el resto de su vida. Cuando se separó de él, todo a su alrededor comenzó a ser borroso, excepto la mano que aún sujetaba la suya. La fuerza que su madre ejercía y que él mismo daba les mantenía unidos y cuando ambas manos se separaron… Noah supo que no volvería a verla hasta dentro de muchísimos años. 

Noah Cooper abrió los ojos de golpe mientras tomaba el primer aliento de vida. Sus labios se abrieron para tomar el aire en grandes bocanadas mientras su mente tomaba conciencia de lo que había pasado, de dónde estaba, de las cosas que habían ocurrido. Desconcertado, miró a todos lados hasta que los ojos de Lesley aparecieron ante él.

Todo había sido verdad. Él había muerto, su madre había acudido a él y Noah había regresado de entre los muertos con un único pensamiento en su mente. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza incapaces de salir de sus labios transformados en palabras. Las manos de Lesley sujetaban su rostro impresionada de verle con los ojos abiertos.

A Noah le habría encantado poder decir las primeras palabras, pero la vampira se adelantó a los acontecimientos, diciendo rápidamente.

– ¡Estás vivo! – sus manos bajaban por su cuello tocando más tarde su pecho como si estuviera comprobando que estaba vivo – no lo puedo creer…

– Estoy aquí… – su voz sonaba rasposa – no voy a irme a ningún lado.

Noah se incorporó con una rapidez sobrehumana. Él recordaba que había muerto, todavía podía sentir los cuchillos en su cuerpo, a pesar de que su piel, su carne, estaba curada y que ninguna herida le infligía dolor en aquel momento. Y sin embargo, notaba una laguna en su mente como si no recordara algo importante de aquella maldita noche.

Noah paró las manos de Lesley bruscamente al sentir que ella se aventuraba de nuevo hacia su rostro. Atrajo a la vampira contra su cuerpo y la besó con posesión dejando que el cuerpo de ella se amoldara al suyo. Sus brazos rodearon la perfecta figura de la vampira mientras sus manos se aventuraban por su espalda bajando hasta su trasero de forma posesiva.

Morir activaba una nueva faceta de la vida. Todo parecía importante, todo era urgente porque no sabías cuánto tiempo estarías en aquel mundo disfrutando de las personas que querías. Ni siquiera sabía porqué había vuelto, no entendía nada de lo que estaba pasando, pero eso no le importaba en aquel momento. El presente importaba, el futuro, las consecuencias habían quedado atrás. Ya habría palabras después…

– Noah, Noah… – susurró Lesley contra sus labios intentando separarse – tienen que echarte un vistazo…

– No necesito nada ni a nadie – le espetó él impidiendo que se moviera más. Casi parecía que su fuerza hubiera aumentado desde su muerte – solo te necesito a ti ahora mismo.

– Tiene que verte alguien – insistió Lesley poniendo sus manos frente a su pecho – tus heridas…

– Mis heridas están curadas – dijo Noah mientras pasaba sus manos por el cabello de Lesley.

Era la primera vez que la miraba de verdad. Se la veía pálida, demacrada, como si no hubiera dormido en demasiados años. Su cabello estaba revuelto, las ojeras bajo sus ojos presagiaban una noche de insomnio y su mirada de preocupación lo dejaban acongojado. Ella temía por él, seguramente temía que Noah volviera a irse, que todo fuera una ilusión.

– Estoy aquí y no me pienso marchar – sus palabras sonaron fuertes, como si las pensara realmente.

– ¡Te perdí! – exclamó ella apartando las manos de él – y quiero asegurarme de que no te irás, de que no es una broma del destino porque…

– ¿Te quedarás más tranquila? – preguntó él cogiéndola de la cintura y acercándola más – porque si es así…

– Sí – contestó ella con rapidez – me sentiría mucho más tranquila. Por favor…

– Está bien – claudicó Noah – pero antes…

Antes de que él pudiera darle el beso que deseaba, Lesley se lanzó a sus brazos, rodeando su cuello y pegándole más a su cuerpo. Noah podía sentir cómo la mujer se destensaba a medida que sentía sus brazos alrededor de ella. Él se permitió cerrar los ojos, buscar el hueco de su cuello y aspirar su aroma.

Noah revaluó sus pensamientos y sentimientos. Todo lo que antes temía se había convertido en algo primordial para él. El pasado había quedado atrás, el presente se abría como un camino de baldosas amarillas y él había tomado una decisión. Se acabó ser el chico asustado… los dones están para ser utilizados en las acciones que son correctas. Noah Cooper había vuelto cambiado, se sentía en casa y sabía que por fin había encontrado su destino.

***

El Yan era santuario en élfico. Adair lo había aprendido miles de años atrás cuando había pisado por primera vez aquella enorme construcción. Aquel precioso palacio se encontraba en el centro del Reino de los elfos y era considerado su lugar de oración. Era posible que los elfos estuvieran divididos en cuatro reinos distintos, pero les unía la misma devoción hacia la diosa que los había creado y aquel majestuoso lugar era la prueba de ello.

La enorme edificación se elevaba hacia los cielos perdiendo las altas almenas en la profundidad del cielo. El santuario era enorme, edificado en piedra madura que se apilaba como si un castillo amurallado se tratara. Y el palacio se encontraba rodeado por infinidad de árboles, plantas y animales.

A pesar de ser un lugar de rezo, de oración y de entierro, los elfos honraban a su diosa con la belleza de la naturaleza. De todas las razas que conocía, a excepción de las Dríadas, eran los elfos los que más adoraban la naturaleza por encima de cualquier otro sentimiento. En muchas ocasiones, el Guerrero se había preguntado cómo era posible que semejante complejo estuviera entre cuatro reinos completamente distintos.

El fuego, el agua, el aire y la tierra confluían en aquel punto mágico. Sí, la magia mantenía aquel hermoso  lugar. Cuatro maneras de ver la vida, de vivirla y sentirla. Adair alzó los ojos al cielo contemplando el Yan que estaba preparado para cobijar entre sus muros a cientos de elfos y también al alma de uno de los mejores Anfarwold que había tenido.

El último adiós de Alex se celebraría allí. La familia había velado durante toda la  noche el cuerpo de su hijo y ahora sería transportado desde su lugar natal hacia la eternidad por sus semejantes. El Guerrero iba vestido con una túnica blanca inmaculada y se echó la capucha sobre la cabeza.

La tradición de los elfos era clara y estricta. Durante las ceremonias de bautismo o de enterramiento, los elfos vestían los colores propios de su elemento, ese color que les distinguía del resto. Los elfos Beren vestían el blanco, los Lólindir el rojo, los Inglor el verde y los Fëanor el azul. Distintos en su corazón, pero unidos bajo una misma oración. Él se vistió de blanco en homenaje al guerrero caído.

Adair se dio la vuelta para contemplar la larga hilera de elfos que se aproximaban formando una gran columna de inmortales que se acercaba al santuario. Las túnicas blancas dominaban y daban un aspecto sereno a la fila, pero también destacaban varias túnicas de otros colores. Entre ellos pudo ver a Amras, que vestía la túnica azul de los Fëanor, pero también varios compañeros de otros reinos.

El cuerpo de Alex estaba siendo llevado por un precioso carruaje negro tirado por dos Aves Roc. Las dos aves mantenían el paso al ritmo de los elfos que caminaban a ambos lados del carruaje y también detrás del mismo. La majestuosidad de la escena no dejaba lugar a dudas… Alex había sido un miembro muy respetado de la comunidad élfica.

El carruaje se precipitó al interior del Yan. Todos los elfos llevaban sus capuchas echadas hacia atrás, pero en cuanto la madre de Alex se echó la suya sobre la cabeza, el resto de los presentes hizo lo propio. Aquella era una costumbre entre los elfos y todos los que se dignaran a entrar tendrían que mostrar el mismo respeto.

Adair dejó que todos los elfos entraran lentamente y esperó a ser el último. Caminó por la espaciosa estancia mientras contemplaba el carruaje que se encontraba detenido en el centro del Yan. Sus familiares, amigos y vecinos se congregaban a su alrededor mientras sus labios se movían en una oración hacia su diosa.

El Guerrero se situó junto a Amras que tenía los ojos cerrados y recitaba las palabras como si fuera un canto milenario. Adair contempló a los padres y pensó que ninguno de ellos tendría que haber presenciado el final de la vida de su hijo. Él estaba allí para presentar sus respetos, no solo como jefe de los Anfarwold, sino también como sincero amigo de Alex.

Los hijos son los que tienen que ver partir a los padres. Los inmortales no podían morir fácilmente… La única manera era ser desangrados hasta la muerte, pero todos sabían que existían formas de llegar al Rawys. El Rawys era lo que todos consideraban el paraíso, un lugar para reposar después de una larga vida en el mundo.

Los inmortales llegados a una edad tenían la suficiente capacidad para ascender y continuar su vida en el Rawys donde no les faltaría de nada. Solo si ellos estaban dispuestos a ascender…  Sin embargo, una vez que se ascendía, no se podía volver al mundo que habías dejado atrás. Alex tendría que haber visto ascender a sus padres y no al contrario.

Las palabras comenzaron a brotar de los labios de Adair despacio como si fuera un texto que hubiera olvidado por la falta de uso. Cerró los ojos sintiendo la energía de la magia que fluía por los cuerpos de cada inmortal y se concentraba en el aire creando una atmósfera de paz y serenidad. Cuando abrió los ojos de nuevo contempló una brillante luz que descendía sobre el cuerpo sin vida de Alex.

Nadie podría distinguir en aquella luz ninguna figura, pero todos sabían que se trataba de su Diosa, que había escuchado sus plegarias y ascendía al recién caído para trasladarlo hacia la vida eterna. Sí, ellos no podían ver lo que había tras la luz, pero Adair como Guerrero de la Luz inmortal podía ver las figuras que se escondían detrás.

Al principio pensó que Dirwest no sería capaz de bajar al mundo terrenal después del castigo que había sufrido, pero se había equivocado porque la Diosa estaba allí, flotando sobre el cuerpo mientras uno de sus Guerreros recogía el cuerpo del elfo y lo ascendía junto con la Diosa. La luz se extinguió a la vez que los cánticos.

El llanto de la elfa madre cortó el tremendo silencio que se había instalado allí. Adair se movió con ligereza y rapidez hacia ella para presentarle sus respetos tanto a los padres como a los hermanos del difunto. Después se trasladó hasta la salida del templo, pero antes de que sus pies tocaran la firme hierba, sintió una mano en su hombro. Él se volvió para encontrarse con la mirada dorada de Amras.

– Te necesito allí – respondió Adair antes de que el elfo pudiera formular la pregunta – las cosas se están complicando y necesito disponer de todos mis guerreros…

– Está bien – Amras asintió con la cabeza sabiendo que sus palabras eran ley.

– Puedes quedarte un par de horas – comentó él poniendo una mano sobre el hombro de Amras – pero quiero que regreses cuanto antes a la mansión de Aleksei… – se quedó callado y después le confesó – tengo la sensación de que nos queda una nueva batalla que librar…

Las palabras entre ellos sobraron desde ese momento. El Guerrero se dio la vuelta para marcharse. Dejó que su cuerpo se convirtiera en miles de partículas de luz viajando por el portal que había entre el Reino élfico y la Tierra. Se encontró en una de las habitaciones de la enorme casa de Aleksei.

Adair no se había quitado la capucha cuando salió al pasillo y se encontró de frente con la persona que menos habría esperado ver. La morena de ojos verdes le estaba mirando como si no entendiera porqué había salido de allí. Sin embargo, en sus ojos ya no brillaba la tristeza sino que la esperanza los había vuelto a invadir.

Aquello le dejó clara una cosa: Noah había vuelto entre los muertos. Adair caminó hacia ella mientras la capucha caía sobre sus hombros. La mirada de Sarah no se había apartado de él y el Guerrero tampoco quería que pasara.

– Está vivo – susurró la joven rápidamente.

Aquellas simples palabras bastaron entre ellos. Adair no la dejó continuar sino que emprendió el camino hacia la habitación donde había dejado a Noah. No necesitaba sus disculpas, no quería que le dijera que se había equivocado y tampoco necesitaba más sentimientos que no quería procesar… Aplastó con puño de acero los sentimientos que se abrieron paso en su pecho y los dejó a un lado manteniéndolos escondidos.

La puerta estaba abierta cuando llegó. Noah se encontraba tumbado sobre la cama mientras su amigo el médico le pasaba una pequeña linterna de un lado al otro en los ojos. Lesley se encontraba sentada a su lado y Eire estaba en una esquina, pero por una vez su vista no recaía sobre Noah, sino que sus ojos estaban centrados en el movimiento de William.

– ¿Cómo se encuentra, señor Cooper? – preguntó Adair cruzándose de brazos frente a la cama.

– Para estar muerto… – dijo el Morak mirándole – mucho mejor de lo que esperaba. Aunque no recuerdo algunas cosas de las que pasaron…

– Tienes pérdida de memoria temporal – le comentó Will apagando la linterna – estoy seguro de que en cuestión de horas, días o semanas… Recodarás todo lo que has olvidado – el médico evaluó la situación y añadió – te diría que necesitas reposo, pero… mentiría – se cruzó de brazos – Estás como una rosa..¡Cualquiera diría que has muerto!

A pesar de sus palabras, Adair pudo notar el tono de temor que desprendían y sobre todo el alivio al ver a su amigo con los ojos abiertos de nuevo. En el fondo, él también se alegraba de tener al Morak de vuelta.

– ¿Qué me ha pasado? – preguntó Noah levantándose y mirándole.

– Se te ha dado una segunda oportunidad – le confesó Adair sabiendo que todos los ojos estaban puestos en él – por ahora solo necesitas saber que nada puede hacerte daño. Eres como nosotros…

Con aquellas únicas palabras, Noah entendió que ahora era inmortal y no sería tan fácil matarle como antes. ¿Cómo conseguiría que el Morak se convirtiera en uno de ellos? ¿Que dejara ver el soldado que era? Aún no lo tenía claro, pero tenía que conseguirlo porque no estaba dispuesto a perder a un gran guerrero por su tozudez.

– Lesley, Eire – las dos susodichas se dieron la vuelta para mirarle – quiero que vengáis conmigo. Tenemos asuntos urgentes que atender – miró hacia Sarah y apretó los puños para después clavar su mirada en Will – creo que el señor Cooper y sus amigos necesitan… ponerse al día.

– Llámeme Noah – le dijo el Morak con rapidez – después de esto – señaló la cama y después se propio cuerpo – no necesitamos formalidades.

Joder, le encantaba ese muchacho. Adair asintió con la cabeza y salió de la habitación seguido de Eire y más tarde de Lesley. Cuando las dos mujeres estuvieron frente a él y la puerta de la habitación quedó entrecerrada.

– Tenemos que sacar mucha información hoy – comentó el Guerrero mirando a las dos mujeres – tú ayudarás a Owen – señaló a Eire – y tú a Aleksei.

Ambas asintieron y desaparecieron de su vista. Adair se restregó la cara con las manos sintiendo el cansancio de varios días sin dormir, del mermamiento de sus poderes y el poder de las preocupaciones recayendo sobre sus hombros. Cuando sus ojos volvieron a abrirse pudo contemplar la figura de Sarah por la rendija de la puerta.

Aquel cabello moreno, suelto, su figura delicada y a la vez atrayente. ¿Qué cojones estaba sintiendo? Llevaba siglos sin sentir emociones de ese tipo y no estaba dispuesto a volver a sentirlas. Aunque en ocasiones nuestra lucha es inútil cuando nuestro destino se cruza en el camino.

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