El Reino Lólindir jamás podría calificarse de un lugar helado presa del frío invierno, nunca. Del azul del cielo Beren, Amras se encontró con un cielo cargado de tonos rojos y anaranjados donde los soles refulgían como el astro rey que eran haciendo que la atmósfera se cargara de calor, elevando la temperatura de la tierra hasta límites que nadie podría conocer jamás. 

Su vista recayó en el paisaje. La tierra era seca, arenosa. La hierba, las flores y los árboles habían sido reemplazados por campos completamente desabastecidos de vegetación, y los pocos árboles que podían encontrarse parecían arder bajo aquellos tonos provocados por el color del cielo. Sus ojos se fijaron en el pequeño río casi seco que serpenteaba por el terreno recorriendo la basta extensión, pero sin proporcionar suficiente agua a sus habitantes. 

Aquel clima podía ser desolador para cualquier ser, incluidos los elfos de otros reinos, pero no para los Lólindir. Ellos eran especiales, se sentían orgullosos de sus tierras, aunque reconocían que la falta de agua era su mayor inconveniente a la hora de subsistir. Podían soportar el calor, vivían permanentemente con él, y formaba una segunda piel en su persona. 

Sin embargo debía ser sincero consigo mismo. Ahora era verano en el Reino, por lo cual era completamente normal que la temperatura se elevase mucho más de lo habitual, hasta llegar a alcanzar unos sesenta grados de temperatura. Cuando la noche cayese y los soles dejasen paso a las dos lunas que guardaban la vigilia de los elfos… la temperatura volvería a bajar hasta convertirse en una pequeña noche de verano. 

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